3 El miedo en el Perú Siglos XVI al XX Claudia Rosas Lauro (editora) El miedo en el Perú Siglos xvi al XX Pontificia Universidad Católica del Perú Fondo Editorial 2005 El miedo en el Perú. Siglos XVI al XX Reimpresión de la primera edición, septiembre de 2005 Tiraje: 500 ejemplares © Seminario Interdisciplinario de Estudios Andinos, 2005 Pallardelle 285-202, Lima 27, Perú Teléfono: (51 1) 448-3470 Fax: (51 1) 440-7431 Correo electrónico: sidea@chavin.rcp.net © Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2005 Plaza Francia 1164, Lima 1, Perú Teléfonos: (51 1) 330-7410, 330-7411 Fax: (51 1) 330-7405 Correo electrónico: feditor@pucp.edu.pe Dirección URL: www.pucp.edu.pe/publicaciones/fondo_ed/ Fotografía de cubierta: Daniel Giannoni. Detalle del mural El Infierno, atribuido a Tadeo Escalante, iglesia de Huaro, Cuzco Diseño de cubierta: Edgard Thays Diagramación de interiores: Aída Nagata Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores. ISBN 9972-42-690-4 Hecho el depósito legal 2005-6471 en la Biblioteca Nacional del Perú. Impreso en el Perú - Printed in Peru Índice Prólogo Luis Millones 9 Introducción Claudia Rosas Lauro 15 El miedo en la historia: lineamientos generales para su estudio Fernando Rosas Moscoso 23 El enemigo frente a las costas. Temores y reacciones frente a la amenaza pirata, 1570-1720 Ramiro Flores Guzmán 33 El miedo a la excomunión en la sociedad colonial. Huamanga en el siglo XVII Miriam Salas Olivari 51 Miedo reverencial versus justo miedo: presiones familiares y vocación religiosa en Lima (1650-1700) Bernard Lavallé 83 Del gran temblor a la monstruosa conspiración. Dinámica y repercusiones del miedo limeño en el terremoto de 1746 Susy M. Sánchez Rodríguez 103 La construcción del miedo a la plebe en el siglo XVIII a través de las rebeliones sociales Scarlett O’Phelan Godoy 123 El miedo a la revolución. Rumores y temores desatados por la Revolución Francesa en el Perú, 1790-1800 Claudia Rosas Lauro 139 El miedo a la revolución de Independencia del Perú, 1818-1824 Cristina Mazzeo de Vivó 167 Cuando la patria llegó a la capital: el miedo ante el advenimiento de la Independencia, 1820-1821 Arnaldo Mera Ávalos 185 Las urnas temibles. Elecciones, miedo y control en el Perú republicano, 1810-1931 José F. Ragas Rojas 233 El miedo al APRA Jeffrey Klaiber, S. J. 257 El miedo a la multitud. Dos provincianos en el Estadio Nacional, 1950-1970 Denise Leigh Raffo 265 El terror como ejercicio del poder Augusto Castro Carpio 275 Sobre los autores 281 Prólogo Cuatro sesiones apenas bastaron para que expusieran los muchos ponentes convocados por el interés de desarrollar diferentes aspectos del tema propuesto por Claudia Rosas. Contra lo que pudiera esperarse, los participantes confluye- ron en núcleos de interés muy precisos. Los trabajos pueden ser alineados en dos grandes grupos: el miedo en la historia colonial y el miedo desde los inicios de la República hasta nuestros días. Así, «El miedo en la historia del Perú» fue el título del simposio realizado en la Conferencia Internacional «Al fin de la batalla», organizada por el Seminario de Estudios Interdisciplinarios Andinos (SIDEA) y llevada a cabo en Lima, en noviembre de 2001. La reunión abordó temas de actualidad como la amenaza del terrorismo internacional, la guerra contra la corrupción y la transición hacia la democracia, entre otros. En este marco, la reflexión sobre el miedo, enfocado como un aspecto vinculado con estas problemáticas, concitó gran atención por parte del público. El libro que presentamos recoge los aportes de diversos especialistas sobre el tema. Un eje cronológico une de manera visible casi todas las ponencias, que a su vez concentran su interés en momentos específicos del Virreinato: el siglo XVIII y las primeras décadas de la República. Hay también algunos trabajos que escapan a esta generalización, como el de Fernando Rosas sobre el papel del miedo en la hisoria, el de Jeffrey Klaiber sobre el miedo al APRA y el de Denise Leigh sobre el pavor a la multitud que enfrentan los jugadores de fútbol. Su inclusión, sin embargo, abre una ventana novedosa y no quiebra la calidad que la mayoría de las colaboraciones ostentan. A continuación seleccionaré arbitrariamente, para comentarlas, algunas de las ponencias que llamaron mi atención. Si nos guiamos por un criterio cronológico, habría que empezar por las po- nencias sobre el miedo a la excomunión (Miriam Salas) y la que nos describe los temores frente a la amenaza pirata (Ramiro Flores). Ubicándose en la Huamanga del siglo XVI, Miriam Salas nos proporciona un interesante estudio sobre el uso político de la censura eclesiástica bajo la forma de la excomunión. No es de extra- ñar que este recurso, cuyo contenido a veces suena como una maldición profana, haya sido empleado en las frecuentes disputas entre el clero y la autoridad civil, especialmente en defensa de sus fueros o bien por simples razones de conveniencia 10 El miedo en el Perú económica. La autora usa su magnífica documentación tomando como línea conductora a la familia Oré, auspiciadora del monasterio de Santa Clara, del que fueron parte varios hijos de Antonio de Oré y Luisa Díaz de Rojas. Los litigios que se producen en la región desembocan en varias de las excomuniones y sus efectos son analizados con cuidado y con sólida información. Al lado del temor reverencial que siempre despertó el clero católico, debemos situar otros miedos que escapan del ámbito espacial de las ciudades coloniales. Hacia ese punto nos lleva Ramiro Flores con su ensayo sobre los piratas de los siglos XVI, XVII y primeras décadas del XVIII. Como se sabe, la política mono- polista de España determinó la presencia de quienes querían abrir nuevas rutas de comercio para el resto de Europa, o bien, simplemente, tomar por asalto las inmensas costas del territorio de las Indias. El artículo no es una relación de los desembarcos ilegales o del asalto a las naves del gobierno español; más bien se concentra en las actitudes que asumieron los habitantes y sus autoridades ante la posibilidad real o imaginaria de que los bucaneros estuvieran frente a sus centros poblados. Vistos como una doble amenaza: contra el Rey y contra la Iglesia, se los veía como enemigos, como extranjeros y como protestantes, cuyo fin, aparte del saqueo, era el de profanar los templos y conventos católicos. La amenaza y el miedo tenían fundamento. El autor nos relata que en 1685 asaltaron sucesivamente los puertos de Paita, Coquimbo y Saña; en Huarmey carenaron sus barcos y pasaron a asaltar Huacho, Huaura y Casma sin que se les opusiese resistencia. Al mismo tiempo, la posibilidad de tales asaltos generó un nutrido folclore, que hace que hoy se narren, en muchos lugares del Perú, historias de desembarcos de piratas que nunca sucedieron. Bernard Lavallé nos ofrece una contribución que nos lleva hacia fines del siglo XVII, en la que invoca nuevamente el temor relacionado con la Iglesia católica. Se trata de las presiones familiares para lograr que un hijo o una hija se integre al clero, presuponiendo que con ello obtendría mayores consideraciones sociales y seguridad económica; o bien procurando que el joven miembro del hogar tenga un destino diferente del de sus hermanos, de acuerdo con la estrategia planteada por el jefe de familia. Un buen ejemplo para las tesis de Lavallé nos lo dio ante- riormente el artículo de Salas, pero son muchos los ángulos desde los cuales es posible observar los deseos de la familia y sobre todo las respuestas inmediatas o tardías de quien tomaba los hábitos. Lavallé nos relata con sumo cuidado la problemática económica, étnica y legal que suscitaron las vocaciones tempranas, que por ser forzadas o por descubrirse que ya habían desaparecido, acabaron por ser rechazadas por quienes ya formaban parte del clero o estaban en camino a serlo. La renuncia a esta condición nunca fue fácil, no solo por la complicada decisión de la persona que rompía con los votos tomados sino también por los intereses de la orden a la que pertenecía. Prólogo 11 El trabajo presentado abre una brecha en los estudios sobre la Iglesia colonial que vale la pena seguir explorando. El universo colonial andino vivió inmerso en contradicciones económicas y sociales que se reflejaban en actitudes psicológicas muy marcadas. Tal es el caso del miedo a la plebe, cuyo retrato en el siglo XVIII nos es presentado por Scarlett O’Phelan. Tras un breve repaso acerca de la composición de la plebe colonial, la autora se ubica en el terreno que conoce, el ambiente previo a los estallidos socia- les de la población indígena del siglo XVIII, y trata de reconstruir el mundo que rodeó a las conspiraciones, lleno de rumores, de chismes y anónimos, y de una represión inmisericorde. El trabajo de O’Phelan está emparentado de muchas maneras con el de Claudia Rosas Lauro, directora del simposio, cuyos trabajos sobre el rumor y la conspi- ración en la historia del Perú ya son un aporte de trascendencia en este campo. Esta vez la autora se dedica a revisar los efectos de la Revolución Francesa en el virreinato peruano, usando como ejes la Gaceta de Lima y los artículos del Mer- curio Peruano (además de una copiosa documentación inédita). Rosas nos lleva a los «mentideros» de la capital peruana, donde los criollos trataban de leer entre líneas la información que proporcionaba el gobierno colonial, y nos acerca a los propios órganos de censura, que tenían indicaciones precisas del virrey y de las autoridades eclesiásticas para pintar como parricida y bárbaro el comportamiento de los franceses. Dueña de una pluma tersa y erudita, Claudia Rosas nos permite reconstruir la época y sus angustias. Otros miedos fueron causados en el mismo siglo XVIII por los elementos na- turales y las enfermedades. Susy Sánchez continúa la línea de sus investigaciones sobre los efectos de sismos y epidemias en el período colonial. Su trabajo, esta vez, está concentrado en las repercusiones del miedo limeño después del terremoto de 1746. La autora empieza por reconstruir el ambiente que generan estos fenómenos en sociedades que viven en zonas sísmicas como Lima. Además, toma en cuenta las experiencias limeñas con respecto al sismo de 1687 y nos informa cuidadosamente de los criterios de construcción y los reglamentos promulgados para evitar mayores daños, en una situación que no solo se sabía inmanejable sino que además tenía la carga ideológica de ser identificada como castigo divino. Toda prevención resultó insuficiente. El terremoto destruyó Lima y el Callao, que prácticamente desapareció por efecto del tsunami. Los sobrevivientes huyeron a los cerros vecinos; y aunque el virrey se salvó del desastre, se tardó mucho en evaluar y remediar el daño. Sánchez nos entrega un estudio muy serio que nos informa con detalle y sin dramatismo. Al referirse al efecto sobre las acciones de la Iglesia, sus reflexiones crean espacios muy importantes de comprensión de fenómenos colaterales al sismo. Tal es el caso de la procesión del Señor de los Milagros, que solo en esta tardía fecha despegó como culto popular. 12 El miedo en el Perú No solo razones cronológicas relacionan los trabajos de Arnaldo Mera (1820- 1821) y Cristina Mazzeo (1818-1824); además, ambos autores dedican sus ponencias al miedo al proceso de la Independencia del Perú. El trabajo de Mazzeo tiene la virtud de contextualizar el episodio en una propuesta teórica más amplia, ubicándolo como un ejercicio dentro del estudio de las mentalidades, que recurre con frecuencia a la psicología social (Roger Brown y Kimball Young, por ejemplo) para entender el papel de las élites dirigentes y los cambios de interpretación con respecto al destino de las sociedades que lideran. Temas como la sugestión, la persuasión y el rumor son entresacados de las proclamas, la correspondencia y los discursos de libertadores y realistas, para ofrecernos una explicación coherente del ámbito de tensiones que se vivió durante la contienda. Por su parte, el extenso trabajo de Mera, dependiente aún de los antiguos postulados de De la Puente Candamo, nos entrega, sin embargo, información sugerente sobre la opinión pública, las intrigas, las presunciones exageradas y los rumores infundados que circularon a lo largo de los frentes de batalla. La longitud y la variabilidad de los espacios que debían cubrir las tropas hicieron que el miedo se convirtiera en un factor importante en el terreno de los hechos, situación que no desapareció durante el Protectorado, cuya precariedad es descrita con acucioso detalle en el artículo. Ya en terreno republicano, quiero destacar los estudios de José Ragas sobre las elecciones en el siglo XIX, que dibujan toda la crudeza con la que fueron llevadas a cabo (1810-1931). Aunque el tema es más o menos conocido, Ragas no solo describe el escenario de los días electorales sino que procura recrear el ambiente y las razones por las que elegir un gobernante nace como un ejercicio peligroso. Además, hubo prolongados períodos durante los cuales ni siquiera se pudo correr el riesgo de mostrar tales o cuales preferencias. Como dice el autor, el contexto de la débil economía agraria del país hacía que la incertidumbre fuera el clima domi- nante y que el interés por participar en las elecciones fuera claramente marginal. Por lo demás, al final del siglo, al desplazar el peso de las elecciones de la sierra a la costa se logró un nuevo tipo de votante («culto, blanco y costeño») que hizo desaparecer las bases de cualquier sueño democrático. Si bien Ragas se escapa varias veces del período que nos propone en su título, no sucede lo mismo con el trabajo de Jeffrey Klaiber («El miedo al APRA»). Estamos ahora ante cortos estudios, o más bien reflexiones, sobre fenómenos políticos de repercusión contemporánea. Klaiber nos entrega una sucinta historia del aprismo, la naturaleza de su doctrina y su cimbreante trayectoria durante los primeros cin- cuenta años de su existencia. Con esta base propone las razones del antiaprismo, que en varias oportunidades ha generado un masivo voto negativo para el partido en cuestión. Sobresalen en este análisis sus relaciones con la izquierda peruana y los partidos de derecha, y la ambivalencia de sus posiciones, en las que el autor encuentra las razones del rechazo, especialmente si se le suma «una mezcla de religión y política» que parece caracterizar al APRA. Prólogo 13 El trabajo de Denise Leigh se ubica en un período reciente (1950-1970) y en un espacio diferente de los anteriores. Fuera del quehacer político, los sujetos de su investigación son los jugadores provincianos de fútbol. Sus miedos se concentran, progresivamente, en su llegada a la capital y en su ingreso al Estadio Nacional, templo amenazador con cuya cancha han soñado desde que tuvieron uso de razón. Luego de entrevistar a jugadores de aquella época en Lima y en su tierra natal, Leigh ha podido recrear esos momentos de exaltación y pavor que significaron haber llegado a la prueba definitiva: jugar en un equipo profesional capitalino. El artículo de Auguso Castro referido al terror como ejercicio del poder puede ser considerado como el broche final de un magnífico libro. LUIS MILLONES Introducción ¿Por qué ese silencio prolongado sobre el papel del miedo en la historia? Sin duda a causa de una confusión mental ampliamente difundida entre miedo y cobardía, valor y temeridad. Por auténtica hipocresía, lo mismo el discurso escrito que la lengua hablada —esta influida por aquel— han tendido durante mucho tiempo a camuflar las reacciones naturales que acompañan a la toma de conciencia de un peligro tras la apariencia de actitudes ruidosamente heroicas. Jean Delumeau, El miedo en Occidente Hace ya varios años, el historiador Jean Delumeau destacó la omnipresencia del miedo en la sociedad occidental y la poca atención que se le había prestado en el discurso histórico. El silencio sobre el miedo lo atribuye el autor a que se equipara temor con cobardía.1 Esta reflexión se apoya en que la historia llamada tradicional o positivista, hasta las primeras décadas del siglo pasado se había ocupado habi- tualmente de los hombres valientes y las gestas heroicas de los pueblos; entonces, en un discurso histórico como este no había espacio para ocuparse de los temores que aquejaban a los individuos y las colectividades, más aún si estos miedos eran sinónimo de pusilanimidad o cobardía. Sin embargo, la inicialmente escasa y luego muy rica reflexión sobre temas como este se debió a importantes cambios en los campos de la historia y la psicología,2 así como a la demanda de la sociedad por explicar ciertos fenómenos sociales. En efecto, un importante cambio historiográfico se inició hacia 1920 con la Nueva Historia y los historiadores franceses Marc Bloch y Lucien Febvre, quienes en sus investigaciones se interesaron por la comprensión de ciertos elementos psicológicos de carácter colectivo3 y reflexionaron sobre el temor y el deseo de seguridad desde 1 Delumeau, Jean. La peur en Occident. París: Fayard, 1978. 2 Para ver antiguos y nuevos derroteros entre la historia y la psicología consúltese Rosas, Fernando. El hombre y el dominio de los espacios: mecanismos oníricos y temores en la expansión europea (siglos XIII-XV). Cuadernos de Historia V. Lima: Universidad de Lima, 1988. 3 En la obra Los reyes taumaturgos (1924), con el fin de penetrar en la mentalidad del hombre medieval Bloch investiga sobre la creencia en el poder milagroso de sanación que tenían los reyes. Por su parte, Lucien Febvre en su libro El problema de la incredulidad en el siglo XVI (1942), analiza los orígenes de 16 EL MIEDO EN EL PERÚ el punto de vista histórico.4 Al mismo tiempo, desde el campo de la psicología, los trabajos de Sigmund Freud —y luego los de algunos de sus discípulos— se acercaron a la historia en busca de explicaciones sobre los orígenes de algunos condicionantes y fijaciones en la mente humana. A partir de la década de 1960 surgieron nuevos temas y se abrieron nuevos campos de interés que vinculaban aún más la historia y la psicología, tales como la psicohistoria, la historia de lo imaginario y la historia de las mentalidades.5 Como señala Peter Burke, se produjo un proceso de atomización y fragmentación de la historia en diferentes campos de estudio,6 al mismo tiempo que una democratización de esta al emerger como protagonistas sujetos antes olvidados: las mujeres, los niños, los pobres y los locos. Siguiendo los derroteros de esta evolución, el interés por el miedo como objeto de estudio poco a poco ganó un espacio. En este contexto historiográfico se enmar- can las obras del historiador del miedo, Jean Delumeau,7 cuyo libro La peur en Occident constituye el primer intento de sistematización del estudio del miedo en la historia.8 Sin embargo, la historia del miedo, más que ser un campo específico de estudio, es una perspectiva de análisis9 y un tema cuya reflexión se ha visto favorecida, más recientemente, por la percepción de que se ha iniciado una etapa de terrorismo globalizado y un estado de vigilia permanente a partir del atentado contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001, con todas las consecuencias que ello ha acarreado en el ámbito mundial. La reflexión sobre esta temática es indudablemente importante porque el miedo es uno de los elementos que acompaña al ser humano en su recorrido histórico, con el cual entabla un diálogo permanente. Si bien la historiografía peruana se ha ocupado tangencial o indirectamente del tema, no ha abordado el miedo como la incredulidad a través de la obra de Rabelais. Ambos historiadores recurren a la psicología para ofrecer explicaciones históricas de diferentes fenómenos. 4 Febvre, Lucien. «La sensibilité et l’Histoire». Annales. París, 1941. Del mismo autor, «Pour l’histoire d’un sentiment: le besoin de sécurité». Annales. París, 1956. 5 Véase Le Goff, Jacques (coord.). La nuova storia. Milán: Mondadori, 1980; Vovelle, Michel. Aproximación a la historia de las mentalidades colectivas. Cuadernos de Historia XII. Lima: Universidad de Lima, 1991; y Alberro, Solange. «La historia de las mentalidades: trayectoria y perspectivas». Historia Mexicana, vol. XLII, n.º 2. México, 1992. 6 Burke, Peter. Formas de hacer historia. Madrid: Alianza, 1993. 7 Delumeau, Jean. La péché et la peur. La culpabilisation en Occident, XIII-XVIII. París: Fayard, 1983; «La religión y el sentimiento de seguridad en las sociedades de antaño». En Historiografía francesa: corrientes temáticas y metodológicas recientes. México D. F.: Centro Francés de Estudios Mexicanos y Centroame- ricanos, 1996; y «Mentalidades religiosas en el occidente moderno». Lienzo, n.º 18. Lima, Universidad de Lima, 1997. 8 Véase en este mismo volumen el artículo «El miedo en la historia: lineamientos generales para su estudio», de Fernando Rosas. 9 El mismo Jean Delumeau se define como un historiador de las mentalidades religiosas, y su interés por el estudio del miedo se entiende desde esta perspectiva. Delumeau, Jean. «Mentalidades religiosas...». INTRODUCCIÓN 17 elemento integrador en el análisis histórico. Ante la ausencia de una reflexión global sobre esta problemática en el contexto peruano, surge la presente publicación que tiene su origen en la mesa «El miedo en la historia del Perú», realizada en el marco de la conferencia internacional «Al fin de la batalla», organizada por el Seminario de Estudios Interdisciplinarios Andinos (SIDEA) y realizada en Lima entre los días 15 y 18 de noviembre de 2001. El tema del encuentro giraba en torno a la violen- cia y el conflicto, aspectos íntimamente vinculados con el miedo y sus múltiples manifestaciones. A partir de esta reflexión, junto con el historiador Luis Millones, se planteó la realización de una mesa dedicada al análisis del fenómeno del miedo en el contexto peruano, enfocado desde diferentes perspectivas de estudio. En este sentido, el libro —que recoge gran parte de las ponencias presentadas en esa ocasión, además de otras colaboraciones incluidas posteriormente— constituye un primer intento de aproximación al tema del miedo en nuestro contexto, que no nace de una moda intelectual sino de la necesidad de identificar nuevos elementos que promuevan una mejor comprensión de las causas y los efectos de los conflictos y la violencia en nuestra historia. Con los artículos presentados haremos un recorrido histórico de diferentes miedos que, ordenados de acuerdo con una secuencia cronológica, van desde el mundo colonial hasta el presente, enfocados desde una perspectiva multidis ciplinaria que abarca no solo la disciplina histórica sino también la psicología, la sociología y la filosofía, entre otras. Cada autor, entonces, ha examinado el miedo a partir de su campo de investigación, premunido con los instrumentos de análisis propios de su especialidad. Al inicio se ofrecen, a partir del artículo del historiador Fernando Rosas Moscoso, los lineamientos generales para el estudio del miedo en la historia. Así, el libro comienza con una reflexión teórica sobre el tratamiento del miedo desde el punto de vista histórico, a partir de la cual el autor establece una serie de variables para el análisis del miedo, y una tipología de este mismo en la que se recogen los más relevantes miedos colectivos. De esta manera se establece una relación de diferentes manifestaciones concretas del temor ligadas con la subversión del orden sea natural, sociopolítico o espiritual, entre otros, que incluyen también temores de reciente aparición en la historia. Esta tipología de los miedos en su perspectiva histórica permite visualizar las posibles líneas de investigación y, a la vez, establecer relaciones entre las más diversas expresiones del miedo en la historia. Luego de la reflexión teórica se presenta un grupo de trabajos (Flores, Salas y Lavallé) centrados principalmente en los siglos XVI y XVII, algunos de los cuales se proyectan hacia el XVIII. El artículo de Ramiro Flores aborda la amenaza del ataque pirata, en un arco temporal de más de 150 años, desde la perspectiva del otro, para analizar cómo los prejuicios frente a los «enemigos extranjeros» fueron impregnando la mentalidad colonial. En efecto, a través de un estudio casuístico, Flores ve cómo el asedio de piratas y corsarios no solo provocó grandes pérdidas 18 EL MIEDO EN EL PERÚ materiales sino que, sobre todo, sembró en la mentalidad colectiva el temor al extranjero. El miedo a los piratas encerraba, por lo tanto, no solo el temor a la violencia sino también a la contaminación foránea, con su germen de maldad y herejía. El autor, a la vez que enfoca la esfera mental colectiva, introduce la variable social para medir las reacciones de los diferentes estratos sociales ante la amenaza pirata. Así, mientras los grupos subalternos vieron en una invasión pirática la po- sibilidad de redención, hubo grupos de poder que instrumentalizaron el miedo a los piratas para conseguir beneficios económicos concretos. Miriam Salas desarrolla un caso de excomunión en la ciudad de Huamanga del siglo XVII para comprender lo que esta significó entre los habitantes de aquel tiempo y sus consecuencias económicas y políticas. La excomunión expedida en 1680, en una coyuntura de auge de los obrajes del sur andino, permite un acer- camiento a la sociedad que la produjo y a la historia de la ciudad de Huamanga desde sus orígenes. La autora presenta el entramado de relaciones de la familia Oré, siendo relevante su vinculación con la Iglesia a través de la fundación del convento de Santa Clara. El análisis privilegia el estudio de los aspectos sociales y económicos de la región —a la cual la autora ha dedicado muchos años de in- vestigación— que giran en torno a la excomunión como mecanismo de presión para resolver los conflictos y litigios, en este caso en favor de la autoridad religiosa. El historiador Bernard Lavallé aborda un aspecto poco tratado y escasamen- te documentado: el de las relaciones entre padres e hijos a fines del siglo XVII, mediante el análisis de una consistente cantidad de alegatos para la nulidad de profesión. En la Lima colonial, los frailes recurrieron a menudo a la posibilidad que les ofrecía el derecho canónico de solicitar la anulación de sus votos. El principal motivo para haber ingresado a los claustros de manera involuntaria que esgrimían los demandantes era el de los problemas familiares, que eran de varios tipos, principalmente la presión de los padres, quienes recurrían hasta a las amenazas de muerte o el exilio a Chile. La violencia psicológica era, las más de las veces, el preludio al maltrato físico. El convento se convertía, entonces, en el refugio seguro frente a una serie de peligros y temores que Lavallé muestra mediante la casuística. Tal como señala el autor, «el miedo es uno de los protagonistas más constantes en esas historias de vida», en las que es posible distinguir dos tipos: el «miedo reverencial» prodigado hacia los padres, que —aceptado socialmente— tenía el estatus de concepto jurídico, y el «justo miedo», que nacía de la violencia de los padres y, por consiguiente, invalidaba las decisiones de los hijos. Con un considerable acervo documental, el autor observa las relaciones padres-hijos de la época, signadas por el autoritarismo, la conflictividad y los temores. Otro conjunto está constituido por los trabajos dedicados al siglo XVIII (Sánchez, O’Phelan y Rosas Lauro). El trabajo de Susy Sánchez analiza los temo- res desencadenados por el terremoto de 1746 para ver cómo la ciudad de Lima fue modelada por el miedo, componente importante en la configuración de la INTRODUCCIÓN 19 vida urbana limeña. En principio, la autora explica la dinámica del miedo en una coyuntura sui géneris que vivió la Ciudad de los Reyes, entre 1746 y 1750, cuando se registraron una serie de miedos conjugados (al mar, al fuego, a la peste, a la plebe) que tenían su origen en el terremoto de 1746. Así, Sánchez observa cómo esta coyuntura alcanzó su clímax cuando a mediados de 1750 se descubrió una conspiración planeada por la élite indígena mestiza en la capital; esta conspiración jugó un papel gravitante en la reconstrucción de la ciudad de Lima, llegando a tener un peso más significativo que el terremoto en sí. Al mismo tiempo, aborda las repercusiones en el ámbito religioso, urbano y cultural. Scarlett O’Phelan analiza el miedo al indio y a la plebe desencadenado por las rebeliones anticoloniales durante el siglo XVIII, tema en el que la autora ha tra- bajado extensamente. Para ello, empieza por definir el concepto de plebe surgido del amplio mestizaje entre españoles, indios y negros, que llevó a la aparición de las castas posteriormente incluidas —junto con los indios— en esta definición. Asimismo, la autora estudia el discurso sobre la plebe, a cuyos miembros se les achacaba todo tipo de defectos: ser vagabundos, proclives al hurto y de conducta disipada, y mostrar poco temor a la autoridad. O’Phelan demuestra cómo las rebeliones que estallaron durante el siglo XVIII contribuyeron a forjar la cons- trucción del miedo a la plebe. En este proceso jugaron un papel relevante varios elementos que son analizados con profundidad: el rumor, la sobredimensión de los acontecimientos a través de los pasquines, el ataque a los símbolos de poder y a las propias autoridades coloniales, y los efectos visuales para atemorizar al enemigo. Según la autora, la conjugación de estos factores creó incertidumbre e inseguridad entre las autoridades coloniales, lo que llegó a desembocar en un verdadero miedo colectivo que se prolongará durante el período republicano. Finalmente, Claudia Rosas Lauro estudia los miedos desencadenados por la Revolución Francesa en el Perú durante la década de 1790, a partir del análisis de los procesos informativos y de la forma en que se representaba la revolución. El trabajo estudia cómo la Revolución Francesa alimentó el temor que ya existía entre el gobierno y la élite colonial a una revolución del pueblo, y cómo la reactivación de ese miedo prístino a la subversión generó un abanico de comportamientos y actitudes cuyo análisis es relevante no solo para la comprensión del rol de los grupos de poder en la sociedad colonial de fines del siglo XVIII sino también durante el proceso de la Independencia. Dos artículos (Mazzeo y Mera) se encargan de estudiar los miedos desencadenados durante el proceso de la Independencia con diferentes enfoques y material docu- mental de distinta naturaleza, por lo que se complementan. Cristina Mazzeo aborda el tema recurriendo al estudio de la correspondencia legada por la familia Lavalle y apoyándose en una serie de instrumentos teóricos de la psicología, tales como la persuasión y la sugestión, el rol de la imitación y del rumor, el triunfalismo y la deserción; todos ellos presentes en los acontecimientos —sobre todo militares— 20 EL MIEDO EN EL PERÚ ocurridos entre 1816 y 1824. El valor de la aproximación al tema radica justamente en el intento de tender puentes entre ambas disciplinas, la historia y la psicología. Arnaldo Mera estudia una coyuntura muy precisa, el momento de la ocu- pación de Lima por las tropas patriotas en 1821, explotando en especial una información archivística enriquecedora, el Juzgado de Secuestros, y pasando revista a información periodística así como a aquella producida por viajeros. A partir de esta analiza el abanico de temores asociados con la ocupación de Lima por el Ejército Libertador, midiendo las reacciones sobre todo de las autoridades y de la élite limeña. Como suerte de puente entre los temores producidos durante la Indepen- dencia y los de carácter político del siglo XX, está el artículo de José Ragas, que abarca el período que va de 1810 a 1930, ocupándose de un aspecto que no ha merecido la atención de los especialistas: los procesos electorales. Una de las ideas principales es que la violencia en medio de la cual se desarrollaron las elecciones fue parte consustancial de los procesos mismos. En este sentido, el miedo jugaba un papel importante, por lo que el autor explora su rol en la opinión pública, cómo podía ser utilizado contra otro candidato, cómo reaccionó la población ante los temores suscitados por las elecciones y a través de qué medios se buscó obtener seguridad y control para terminar con la violencia del sufragio. Otro aspecto relevante en este estudio es cómo el carácter inevitable de las elecciones, por ser la principal fuente de legitimidad, dejó como única medida las reformas electorales destinadas a discutir el número de ciudadanos que participarían en ellas. Ragas plantea que, a diferencia de lo que se piensa, la ciudadanía no se conquistó de manera progresiva sino todo lo contrario: desde un amplio margen otorgado por las Cortes de Cádiz se fue cerrando el camino de la participación, aunque con intermitencias y repliegues. Los temores políticos colectivos en el Perú del siglo XX son vistos en dos artícu- los (Klaiber y Castro) a los que se suma otro (Leigh) de carácter más individual y psicológico, que a su vez se relaciona con una de las pasiones colectivas nacionales: el fútbol. En el primero de ellos, Jeffrey Klaiber plantea que el miedo al APRA ha sido uno de los temores políticos más grandes en la historia moderna del Perú. Desde la aparición de este partido en 1930, los peruanos se han dividido en bandos apasionados: o a favor o en contra del APRA. Según el autor, esto se debe a que el APRA no se presentó meramente como un partido político moderno sino, también, como un movimiento casi mesiánico, con elementos fascistas, comunistas, nacio- nalistas y religiosos, además de sus planteamientos puramente políticos y sociales. A ello se agrega que durante los años de persecución los apristas forjaron fuertes vínculos internos de unión y de solidaridad, que en muchos casos fomentaban el sectarismo. Frente a estos hechos, Klaiber concluye que los peruanos no apristas, movidos tanto por razones legítimas como por miedos irracionales, cerraron filas para que el APRA nunca llegara al poder, al menos hasta la época de Alan García. INTRODUCCIÓN 21 Denise Leigh, mediante una serie de entrevistas que forman parte de un tra- bajo de investigación más amplio, estudia los temores de dos jugadores de fútbol profesional, Emilio Vargas y Rodolfo Guzmán, entre las décadas de 1950 y 1970. El hecho de que ambos sean inmigrantes permite observar el temor a la capital, la gran ciudad, al mismo tiempo que el miedo a la discriminación tanto del público como de los propios compañeros. De esta manera, desde la psicología, Leigh estu- dia cómo la multitud es un elemento esencial en los temores de estos futbolistas, tomando como idea central la adaptación a una ciudad hostil a través del fútbol, que funciona como una herramienta que les facilita esta asimilación, pues les pro porciona dos caras: una como migrante rechazado y otra como futbolista aceptado. Se concluye con una reflexión de Augusto Castro desde la filosofía, que enfoca el papel político del terror y lo relaciona con el poder. El autor observa cómo el terror ha cumplido también un papel político en la historia última del Perú, pues generar, producir, «sembrar» terror ha sido un instrumento de la acción política tanto de los grupos armados como del Estado mismo. El trabajo justamente resalta el vínculo del terror con el poder, pues quien tiene el monopolio de este último—y no solo tiene el poder el que posee la dirección de un gobierno o de un Estado— puede hacer un uso deliberado de la violencia y aterrorizar a la población. En realidad, el autor concluye viendo cómo el terror no ha estado ausente del manejo del poder, rasgo que podemos observar en nuestra historia más reciente. Si bien el libro recoge contribuciones que provienen de diversas canteras y analizan un nutrido abanico de miedos en diferentes períodos de nuestra historia y desde diferentes perspectivas, quedan por abordar otros enfoques, como el de género. También se podría reflexionar sobre tantos otros temas como las institu- ciones de la represión —la Inquisición es un buen ejemplo— o, en un terreno más contemporáneo, el fascismo, los movimientos terroristas y hasta el miedo a la verdad, si pensamos en la labor desarrollada por la Comisión de la Verdad en nuestro país. Asimismo, queda pendiente la discusión sobre la posibilidad de estudiar el miedo en el mundo andino prehispánico, que nos acerca también al terreno de la arqueología y la etnohistoria. En todo caso, el libro tiene el objetivo de brindar estudios originales —sobre un tema que no ha merecido la atención de los investigadores— que puedan ser tomados como punto de partida para posteriores trabajos de investigación. Esta publicación no hubiese sido posible sin el apoyo y la confianza brindados por el SIDEA al proyecto, por lo que agradecemos en especial a Luis Millones, Max Hernández y Moisés Lemlij. Asimismo, a Luis Bacigalupo, presidente del Consorcio de Universidades; a Krzysztof Makowski, jefe del Departamento de Humanidades; y a Fernando de Trazegnies, presidente del Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, quienes han apoyado la publicación de esta obra. También queremos agradecer a Marco Curatola, Mario Millones, Tirso Aníbal Molinari, Augusto Ruiz Zevallos y Rafael Tapia, quienes participaron en 22 El miedo en el Perú la mesa de discusión enriqueciendo con sus aportes la reflexión sobre el tema. Finalmente agradecemos a los autores, quienes asumieron el riesgo de abordar un tema difícil y novedoso como es el estudio del miedo en el Perú. Sin ellos, esta publicación no habría sido posible. Claudia Rosas Lauro Pontificia Universidad Católica del Perú Instituto de Estudios Humanísticos, Universidad de Florencia Bibliografía Alberro, Solange. «La historia de las mentalidades: trayectoria y perspectivas» Historia Mexicana, vol. XLII, n.º 2. México D. F.: 1992, pp. 333-351. Bloch, Marc. Los reyes taumaturgos. México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1988 [1924]. Burke, Peter. Formas de hacer historia. Madrid: Alianza, 1993. Delumeau, Jean. La peur en Occident. París: Fayard, 1978. ———. La péché et la peur. La culpabilisation en Occident, XIII-XVIII. París: Fayard, 1983. ———. «La religión y el sentimiento de seguridad en las sociedades de antaño». En Historiografía francesa: corrientes temáticas y metodológicas recientes. México D. F.: Centro Francés de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, 1996, pp. 17-35. ———. «Mentalidades religiosas en el occidente moderno». Lienzo, n.º 18. Lima, 1997, pp. 265-283. Febvre, Lucien. «La sensibilité et l’Histoire». Annales. París, 1941. ———. «Pour l’histoire d’un sentiment: le besoin de sécurité». Annales. París, 1956. ———. El problema de la incredulidad en el siglo XVI: la religión de Rabelais. Madrid: Akal, 1993 [1942]. Le Goff, Jacques (coord.). La nuova storia. Milán: Mondadori, 1980. Rosas, Fernando. El hombre y el dominio de los espacios: mecanismos oníricos y temores en la expansión europea (siglos XIII-XV). Cuadernos de Historia V. Lima: Universidad de Lima, 1988. Vovelle, Michel. Aproximación a la historia de las mentalidades colectivas. Cuadernos de Historia XII. Lima: Universidad de Lima, 1991. EL MIEDO EN LA HISTORIA / Fernando Rosas Moscoso 23 El miedo en la historia: lineamientos generales para su estudio Fernando Rosas Moscoso Universidad de Lima 1. El historiador en busca del miedo Con esos términos inicia Jean Delumeau la introducción a su trabajo publicado bajo el título de La peur en Occident.1 Si bien existió un antecedente en el libro de J. Palou, La peur dans l’histoire, publicado en París en 1958, al tratarse de un pequeño trabajo que abordaba períodos posteriores a 1789 y carecía de un sólido sustento teórico o de propuestas tipológicas concretas, podemos afirmar que la obra de Delumeau constituye el primer intento de sistematización del estudio del miedo a través de la historia. El desarrollo de la investigación cubre los siglos del XIV al XVIII, los tradicionalmente llamados tiempos modernos; pero más que el interesante análisis de los diferentes aspectos que permiten ubicar al miedo en sus diversas manifestaciones dentro del período aludido, importan —para nuestros fines— los fundamentos metodológicos y las propuestas tipológicas que presenta. Después de la publicación del libro señalado se puede observar un progresivo interés por el miedo como tema de investigación histórica; sin embargo, curiosa- mente, son pocos los títulos que utilizan de manera explícita los términos miedo o temor. Se hacen estudios sobre la violencia, las tensiones sociales, el impacto de los fenómenos naturales o las manifestaciones de lo sobrenatural, pero sin utilizar esas palabras en la presentación de las investigaciones. Aparentemente, entre los historiadores existe «miedo» de aplicar la compleja palabra como instrumento teórico de análisis; empero, eso no impide que en el desarrollo de las investigacio- nes surja de manera espontánea, y en algunos casos constante, el término miedo. El sustento general de los estudios históricos del miedo se encuentra en la relación permanente e inexorable del individuo y, más aún, de las sociedades en su conjunto, con el miedo. Ese elemento es inherente a la naturaleza de los seres 1 Delumeau, Jean. La peur en Occident. París: Fayard, 1978. 24 EL MIEDO EN EL PERÚ humanos y está presente a lo largo de toda su existencia; el problema es que tiene múltiples caras y se va modificando en una intensa dinámica durante el paso del tiempo. De miedos básicos, que reposan en los niveles instintivos de la naturaleza humana, se deriva a la emergencia de múltiples miedos de sofisticada constitución que —de acuerdo con al desarrollo material, social y mental de las sociedades— se van matizando o desapareciendo. Es evidente que en todo ello existe una relación entre la conciencia de los peligros que puedan surgir para un individuo o una so- ciedad y los niveles de conocimiento y dominio que ellos tengan sobre la realidad misma. Según este esquema, si bien se expresa la realidad de un miedo natural, también pueden definirse miedos que en su momento poseen tal carácter, pero que más adelante se advierten como artificiales o simplemente tienden a disiparse. Es conveniente incorporar en la naturaleza del miedo la noción de seguridad, pues en el deseo fundamental de alcanzar ese estado tanto el individuo como las sociedades se encuentran en una tensión que la realidad, a través de múl- tiples manifestaciones, convierte en inseguridad. Es justamente en ese diálogo permanente entre el hombre y la realidad que lo rodea, o en sus explicaciones sobre ella, que aparece en forma constante el miedo; toda aversión o desconocimiento de la realidad genera un estado de inseguridad que se plasma inmediatamente en miedo o temor. Cuanto mayor sea el control que se ejerza sobre la realidad circundante o que se tenga sobre sus interpretaciones, menor será el contacto con el temor y el miedo. Sin embargo, esa interacción está alimentada perma- nentemente por coyunturas que alteran la relación fisiológica del individuo y la realidad, generándose la tensión miedo. Cabe reiterar que en la existencia misma del hombre como ser vivo se encuentra permanentemente anclada la posibili- dad de la tensión-miedo, pues todo aquello que ponga en riesgo su naturaleza, automáticamente genera miedos. Con lo señalado se puede advertir de inmediato la necesidad de comprender el miedo desde una perspectiva psicológica. La Psicología provee los instrumentos teóricos y de la casuística correspondiente, elementos necesarios para perfilar mejor las investigaciones históricas sobre este tema. Una aproximación a las diferentes tendencias de análisis psicológico permitirá establecer patrones no solamente teó- ricos sino, también, pragmáticos en el estudio de casos históricos concretos sobre el miedo. En ese contexto, surge como tendencia natural en los historiadores el estudio de los miedos o temores colectivos más que del temor individual. Desde esta perspectiva, las reacciones personales o individuales son postergadas frente a los comportamientos colectivos, aunque sin abandonar totalmente lo individual, pues con su casuística es posible iluminar mejor determinados análisis del com- portamiento colectivo. Aun así, no se debe olvidar o dejar de lado totalmente la expresión individual del temor, pues además en sus raíces específicas también existe una interacción con elementos colectivos presentes. EL MIEDO EN LA HISTORIA / Fernando Rosas Moscoso 25 La memoria y las experiencias que posee un grupo humano son los mejores instrumentos que le permiten descomponer el temor. Por otra parte, también conviene incorporar el problema de la angustia, que difiere del miedo, pues en este último su origen se encuentra identificado o conocido, mientras que en la primera se diluye en lo desconocido. En este sentido, una situación de angustia colectiva puede tener la necesidad imperiosa de concretarse en miedo para así restablecer un equilibrio con la realidad. La investigación de Delumeau revela una intención de establecer claramente la diferencia entre miedo y angustia; trata permanente- mente de trabajar sobre los miedos concretos en sus múltiples expresiones y no sobre la natural ambigüedad que genera la angustia. Es evidente la necesidad de una inmersión en los terrenos de la Psicología y de la Antropología para poder establecer una delimitación entre ambos contextos. En principio, el punto de partida es la determinación de las causales del miedo, lo cual lleva a la posibilidad de establecer cierta tipología que puede partir de una primera división que separe los miedos espontáneos, principalmente masivos, de los miedos reflejados, que derivan de explicaciones o aproximaciones teóricas en relación con la realidad circundante; también lo permanente y lo cíclico pueden ser un buen instrumento de diferenciación. Por otra parte, el fin del miedo constituye una buena fuente de percepción de la dinámica de los miedos, pues son muchas las formas a través de las cuales esa tensión se disuelve. 2. Psicología e Historia El historiador que busca penetrar en el estudio de los temores tiene necesariamente que apoyarse en la Psicología. Analizar el complejo mundo que rodea a los estados de ansiedad y miedo, que de manera especial se presentan en los seres humanos debido a su elevada racionalidad y a la posesión de una conciencia plena del tiempo en su triple dimensión, es un trabajo que requiere instrumentos de análisis psicológicos. Las manifestaciones iniciales que conducen al miedo se presentan precisamente en relación con la ansiedad. Cuando la ansiedad se libera en su grado más alto, brota el miedo o hasta el pánico, derivando en estados insoportables que pueden crear dificultades en la acción cotidiana. En la medida en que esos estados críticos desencadenan manio- bras psicológicas para detenerlos pueden generar patologías, que en el caso de un enfoque histórico tendrían que ubicarse en el ámbito colectivo. Por otra parte, la ansiedad también se puede considerar como expresión de una situación de estrés iniciada por una serie de estímulos externos o internos. La investigación psicológica sobre la ansiedad tuvo terreno fértil en el estudio de las experiencias de guerra, habiéndose comprobado que los soldados envejecían rápidamente. En los últimos tiempos se ha avanzado también en el estudio de otras 26 EL MIEDO EN EL PERÚ formas de ansiedad colectiva. En todo caso, las respuestas pueden contribuir a intensificar sus efectos y a generar respuestas homeostásicas tendientes a mantener un equilibrio en el organismo. Desde un plano diferente se puede aplicar también el análisis de recuerdos infantiles, que pueden definir estados de ansiedad al relacionarse con contenidos reprimidos, posibilitando lo que Freud llamó recuerdos encubridores (psicopatolo gía de la vida cotidiana). La exploración psicoanalítica de recuerdos encubridores puede contribuir al mejor conocimiento de los planos del temor que analizamos, aunque su aplicación en el análisis histórico de manifestaciones colectivas es bas- tante compleja. Mucho pueden hacer la Historia y la Psicología en el estudio común de aspectos como el que presentamos; se trata de diseñar los caminos de acción e intercambiar elementos de información y técnicas de análisis. 3. La determinación histórica del miedo Si bien es relativamente fácil encontrar evidencias históricas de las diversas ma- nifestaciones que asume el miedo o temor colectivo, es necesario determinar sus dimensiones, influencia o impacto. Dificulta la tarea el que el miedo tenga dos planos o niveles: uno, el de la objetivación y expresión concreta; y otro, el de las manifestaciones subyacentes. En este sentido, es más sencillo identificar el primer nivel que el segundo, quedando este último en el plano de las tensiones cotidianas o de otras expresiones psicológicas proyectivas. Para proceder a determinar históricamente una expresión de miedo colectivo se necesita considerar diversas variables, entre las que pueden estar: a) La extensión. Contexto espacial que acoge las expresiones del miedo: la urbe o el campo, una región o un país, etcétera. b) La duración. Desde miedos ancestrales que vienen de siglos atrás a expresiones momentáneas que desaparecen rápidamente y se ligan a la coyuntura. c) La penetración. Hasta dónde compromete el miedo, sea en sectores de la sociedad o en la sociedad en su conjunto. d) La confrontación. Niveles de asimilación, rechazo o supuesta indiferencia frente a los elementos generadores de miedo. e) La resistencia. Derivada del enfrentamiento abierto con el objeto generador de miedo: puede implicar respuestas erradicadoras violentas o explicaciones teóricas, ideológicas o científicas. f ) La universalización. Convergencia de factores masivos que comprometen todas las variables antes señaladas, en sus dimensiones y expresiones más completas. EL MIEDO EN LA HISTORIA / Fernando Rosas Moscoso 27 Con la aplicación de estos instrumentos de análisis teórico será posible advertir nuevos aspectos de procesos históricos que involucren el miedo como elemento vertebrador; o que, siendo un factor aparentemente periférico, adquiera su real dimensión en una revisión profunda y renovada. 4. Subversión y miedo El abordaje de un tema tan complejo como el miedo determina la necesidad, desde el punto de vista de la historia, de intentar ordenar o clasificar las diferentes manifestaciones que presenta, sin penetrar en los niveles más específicos que la ciencia psicológica pueda plantear. Desde esta perspectiva hemos considerado que puede ser funcional la aplica- ción del concepto de subversión como elemento generalizador, debido a que las manifestaciones concretas de miedo están íntimamente ligadas a la subversión del orden, de la armonía o del equilibrio en diferentes planos —la naturaleza, el orden político, la paz social entre otros ámbitos—, que pueden ser perturbados por múltiples fuentes de subversión. Toda subversión del orden, de lo pertinente o propio de un contexto o una realidad, encierra un sentimiento de inseguridad que ineludiblemente se liga a la ansiedad y el miedo. Con este principio intentamos establecer una tipología de los miedos en la historia, que recoja la mayor cantidad posible de manifestacio- nes y que a la vez señale derroteros de investigación. Desde esta perspectiva, una posible tipología del miedo podría recoger los tipos de elementos generadores que señalamos a continuación. 4.1. La subversión del orden natural El ser humano está en permanente relación con la naturaleza: en ella se sitúa y establece un contacto inicialmente traumático, pero que —con la ayuda de los avances científicos y tecnológicos— logra equilibrar y aun superar; sin embargo, la naturaleza siempre ha generado graves problemas durante la historia y ha impactado colectivamente en las sociedades. Por otra parte, entran en el mismo contexto las rupturas debido a accidentes y peligros que forman parte de la vida cotidiana del ser humano y de las sociedades. De allí que podamos considerar dos vertientes generadoras de subversión: a) La subversión de las fuerzas de la naturaleza. Las sociedades siempre han estado sujetas a la acción de las fuerzas de la naturaleza; terremotos, inundaciones, temporales y demás han traído desolación y muerte. El reconocimiento de la acción perturbadora de estos eventos implica no solo un estudio del 28 EL MIEDO EN EL PERÚ acontecimiento en sí, sino también el de sus efectos en las sociedades sujetas a dichas catástrofes. b) El siniestro, infaltable agente subversivo. La vida del ser humano está siempre acompañada de circunstancias fortuitas que atentan contra su seguridad y salud; en este sentido, la posibilidad de un incendio o un accidente cualquiera siempre será materia de preocupación y temor. En todo caso, dichos eventos alteran el orden natural de la vida cotidiana y de las cosas. 4.2. La subversión de la salud El estado óptimo de su salud ha sido siempre, para el ser humano, preocupación y objetivo de su vida; sin embargo, la mecánica del organismo humano está sujeta a avatares tanto de naturaleza interna como externa. Desde la progresiva y natural decadencia física que aproxima a la vejez hasta las circunstancias especiales que llevan a la aparición de trastornos en la salud, todo ello está presente de manera constante en la existencia humana. Entre los agentes de subversión de la salud están: a) La enfermedad. La lista de enfermedades es enorme y sus consecuencias van desde manifestaciones colectivas, como la peste, a procesos específicos de ca- rácter individual. b) La discapacidad. No escapa a esta realidad la posibilidad de que el organismo sufra una pérdida parcial o total de su capacidad, sea permanente o temporal. c) El hambre. La alteración en los procesos regulares de alimentación, debido a múltiples factores, lleva a la aparición del hambre, todavía no erradicada en ciertas sociedades contemporáneas. d) La muerte. Máxima expresión del miedo en el ser humano, ya que significa la culminación de su existencia y está asociada a la incertidumbre del más allá. Para hacer frente a este temor no bastan el desarrollo de la ciencia ni las actitudes evasivas. 4.3. La subversión del orden sociopolítico El siguiente grupo de factores generadores de temor presenta al ser humano como el principal elemento activo. Consideramos la subversión del orden sociopolítico en la medida en que el ser humano es el agente causal de perturbaciones generadoras de temores y miedos, ya sea en el caso preciso de revueltas, guerras y delincuencia, o en el caso más complejo de la miseria. Entre esas manifestaciones están: a) La subversión ante la autoridad. Toda reacción frente a la autoridad constituida genera temor colectivo, tanto más en sus formas violentas, pero también por EL MIEDO EN LA HISTORIA / Fernando Rosas Moscoso 29 una posible vía pacífica. Motines, rebeliones, revueltas, revoluciones son factores de perturbación generalizada; como lo son acciones embozadas, conjuras, sedi- ción y otras manifestaciones menos violentas, pero igualmente perturbadoras. b) La autoridad como agente subversivo. El ejercicio de autoridad también está vinculado a la generación del miedo, tanto por la naturaleza misma del poder, que en algunos casos se enriquece con un proyecto decidida y abiertamente ma- nipulador, como por el ejercicio de mecanismos inherentes al funcionamiento de la sociedad políticamente constituida. En este sentido, las requisiciones, los impuestos, los trabajos obligatorios y la leva han sido tradicionalmente materia de reacciones colectivas en las que el temor ha estado presente. c) La subversión del otro. Considerando dentro de ello la presencia de minorías o de elementos apartados del poder o de lo universalmente aceptado, sea su acción concreta o supuesta (por ejemplo, la xenofobia y el racismo). En cir- cunstancias coyunturales este miedo se exacerba, en muchos casos con violentas consecuencias. d) La delincuencia. En una dimensión más cotidiana, la ruptura del orden esta- blecido también pasa por la existencia de la delincuencia, siempre materia de temor y en determinadas coyunturas un flagelo social, cuando pone en riesgo a la población no solo en términos de bienes sino también de vidas. El robo y el asesinato constituyen expresiones típicas de este contexto, sin olvidar la violencia sexual, que se acentúa en circunstancias determinadas. 4.4. Subversión del orden espiritual Toda sociedad manifiesta un orden espiritual e ideológico, sea en la adhesión y compromiso total con determinadas creencias o en la más libre apertura a cualquier ideología o religión; sin embargo, también existen alteraciones constantes a ese orden, que generan a su vez manifestaciones concretas de temor colectivo en la medida en que exista represión o cualquier sanción. Entre las expresiones de este tipo de temores están: a) La subversión del orden religioso. En contextos en los que opera un orden espiri- tual, representado por la presencia de una religión o un conjunto de creencias articuladas firmemente en la sociedad, bajo los términos de la imposición o la aceptación, todo cambio puede determinar que aparezcan temores colectivos. Así, la brujería y la herejía, que constituyeron elementos importantes en la vida de las sociedades antiguas, generaron temor. Por otra parte, la presencia de minorías religiosas, como en su momento lo fueron los judíos o los moros y, más cerca en el tiempo, el fundamentalismo islámico o ciertos grupos religio- sos orientales, determina también expresiones de temor colectivo. Asimismo, 30 EL MIEDO EN EL PERÚ los castigos espirituales forman parte de este escenario, incluyéndose entre ellos el caso de la excomunión y el interdicto. b) La subversión ideológica o de la razón. La generación de ideas que alteren un orden establecido en los diferentes planos de la razón, la política o la sociedad, puede significar materia de temor generalizado, especialmente cuando las con- diciones del contexto ordenador están nutridas de represión o autoritarismo. En este sentido, tanto la proximidad de las ideas perturbadoras cuanto su com- promiso con ellas generan reacciones adversas en el conjunto de la sociedad. Por ello, textos, discursos y mensajes constituyen elementos objetivadores de un temor o miedo colectivo que puede derivar en marginación, persecución y represión. 4.5. Subversión de la realidad Lo real siempre tiene como contrapartida lo imaginario; en unos casos como mecanismo de compensación, en otros como complemento que llena los vacíos producidos por la ignorancia o el desconocimiento. Al existir una frontera móvil entre lo real y lo imaginario, nos encontramos en un terreno enormemente fértil para la aparición de temores colectivos. Entre esas manifestaciones tenemos: a) La realidad trastornada. Mundo imaginario pero entendido como realidad, poblado de seres extraños: los unos, terribles, agresivos y disformes; los otros, pacíficos y bellos; en todo caso, expresiones curiosas que pueblan espacios reales sea en la Tierra o en el más allá. Desde el unicornio o el kraken hasta los gigantes magallánicos, en todos los tiempos, la prolífica imaginación humana ha generado una fauna o una humanidad fantástica detrás de la cual también puede estar presente el temor. b) La subversión del más allá. La muerte siempre ha sido el mayor enemigo del orden humano y ha albergado un conjunto importante de expresiones imagi- narias, rodeadas de un profundo halo de temor. Los fantasmas y aparecidos, las ánimas del purgatorio, los espíritus o los demonios son expresiones de temores incorporados profundamente en la mentalidad colectiva. 4.6. La subversión globalizada A partir del siglo XX se han generado nuevos elementos que originan temor co- lectivo no solo a sociedades específicas sino a la humanidad en su conjunto. Este tipo de temores, que afectan globalmente al ser humano, provienen de diferentes contextos que al adquirir una dimensión universal plantean nuevas características e interrogantes. Expresiones de estos macrotemores colectivos son: EL MIEDO EN LA HISTORIA / Fernando Rosas Moscoso 31 a) La subversión nuclear. Temor colectivo nacido en la década de 1950, bajo el influjo del uso de una energía que —en su aplicación militar o accidentalmen- te— puede generar la desaparición del ser humano. Ambientada inicialmente en un mundo bipolar, en el presente adquiere una nueva forma con la amenaza terrorista. b) La subversión ecológica. Es difuso pero real el temor a una destrucción total de la naturaleza, que traería como consecuencia la desaparición del ser humano. La progresiva toma de conciencia de la necesidad de proteger el medio ambiente acarrea también un temor frente a lo que significaría la desaparición de recursos naturales básicos. c) La subversión terrorista. Superada la fase casi romántica de un terrorismo ali- mentado fundamentalmente por diferencias ideológicas, políticas o religiosas nacidas en un mundo bipolar, nos enfrentamos a una dimensión universal en la cual la acción generadora del terror no tiene límites, ni en el espacio ni en los objetivos. Quedan al margen los presupuestos válidamente establecidos, propios del enfrentamiento militar, primando más bien una voluntad de generación del terror sin importar los elementos que se utilicen, aunque se ponga en riesgo el futuro mismo del ser humano. 5. El estudio histórico del miedo en el Perú Desde diferentes ángulos, los historiadores peruanos han tocado el tema del miedo en numerosos aspectos de la historia nacional; sin embargo, no existe un trabajo que aborde específicamente el tema. El tratamiento periférico del miedo podría implicar una fragilidad en las relaciones interdisciplinarias, en especial en los necesarios vínculos entre la Historia y la Psicología; pero también podría estar relacionado con la escasez de material referencial y de información teórica. En todo caso, es fácil encontrar relación directa con el miedo en numerosas investigaciones históricas, partiendo de aquellas referidas a la naturaleza, al orden sociopolítico, al orden espiritual o a la salud; son raras, más bien, las expresiones relativas a la subversión de la realidad o a los nuevos macrotemores. Sin embargo, la violencia terrorista recientemente vivida constituye una fuente importante de posibles in- vestigaciones relativas al miedo. Como ejemplo de las posibilidades que se abren en este tipo de investigación podríamos mencionar temas como los temores urbanos en la Lima del XIX, el temor como arma psicosocial en las dictaduras, la apología del terror en el discurso político de Sendero Luminoso, los temores de género en la Lima de los años XX y muchos otros más. En los últimos tiempos se aprecia una nueva manifestación de temor representada por las reacciones frente a la verdad, que emanan del pro- ceso de acercamiento a los aspectos más perturbadores de los veinte años de lucha contra la insurrección terrorista. 32 EL MIEDO EN EL PERÚ Consideramos que el estudio del temor en la historia del Perú proporcionará sugestivos ángulos de aproximación a temas incluso clásicos de nuestra historio grafía. En este sentido, una mirada al aparato teórico correspondiente no solo da sustento a la reflexión específica sobre diferentes aspectos históricos del miedo sino que también articula diversas contribuciones, lo cual derivará en un diálogo fecundo para todos aquellos que hemos compartido la inquietud de penetrar des- de diferentes frentes en estas perturbadoras manifestaciones del sentir colectivo. Bibliografía Ariès, Philippe. L´homme devant la mort. París: Seuil, 1977. ———. La muerte en Occidente. Barcelona: Argos Vergara, 1982. Bermejo Barrera, José. Psicoanálisis del conocimiento histórico. Madrid: Akal, 1983. Besancon, Alain. Storia e psicoanalisi. Nápoles: Guida Editori, 1975. Binion, Rudolph. Introduction a la psychohistoire. París: PUF, 1982. Delumeau, Jean. La peur en Occident. París: Fayard, 1978. ———. «La religión y el sentimiento de seguridad en las sociedades de antaño». En Historiografía francesa. México D. 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Temores y reacciones frente a la amenaza pirata, 1570-1720 Ramiro Flores Guzmán Pontificia Universidad Católica del Perú Los piratas siempre han despertado una extraña fascinación entre la gente común. Hombres de carácter, curtidos por las luchas sin fin en pos de riquezas y honores, y acostumbrados a las duras privaciones de la vida en el mar, los relatos sobre sus correrías han dado origen a la formación de estereotipos muy comunes, incluso reproducidos constantemente en el cine. No obstante, esta visión román- tica del personaje no guarda relación con la verdadera naturaleza y conducta de los hombres que incursionaban regularmente en las posesiones españolas para practicar el robo y el pillaje a gran escala. Los historiadores que se han dedicado a estudiar el fenómeno de la piratería lo han asumido como una ficha más dentro del ajedrez político y económico colonial, poniendo énfasis en algunos tópicos muy concretos como el impacto de la acción pirática en el aumento de los riesgos marítimos (y por ende en el encarecimiento de los productos importados) o el papel asignado a los piratas en el complejo juego de poder entablado entre las potencias europeas. Sin embargo, han excluido hasta cierto punto la dimensión emocional que suponía el contacto con las poblaciones atacadas por estos ladrones de mar. Nuestro objetivo es determinar cuáles fueron las actitudes que asumieron los habitantes y el gobierno colonial frente a las incursiones de los piratas. Planteamos enfocar el tema desde una nueva perspectiva, que pone acento en el estatus de extranjero propio de estos individuos. Esta identificación no es arbitraria, ya que el pirata representaba la forma más concreta y brutal de irrupción de la figura del otro —del extraño, del extranjero— en la vida cotidiana y en el universo mental de la sociedad colonial. Una sociedad que se había gestado como un ethos cerra- do de lo español y cristiano, cuyos símbolos y valores escondían una profunda connotación xenofóbica y excluyente, como bien apunta el historiador Fernan- do Armas Asín. El presente trabajo trata de explorar, en líneas generales, cómo 34 EL MIEDO EN EL PERÚ la acción pirática reforzó algunas de estas tendencias excluyentes de la sociedad colonial, generando sentimientos de temor pero a la vez de odio hacia los extran- jeros llegados a estas tierras. 1. La percepción del extranjero en la sociedad colonial En 1594 un puñado de corsarios ingleses, bajo el mando de Richard Hawkins, penetraron en el Mar del Sur con el preciso encargo de embarazar el comercio español en aguas del Pacífico. Muchos años después, el padre agustino Antonio de Calancha recordaría aún con aprensión este episodio, al referir cómo se introdujo por el «[...] estrecho de Magallanes un galeón de corsarios ingleses luteranos, en el qual venía por General Ricarte Xaquel [...]», y cómo en su travesía este pirata llegó a Chile, donde «[...] entre otros navíos que allí tomó, cogió un navío en el qual alló una imagen del Crucifijo de vulto. [Entonces] los luteranos después de averlo encarnecido le izieron pedacos i lo echaron al mar».1 Un siglo más tarde, el virrey duque de la Palata, en un oficio dirigido al Rey, expresó su decepción contra las autoridades por no haber procedido con mayor rigor contra un grupo de piratas que «[...] han cometido hurtos, no solo en mar y tierra, sino sacrilegios atroces en los templos y en las sagradas imágenes». El virrey hizo eco de la furia popular que se expresaba en «[...] gritos en las calles y púlpitos [porque] no se hacia justicia, y que la estaban pidiendo las sagradas imágenes hechas pedazos».2 De ambos testimonios se desprende que la figura del pirata asumió en la mente de sus contemporáneos una connotación salvaje: era la encarnación de la maldad y la violencia irracional. La declaración del padre Calancha va más allá al identificar al pirata con el extranjero, considerado como un enemigo peligroso cuya presencia constituía una seria amenaza a la estabilidad del virreinato, sustentada en la fe católica y la obediencia al Rey. El problema es determinar cuál era la definición de extranjero para un súbdito de las colonias. En principio, no era un concepto sencillo por cuanto no existía aún la noción de un Estado nacional. Hay que recordar que lo que unía a la monarquía era más la devoción y fidelidad al monarca que la invocación a una patria común. Por lo tanto, es necesario delimitar el concepto en función del criterio dinástico que prevalecía durante aquella época. Según este principio, los connacionales vendrían a ser todos aquellos súbditos que se hallaban bajo la férula del rey español. Esto abona más problemas que soluciones al asunto, por cuanto, si partimos de esta premisa, tanto sicilianos como milaneses y flamencos podían 1 Calancha, Antonio de. Coronica moralizadora de la orden de San Agustín. Libro I, cap. XVL, f. 283. Lima: Ed. Ignacio Prado Pastor, 1974. 2 Arrus, Darío. El Callao en la época del coloniaje antes y después de la catástrofe de 1746. Callao: Imp. de El Callao, 1904, pp. 181-182. EL ENEMIGO FRENTE A LAS COSTAS / Ramiro Flores Guzmán 35 ser catalogados de compatriotas durante la época de Felipe II; por no hablar de Carlos V, quien tenía bajo su dominio a alemanes, bohemios, magiares y eslavos. Después de su anexión en 1580, también Portugal entró a formar parte de los dominios hispanos, con el mismo estatus que cualquier otro súbdito de la Corona. Sin embargo, el ser español iba más allá del simple compromiso dinástico. Era también una identidad que se fue forjando a lo largo de la Reconquista, en la incesante lucha contra los seguidores de la Media Luna. En este contexto, los españoles terminaron vindicando lo cristiano como parte consustancial de su ser, su naturaleza y su propio destino. No es extraño, por tanto, que se abriera una profunda brecha entre ellos y los otros, fieles de otras religiones que habitaban en la Península, como judíos y moros. Este fenómeno tuvo su punto culminante en la última fase de la Reconquista, cuando se hizo patente el afán de los reyes católicos por lograr la unidad total de España, no solo en el ámbito político y religioso sino también en el plano étnico y cultural. De esta forma se fue configurando la iden- tidad hispana sobre algunos principios como la pureza de sangre, el cristianismo y la tradición cultural. Al igual que en Estados Unidos, donde se perfiló la imagen del WASP3 como arquetipo perfecto del norteamericano, en España se construyó la imagen del español definido como «cristiano viejo» y étnicamente puro. Aque- llos que no calzaban en este modelo eran marginados, acosados y perseguidos. Esta actitud intransigente y sectaria, practicada inicialmente contra las minorías étnicas peninsulares, fue adoptada posteriormente para hostilizar a los nacionales de otros países europeos. Todos los valores excluyentes basados en sentimientos de superioridad racial y cultural de lo español terminaron impregnando la mentalidad de los habitantes de las colonias. Una mentalidad xenofóbica que veía lo extranjero con recelo, des- confianza y en última instancia con temor. El notable jurista Gaspar de Escalona y Agüero expresó de manera perfecta el prejuicio de las autoridades coloniales frente al extranjero, a quien se consideraba como [...] gente forastera, de disímil naturaleza, costumbres y ministerio, que desmembrán- dose de sus domicilios y repúblicas, apetece ingerirse en las ajenas y tener participación en sus honores, oficios, comercios, utilidades y granjerías, en que, ingeridos una vez, como favorecidos de la fortuna que siempre corre más feliz en el suelo ajeno que en el patrio, se apoderan de todo.4 La legislación española reflejó todos los prejuicios antiextranjeros, imponien- do fuertes prohibiciones a su entrada a las Indias. Ya en tiempos de los reyes católicos se estipuló que «[...] no se admitiesen extranjeros en este reino de las 3 WASP son las iniciales de White Anglo-Saxon Protestant (blanco, anglosajón, protestante), elementos que representan el modelo perfecto del ciudadano norteamericano promedio. 4 Cúneo-Vidal, Rómulo. «Extranjeros. Su admisión en las colonias españolas de América durante los primeros siglos de la conquista». Revista Histórica, t.o VI, 1919, pp. 60-70. 36 EL MIEDO EN EL PERÚ Indias, entendiéndose por tales los que no fuesen naturales de los reinos de Castilla y León [...]», mientras que en la Recopilación de 1680 se consignó la prohibición de contratar con extranjeros o hacerlos titulares de encomiendas, argumentando que «[...] son gente fácil y peligrosa de beber en su imitación costumbres y ritos deshonestos».5 Sin embargo, las restricciones legales no evitaron la presencia de un buen nú- mero de ellos, alentados por las historias espectaculares difundidas en Europa sobre la prodigiosa riqueza de estas tierras. La mayor parte llegaron al Perú en forma pacífica, como marineros, mercaderes o simples polizontes en barcos mercantes que hacían el comercio regular con la Península. Con el paso del tiempo se esta- blecieron en algunas ciudades donde formaron pequeñas comunidades foráneas, compuestas esencialmente por súbditos católicos de la Corona española, como italianos, portugueses o flamencos.6 Y aunque fueron admitidos legalmente, se trataba de gente de segunda clase, dedicada a oficios especializados o profesiones humildes asociadas a la actividad marinera, contra quienes la Inquisición puso toda su temible atención para vigilar su ortodoxia religiosa y sus costumbres públicas. La fascinación europea con el Perú —como bien la designa Peter Bradley— también alcanzó a los súbditos de países enemigos de España, incitándolos a explorar alguna fórmula para participar en el lucrativo comercio en el Mar del Sur. Pero en este caso no había posibilidad de transacción, ya que se trataba de extranjeros enemigos de la Corona y, peor aún, de religión protestante, por lo que su admisión era imposible. Sin otro camino viable, estos hombres prefirieron irrumpir violentamente en los mares peruanos, convirtiéndose en piratas y asolando las costas del virreinato. 2. El pirata como hereje A los españoles de la época no les era ajeno el ejercicio de la piratería. En términos generales podemos decir que el nacimiento de la marina de los reinos hispanos estuvo firmemente ligado a la actividad del corso. La armada de Galicia nació en el siglo XII para defender las costas de los ataques de piratas árabes. En 1296 se fundó la Hermandad de las Marismas, que reunía a los marinos cántabros que realizaban el corso contra naves británicas y francesas. Piratas aragoneses cometían múltiples asaltos en los puertos andaluces, mientras que corsarios castellanos hostilizaron a la armada inglesa durante la Guerra de los Cien Años.7 5 Ibídem, p. 61. 6 Lockhart, James. El mundo hispanoperuano, 1532-1560. México D. F. : Fondo de Cultura Económica, 1982, pp. 149-174. 7 Lucena Salmoral, Manuel. Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América. Madrid: Mapfre, 1992, p. 20. EL ENEMIGO FRENTE A LAS COSTAS / Ramiro Flores Guzmán 37 Sin embargo, el estatus de España cambió radicalmente con el descubrimiento de América. En su nuevo papel de potencia marítima, la Corona española asumió una posición defensiva y conservadora frente a las pretensiones de otros Estados europeos. Esta nueva actitud se vio reflejada en una pragmática del 12 de enero de 1498, que condenaba la piratería y el corso de los españoles como actividades que iban en «[...] gran deservicio de Dios y Nuestro daño, y deservicio de nuestros vasallos y de la cosa pública, la cual es aumentada con el exercicio de la mercade- ría».8 A la vez se impusieron severas medidas defensivas para impedir los continuos ataques de piratas franceses y berberiscos en la ruta del Caribe, lo que dio paso al conocido sistema de flotas resguardadas por barcos de guerra, procedimiento que se hizo usual en la Carrera de Indias. Hasta la década de 1570, el Perú vivió en un ambiente de relativa tranquilidad en el frente externo, producto de su inmejorable posición a orillas del Pacífico y a espaldas de Europa. El virrey Melchor de Fuentes y Rocaful, duque de la Palata, hizo explícita de manera brillante esta característica geográfica, al señalar cómo el virreinato peruano estaba en [...] los últimos confines del mundo cerrado con dos puertas que se tubieron por im- penetrables, la del estrecho con su larga y peligrosa navegación, y la de tierra por los innacesibles y no conocidos caminos de tierra firme, [que] dieron a este mar el nombre de Pacífico, y al comercio la confianza de navegar sin prevención de armas.9 No obstante, esta protección natural no impidió la llegada de enemigos ex- tranjeros al corazón del mismo virreinato. Los primeros en asomarse a estas costas fueron los corsarios ingleses, patrocinados por su gobierno, que se hallaba en guerra contra España. El notable navegante y corsario Francis Drake abrió el camino para futuras incursiones de sus compatriotas cuando en 1578 atravesó el peligroso estrecho de Magallanes, al mando de una flotilla de cinco naves. Ya en aguas del Pacífico asoló los puertos de Coquimbo, Valparaíso y Arica, antes de arribar al Callao la noche del 13 de febrero de 1579, provocando un ambiente de auténtico pánico entre la población de la capital. La débil oposición de las autoridades no fue obstáculo para el corsario inglés, que logró escabullirse con un botín avaluado en la impresionante suma de 447 mil pesos. El ejemplo de Drake fue importante para muchos marinos, porque demostró que era posible llegar al Pacífico venciendo los obstáculos materiales y logísticos y retando a las débiles defensas españolas. En 1586 el corsario Tomas Cavendish de nuevo asoló las costas peruanas, desembarcando sucesivamente en Pisco, Chérrepe y Paita, donde sus huestes se ensañaron cruelmente con las pocas familias residentes. 8 Ibídem, p. 23. 9 Aldana Rivera, Susana. «No por la honra sino por el interés. Piratas y comerciantes a fines del siglo XVII». Boletín del Instituto Riva-Agüero, n.º 24, 1997, p. 18. 38 EL MIEDO EN EL PERÚ Finalmente, en 1594, Richard Hawkins irrumpió otra vez en el Pacífico, aunque sus correrías terminaron mal: acorralado por las naves de la Armada del Mar del Sur, fue apresado y conducido a los calabozos de la Inquisición en Lima, donde pasó una temporada antes de ser devuelto a su patria. Para la mentalidad de la época, los corsarios ingleses no eran simples ladro- nes sino auténticos invasores. Su papel era básicamente político: como bien lo señala el cronista inglés Richard Hakluyt, ellos debían establecer las bases para una futura acción destinada a «[...] someter a la corona inglesa todas las minas de oro del Perú y toda la costa y terreno de esa Tierra Firme que se encuentra en el Mar del Sur».10 Resulta paradójico cómo, a pesar del temor que despertaban en muchas ciudades costeras, algunos corsarios alcanzaron una fama enorme y fueron convertidos en leyendas populares. La literatura peruana hizo eco de las historias contadas sobre estos personajes, creando una especie de saga o, como bien lo apunta Guillermo Lohmann, un «ciclo de piratas», cuyos máximos repre- sentantes fueron Pedro de Oña (Arauco domado) y Juan de Miramontes y Zuazola (Armas antárticas). El personaje central en las obras de ambos autores fue el recor- dado Francis Drake, cuyas hazañas fueron cantadas en elocuentes poemas épicos que remarcaban la inquietante contradicción que representaba la figura de un «caballero hereje» presentado como modelo de conducta.11 Lo más curioso es que 10 Bradley, Peter T. «La fascinación europea con el Perú y expediciones al Mar del Sur en el siglo XVII». Revista de Indias, vol. XLVIII, n.os 182-183, 1988, p. 259. 11 Este inconstante reino [Inglaterra], en fe mudable, crio aquel capitán, cuya memoria será en futuros siglos perdurable, no sin admiración y eterna gloria; pues materia capaz y memorable dejó para copiosa y alta historia, con hechos y disiños peregrinos, que, en cuanto a guerra, son de fama dinos. Era Francisco Drake audaz, valiente, considerado, próvido, ingenioso, sagaz, astuto, plático, prudente, diestro, arriscado, fuerte, venturoso, grato, discreto, afable, continente, sufrido, vigilante, receloso, de ánimo y pensamiento levantado, gran marinero y singular soldado. ¡Oh, venturoso Drake, aqueste empleo, aunque de fe católica estás falto, guardóle Dios, por su juicio justo, para que de él hicieses a tu gusto. En Miramontes y Zuazola, Juan de. Armas antárticas (¿1615?). Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1978, pp. 45 y 145. EL ENEMIGO FRENTE A LAS COSTAS / Ramiro Flores Guzmán 39 Drake y sus seguidores fueron reivindicados por varios grupos (especialmente plebeyos) como auténticos libertadores, que transformarían las injustas relaciones sociales existentes en la colonia. Algunos individuos invocaron el apoyo de los piratas, pues se encontraban descontentos con su condición o enojados por haber sido postergados en el disfrute de prebendas. Este fue el caso de Francisco de Escobar, quien al enterarse de la llegada de Francis Drake al Callao salió a galopar en las calles gritando «Con esta venida del capitán Francisco somos hombres, y no me llamen de aquí en adelante solo el capitán Francisco».12 En 1599 se descubrió una conspiración encabezada por Luis de Cabrera y el licenciado Juan Díaz Ortiz (con contactos en Potosí y Chuquisaca), que pretendía introducir ingleses por Buenos Aires para apoyar sus afanes sediciosos. Incluso las monjas del convento de la Encarnación esperaban con impaciencia la incursión de los corsarios ingleses, quienes le darían la libertad «[…] para vivir en el mundo».13 Más allá del lógico temor frente a sus correrías, los corsarios representaban una doble amenaza para la seguridad del Estado y la Iglesia. No es casualidad que fueran designados con el apelativo de «corsarios ingleses luteranos» para reafir- mar su triple calidad de enemigos, extranjeros y protestantes. A las autoridades coloniales les inquietaba básicamente esta última condición, pues consideraban que los piratas podrían propagar el germen protestante, al que identificaban como una terrible enfermedad, la «peste herética». Fray Jerónimo de Lanuza, al exclamar «¡O Señor, que está España hecha paja, seca de buenas obras, que será si viniesen Hereges a ella?»,14 expresó en términos dramáticos este temor de sus compatriotas. La lucha, como se puede apreciar, no solo se planteaba en términos políticos sino también religiosos. Las respuestas oficiales así lo demuestran. En 1594, cuando Hawkins asolaba las costas peruanas, al virrey marqués de Cañete le tocó el turno de enfrentar al corsario. Para esto [...] pidió a todos los religiosos encomendasen este negocio a Dios y al Santo Crucifijo de Burgos que en esta casa de San Agustín estava, cuyo gran devoto confesava ser, pero que tuviese por bien de bolver por ella su causa, i de ayudarle contra estos enemigos de su Santa Fe [...] Prometió el Virrey, y así lo escribió en la dicha carta, que si su magestad le daba victoria i cogía al enemigo, que le había de celebrar una procesión solemne.15 12 Armas Asín, Fernando. «Herejes, marginales e infectos: extranjeros y mentalidad excluyente en la sociedad colonial (siglos XVI y XVII)». Revista Andina, año 15, n.o 2, diciembre de 1997, p. 372. 13 Lohmann Villena, Guillermo. Historia marítima del Perú. Siglos XVII y XVIII. T.o IV. Lima: Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú, 1975, p. 376. 14 Caro Baroja, Julio. Las formas complejas de la vida religiosa (siglos XVI-XVII). Madrid: Sarpe, 1985, p. 228. 15 Calancha, Antonio de. Corónica moralizadora de la orden de San Agustín. 1638. Citado por Fernando Armas Asín en «Herejes, marginales e infectos: extranjeros y mentalidad excluyente en la sociedad colonial (siglos XVI y XVII)». Revista Andina, año 15, n.° 2, diciembre de 1997, p. 360. 40 EL MIEDO EN EL PERÚ Tiempo después, al conocerse el triunfo de las huestes virreinales sobre el corsario Hawkins, el virrey se apresuró a agradecer las gracias dispensadas por el crucifijo del Santo Cristo de Burgos, organizándose grandes fiestas públicas en la capital para celebrar el acontecimiento. De igual modo, el virrey mandó cantar el tedeum el día que se enteró de la muerte del corsario Francis Drake, por cuanto «[...] en esta ocasión deste erege inglés la imagen crucificada dio la victoria a este Perú sin que se acercase un erege».16 En estas precisas circunstancias, la Inquisición actuó con inusitada energía para capturar y enjuiciar a los piratas y corsarios extranjeros. Sin embargo, sus procesos fueron obstaculizados frecuentemente por cuestiones políticas o de simple interpretación de la norma legal. En 1670 se abrió un juicio a dieciocho piratas que fueron atrapados en las costas de Tumbes, después de haber cometido muchas tropelías contra la población civil y la iglesia de la localidad, pero la sen- tencia definitiva resultó excesivamente leve: apenas recibieron una condena de dos años de prisión, amparados en el hecho de que tan solo eran simples marineros. Este vacío también permitió a Richard Hawkins librarse de la jurisdicción de la Inquisición americana, para ser entregado sano y salvo a su patria. Resulta curioso mencionar que hasta la misma Inquisición fue objeto de críticas y amenazas por parte de algunos individuos descontentos; es el caso de Miguel del Pilar, quien anunciaba que al llegar los ingleses «[...] lo primero que han de hacer es soltar los presos del Sancto Officio».17 Otro motivo de preocupación de las autoridades era la articulación de una posible alianza entre piratas y los grupos subalternos de la sociedad, para derribar al régimen colonial español. En este sentido, Francisco Quirós informó al Rey cómo los corsarios ingleses al mando de Cavendish planearon […] juntarse con los indios araucanos y pregonar desde alli la libertad de conciencia, libertad de todos los indios y negros de la America, acogimiento a los retraidos y per- didos y a todos cuantos la quisiesen, seguridad de vidas, honras y haciendas, buena compañía y esperanza, y por remate soltar presos.18 Por todas partes se esparce el rumor de ataques reales o imaginarios de piratas y aumentan las sospechas sobre los indios, cuya frágil lealtad es puesta en tela de juicio. En Atacama y Arica los corregidores encontraron pruebas documentales del deseo de algunos indígenas de aliarse con los ingleses, mientras que en 1593 el cura de Tacobamba descubrió una conjura indígena que tenía el mismo propósito.19 Las autoridades también recelaban de la actitud de los indios del Darién, que 16 Ibídem, p. 361. 17 Ibídem, p. 372. 18 Ibídem, l. cit. 19 Glave, Luis Miguel. De rosa y espinas. Economía, sociedad y mentalidades andinas. Siglo XVII. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1998, p. 186. EL ENEMIGO FRENTE A LAS COSTAS / Ramiro Flores Guzmán 41 dominaban la estratégica ruta de Panamá, porque se sospechaba que podían parti- cipar en las expediciones piráticas hacia el Mar del Sur. De igual modo, despiertan los temores de un posible entendimiento entre los negros y los piratas. En su viaje a través del istmo de Panamá, Juan de Oxeham, lugarteniente de Francis Drake, entró en alianza con los negros cimarrones para atacar a las fuerzas españolas. Posteriormente se descubrió que, ante la presencia de Drake frente al Callao, los negros esclavos obstaculizaron concertadamente la defensa de la ciudad de una forma un tanto curiosa: escondieron los frenos y las bridas de las cabalgaduras para evitar que los vecinos limeños pudieran salir al encuentro del corsario.20 En respuesta a las incursiones enemigas se empieza a diseñar por primera vez un sistema defensivo para proteger a los habitantes de la costa, especialmente a las clases propietarias, de la arremetida de los piratas. El virrey Toledo organizó en 1579 una pequeña flota para perseguir a Drake. Conocida popularmente como la «Armadilla de Toledo», esta flotilla fue antecedente inmediato de la gran Armada del Mar del Sur. De la misma forma, instruyó a las autoridades metropolitanas sobre la necesidad de fortificar algunas ciudades costeras como Guayaquil, Paita, Santa, Callao, Chule y Arica, por ser las principales llaves de este reino, aunque su proyecto fue desechado, lo que mantuvo relativamente indefensa la frontera costera del Perú. La amenaza inglesa fue finalmente conjurada merced a la firma del tratado de paz entre España e Inglaterra en 1604, que aseguraba ciertos privilegios comerciales a los ingleses. A partir de entonces tocó el turno a los piratas y corsarios holandeses, quienes llegaban con la intención de explorar alguna forma de comercio con el Perú. El capitán de uno de los barcos holandeses, Dirck Gerritsz, reveló que «[...] el principal designio con que salieron de su tierra [los holandeses] fue con muchas mercadurias para benir a las yndias orientales y occidentales adonde mejor pudie- sen hacer la nabegacion y vender sus mercadurias o trocarlas por otros generos y aciendas». Y «[...] si no se las quisiesen comprar por bien y no pudiessen hazer su hacienda por no bolver sin provecho a su tierra abian de intentar por fuerza bender sus mercadurias o tomar lo que allasen asi de bastimentos como oro y plata».21 La primera expedición holandesa en aguas del Pacífico español estuvo al mando de Oliver van Noort, quien llegó a las costas de Chile en 1600, al mando de una pequeña flotilla. Tiempo después arribó a estas costas Jorge Spilbergen, financiado por la Compañía Holandesa de las Indias, para abrir una puerta al comercio. En 1615 la escuadra de Spilbergen se enfrentó a la marina virreinal en Cañete, destruyéndola casi en su totalidad. Inmediatamente avanzó hacia el Callao, cuyos habitantes estaban aterrados ante las perspectivas de una inminente invasión. El judío portugués, como testigo privilegiado, captó la atmósfera de terror que invadió 20 Lohmann Villena, Guillermo. Ob. cit., p. 377. 21 Bradley, Peter T. Ob. cit., p. 260. 42 EL MIEDO EN EL PERÚ la capital en esas críticas circunstancias: «[...] toda la ciudad de los Reyes se alborotó como si ya el contrario la entrara y la fuera saqueando [...]».22 El ambiente fue de tal pánico que se organizaron vigilias multitudinarias para orar por el triunfo de las armas católicas. Según una versión muy difundida, incluso la beata Rosa de Santa María (la futura Santa Rosa de Lima) organizó penitencias y flagelaciones para expiar los pecados de los peruanos, a los que responsabilizaba de la ira divi- na expresada en el triunfo de las armas extranjeras. Sin embargo, y contra todo pronóstico, Spilbergen nunca puso pie en la capital sino que prefirió regresar a su patria después de haber conseguido apenas un miserable botín de siete mil pesos. La agudización del conflicto entre España y las Provincias Unidas, producto del fin de la tregua de los doce años, trajo consigo nuevos problemas para el virreinato. En 1623 el gobierno holandés armó una expedición al mando de Jacques L’Hermite Clerk, con una fuerza impresionante para su época: 11 navíos, 294 cañones y 1.637 tripulantes. Su objetivo era, en palabras de un testigo de la época, «[...] poner fuego a todos los navios de la Mar del Sur, y dar saco a la ciudad de Lima y el Callao, abrasar Panama y hacer los mayores daños que se pudiese y serian licitos como hechos a gente contraria de su religión».23 Se trataba de una expedición de conquista cuyo poder militar estaba muy por encima de la capacidad de respuesta de las defensas del virreinato. El plan consistía, en líneas generales, en capturar una posición segura cerca del estrecho, en la isla Juan Fernández, para después tomar la ciudad de Arica y entablar, con ayuda de los indios y los negros, la conquista definitiva del Perú. Durante varios meses esta escuadra puso en estado de sitio a todos los puertos peruanos, pero a la larga los resultados de sus operaciones fueron bastante mediocres, ya que nunca llegó a conquistar un puesto seguro en tierra. La experiencia demostró que a pesar de la notable debilidad de las defensas ma- rítimas del virreinato, el gobierno colonial tenía pleno control sobre el territorio, por lo que una invasión era una auténtica quimera.24 No obstante, las empresas 22 Rodríguez Crespo, Pedro. «El peligro holandés en las costas peruanas a principios del siglo XVII: la expedición de Spilbergen y la defensa del virreynato (1615)». Revista Histórica, t.o XXVI, 1964, p. 289. 23 Bradley, Peter. «La fascinación europea con el Perú…», p. 263. 24 En 1615 el virrey Juan de Mendoza hizo un excelente análisis de la capacidad defensiva de las costas del virreinato, poniendo énfasis en las condiciones propias de la geografía y la población a lo largo del litoral, estableciendo las prioridades de inversión en materia de seguridad: El Reino del Perú como V. E. sabe es muy prolongado por la costa del Sur, que casi podemos decir es todo playa, y porque la diversidad o fuerza de los vientos por ser siempre unos, y no tormentosos, ni el concurso de los enemigos porque raras veces pasaban a este mar, ni la destancia de tantas leguas de marina, pedia, obligaba, ni hacia posible la fortificacion de sus puertos, todos son abiertos y los pueblos tan pequeños y de casas tan humildes, que seria impertinente cualquier gasto, ni empeño en la defensa, sino que la mayor se reduzca a retirar la gente y alzar los bastimientos, excepto en este del Callao, que por la vecindad de Lima y ser escala principal de los Navios de toda la Contratacion, es necesario tenerle siempre defensible [...]. En Fuentes, Manuel Atanasio. Memorias de los virreyes que han gobernado el Perú durante el tiempo del coloniaje español. T.o I. Lima: Librería de Felipe Bailly, 1859, p. 66. EL ENEMIGO FRENTE A LAS COSTAS / Ramiro Flores Guzmán 43 holandesas pusieron otra vez sobre el tapete dos asuntos que generaban inquietud entre las autoridades: la fidelidad de los indígenas y el factor religioso. Como en el caso de los corsarios ingleses, ahora nuevamente se pusieron al día las sospechas contra los indios, de quienes se pensaba que podían estar comprometidos con los planes de conquista del virreinato; y por otro lado, se temía que la infiltración holandesa trajera consigo el germen herético. No es casualidad que durante esta época se desatara una violenta persecución contra los extranjeros, que terminó con el sonado proceso de la Gran Complicidad en 1635. Las correrías holandesas obligaron a las autoridades a tomar medidas más concretas para mejorar las defensas del virreinato. En 1615 el príncipe de Esqui- lache ordenó la edificación de los primeros baluartes de la capital, que fueron reforzados con artillería por el marqués de Guadalcázar después de la expedición de L’Hermite, aunque estas construcciones fueron destruidas por los sucesivos terremotos de 1630 y 1687.25 El fracaso de los holandeses tuvo su epílogo en 1643 con la expedición de Hendrick Brouwer. Su objetivo era mucho más humilde que el de L’Hermite: implantar una colonia en Chile, específicamente en el pueblo de Valdivia, para lo cual se abogaba nuevamente por una alianza con los indígenas de la región, a quienes les llevaban herramientas, aperos de labranza y cartas del príncipe Guillermo de Orange con promesas de una amnistía general y protección frente a los españoles. No obstante, las esperanzas puestas en la expedición fueron excesivas y esta culminó en un nuevo fracaso, por cuanto existía una divergencia esencial entre los jefes que cumplían las órdenes antes descritas y los tripulantes, que solo buscaban un aprovechamiento fácil y rápido en tierras americanas, merced al comercio pero fundamentalmente mediante el expediente del pillaje. Tal vez la mayor dificultad de estas expediciones era tratar de hacer colonos a los piratas. 3. El pirata como enemigo público A partir de la década de 1670, bucaneros y filibusteros de varias nacionalidades hacen su aparición en el Mar del Sur. Sus intenciones eran simplemente el robo y el pillaje a gran escala. Como bien lo apuntó el bucanero Philip Ayres, «[...] lo que impulsa a los hombres a llevar a cabo las aventuras mas dificiles es la sagrada sed del oro, y fue el oro el cebo que nos tentó».26 Esta época puede ser considerada como la más violenta en la larga serie de incursiones piráticas durante la Colonia, tanto por la frecuencia de los ataques como por la participación concertada de piratas de varias nacionalidades. Ellos disponían, además, de una ventaja sobre 25 Vega, Juan José. Historia general del Ejército Peruano. Primera parte. La dominación española en el Perú. Lima: Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú, 1981, p. 272. 26 Bradley, Peter T. «La fascinación europea con el Perú…», p. 275. 44 EL MIEDO EN EL PERÚ sus predecesores: ya no tenían que emprender largos viajes desde sus países de origen sino que concertaban sus empresas de rapiña desde los asentamientos in- gleses, franceses y holandeses establecidos en el Caribe durante la segunda mitad del siglo XVII.27 La primera incursión fue la del bucanero inglés Henry Morgan, quien al man- do de un grupo de piratas saqueó en 1670 las ciudades de Cartagena, Portobelo y Panamá, donde protagonizó escenas de auténtico vandalismo y brutalidad sin límites, robando en casas, oficinas e iglesias, violando a las doncellas y monjas y manteniendo prisioneras a las familias más acaudaladas en espera de un rescate inmenso. Un año antes un grupo de corsarios, liderados por John Narborough, Charles Henry Clerk, O