El futuro de las humanidades, las humanidades del futuro Miguel Giusti y Pepi Patrón (editores) © Miguel Giusti y Pepi Patrón, 2010 De esta edición: © Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2010 Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú Teléfono: (51 1) 626-2650 Fax: (51 1) 626-2913 feditor@pucp.edu.pe www.pucp.edu.pe/publicaciones Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP Primera edición: agosto de 2010 Tiraje: 500 ejemplares Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores. Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° 2010-10828 ISBN: 978-9972-42-936-1 Registro del Proyecto Editorial: 31501361000410 Impreso en Tarea Asociación Gráfica Educativa Pasaje María Auxiliadora 156, Lima 5, Perú De la torre de marfil al barrio global: crítica literaria, ética y política sexual en el siglo XXI Susana Reisz Universidad de Nueva York La primera vez que me vi en la necesidad de opinar sobre el fenómeno de la globali- zación y su relación con las humanidades fue a mediados de 1999, cuando el término globalización todavía no se había convertido del todo en el trajinado cliché que es ahora y cuando la revolución tecnológica de aquella década vivía el apogeo celebra- torio del fin del milenio. En ese momento me vi hasta cierto punto forzada a pensar en el tema, pues me habían invitado a participar en una encuesta que sería publicada en una revista académica de reciente creación dedicada a las literaturas hispánicas y luso-brasileras. Para estar a la altura de esos tiempos, el primer número de la revista, bautizada con el nombre CiberLetras1, se abría con esta alegre declaración: somos una revista electrónica de crítica dedicada a las literaturas de España y de Hispano- américa. Este nuevo medio de comunicación comienza a surgir en nuestro mundo literario con gran éxito. Promete una difusión instantánea, gratuita y global. Crea, de este modo, una inmediatez con el lector que facilita la discusión y el intercambio de ideas. Con el transcurso de los años, los diecisiete números de Ciberletras que hoy están colgados en el espacio virtual han tenido que aprender a competir con centena- res de revistas similares y con miles de blogs literarios y páginas web personales o institucionales. (No puedo resistir a la tentación de añadir que el hecho de que los primeros párrafos de esta ponencia contengan tecnicismos en español e inglés que hasta hace diez o quince años no tenían cabida en un ensayo de crítica literaria, pone de manifiesto cuán rápidamente han cambiado las cosas y hasta qué punto se está transformando el terreno de las humanidades pese a quienes se afanan por preservar la «pureza» de los lenguajes naturales). Quizá porque entonces, en aquel año de 1999 que ya parece tan lejano, no había meditado mucho sobre la globalización y porque no tenía ni la información ni las experiencias históricas que trajeron consigo los difíciles primeros años del nuevo 1 . Susana Reisz 150 milenio, mi visión del futuro era relativamente optimista, como la de los editores de Ciberletras. También yo me enfervorizaba con la idea de «una difusión instantánea, gratuita y global» del conocimiento. Declaraba, por ejemplo, con un entusiasmo que ahora me suena un poco ingenuo: En los últimos diez años de este milenio el portentoso desarrollo de la tecnología en materia de comunicaciones ha colaborado de modo sustancial a aminorar el desnivel informativo entre los países periféricos y los centros del poder econó- mico y cultural. No pretendo sugerir que la proliferación de computadoras y de correo electrónico en los más apartados rincones del mundo mitigue las heridas de la pobreza con la misma rapidez con que se transmite un texto. Sin embargo, cuando comparo las posibilidades de información que tienen hoy los estudiantes hispanoamericanos con las que tuve yo en mi juventud (en una época en la que había que pelearse por los pocos libros de las bibliotecas y en la que las máquinas fotocopiadoras eran un lujo casi desconocido), no puedo menos que regocijarme y ver en estos cambios una señal de progreso. Un progreso que en lugar de excluir a las sociedades menos desarrolladas (como ha ocurrido con otros procesos histó- ricos), las está ayudando a salir de su confinamiento cultural2. En este agosto de 2007 sigo siendo una entusiasta de las comunicaciones electró- nicas y una asidua exploradora de los laberintos de Google pero mi visión del nuevo orden mundial es mucho más sombría. Mi deslumbramiento de entonces por los progresos técnicos y científicos está muy amortiguado por la conciencia de que la otra cara de ese mismo proceso de cambios es la despiadada explotación del planeta y de los más desposeídos de sus habitantes. Desde el punto de vista político y financiero es ya evidente —al menos para mí— que los beneficios de la globalización se acumulan del lado de los ricos y poderosos. Para los pobres, en cambio, las consecuencias nega- tivas son innumerables: la expansión del gran capital transnacional en detrimento de las pequeñas empresas nacionales; la migración de los grandes consorcios industriales a los países pobres en busca de mano de obra barata; la expoliación desenfrenada del medio ambiente y su contaminación por el exceso de energía degradada; el mono- polio económico, militar, tecnológico e informativo de los países dominantes, sobre todo de los EE.UU.; la agudización de las diferencias entre el norte y el sur como polos de riqueza y de pobreza; la creciente pauperización de la mayoría de los países en desarrollo, exacerbada por genocidios y epidemias que, como la del Sida, resultan devastadoras solo por falta de remedios; el desesperado flujo migratorio desde los países pobres hacia los países ricos y desde las ex-colonias a los centros imperiales de 2 «El fin de siglo» encuesta en CiberLetras, II (2000), . De la torre de marfil al barrio global 151 antaño, todo lo cual da como resultado la formación de inmensas minorías urbanas, subempleadas y marginadas de la vida nacional, cuyas frustraciones y resentimientos se transforman frecuentemente en brotes de violencia. Pese a todas estas calamidades globales, sigo pensando, con el resto de optimismo que me queda, que la extraordinaria rapidez de las comunicaciones y el desarrollo gigantesco de la Internet ha nivelado siquiera parcialmente el abismo informativo que existía, hasta hace muy pocos años, entre los países con amplios recursos técni- cos, científicos e intelectuales y los países cuya pobreza material repercutía también en la transmisión de conocimientos. Una de las perspectivas futuras más luminosas de la revolución informática es, por ejemplo, la constitución de una biblioteca virtual universal, capaz de traer a las pantallas de las computadoras los tesoros de los grandes centros de la cultura mundial: se sabe que Google tiene ya entre manos un proyecto cultural-comercial casi tan alucinante como la borgeana Biblioteca de Babel3. Otros aspectos igualmente positivos son la posibilidad de publicar libros y revistas sin pre- ocuparse por los costos y sin tener que pasar por los filtros, muchas veces tiránicos, del establishment literario y de las casas editoriales; la posibilidad de que cualquiera con acceso a una computadora pueda dar a conocer sus opiniones a través de un blog; la posibilidad de hacer circular informaciones políticas y culturales a contracorriente de los medios dominantes; la posibilidad de reunir una amplísima información en materia de salud capaz de empoderar al paciente ante la institución médica; y tantos otros avances promovidos por una distribución más amplia y más rápida de saberes teóricos y prácticos. Al mismo tiempo, no se puede olvidar que la otra cara, el Mr. Hyde de la revolu- ción informática, es la transmisión global, minuto a minuto y a la manera espectacular del antiguo circo romano, de invasiones, bombardeos, derrumbes monumentales, ahorcamientos, degollamientos, rehenes suplicantes, víctimas mutiladas, despojos humanos exhibidos como estandartes y toda clase de horrores que, según los intere- ses económicos y políticos de las fuentes de información, pueden estar destinados a hacer proselitismo, a amedrentar o simplemente a satisfacer la morbosidad del gran público. No hay que olvidar, además, que uno de los resultados de la tendencia a corregir o ampliar la información oficial a través de páginas web o chats puede ser, como lo han demostrado los sucesos parisinos de 2005, la invitación a la violencia callejera e incluso la difusión de recetas para fabricar bombas caseras; un aspecto no contemplado por los propagandistas de la globalización entendida como mercado mundial sin barreras. Otra consecuencia negativa, menos grave que la difusión de 3 Sobre las ventajas y dificultades del proyecto véase: The New York Times, «Are Books Passé? Web Giants Envision the Next Chapter», , 2007. Susana Reisz 152 recetas terroristas pero no menos reprobable desde un punto de vista profesional y moral, es la circulación de una pseudo-crítica literaria basada en infundios, bromas de mal gusto y ataques personales, cuya función básica no es evaluar de manera res- ponsable las obras analizadas sino humillar a los autores por su género, su orientación sexual o su diferente posición estética o política. Por estas y otras muchas razones que no puedo abordar ahora, mi visión de los nuevos mecanismos de transmisión del saber —y del poder que trae el saber— se ha vuelto mucho más cautelosa. Por un lado celebro la posibilidad de acceder, con solo un par de clics, a un cúmulo de lugares portentosos que contienen, por ejemplo, los textos de la antigüedad griega y romana en sus lenguas originales; o innumera- bles enciclopedias y diccionarios de las más variadas lenguas y las más diversas áreas temáticas; o el texto íntegro de la primera parte del Quijote de Cervantes leído por un actor; o las voces originales de muchos poetas del siglo XX; o un mapa detallado de los lugares más remotos del planeta; o un pasaje de ópera en diferentes interpre- taciones de los grandes divos y divas de los años treinta del siglo pasado. Celebro, asimismo, la posibilidad de transmitir pedagógicamente mis propios hallazgos para que cualquier estudiante tenga la capacidad de entrar a esos sitios mágicos y descu- brir sus tesoros sin moverse de su mesa de trabajo, con solo mirar a la pantalla de la computadora y, como lujo adicional, ponerse auriculares. Por otro lado, no puedo dejar de ver que la mayoría de los estudiantes del mundo, incluidos los estadounidenses de las franjas sociales menos favorecidas, no podrían aprovechar esas maravillosas oportunidades porque no tienen una conexión de Internet en sus casas; o porque sus extensas jornadas de trabajo les impiden usar los recursos que ofrecen sus universidades; o porque no tienen práctica en el manejo de computadoras y por ese motivo les costaría muchísimo repetir las maniobras que yo pudiera enseñarles; o porque no tienen los conocimientos mínimos que se requieren para poder captar de modo orgánico el material que se presenta a sus ojos; o porque, debido a esa básica falta de saberes, se perderían en un laberinto de enlaces sin lograr distinguir lo banal de lo sustancial; o simplemente porque por falta entrenamiento académico confundirían el acto de leer y entender lo leído con el de copiar y pegar mecánicamente fragmentos textuales inconexos. No negaré, pues, que como maestra entusiasta de las novedades me descorazona un poco llegar a la conclusión de que para sacar real provecho del caudal informativo de la gran red hay que poseer una enciclopedia y una procesadora mentales, construi- das según los viejos métodos de memorización de datos, gimnasia reflexiva sobre la base de esos datos y práctica argumentativa. Al mismo tiempo me parece fundamen- tal tomar conciencia de esta aparente aporía para intentar remediarla. El primer paso es aceptar que, incluso en las mejores condiciones técnicas y materiales, tendremos De la torre de marfil al barrio global 153 severas limitaciones pedagógicas si no hacemos algo para contrarrestar la progresiva desaparición de esos viejos métodos de aprendizaje, así como para superar las barre- ras sociales, económicas y culturales que dificultan la transmisión de conocimientos científicos y humanísticos. Voy ahora al terreno que mejor conozco: el de la creación verbal y la reflexión sobre su modo de funcionamiento y sus repercusiones sociales. Como diría el poeta y lingüista Mario Montalbetti, «la ficción ya no es lo que era antes». Ni la literatura, ni los estudios literarios. El auge actual del tipo de relato bautizado como autoficción por el profesor y escritor francés Serge Doubrovsky —cultivado avant la lettre por algunos autores del siglo XX, como Vargas Llosa en La tía Julia y el escribidor— es sintomático de una creciente resistencia a reconocer fronteras entre los géneros literarios tradicionales y, sobre todo, entre ficción y no-ficción: entre la novela de un lado y el diario, la auto- biografía o las memorias del otro. En los primeros años del nuevo milenio esta tendencia se ha intensificado a tal punto, que ya no estoy segura de que podría seguir sosteniendo con igual convicción las distinciones categoriales que propuse en mis ya antiguos textos de teoría literaria. Tampoco podría afirmar ahora, con la certeza de entonces, que Platón, a diferencia de Aristóteles, no había llegado a captar la especificidad del quehacer literario cuando denunciaba a los poetas como mentirosos. En este momento tan solo contraargumen- taría que todo creador dice verdades generales y que esas verdades generales pueden albergar alguna verdad personal por más que mienta sobre sí mismo o desfigure los hechos de los que nacen sus fantasías. Tal hipótesis, sin embargo, no iría mucho más lejos que la rancia idea aristotélica de que la poesía es más profunda y filosófica que la historia porque habla de lo general mientras que la historia habla de lo particular4. Ahora me parece que sería más productivo reubicar el debate en el plano más general en el que lo había planteado Platón: el de la consecución de la justicia en la sociedad ideal. Pero sobre esto volveré más adelante. Un ejemplo extremo de la incertidumbre con la que debemos confrontarnos los lectores y críticos del siglo XXI —y, al mismo tiempo, una muestra elocuente de la política sexual de los mercados editoriales norteamericano y europeo— es el de J. T. Leroy, un falso autor de relatos autobiográficos que ocupó un lugar prominente en los periódicos de Estados Unidos hace un par de meses a raíz de un escandaloso juicio contra la autora real de tal impostura, una mujer de 41 años llamada Laura Albert. En un primer momento, previo al descubrimiento de lo que quizá sea (o no) una estafa literaria o comercial, o ambas cosas a la vez, las novelas y cuentos publicados bajo el 4 Aristóteles, Poética, 1451b 5-7. Susana Reisz 154 nombre de J. T. Leroy fueron leídos como ficciones de fondo autobiográfico escri- tas por un adolescente homosexual andrógino o vagamente transgenérico enfermo de Sida, hijo de una prostituta de carreteras que supuestamente lo había forzado a prostituirse en estaciones de servicio, cunetas y camiones. Puesto que el adolescente en cuestión —o, mejor dicho, la persona que se presentaba como tal— hizo algunas lecturas públicas, dio un par de entrevistas en Estados Unidos y Europa, y apareció en compañía de estrellas del espectáculo como Madonna, Courtney Love o Winona Ryder, nadie dudó de su existencia y de la veracidad de su testimonio. Sus libros se celebraron de inmediato como el triunfo de la creatividad sobre los horrores de una infancia miserable, fueron traducidos a varias lenguas, se hizo una película «alterna- tiva» sobre la base de una colección de sus cuentos y, como resultado de esa cadena de éxitos, el joven triunfador llegó a firmar un contrato en el que cedía sus derechos de autor para la filmación de una película «de fondo autobiográfico» cuyo libreto estaría inspirado en su primer best seller, la novela Sarah, y en hechos de su propia vida. En esa ola de entusiasmo testimonialista su obra llegó a los medios académicos de vanguardia, que la utilizaron no solo —ni en primer lugar— por sus valores litera- rios sino, sobre todo, como un modo de documentar y debatir problemas de género. Cuando por una indiscreta revelación periodística se supo que el adolescente trau- matizado no era tal sino una joven actriz disfrazada de chico andrógino —para más datos, la hermana del ex-novio de la autora—, y que quien había escrito los libros era una madre de familia y ex-cantante pop de mediana edad residente en Brooklyn Heights —hoy un barrio de la alta burguesía neoyorquina—, cundió la decepción entre los lectores y la furia en los productores cinematográficos, quienes descubrie- ron, tardíamente, que habían firmado un contrato con un ser ficcional. El siguiente episodio de tan peculiar historia fue, como suele ocurrir en el país del norte, una demanda judicial por estafa5. De poco sirvió que la autora real de Sarah contara en el juzgado, a través de su abogado y en testimonios personales, los abusos sexuales que ella había sufrido en su infancia y adolescencia, así como su abandono del hogar, su caída en la drogadicción, sus repetidos deseos de suicidio y su necesidad de hacerse pasar por un chico de la calle llamado Jeremy o Jeremiah en conversa- ciones de terapia telefónica con un psiquiatra realmente existente y que admitió la veracidad del hecho. De poco sirvió que declarara llorando que Jeremy o Jeremiah se convirtió con el tiempo en J. T. Leroy y que en cierto momento ese otro yo que le permitía distanciarse de su propio pasado, le exigió un cuerpo aparte. El jurado, que no parece haber sido muy receptivo a las sutiles disquisiciones del abogado defensor 5 Cf. The New York Times, «Going to Court Over Fiction by a fictitious writer», , 2007. De la torre de marfil al barrio global 155 en materia de psicología, literatura y ficción, encontró a Laura Albert culpable de mala fe, por lo que el juez la condenó a devolver el dinero del contrato y a pagarle una indemnización a la productora cinematográfica. Pese a la sentencia, la historia de J. T. Leroy parece resistirse a la clausura, ya que es probable que el defraudado director de cine no renuncie a un proyecto alternativo que se le ocurrió cuando descubrió la impostura: la elaboración de una «metapelí- cula» llamada Sarah plus, en la que mezclaría los sucesos de la novela con las vidas de su autor ficticio y su autora real. Al parecer, el principal obstáculo para ese proyecto sería que la vida de la autora real es tan irreal que solo se deja contar a través de su alter ego ficticio. Por su parte, los círculos académicos del progresismo elegante, que cada vez aprenden más y mejores estrategias del mundo de los negocios, lograron amoldarse rápidamente a la nueva situación: hace dos meses J. T. Leroy se convirtió en objeto de reflexión en un congreso celebrado en la Universidad Libre de Berlín en el que las ponencias giraban alrededor del tema «El pathos de la autenticidad y las pasiones norteamericanas por lo real»6. Yo no sé si los estadounidenses tienen mayor pasión por lo real que los hispa- noamericanos o que otros puebles del mundo. Lo que sí me parece evidente es que también en este aspecto estamos viviendo cambios globales profundos. Los pensadores de la postmodernidad, con Derrida a la cabeza, nos incitaron a pensar que todas las actividades del intelecto son distintas formas de «escritura» y que, en consecuencia, la filosofía cultivada en la academia, no menos que la crítica literaria, son tipos de escritura sobre otros tipos de escritura que a su vez han ido formando una tradición de familia a lo largo de la historia de cada actividad escritural. Huelga decir que dentro de ese paradigma lo auténtico y lo ficticio, lo verdadero y lo falso son tan inasibles como el sentido último de un texto puesto que por definición —o por axioma— el significado queda constantemente diferido en el juego de las diferencias. En este momento histórico, sin embargo, parecería que la era de las arremetidas contra la «metafísica de la presencia» está tocando a su fin, empujada por la nostal- gia de lo real o por el regreso de lo real, y lo digo con todas las connotaciones de lo reprimido freudiano. La idea de que todo es interpretación de interpretaciones o, traducido a los términos de Bajtin, un diálogo sin punto final, parece estar ahora en forcejeo con la más vieja tradición de la verdad como la relación vertical entre las representaciones y lo representado7. La ambivalencia y las incertidumbres éticas 6 The Pathos of Authenticity: American Passions of the Real, conferencia internacional en el John F. Kennedy Institute for North American Studies, Freie Universität Berlin, 21 al 24 de junio, 2007. 7 Tomo el concepto de Richard Rorty. Cf. «Philosophy as a Kind of Writing: An Essay on Derrida», en New Literary History, X (1978), Nº1, p. 143. Susana Reisz 156 generadas por la conciencia de habitar un pluriverso y por la constante confrontación con diferentes sistemas axiológicos, muchas veces incompatibles con los propios, incita a añorar los valores absolutos de los grandes mitos o a concentrarse, como producto del desengaño, en lo inmediato, particular y concreto. Esto explicaría, a mi juicio, el enorme auge de los reality shows, esos espectáculos televisivos en los que la «facticidad» de las acciones de individuos «reales» está en permanente conflicto con la necesidad de registrarlas para mostrarlas al gran público de manera atractiva, es decir, controlada y cuidadosamente escenificada. Otra conclusión que se puede extraer del caso de J. T. Leroy —y otra paradoja muy en consonancia con las ambigüedades epocales mencionadas— es que lo que en la vida real puede resultar escandaloso por oponerse a los valores morales hegemónicos tiene muchas posibilidades de convertirse en mercancía artística de amplia difusión y éxito cuando su elaboración literaria se presenta y se percibe como producto de experiencias realmente vividas por un individuo concreto. En otras palabras: la pros- titución masculina adolescente —como el matrimonio de Edipo con su madre— no se ve como un tema aceptable o interesante para una novela o una película por el simple hecho de que el artista —sea hombre o mujer, heterosexual, homosexual o transexual— tiene la libertad de convertir cualquier material argumental en objeto estético. La homosexualidad y la prostitución masculina se aceptan y se celebran como temas novelescos por razones muy parecidas a las que generan la reprobación del vecino de al lado cuando ve pasar a un muchacho del barrio conocido como homosexual y prostituto. Parecería, pues, que para una parte importante del público americano, y pro- bablemente también para el gran público de la aldea global, las ficciones literarias, cinematográficas o televisivas valen más cuando no son ficciones, o cuando no son del todo ficciones, o cuando cuentan experiencias verdaderas encubriéndolas apenas mediante un simple cambio de datos identificatorios, a la manera de las historias clínicas de Freud. Si quisiéramos jugar con ucronías y trasladáramos esta tendencia a la antigüedad clásica tendríamos que imaginar que el público de la tragedia griega habría valorado mucho más el Edipo Rey si hubiera tenido la certeza de que Sófocles había copulado con su madre sin saber que era su madre y que no se había arrancado los ojos tan solo para poder seguir escribiendo. Por cierto, hay sobrados datos históricos que desmienten semejante fantasía pero vale la pena recordar que para el público ateniense los mitos reelaborados por los poetas trágicos tenían un profundo contenido de verdad. Una verdad que no se relacionaba de modo inmediato con su mundo cotidiano pero sí con creencias reli- giosas más o menos extendidas y con la conciencia de un pasado heroico, remoto pero todavía muy vivo en la imaginación popular. Por eso mismo, Aristóteles trató De la torre de marfil al barrio global 157 de compaginar su idea de la poesía como mímesis de lo posible y general con la creencia en la verdad particular de los mitos en uno de los pasajes menos tersos del noveno capítulo de la Poética, aquel en el que sostiene que, a diferencia de la comedia «en la tragedia [los poetas] se atienen a nombres que han existido; y esto se debe a que lo posible es convincente; en efecto, lo que no ha sucedido no creemos sin más que sea posible; pero lo sucedido, está claro que es posible, pues no habría sucedido si fuera imposible»8. Ponerle al protagonista de Edipo Rey el mismo nom- bre del héroe mítico sería, de acuerdo con el planteo precedente, tan solo un modo de volver verosímil la representación de cierto tipo de hombre ubicado en cierto tipo de situación sin salida. Para entender el intrincado panorama de la ficción literaria de nuestros días, quizá sea útil retomar el razonamiento aristotélico en ese punto de extrema torsión y distinguir entre verdades generales del tipo «todos los humanos somos mortales» y verdades particulares del tipo «Sófocles vivió en Atenas en el siglo V a. C.». O, dando un salto más poético que lógico, quizá convendría hablar de verdades monumentales y verdades insignificantes, de verdades trascendentes y verdades triviales, de verdades emocionales y verdades racionales, de verdades morales y verdades amorales. Voy a dedicar una última observación al caso del testimonio, un género de mucha vigencia en nuestros días y que no siempre va acoplado a un propósito artístico. No me puedo extender ahora en este último punto pero solo quiero anotar que el testi- monio comparte con las memorias, las autobiografías o los diarios —sobre todo los pensados para su publicación— el mismo tipo de pacto con el lector: se le pide —de modo directo o indirecto— que crea en la verdad de todo lo que se cuenta en ellos. Podría decirse, entonces, que el testimonio, las memorias, las autobiografías y los diarios ocupan uno de los extremos de un continuo en cuyo polo opuesto se encuentran todos los textos que por presentarse como novelas o cuentos le piden implícitamente al lector que los lea como mundos imaginarios, es decir, que no pre- tenda verificar con ayuda de datos documentales lo que se cuenta en ellos. Entre estos extremos —el de la verdad histórica y el de la ficción o entre el de la realidad y el de la imaginación— se extiende en la actualidad una amplia gama de variedades y mezclas diversas, que son, como se ha visto, las que oponen resistencia a toda categorización crítica limpia y tajante. De lo dicho parecería desprenderse que los testimonios producidos por los testi- gos y las víctimas del terrorismo y del terror de estado sufridas por la América hispana en la segunda mitad del siglo XX no plantean mayores problemas desde la perspec- tiva de los estudios literarios y culturales. Sin embargo, lo contrario es lo cierto: estos 8 Aristóteles, Poética, 1451b 15-19. Susana Reisz 158 textos, generalmente orales en su origen, han dado lugar a un debate histórico, polí- tico y ético que nos retrotrae, una vez más, a la célebre distinción aristotélica entre la poesía y la historia y que, a mi juicio, reclama la inserción de los conceptos que he propuesto más arriba: los de verdad emocional y verdad moral. En un artículo publicado el año pasado en una de las revistas más importantes de la academia estadounidense (PMLA), Alicia Partnoy, académica argentina que tra- baja en los Estados Unidos y que es autora de un testimonio sobre su experiencia en las cárceles clandestinas de la dictadura militar conocida como «el proceso», comenta allí un libro reciente de Beatriz Sarlo (Tiempo Pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión, Siglo XXI, 2005), en el que la autora cuestiona la excesiva confianza que solemos depositar en el testimonio en primera persona como fuente de verdad histórica9. Siguiendo a Hannah Arendt —y a través de ella a Kant— Sarlo propone que para alcanzar la verdad histórica hay que saltar más allá del estrecho cerco de la memoria subjetiva y de los intereses personales y dejar que la imaginación «vaya de visita» a otros espacios para ampliar su horizonte interpretativo. Si bien no descarta la validez legal del testimonio oral en aquellos casos en que no existen pruebas o en que las posibles evidencias han sido destruidas, insiste en la necesidad de fundar la historia de un grupo humano en algo más racional y más sólido que la confianza en el testimonio de los sobrevivientes. El relato de la experiencia personal tendría, desde este punto de vista, un estatus muy inferior al de la recuperación reflexiva del pasado y al de su reconstrucción bajo el control epistemológico de una teoría y una metodología determinadas. La memoria del sufrimiento individual sería, en opinión de Sarlo, una suerte de ícono inanalizable que paraliza todo intento de discusión y que, por lo mismo, es incompatible con las necesarias ambigüedades o borrosidades de cualquier interpretación histórica. Una de las conclusiones más convincentes que Alicia Partnoy extrae del análisis de los planteos de Sarlo es que en este énfasis en una verdad que se coloca fuera de la experiencia individual y subjetiva, se puede ver, en contradicción con los postula- dos teóricos de base, una afirmación implícita de los propios intereses: en este caso específico, la defensa de los privilegios de la academia, es decir, de los filósofos, histo- riadores, sociólogos y críticos de la cultura, como fuente de auténtico conocimiento y el menosprecio implícito a la palabra, atravesada de emociones, de quienes llevan las marcas indelebles del horror en el cuerpo y en la mente. Según propias declaraciones, Sarlo pensó en algún momento escribir una historia colectiva de la radicalización política de la Argentina en los años setenta recurriendo 9 Partnoy, Alicia, «Cuando vienen matando: On Prepositional Shifts and the Struggle of Testimonial Subjects for Agency» en PMLA, CXXI (2006), pp. 1665-1669. De la torre de marfil al barrio global 159 al uso de la primera persona. Sin embargo, renunció al proyecto cuando se conven- ció, retomando una idea de Susan Sontag, de que «es más importante entender que recordar, aunque para entender sea preciso, también, recordar». La frase axiomática que acabo de citar —y que repiten hasta la saciedad los anuncios propagandísticos del libro en Internet— parece dar por sentado que quien produce el testimonio por lo general no tiene la capacidad de entender el proceso histórico en el que se inscribe su experiencia personal, a menos que sea, al mismo tiempo, un intelectual o un creador literario. En efecto, Sarlo solo parece conside- rar históricamente válidos aquellos testimonios en los que el autor, al igual que el ensayista, el poeta o el novelista, es capaz de distanciarse de sus propias vivencias, de objetivarlas y de ofrecerlas al juicio del lector sin ejercer sobre él directa presión moral Observada superficialmente, la restricción preceptiva que acabo de anotar pare- cería excluir del campo de la historia a la mayoría de los textos que se publican y se leen como testimonios. Sin embargo, una mirada más atenta a los representantes del género en cuestión nos puede llevar a descubrir que los binomios memoria-historia, subjetivo-objetivo, emocional-racional, centrado en sí mismo-abierto al mundo, no dan cuenta de la real complejidad de ese tipo de discurso ni tampoco ayudan mucho para establecer claras fronteras entre el testimonio, la historia y la literatura. No bien intentamos una definición positiva del género —una definición que no se limite a contrastarlo con la historia como disciplina académica— las preguntas y las dudas se multiplican: ¿es la experiencia personal realmente subjetiva o es indesli- gable de cierta forma de intersubjetividad?, ¿lo que es estrictamente personal, puede ser objeto de comunicación?, ¿cómo es la relación entre un cuerpo con cicatrices y una mente —llamemos así a un intrincado sistema de procesos cerebrales electro- químicos y un plus indefinible— que recuerda y analiza la vivencia del sufrimiento?, ¿es posible reproducir una experiencia real sin dejar que intervenga la imaginación?, ¿cómo es la relación entre emociones y percepciones en momentos traumáticos?, ¿puede la emoción distorsionar los datos de la percepción?, ¿cuál sería el rasero para medir exageraciones o distorsiones?, ¿cómo es la relación entre el testimonio y la poesía confesional?, ¿y entre el testimonio y la auto-ficción? Cuando recuerdo que el antropólogo David Stoll, un experto en cultura guate- malteca, se dedicó durante años a revisar archivos y a entrevistar posibles testigos presenciales para demostrar que Rigoberta Menchú había dicho mentiras en el libro testimonial que la llevó a la fama10, no puedo menos que admirarme de la vocación policíaca de algunos académicos y deplorar que la obsesión por el dato preciso pueda 10 Stoll, David, Rigoberta Menchú and the Story of all Poor Guatemalans, Boulder, Colorado: Westview Press, 1999. Susana Reisz 160 pesar más que la voluntad de analizar procesos históricos complejos con el «pensa- miento complejo» que les corresponde11. Me pregunto qué importa, para la gran visión de conjunto de la guerra civil guatemalteca, saber si uno de los hermanos de Rigoberta Menchú murió quemado vivo ante la vista de sus familiares —como ella lo relata—, o si su hermano o ella misma o alguien cercano a cualquiera de los dos vio cómo el Ejército quemaba vivo a un rebelde que podría haber sido cualquiera de ellos. Lo que cuenta, pienso yo, es la verdad gigantesca del genocidio, no las ver- dades diminutas relacionadas con el lugar, el día, la hora, las circunstancias exactas, el posible cambio —para lograr un mayor impacto emocional— de unos datos de identidad que no modifican la atrocidad del hecho en sí. El «fanatismo de la verdad» suele producir el efecto paradójico de volvernos sordos a las grandes revelaciones sociales, políticas y éticas que puede ofrecernos una historia imaginaria o una versión ligeramente fantaseada de duros hechos reales. Si quienes cultivamos y enseñamos las humanidades no queremos renun- ciar al ideal de construir una humanidad mejor, tendremos que aprender a ser más modestos y a la vez más apasionados, más abiertos al diálogo, más sinceros en relación con nuestras ignorancias, menos aficionados a parapetarnos en el barrio de nuestras respectivas disciplinas y más sensibles a las necesidades de quienes nos rodean. Para concluir con una nota que procede de mi barrio global diré, para- fraseando con cierta libertad a Toni Morrison12, que la práctica de una auténtica pedagogía humanística es la de un conocimiento que no se deja seducir por su propio brillo. 11 Cf. Morin, Edgar, «La epistemología de la Complejidad» en Gazeta de Antropología, XX (2004), . 12 Adapto una idea de Toni Morrison sobre el arte, expuesta en una mesa redonda sobre el futuro de las humanidades: «Guest Column: Roundtable on the Future of the Humanities in a Fragmented World» en PMLA, CXX (2005), pp. 715-723.