DANIEL PARODI REVOREDO SERGIO GONZÁLEZ MIRANDA (COMPILADORES) Las historias que nos unen 21 RELATOS PARA LA INTEGRACIÓN ENTRE PERÚ Y CHILE LA S H IS T O R IA S Q U E N O S U N EN 21 R EL AT O S PA R A L A IN T EG R A C IÓ N E N T R E PE R Ú Y C H IL E D A N IE L PA R O D I R EV O R ED O Y SE R G IO G O N Z Á LE Z M IR A N D A (C O M PI LA D O R ES ) Encontrar los episodios positivos en las relaciones peruano-chilenas entre los siglos XIX y XX, y reunir para contarlos a más de una veintena de académicos de ambos países fue la meta que se trazaron los historiadores Daniel Parodi (Perú) y Sergio González (Chile) cuando se conocieron en Santiago en 2011 en un diálogo binacional entre políticos y académicos. Las historias que nos unen. 21 relatos para la integración entre Perú y Chile reúne algunos artículos escritos por autores peruanos, otros por autores chilenos, y varios por parejas de autores, uno de cada país. Todos estos escritos son relatos de hermanamiento entre los dos países a través de historias de amistad que tocan aspectos políticos, sociales y, principalmente, de la vida cotidiana, y por medio de historias vinculadas a Tarapacá y la región de frontera que se extiende hasta Tacna. Las historias que nos unen no intenta obviar los eventos dolorosos de la historia, sobre los que ambas colectividades deberían conversar con madurez y respeto en un futuro cercano. Más bien, la compilación busca ampliar la mirada sobre nuestro pasado común para mostrar que chilenos y peruanos protagonizaron intensos episodios de amistad que ameritan ser recordados, como el aporte del libertador chileno Bernardo O´Higgins a la Independencia del Perú, la admiración al bolerista peruano Lucho Barrios en Chile, la infl uencia de la culinaria nacional en el país del sur. Estos, entre muchos otros temas, confi guran un recorrido por el pasado peruano-chileno que desconocemos, aquel que traza los lazos de unión que deben acercar a las generaciones del futuro. DANIEL PARODI REVOREDO es licenciado en his- toria por la Pontifi cia Universidad Católica del Perú (PUCP), Magíster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid y candidato a Doctor por la misma casa de estudios. Es profesor del Departamento de Humanidades de la PUCP y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Sus especialidades son la Guerra del Pacífi co, las relaciones peruano-chilenas, el análisis crítico del discurso histórico y el imaginario colectivo, y los procesos de reconciliación internacional. Es editor de la colección «Delimitación Marítima entre el Perú y Chile ante la Corte Internacional de Justicia» en el Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú y formó parte del grupo consultivo de dicha insti- tución durante el desarrollo del litigio de La Haya. Ha publicado Confl icto y reconciliación. El litigio del Perú contra Chile en la Corte de La Haya (2014) y Lo que dicen de nosotros. La Guerra del Pacífi co en la historiografía y textos escolares chilenos (2010). SERGIO GONZÁLEZ MIRANDA es historiador y soció- logo con una maestría en Desarrollo Urbano y Regional por la Pontifi cia Universidad Católica de Chile. Es Doctor en Educación por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y Doctor en Estudios Americanos con mención en Relaciones Internacionales por la Universidad de Santiago de Chile. Ha sido Director General de Extensión y Director del Departamento de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Arturo Prat, casa de estu- dios en la que actualmente ejerce la dirección del Instituto de Estudios Internacionales. Ha publicado La sociedad del salitre. Protagonistas, migraciones, cul- tura urbana y espacios públicos, 1870-1940 (2013) y Sísifo en los Andes. La (frustrada) integración física entre Tarapacá y Oruro: las caravanas de la amistad de 1958 (2012). Otras publicaciones del Fondo Editorial PUCP Rituales del poder en Lima (1735-1828) De la monarquía a la república Pablo Ortemberg, 2014 Relación de los mártires de La Florida del P. F. Luis Jerónimo de Oré (c. 1619) Raquel Chang-Rodríguez Lima, siglo XX: cultura, socialización y cambio Carlos Aguirre y Aldo Panfi chi (eds.) Entre los ríos. Javier Heraud (1942-1963) Cecilia Heraud Pérez Lecturas prohibidas. La censura inquisitorial en el Perú tardío colonial Pedro Guibovich Pérez Las ruinas de Moche Max Uhle (edición y traducción de Peter Kaulicke) Las historias que nos unen 21 relatos para la integración entre Perú y Chile Daniel Parodi Revoredo y Sergio González Miranda (compiladores) Las historias que nos unen 21 relatos para la integración entre Perú y Chile Las historias que nos unen 21 relatos para la integración entre Perú y Chile Daniel Parodi Revoredo y Sergio González Miranda (compiladores) © Daniel Parodi Revoredo y Sergio González Miranda, 2014 © Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2014 Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú Teléfono: (51 1) 626-2650 Fax: (51 1) 626-2913 feditor@pucp.edu.pe www.pucp.edu.pe/publicaciones Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP Primera edición: marzo de 2014 Tiraje: 500 ejemplares Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores. Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2014-04554 ISBN: 978-612-4146-69-5 Registro del Proyecto Editorial: 31501361400262 Impreso en Tarea Asociación Gráfica Educativa Pasaje María Auxiliadora 156, Lima 5, Perú Índice Introducción Daniel Parodi Revoredo y Sergio González Miranda 9 Primera parte: Perú y Chile: once historias en común 1. Aspectos políticos 21 El chileno-irlandés Bernardo O’Higgins y la independencia del Perú Scarlett O’Phelan Godoy 23 La amistad germinal: la participación chilena en la independencia del Perú Juan Luis Orrego Penagos 43 Una convivencia reanudada: exilios e intercambios culturales y políticos entre Chile y Perú (1920-1940) Fabio Moraga Valle 53 En la rebeldía hermanos: confluencias peruano-chilenas en las luchas sociopolíticas latinoamericanas (siglos XIX y XX) Hugo Vallenas 79 2. Aspectos sociales 105 Devociones compartidas. El culto a Santa Rosa y al Señor de los Milagros en Lima y Santiago de Chile (siglos XIX y XX) Claudia Rosas Lauro y Milton Godoy Orellana 107 El movimiento de confraternidad obrera peruano-chilena y el final del gobierno de Guillermo Billinghurst Miguel Rodríguez Hernández 133 Isidoro Gamarra Ramírez: un tarapaqueño sindicalista en Lima Rosa Troncoso de la Fuente y Sergio González Miranda 163 3. La vida cotidiana 177 Selección de la amistad: el combinado de fútbol peruano-chileno de gira por Europa (1933-1934) Daniel Parodi Revoredo 179 El Combinado del Pacífico, una propuesta pedagógica para la integración Patricio Rivera Olguín 201 Un solo corazón. La tragedia de Alianza Lima y la solidaridad del Colo Colo Aldo Panfichi 209 Alex Rely: el boxeador de dos banderas Bernardo Guerrero Jiménez 219 El vals criollo del Pacífico. Apuntes para el estudio de la integración musical entre el Perú y Chile Eligio Ronceros Espinoza 231 La sociedad en la mesa: aspectos comunes en el desarrollo de la culinaria de Chile y el Perú Víctor Torres Laca 241 Segunda parte: Historias de Tarapacá y de la frontera Guillermo Billinghurst en Tarapacá: la primavera de un intelectual, el otoño de un presidente Sergio González Miranda y Osmar Gonzales Alvarado 267 Hermanos en el trabajo: el internacionalismo del movimiento social tarapaqueño en la huelga y masacre obrera de 1907 Pablo Artaza Barrios y Eduardo Godoy Sepúlveda 293 ¡Contemplad vuestra obra! Voces de la masacre de Santa María de Iquique en la prensa anarquista peruana Juan José Rodríguez Díaz 319 Fiestas religiosas e identidades nacionales: la peruanidad ritualizada en el desierto chileno (siglo XX) Alberto Díaz Araya y Alejandro Málaga Núñez 341 Conflictos entre el cetro y la espada: las misiones protestantes en las regiones de frontera entre Perú y Chile (1868-1929) Miguel Ángel Mansilla y Juan Fonseca 355 Gildemeister y compañía: una empresa de origen alemán en Tarapacá (1854-1940) Marcos Agustín Calle Recabarren 371 Gusto y convivencia comensal en la sociedad salitrera (1880-1910) Rigoberto Sánchez Fuentes 395 Notas de una familia transfronteriza Juan Arturo Podestá Arzubiaga y Juan José Podestá Barnao 433 Sobre los autores 445 Introducción Daniel Parodi Revoredo y Sergio González Miranda El presente libro no fue el resultado de una reunión de voluntades peruanas y chi- lenas para llamar la atención de las autoridades y juristas que litigaron en la Corte Internacional de La Haya sobre el límite marítimo entre Perú y Chile, es decir, no es un «téngase presente», porque cada uno de los autores desea que su país logre sus objetivos y, en definitiva, su posición sea acogida por los jueces. Sin embargo, podemos afirmar que quienes participan en este libro están lejos de tener posiciones maniqueas que ven en su país todo lo bueno y en el país vecino todo lo malo. Es más, los temas que aborda cada uno no han sido seleccionados con propósitos exclusiva- mente estéticos o científicos sino también éticos y con espíritu crítico. Esta obra no tiene una pretensión diplomática sino paradiplomática. Nuestro objetivo está en la sociedad civil, especialmente en las regiones fronterizas, y en los actores subnacionales. Han sido objeto de nuestro interés las expresiones populares que refieren a Perú y a Chile, aquellas que alejadas de toda política pública han ocu- pado las calles con los colores patrios de ambas naciones, como las expresiones de fe en Santa Rosa de Lima o el Señor de los Milagros, la virgen del Carmen o la virgen del Rosario. También las expresiones deportivas, como la tragedia del Alianza Lima, donde la solidaridad y el sacrificio no pueden entenderse solamente dentro del marco deportivo; o las expresiones de arte, como el teatro y la música, que fluyen con natu- ralidad y sin fronteras. Entre las expresiones de arte también se ubica la gastronomía: en Santiago de Chile en estos años se ha descubierto el gusto por la comida peruana. Un viajero francés, André Bellessort, al llegar al puerto de Iquique en 1895 escribió: «Chile abas- tece con platos fuertes, el Perú aporta las golosinas del desierto. Sobre la mesa de un iquiqueño, la pierna de cordero representa a los chilenos, pueblo sólido y práctico, y la nata batida de la chirimoya simboliza la fineza peruana» (Bellessort, 1899, p. 28). Introducción 10 En la frontera todas las expresiones de la vida confunden nacionalidades, ellas son esenciales para entender la vida humana. Fernández Labastida muy bien afirma que el destacado filósofo e historiador Wilhelm Dilthey se interesa sobre todo por los hechos que ritman la vida humana: los acontecimientos históricos, las costumbres y leyes de los pueblos, las obras de arte, las religiones, etcétera. Estos hechos son las huellas de la actividad libre y crea- dora que el hombre deja en el mundo. Utilizando el conocido término hegeliano, Dilthey los llama objetivaciones del espíritu humano, es decir, imágenes de lo que el hombre es. En el conjunto de estas pequeñas y grandes realidades que constituyen el mundo histórico se revela la entera naturaleza del hombre: un ser que no solo piensa, sino que también siente y ama» (Fernández Labastida, 2004, p. 871). Esta cita interpreta en gran medida la tarea emprendida en la compilación de este libro, donde se trató de registrar huellas o imágenes de pequeñas y grandes realidades que han vivido los pueblos del Perú y de Chile desde que se transformaron en repú- blicas, como pueblos hermanos que piensan, sienten y aman. La referencia a las imágenes nos permite explicar el propósito de este libro desde otro ángulo, aquel de la idea borgiana de los espejos velados en El Hacedor, porque la gran mayoría de las imágenes que la historia bilateral ha recogido no son de pueblos hermanos que piensan, sienten y aman; al contrario, suelen predominar las querellas y los litigios. Las historias nacionales, por su parte, se centran en gran- des acontecimientos, pro-hombres, fechas relevantes, lugares de culto patriótico, etcétera. Sin desconocer la importancia que tienen, a veces esas historias son trans- formadas en espectros por el deseo natural de ensalzar la épica o la lírica. Borges nos dice que conoció «el horror de una duplicación o multiplicación espectral de la realidad, pero ante los grandes espejos» (Borges, 1974, p. 786), no así ante los pequeños espejos. Las grandes historias reflejan la realidad de modo similar a los grandes espejos. Siguiendo a Borges, el temor es, por una parte, ver una duplicación o multiplicación espectral de la realidad y, por otra, que esas imágenes puedan ocu- par todo el espacio de la realidad. La historia bilateral de Perú y Chile se ha encargado de duplicar y multiplicar imágenes espectrales de la realidad, donde chilenos y peruanos son reflejados a veces como bárbaros o civilizadores, salvajes o aristocráticos, indiada o imperio, cholos o rotos, pobres diablos o pobres dignos, virreyes o ingleses americanos, integrados o apocalípticos, modernos o subdesarrollados, siúticos o cursis, etcétera; imágenes que se han venido repitiendo desde hace 133 años, desde que se inició el conflicto del Pacífico o Guerra del Salitre. Como diría Borges, son imágenes con rasgos ver- daderos o apócrifos de un pasado pueril o glorioso, pero que han podido llevarnos a una locura a escala de toda la sociedad. Entonces, siguiendo a este autor, se hace Daniel Parodi Revoredo y Sergio González Miranda 11 necesario velar los espejos para que no sigan reflejando esas imágenes espectrales que se duplican o multiplican distorsionando y que se confunden con la realidad que se construye día a día, cotidianamente, por los habitantes anónimos de ambos pueblos, donde se vea al otro —sea chileno o peruano— tal como es, sin el odioso destino de las facciones distorsionadas en los grandes espejos. Son muchos los espejos que acosan a peruanos y chilenos desde la más tierna infancia, desde que encienden la radio o la televisión, al abrir el texto escolar o el periódico, al escuchar a sus líderes o a sus vecinos, pero sobre todo cuando revisan las páginas escritas de la Historia con mayúscula, la que ofrece la realidad en grandes espejos. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer el significativo aporte de las historias nacionales y de brillantes historiadores, como Diego Barros Arana o Jorge Basadre Grohmann. Ellos nos dejan imágenes como las entiende Derrida (1998), en el sentido de que asedian el presente pero de un modo diferente a los espectros de Borges, pues lo hacen ofreciendo un espacio a la crítica. Ellos, y otros más, son precursores y debemos rendirles homenaje como tarea de la herencia, «tal herencia se nos da como tradición o como institución» (Cassigoli, 1995, p. 34). No obstante, «el puente entre tradición e institución es la trama que tejen los fantasmas para demostrar la imposibilidad del lenguaje de dar cuenta de su pro- pia praxis, para mostrar que una reunificación del idioma de lo social requiere del retorno de cierta dialéctica que le devuelva al discurso su capacidad de crítica interna» (Cassigoli, 1995, p. 35). En líneas generales, las historiografías nacionales de Perú y Chile han construido discursos sin capacidad de crítica interna, especialmente en aquellos fragmentos que nos separan. Si, a lo Derrida, los fantasmas del pasado nos ven por el ojo de la cerra- dura y nos compilen al distanciamiento, es el momento de que veamos a través de ella las imágenes de la integración peruano-chilena, como O’Higgins o Billinghurst, entre otros, quienes han tendido puentes simbólicos que nos unen. Las respectivas élites, que hasta el amanecer del siglo XX fueron sinónimo de oligarquías (además tienen innegables lazos de parentesco), construyeron los gran- des espejos borgianos que reflejaron las imágenes espectrales de unos y otros, con la finalidad de construir identidades nacionales por oposición. Los espectros que han emergido de las páginas de las historias oficiales de Perú y Chile han obnubi- lado las imágenes positivas que unen a ambas sociedades. Se han escapado de los espectros, por ejemplo —sin sentido crítico—, la figura de O’Higgins o la guerra contra España. Por espacios intersticiales se han recuperado gestos positivos, como la carta del almirante Grau a la viuda del capitán Prat, el asilo chileno a los exiliados del APRA, la lucha mancomunada de ambos países por las doscientas millas maríti- mas, la solidaridad frente a los desastres naturales. Han sido excepciones. Introducción 12 Evitar a los espectros no significa negar los episodios dolorosos que tiene la his- toria bilateral, como la Guerra del Pacífico, sino solamente comprender que ellos no pueden ocupar todo el horizonte de posibilidades que le ofrece el pasado a las generaciones futuras. Sabemos que el pasado lo podemos ver e investigar, pero lo hemos hecho rescatando los episodios que nos separan; en este libro, en cambio, se rescatan episodios favorables en las relaciones entre Perú y Chile que, en su conjunto, vienen a constituir una historia alternativa de unidad. El futuro no lo podemos ver, solo prospectar, pero ofrece la opción de construirlo, es decir, dependerá de nosotros, peruanos y chilenos, si queremos que siga estando marcado por las querellas y los litigios o que sea cooperativo, complementario, dentro de un escenario de desarrollo con proyección latinoamericana y mundial, ¡en pleno siglo XXI! Sin pretender hacer una demostración de erudición sobre la historia bilateral, esperamos entregar una mirada de imágenes entre Perú y Chile, donde nos reconoz- camos como pueblos que tienen una cultura, una lengua, pero sobre todo, historias privadas y colectivas compartidas. Las élites económicas, políticas e intelectuales de los dos países, incluyendo a la diplomacia, han ido cambiando en el transcurso del siglo XX y continúan haciéndolo en el siglo actual. Es posible observar ese cambio en los contenidos de las relaciones bilaterales, que notoriamente han dejado atrás lentamente los prejuicios y los chauvinismos. Ha sido este espíritu el que hemos presenciado en los alegatos de La Haya, donde, sin dejar de presentar con fuerza y convicción las respectivas posiciones, entre los litigantes prevaleció el respeto y la amistad cívica, quedando excluidas las manidas referencias a historias que nos separan. Nuestro propósito no ha sido ubicarnos con este libro en el centro de los estudios internacionales, pero sí en sus márgenes, en aquel campo que Panayotis Soldatos (1990) e Ivo Duchacek (1987) definieron como «paradiplomacia». En América Latina suele identificarse este concepto con los aportes teóricos de Aldecoa y Keating (2000). La paradiplomacia, cuya influencia en el escenario latinoamericano se ha podido observar en las últimas décadas en varias latitudes del continente —especial- mente en el campo de las relaciones económicas y en las relaciones transfronterizas de regiones contiguas— reclama también un lugar en las relaciones bilaterales entre Perú y Chile. Lo tradicional en la diplomacia decimonónica fueron las hipótesis de conflicto y de equilibrio de poder entre las naciones latinoamericanas. Marcello Carmagnani (2004) afirma que «los países latinoamericanos, aun formando parte de un sistema mundial, otorgan prioridad a las relaciones con los países vecinos con el fin de neu- tralizarlos a nivel internacional» y añade que Argentina, para neutralizar a Brasil y Chile, «mantiene relaciones amistosas con Bolivia y Perú, busca la neutralidad de Uruguay y la no hostilidad de Paraguay. Por su parte, Chile necesita el apoyo Daniel Parodi Revoredo y Sergio González Miranda 13 de Brasil y Ecuador, la neutralidad de Colombia y la no intervención de Argentina, país con el que tiene conflictos fronterizos» y así sucesivamente (Carmagnani, 2004, p. 203). Esto ha cambiado, y quedó de manifiesto en la Corte Internacional de La Haya que esos viejos preceptos geopolíticos han dado paso al derecho internacio- nal en toda su extensión. Jorge Luis Borges le teme a los grandes espejos porque ellos generan espectros; en cambio, las pequeñas historias como los espejos de bolsillo son las más íntimas y refle- jan los detalles. En Chile se cree que el bolerista Lucho Barrios es porteño, porque su voz inmortalizó a la «joya del Pacífico», pero era chalaco, nació en el mismo puerto que durante el siglo XIX fue el rival comercial de Valparaíso, el Callao. Lo importante es que dio alegrías e hizo correr más de una lágrima en ambos lados de la frontera, y se le recuerda con cariño. Quizás sea el mismo destino de un prometedor boxea- dor llamado «Pacman» Huamán, que representa a Chile pero es peruano y en sus pantaloncillos luce ambas banderas. ¿Pequeñas historias que no merecen estar entre aquellas con mayúscula? ¿Cuántas pequeñas historias que nos unen desconocemos?1 Uno de esos derroteros es el aporte teórico de Bob Jessop (2004), quien reflexiona sobre las nuevas realidades bajo la globalización, a saber: encontramos que nuevos lugares están emergiendo, nuevos espacios están siendo creados, nuevas escalas de organización están siendo desarrolladas y nuevos hori- zontes de acción están siendo imaginados». Como respuesta a este desafío plantea que «muchas estrategias [...] están siendo desarrolladas para vincular estas y otras escalas a lo global —incluyendo la internacionalización, triadización, formación de bloques regionales, construcción de redes de ciudades globales, formación de regiones transfronterizas, localización internacional, glocalización, glurbanización y transnacionalización (Jessop, 2004, p. 90). 1 La historiografía también ha venido reconociendo otros lugares desde donde escribir el acontecer de las sociedades, «las expresiones de vida» a que se refiere Dilthey. Desde mediados del siglo pasado se habla de historia de las mentalidades (Aries, 1975; Duby, 1961; Vovelle, 1983), historia de la vida privada (Certeau, 1996; 2006), microhistoria (González, 1972; Levi, 1999; Ginzburg, 1981; 1994; 2010) historia regional (Braudel, 1953), historia cultural (Chartier, 1996; Hobsbawm, 1997; Hunt, 1986; Burke, 2000; 2004; Sewell, 1999; Thompson, 1995), postmodernismo (Iggers, 1997; Lash, 1995; Powell, 2002; Jenkins, 2006), historia social (Casanova, 2002; Hobsbawm, 1968; Kocka, 1992; Kocka & Chuliá, 2002), postcolonialismo o descolonialismo (Robotham, 1997; Mellino, 2008; Mezzadra, 2008; Mignolo, 2003), interculturalidad (Walsh, Schiwy & Castro-Gómez, 2002; Zizek, 1998), estudios de género (Lamas, 1996; Sassen, 2003) y subalternos (Guha & Spivak, 1988; Guha, 2002; Rodríguez, 2001), trabajo interdisciplinario (Cardoso & Malerba, 2000), historia del tiempo presente (Franco & Levin, 2007; Hartog, 2007), teoría de las fronteras (Barraza, 2004; Grimson, 2005; Michaelsen & Johnson, 2003), donde la influencia de otras disciplinas como la antropología, la socio- logía, la geografía cultural, la economía, la psicología social, entre otras, resulta evidente, permitiendo perforar a la historiografía tradicional, abriendo derroteros para una nueva navegación en la historia. Introducción 14 En las fronteras de países como Perú y Chile, que tienen pretensiones de desa- rrollo y globalización, emergen actores subnacionales que hasta hace algunas décadas no estaban en las agendas diplomáticas. Ellos comienzan a tener una importancia trascendental y, por lo mismo, exigen que se incluya la escala transfronteriza, donde fenómenos como la migración, tan importante en las relaciones entre Perú y Chile, comienzan a ser analizados a través de otros modelos interpretativos, alejados del nacionalismo metodológico (Llopis, 2007), como también se comienza a reinter- pretar el concepto de frontera. Grimson aconseja realizar, en los estudios de zonas fronterizas, «historia territorial, relacional, sociocultural, de espacios fronterizos específicos. En lugar de apelar a la historia de las ideas, apelamos a la etnografía» (Grimson, 2005, p. 127). En otras palabras, se refiere a la historia local y cultu- ral, a espejos pequeños para reflejar la realidad. Consideramos entonces que ya es el momento de otras miradas y a escalas diferentes: local, regional, transfronteriza, etcétera, para rescatar también a otros actores subnacionales o transnacionales de Chile y Perú. ¿Cómo entender las relaciones entre Arica y Tacna?, ¿sus lazos fami- liares, sus tradiciones compartidas y los millones de pasajeros que circulan cada año entre una y otra ciudad? Las historias o fragmentos historiográficos que se ofrecen en este libro se reflejan en pequeños espejos, y los fantasmas que son aludidos tienen miradas de integración: desde la fragancia de la comida peruana en tierras chilenas hasta la gesta heroica frente a España, que unió a peruanos y chilenos; desde la hermandad en el deporte, donde la tragedia transformó todo en un solo corazón, hasta las dulces melodías del vals y de la cueca; desde las misiones religiosas pentecostales hasta las manifestaciones marianas católicas, donde el pueblo toma las calles para llevar en andas su fe; desde la solidaridad política en el asilo contra la opresión hasta el corazón sin fronteras, donde las familias transfronterizas siguen caminando en senderos que todavía, en pleno siglo XXI, se bifurcan; y, por qué no decirlo, universidades como las que patrocinan este libro, que cumplen su papel universal e integrador. Agrademos a los colegas y amigos que aceptaron este desafío de escribir sobre las historias que nos unen en un momento crucial de las relaciones bilaterales peruano-chilenas, con la esperanza de hacer un aporte a un escenario futuro de mayor cooperación, complementación y entendimiento entre las autoridades de ambos países; ya que ambas sociedades, en la medida en que se conozcan más gracias a las migraciones, el turismo, el comercio, la educación, los medios de comunicación, el arte, el deporte, la cultura, etcétera, se integrarán sabiamente porque precisamente tenemos historias que nos unen… Daniel Parodi Revoredo y Sergio González Miranda 15 Bibliografía Ariés, Phillipe (1975). Essais sur l’histoire de la mort en Occident. París. Ariés, Phillipe & Georges Duby (2005). Historia de la vida privada. 5 vols. Madrid: Taurus. Aldecoa, Francisco & Michael Keating (eds.) (2000). Paradiplomacia: las relaciones internacio- nales de las regiones. Madrid: Marcial Pons. Barraza, Martha (2004). 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Bernardo O’Higgins, 12 de febrero de 1823 Bernardo O’Higgins Riquelme nació en 1778 en Chillán, Chile, y participó acti- vamente en la temprana guerra de independencia de su país hasta que ocurrió el desastre de Rancagua, en 1814, que cerró el período que se conoce como la Patria Vieja (Villalobos, 1977, p. 377). Luego de este suceso, O’Higgins —al igual que otros miembros de familias patriotas— debió refugiarse en la Argentina, donde forjó una sólida amistad con don José de San Martín, a quien había conocido con antelación en España (Mehegan, 1913, pp. 35, 84)1 y a quien animó a cruzar la cordillera, decisión que luego se vio coronada el 18 de febrero de 1817 con la victoria de Chacabuco, preámbulo de la entrada a Santiago. Es en estas circunstancias en que se instaura la Patria Nueva y el Cabildo Abierto y proclama como Director Supremo de Chile a San Martín, quien renuncia al cargo de inmediato a favor de su amigo y compañero de armas Bernardo O’Higgins (Villalobos, 1977, pp. 393-394; Jocelyn-Holt Letelier, 1999, p. 251). La independencia de Chile se selló posteriormente con la batalla de Maipú, liderada el 5 de abril de 1818 por San Martín, cuando O’Higgins se encon- traba fuera de la capital (Villalobos, 1977, p. 298). * Esta investigación fue auspiciada por la John Simon Guggenheim Memorial Foundation de Nueva York. El presente ensayo se redactó durante la estadía de la autora como Simon Bolivar Professor (2008-2009), en el Centre of Latin American Studies de la Universidad de Cambridge, Gran Bretaña. Una versión resumida se ha publicado en inglés en Brown y Paquette (2013, pp. 160-178). 1 Mehegan señala que O’Higgins conoció a San Martín en Cádiz, quien a la sazón era teniente del ejército español en el regimiento de Murcia; ambos habían nacido el mismo año, en 1778, y ambos jugarían posteriormente un rol relevante en la guerra de independencia. El chileno-irlandés Bernardo O’Higgins y la independencia del Perú 24 Entre 1818 y 1821, durante los primeros años del gobierno de O’Higgins como Director Supremo de Chile2, se perpetraron una serie de crímenes de Estado que removieron de la arena política a caudillos rivales y potenciales conspiradores, como los hermanos Carrera (Juan José, Luis y José Miguel) y Manuel Rodríguez, cuyo asesinato fue ordenado por el tucumano Bernardo Monteagudo, brazo derecho de San Martín, aunque también existe la versión que afirma que detrás de estos ase- sinatos políticos estuvo la mano implacable de la logia masónica Lautaro (Vicuña Mackenna, 1976, p. 292)3. Quizás esto explique de alguna manera por qué Chile no atravesó, como la mayoría de los países emancipados, por la era de los caudillos ya que, como se puede comprobar, estos fueron sistemáticamente eliminados en los albores de la república chilena. En todo caso, para evitar una inminente guerra civil, resultado de los ánimos caldeados de los correligionarios de los líderes desapa- recidos, O’Higgins presentó su renuncia el 28 de enero de 1823 y se embarcó para el Perú, país que conocía, donde había estudiado, forjado amistades y que, ade- más, estaba en deuda con él por su gestión en el desembarco en territorio peruano del ejército libertador, compuesto por argentinos y chilenos al mando del general San Martín. 1. Los irlandeses en el virreinato del Perú Si queremos poner en su debido contexto familiar a don Bernardo O’Higgins Riquelme, tenemos que señalar que fue el hijo ilegítimo del irlandés don Ambrosio O’Higgins y O’Higgins (Ambrose Bernard O’Higgins, 1720-1801)4, quien habién- dose educado y trabajado en Cádiz, España5, pasó en 1764 a Chile como asistente del también irlandés John Garland, que a la sazón ejercía el cargo de gobernador militar de Valdivia. A lo largo de su exitosa carrera administrativa, don Ambrosio se desem- peñó como gobernador-intendente de Concepción, Chile (1786-1788), gobernador 2 El gobierno de Bernardo O’Higgins como Director Supremo de Chile tuvo una duración de seis años. Se inició en febrero de 1817 y concluyó en enero de 1823, cuando fue depuesto por un golpe militar de carácter conservador. 3 Quien afirmó haber recibido esta confesión de labios de uno de los cómplices fue nada menos que el general inglés Guillermo Miller, aunque se cuidó muy bien de no revelar el nombre de su informante. 4 En el expediente que se le abrió cuando solicitó un título de Castilla, se señala que don Ambrosio O’Higgins era hijo de Charles O’Higgins, squire de Ballenary, y de Margarita O’Higgins; nieto por línea paterna de Roger O’Higgins, squire de Ballenary y de Margarita de Breham; y por línea materna de Willian O’Higgins, squire de Longarough y de Winifrida O’Fallon (Campos Harriet, 1947, p. 9). 5 Don Ambrosio O’Higgins residió en Cádiz entre 1751 y 1756. En 1761 España le concedió la naturalización, como se la otorgó a varios otros irlandeses, para que pudiera residir y comerciar en los territorios de la Península y América española (Orrego Vicuña, 1946, p. 30). Scarlett O’Phelan Godoy 25 de Chile (1788-1796) y finalmente virrey del Perú (1796-1801). En 1795 se le reco- nocería el título de barón de Ballenary, del que habían gozado sus antepasados en Irlanda6, y al año siguiente se crearía para él el título de marqués de Osorno (Arias de Saaverda Alías, 2000, p. 50). En la medida en que su padre era irlandés y su madre —Isabel Riquelme y Meza— americana, Bernardo O’Higgins puede ser descrito como un «chileno-irlandés». Además, el peso que iba a recibir de la vertiente irlan- desa en su formación sería notable. Lo particular en este caso es que un irlandés nacido Sligo y criado en Meath, como don Ambrosio, llegara a asumir el cargo de virrey del Perú. Un caso similar —aunque no idéntico— pudo ser el del último virrey de México, don Juan O’Donoju O’Rian (O’Donahue O’Ryan), que si bien era descendiente por ambos lados de irlandeses, había nacido en Sevilla (Arias de Saavedra Alías, 2000, p. 51). La presencia de irlan- deses y descendientes de irlandeses en cargos de alto nivel se puede explicar por la apertura que demostró tener la casa de Borbón, sobre todo en la segunda mitad del siglo XVIII, frente a la presencia de nativos de Irlanda y sus descendientes en puestos administrativos y militares de importancia. Los irlandeses no solo eran consabidos católicos, sino que también eran reputados como experimentados comerciantes y, sobre todo, apreciados por su pericia y prestigio militar. Por ejemplo, Fernando VI y Carlos III incluyeron a irlandeses entre sus consejeros militares. Así, el irlandés Ricardo Wall, natural de Limerick, llegó a alcanzar el codiciado puesto de minis- tro de Estado y Guerra de España (1754-1763), siendo conocido como «el hombre poderoso de la monarquía» (Sarrailh, 2005, pp. 323-325). Al ver con escepticismo su ansiado retorno a Irlanda, los irlandeses adoptaron a España como su segunda patria y le prestaron servicios incondicionados. De allí que Wall declarara, en 1758, «Yo no tengo más patria que esta (España) y no obstante más de cuarenta años de servicios, no acaba la gente de persuadirse de que yo la amo tanto como los nativos» (López-Guadalupe, 2000, p. 173). Sin embargo, durante su gestión como ministro, Wall —sin olvidar sus orígenes— se rodeó de varios irlandeses a los cuales favoreció desde su cargo, entre ellos se encontraban Alejandro O’Reilly, Guillermo Bowles, Bernardine Ward y nada menos que Ambrosio O’Higgins (Boylan, 1988, p. 297)7. 6 Fue su sobrino, Demetrio O’Higgins, quien se encargó de llevar adelante el expediente de acredita- ción del título de barón de Ballenary, argumentándose la legítima descendencia de don Ambrosio, por línea recta, de Juan Duff O’Higgins, quien fuera barón de Ballenary en el condado de Sligo, Reino de Irlanda. Para mayores detalles consúltese Donoso, 1941, pp. 278-279. 7 Hubo otros irlandeses que destacaron en la administración española en el siglo XVIII, como Guillermo Lacy, nacido en el condado de Limerick, quien en 1750 fue nombrado consejero del Consejo de Guerra; su hijo, Francisco, sería nombrado ministro plenipotenciario para Rusia, en 1772, entrando al Consejo de Guerra en 1780 (Arias de Saavedra, 2000, p. 57). El chileno-irlandés Bernardo O’Higgins y la independencia del Perú 26 Siguiendo esta tendencia de dones y favores, no debe sorprender que don Ambrosio aprovechara de su puesto como virrey del Perú para conseguir, en 1799, que a su sobrino, el también irlandés Demetrio O’Higgins, fuera nombrado inten- dente de Huamanga, cargo que comenzó a ejercer a partir de 1802 (Fisher, 1970, p. 246). Igualmente, en 1795 don Ambrosio gestionó para otro de sus sobrinos, don Tomás O’Higgins, el nombramiento de capitán del regimiento de Dragones de Chile, siendo este posteriormente designado, en 1797, como gobernador de Huarochirí (Donoso, 1941, p. 416). Pero este tipo de concesiones no se dieron exclu- sivamente dentro del ámbito familiar. El virrey O’Higgins también colocaría a sus compatriotas en puestos de la alta administración, como ocurrió en el caso del irlan- dés Juan Mackenna O’Reilly, a quien nombró Superintendente de Osorno el 11 de agosto de 1797 (p. 366). Es más, luego de que Mackenna asumiera el cargo, le fueron remitidos varios artesanos irlandeses e ingleses con la expectativa de que estos, con la introducción de pequeñas industrias y oficios mecánicos, contribuyeran al desarrollo de la población (p. 369)8. Estos lazos de apoyo mutuo que se tejieron entre irlandeses radicados en España, sobre todo en el puerto de Cádiz (Fernández Pérez, 2000, p. 134; 1997), también estarán presentes en la América española. Así, cuando tanto don Ambrosio como don Bernardo busquen personas de confianza que se hagan cargo del cuidado e instruc- ción del hijo, en el caso del primero, y en calidad de asesores o encargados del manejo de sus propiedades, en el caso del segundo, lo harán dentro del círculo de sus paisa- nos irlandeses. De esta manera, don Ambrosio escogió a su amigo íntimo, el irlandés Tomás Dolphin, para que se encargara de recoger a Bernardo de la casa materna y lo enviara a Lima a cursar estudios en el prestigioso Convictorio de San Carlos (Donoso, 1941, p. 388). Ya en Lima, don Ambrosio eligió como apoderado de su hijo a otro compatriota, el comerciante irlandés don Juan Ignacio Blake, a quien Jaime Eyzaguirre, en su libro O’Higgins (1972) describe como «un hombre acaudalado» (Eyzaguirre, 1972, I, p. 24). No obstante, de acuerdo al Tribunal del Consulado de Lima, se trataba de «un irlandés soltero que tiene tienda pública de mercancías en las covachuelas de la catedral»9. Es decir, Blake era un pequeño comerciante al menudeo o, en otras palabras, un «cajonero», que era como se les denominaba en esa época a los tenderos. Aunque hay que reconocer que la acotación citada corresponde a 1775 y es probable que Blake incrementara su fortuna en los años posteriores, ya que don Bernardo llegaría a estudiar a Lima recién en 1790 (Campos Harriet, 1947, p. 18). 8 Muchos de estos individuos habían sido hechos prisioneros en los barcos capturados en las últimas guerras de la península. 9 Archivo General de la Nación, Lima (AGN), Tribunal del Consulado. Leg. 127. Doc. 734. Año 1775. Scarlett O’Phelan Godoy 27 Por otro lado, en 1811, en plena guerra de independencia, cuando don Bernardo requirió de asesoramiento y consejo pensó en recurrir a dos de sus allegados más próximos, ambos irlandeses: su primo Tomás O’Higgins y don Juan Mackenna, quien fuera colocado como gobernador de Osorno por su padre, en 1797. Finalmente se decidió por este último pues, a su entender, su primo Tomás estaba demasiado com- prometido con la corona española (Clissold, 1968, p. 88)10. Más adelante, al retirarse en 1823 don Bernardo O’Higgins al Perú, le acompañó Mr. John Thomas Nowland, natural de Irlanda, que se convertiría en su más cercano confidente y con quien había entablado una estrecha amistad poco antes de abandonar Chile. Thomas fue el encargado de reorganizar las maltratadas haciendas Montalván y Cuiba, ubicadas ambas en el valle de Cañete, las que habían sido adjudicadas a don Bernardo por San Martín, en reconocimiento por su compromiso con la independencia peruana. Estas propiedades, que habían pertenecido al oficial español don Manuel Arredondo y Pelegrés, marqués de San Juan Nepomuceno (Rosas Siles, 1995, p. 221)11, se con- fiscaron a su dueño durante la álgida campaña antipeninsular desatada en Lima por Bernardo Monteagudo12. Se estimaba que solo la hacienda Montalván estaba valo- rada, antes de la expropiación, en alrededor de 600 000 pesos, con sus edificaciones, aperos, tierras y esclavos (Pruvonena, 1858, I, p. 58)13. Al haber sido estas haciendas ocupadas prolongadamente por el ejército realista, se encontraban —luego de la gue- rra de independencia— en un lamentable estado de deterioro y, bajo la vigilancia de Thomas, hubo que reparar las acequias, recoger el ganado disperso y replantar los viñedos y plantaciones de azúcar, que habían sido el eje económico de su producción (Eyzaguirre, 1972, pp. 444-445)14. Thomas fue también el encargado de hacer un recuento de las actividades de don Bernardo y de llevar su diario de campaña, por eso hay quienes se refieren a él como «su fiel cronista» (Orrego Vicuña, 1946, p. 338). 10 Así lo expresó en la carta que remitió al coronel Juan Mackenna, el 5 de enero de 1811: «Mi primera idea fue dirigirme a mi primo don Tomás O’Higgins, para obtener sus instrucciones y consejos, pues me han informado que es un buen soldado y un táctico distinguido […] pero tengo razones para suponer de que en su opinión no he sido muy prudente al comprometerme en la revolución…». Para mayor información consúltese Vicuña Mackenna, 1976, p. 116. 11 El título le fue concedido en 1808 por el rey Carlos IV. 12 Monteagudo era descrito como «enemigo acérrimo de toda la raza española», de acuerdo al via- jero Basil Hall (1971). Según Stephen Clissold (1968, p. 168), Monteagudo era «an Argentine born mulatto, who combined in his person the destructive instincts of the terrorist with utter ruthlessness in the pursuit of power and the indulgence of his own passions, was the evil genius of the Revolution». 13 Esta propiedad se la «regaló» San Martín a O’Higgins, quitándosela a sus legítimos herederos. 14 De acuerdo a Eugenio Orrego Vicuña (1946, p. 366), el cultivo de la caña de azúcar era la industria principal de la hacienda, aunque también se cultivaba panllevar y vid, con mano de obra compuesta por sesenta negros esclavos. El chileno-irlandés Bernardo O’Higgins y la independencia del Perú 28 Los O’Higgins, en su calidad de irlandés en el caso de don Ambrosio y de vástago de irlandés en el de don Bernardo, demostraron ser propensos a establecer relaciones endogámicas o de paisanaje, que trascendiendo el ámbito del parentesco, entraban también en la esfera profesional. Es decir, no era en absoluto extraño que los irlande- ses formaran juntos empresas, se apoyaran en los negocios, en la carrera burocrática y militar, y se designaran, unos a otros, tutores, albaceas y testaferros (O’Phelan Godoy, 2005, p. 439). El hecho de desposarse o mantener relaciones sentimentales con mujeres locales, por otro lado, revela que numerosos irlandeses comprendieron que emparejándose con mujeres americanas se les facilitaba la posibilidad de inser- tarse convenientemente en la sociedad colonial y que sus hijos pudieran establecerse en forma más permanente y ventajosa en la América española. 2. El Convictorio de San Carlos Si bien en Santiago de Chile funcionaba el Colegio Carolino, que había reempla- zado al antiguo Convictorio de San Francisco Javier, regentado por los jesuitas; se decidió que don Bernardo O’Higgins (Bernardo Riquelme en ese entonces) se tras- ladara a Lima a los doce años para cursar estudios en el renombrado Convictorio de San Carlos, siguiendo de esta manera una tradición arraigada en la élite chi- lena (Campos Harriet, 1947, p. 18)15. Este emblemático centro de estudios había sido fundado el 7 de julio de 1770 durante el gobierno del virrey Amat y Juniet, y reemplazó, luego de la expulsión, a los colegios jesuitas de San Felipe y San Martín (Espinoza Ruiz, 1999, p. 221). El control del gobierno virreinal sobre el convictorio fue, desde un inicio, muy estrecho y permanente. Cuando O’Higgins estudió en San Carlos, ejercía como rector don Toribio Rodríguez de Mendoza (1785-1817). En los treinta años que duró su gestión, el mencionado rector se propuso convertir el convictorio en el principal centro de estu- dios del virreinato peruano. Se considera a Rodríguez de Mendoza como uno de los exponentes más brillantes del clero ilustrado de fines del siglo XVIII, «fue un decidido defensor del regalismo borbónico y tuvo ciertas características comunes con los jansenistas como su anti-jesuitismo, su rechazo a la religiosidad popular barroca y a la escolástica» (Cubas, 2001, p. 301). Rodríguez de Mendoza logró contar en su plantel con profesores de alto nivel académico, como José Baquíjano y Carrillo (autor del polémico Elogio a Jáuregui)16, y de una indiscutible capacidad intelectual, 15 Era costumbre, por esa época, que la aristocracia chilena enviara a sus hijos a estudiar a Lima. 16 El Elogio fue pronunciado en la Universidad de San Marcos en agosto de 1781, en el acto de bienve- nida al virrey Jaúregui, y fue censurado por el visitador José Antonio de Areche, quien ordenó confiscar todos los ejemplares por tratarse de una lectura «perniciosa y subversiva». En abril de 1784 se recogieron y remitieron a España un total de 312 copias (Peralta Ruiz, 2002, p. 33). Scarlett O’Phelan Godoy 29 como José Faustino Sánchez Carrión, quien influenció notablemente a los alumnos con sus ideas reformistas. Si bien Rodríguez de Mendoza dejó el cargo en 1817, las nuevas ideas que se transmitieron a los alumnos carolinos llevaron a que muchos de ellos tomaran posiciones aún más radicales que las de sus propios maestros y llegaran a participar en forma activa en el proceso de independencia. Así, prominentes miembros de la Sociedad de Amantes del País y activos colabo- radores del Mercurio Peruano fueron influyentes educadores del convictorio carolino, como el ya mencionado José Baquíjano y Carrillo, Vicente Morales Duárez, Diego Cisneros, Manuel Lorenzo Vidaurre, entre otros. Por lo tanto, no es casual que hubiera diputados carolinos representando al Perú en las Cortes de Cádiz, como Vicente Mora- les Duárez, Joaquín de Olmedo, Ramón Olaguer Feliú, Blas de Ostolaza, Mariano de Rivero y José Antonio Navarrete. Precisamente uno de ellos, Morales Duárez, sería elegido presidente de las Cortes de Cádiz el 26 de mayo de 1812, luego de jurada la constitución liberal (Cubas, 2001, pp. 303, 311). De acuerdo a Felipe Barreda y Laos, Morales Duárez «se distinguió por sus doctrinas bien avanzadas, sus tendencias libera- les y por la vigorosa defensa que hizo de los derechos de América» (p. 311). En este ambiente reformado y en esta atmósfera de cambio se educaría Bernardo O’Higgins, quien además tendría como compañero de aula al aristócrata limeño Bernardo de Torre Tagle. La amistad que en ese entonces surgió entre ellos se man- tendría activa y tendría proyecciones inesperadas, ya que durante la coyuntura de la independencia volverían a reactivarse los vínculos que se habían forjado en el convic- torio, pero sin que los ideales políticos de estos dos carolinos —uno peruano y el otro chileno— fueran necesariamente los mismos, o puestos de manifiesto con la misma claridad e intensidad. Quizás dos diferencias fundamentales que marcaron la trayectoria política disímil de O’Higgins y Torre Tagle estarían dadas por el hecho de que el primero fue enviado, en 1794, luego de su estadía de cuatro años en el Convictorio de San Carlos, a continuar sus estudios en Richmond, Inglaterra17, donde además entró en contacto con el activista venezolano Francisco de Miranda y Rodríguez, su mentor político18, involucrándose en la conformación de la logia masónica Lautaro en Londres, con la finalidad de luchar por la independencia de la América española siguiendo el modelo norteamericano. 17 La formación que allí se le impartió, de acuerdo a una carta remitida por Bernardo en 1799 a su padre, don Ambrosio, incluía cursos de inglés, francés, historia antigua y moderna, geografía, música, dibujo y el manejo de armas, «the exerscise of arms» (Clissold, 1968, p. 57). 18 En sus frecuentes viajes de Richmond a Londres, Bernardo O’Higgins tuvo la oportunidad de conocer y trabar amistad, en 1798, con Francisco de Miranda (Díaz, 1946, p. 13). Posteriormente, O’Higgins declararía en una carta dirigida al almirante Hardy y fechada en su hacienda Montalván el 1 de setiem- bre de 1828: «A Miranda debí la primera inspiración que me lanzó en la carrera de la revolución para salvar a mi patria…» (Vicuña Mackenna, 1976, p. 121). El chileno-irlandés Bernardo O’Higgins y la independencia del Perú 30 Es más, para Miranda el único chileno que había logrado conocer era Bernardo O’Higgins, como se encargó de precisar en su correspondencia (Clissold, 1968, p. 59)19. Sin embargo, una denuncia de que Bernardo formaba parte del círculo conspirativo de Miranda llevaría a que don Ambrosio fuera depuesto el 19 de junio de 1800 de su cargo de virrey del Perú y subsecuentemente cortara toda ayuda económica a su hijo (Orrego Vicuña, 1946, p. 49)20. En 1802, tras la muerte de su padre, O’Higgins —luego de permanecer algunos años en España— retornará a Chile, donde se incorporó primero al consejo provincial de Chillán para luego avocarse a la política insurgente. Torre Tagle, en contraste, no cursó estudios en Inglaterra, tampoco contó con un interlocutor de la talla de Miranda, ni participó de las logias europeas de carácter político. Su entrenamiento fue, por lo tanto, mucho más discreto y mantuvo más bien una postura cercana a la Península. Inclusive llegó tarde a Cádiz como diputado electo recién en 1813, para permanecer en España tres largos años después de la reinstauración de la monarquía absolutista de Fernando VII, en 1814. Lo que sí es cierto es que la llegada de San Martín al Perú motivó la adhesión explícita de un significativo número de carolinos a la causa independentista. La for- mación liberal que les habían impartido en las aulas del convictorio estaba dando sus frutos. Como reconoció la Gaceta de Lima en 1822, la obra progresista de Rodríguez de Mendoza «plantó semillas en medio de los peligros y a pesar de los esfuerzos del despotismo» (Valencia Avaria, 1980, p. 23). Se entiende entonces que varios de sus pupilos fueran los primeros en firmar y jurar el acta de la independencia, por propia iniciativa y no forzados por las circunstancias (Timothy, 1979; 1975, pp. 221, 223), y otros tantos cumplirían un rol activo en el Protectorado. Uno de ellos sería, sin duda, el marqués de Torre Tagle. 3. O’Higgins, San Martín y el IV marqués de Torre Tagle Cuando el 20 de agosto de 1820 O’Higgins despedía a la escuadra libertadora que se embarcaba desde Valparaíso rumbo al Perú, San Martín ya llevaba el encargo de con- tactar en Lima a quien, para don Bernardo, era un cercano hombre de confianza: su condiscípulo, tocayo y amigo, Bernardo de Torre Tagle. Precisamente, en opinión del futuro Protector del Perú, Torre Tagle era la persona adecuada con quien establecer una alianza, en la medida en que «su nombre e influencia añadían cierto prestigio a la causa de libertad que surgía» (Proctor, 1971, p. 250). 19 Miranda le escribía a O’Higgins, «In my long connection with South America, you are the only Chilean whom I have met…». 20 Luego de su destitución, don Ambrosio sería reemplazado por uno de sus más acérrimos enemigos, el marqués de Avilés, pero O’Higgins moriría el 18 de marzo de 1801, antes del arribo de su sustituto (Galván Moreno, 1942, pp. 6-7). Scarlett O’Phelan Godoy 31 Pero, ¿quién era José Bernardo Tagle y Portocarrero? Nacido en Lima, en 1779, era descendiente de montañeses y ostentaba el título nobiliario de IV Marqués de Torre Tagle (Atienza, 1954, p. 200)21. El virrey Abascal lo había nombrado, en 1811, sar- gento mayor del regimiento de la Concordia, aunque ello no significa necesariamente que hubiera recibido un entrenamiento militar riguroso. Nominado como diputado a las Cortes de Cádiz, llegó a tierras gaditanas en 1813 y permaneció en España hasta 1817. Regresó al Perú con el nombramiento de intendente de La Paz, pero el virrey Pezuela lo envió a servir la intendencia de Trujillo, de la que se hizo cargo en 1819 (Vivero, 1909, p. 5). Era, por lo tanto, un funcionario real. Cuando San Martín arribó a las costas peruanas se puso al habla con Torre Tagle, quien en un gesto de patriotismo declaró la independencia desde Trujillo el 29 de diciembre de 1820. No obstante, en el caso de Torre Tagle, y en un intento de comprender por qué se convirtió en un aliado natural del Protector del Perú, no deben desestimarse los lazos de parentesco tanto consanguíneos como espirituales que mantenía con los O’Higgins, por un lado, y con San Martín, por otro. Su cercanía con don Bernardo, si bien se remontaba a las aulas carolinas, había sido reforzada recientemente por vínculos de parentesco, ya que el IV Marqués de Torre Tagle, quien era viudo, se había casado en segundas nupcias con la criolla doña Mariana de Echevarría y Ulloa, quien era nada menos que la viuda de don Demetrio O’Higgins, sobrino de don Ambrosio y tío de don Bernardo, quien a la sazón ejercía como Director Supremo de Chile. Por otro lado, cabe precisar que la madre de doña Mariana, doña Ana María Santiago de Ulloa, era natural de Valparaíso, es decir, era chilena22. El enlace matrimonial se había llevado a cabo en la parroquia de El Sagrario de Lima, el 20 de julio de 181923. Adicionalmente, Torre Tagle trató de mantener viva su correspondencia con O’Higgins, a quien le remitió, en 1821, el árbol genealógico de don Ambrosio O’Higgins que conservaba su ahora esposa, doña Mariana (O’Phelan Godoy, 2001, pp. 398-399). Era, sin duda, una manera de poner en relevancia los lazos de parentesco que los unían. Por otro lado, es interesante constatar que cuando el 26 de marzo de 1822 los mar- queses de Torre Tagle bautizaron a su hija, Josefa Manuela, en la capilla del Supremo Gobierno, firmó como padrino de la niña el Protector don José de San Martín, 21 El título había sido creado en 1730, en la persona de don José de Tagle y Bracho, quien era originario de Ruiloba, en Burgos, Obispado de Santander. 22 AGN. Protocolos Notariales. Escribano José María La Rosa. Prot. 629. Año 1813. Doña Mariana era hija de don Juan de Echevarría, quien se había desempeñado como Director del Tribunal de Minería, y de doña Ana María Santiago de Ulloa, nativa de Valparaíso, en el reino de Chile. 23 Archivo de la Parroquia de El Sagrario, Lima. Libro de Matrimonio, No.11 f299. Se registra el 20 de julio de 1819 el matrimonio de don Bernardo de Tagle y Portocarrero, caballero de la orden de Santiago, Marqués de Torre Tagle, viudo de doña Juana Rosa García de la Planta; con doña María de Echevarría y Ulloa, viuda del finado don Demetrio O’Higgins. El chileno-irlandés Bernardo O’Higgins y la independencia del Perú 32 en persona (Ortiz de Zevallos, 1989, p. 102). Nótese que los marqueses eligieron para su hija el nombre de Josefa, femenino de José, que era el nombre del padrino de la niña y ahora compadre de Torre Tagle. De allí el flujo de familiaridad que se entabló entre ambos hombres, ya que al mes siguiente en una carta remitida por el Protector al marqués, San Martín le solicitaba, «mi compadre, si está el inventario de la hacienda de O’Higgins, mándemelo» (Ortiz de Zevallos, 1989, p. 100). Indudablemente para San Martín el marqués era su hombre de confianza; no en vano lo promovió primero a marqués de Trujillo y luego a presidente del Perú, además de favorecerlo con la recientemente instaurada Orden del Sol. Aunque, a pesar de ello, en los comunicados oficiales Tagle y Portocarrero siguió firmando consistentemente como Marqués de Torre Tagle (Vicuña Mackenna, 1976, p. 329)24. Pero ¿era Torre Tagle la persona idónea para liderar el proceso de independencia en el Perú? Si bien San Martín no llegó a desilusionarse plenamente de la actuación política de su compadre, la llegada de Sucre y Bolívar al Perú pondrían en evidencia las marchas y contramarchas del marqués de Trujillo y de su ambigüedad, indefi- niciones y dubitaciones frente al rumbo que debía tomar el Perú independiente. No sin razón el viajero inglés Robert Proctor, testigo presencial de los sucesos de 1823 y 1824, opinó en su Relación que Torre Tagle «probablemente nunca hubiera existido como político, a no ser (por) su fácil condescendencia, que lo hacía apto para instrumento manejado por manos extrañas; solamente por esta razón lo ocuparon San Martín, el Congreso y Bolívar» (Proctor, 1971, p. 250). Un comentario bastante lapidario, aunque no necesariamente compartido en su intencionalidad por el com- pañero de aula del marqués, don Bernardo O’Higgins. 4. O’Higgins y el Perú bajo Bolívar Cuando O’Higgins desembarcó en el Callao el 28 de julio de 1823, hacía poco más de una semana que su buen amigo Bernardo de Torre Tagle ejercía la presi- dencia del Perú. De allí que el general chileno fuera recibido con toda calidez a su llegada a tierras peruanas, aunque ello no evitó que observara con agudeza la situa- ción caótica por la que atravesaba el país. Don Bernardo había pensado dirigirse a Irlanda (Orrego Vicuña, 1946, p. 331)25, la tierra de sus ancestros que tanto anhelaba conocer, pero luego de llegar a Lima desestimó esta opción pensando quizás que era prioritario concluir con la empresa que en 1821 había iniciado el ejército patriota. 24 De igual manera firmaban el conde de la Vega del Ren, el conde del Valle de Oselle y el conde de Torre Velarde, en un documento oficial del 24 de diciembre de 1821. 25 O’Higgins llegó a solicitar un pasaporte para poder visitar Irlanda, el cual le fue otorgado por dos años. Scarlett O’Phelan Godoy 33 Se entiende entonces que le escribiera de inmediato a San Martín comentándole: «Este país sufre todos los males consiguientes a los desórdenes pasados, en que lo envolvieron la ignorancia y la ambición sin cabeza ni dirección» (Eyzaguirre, 1972, II, pp. 435-436). No haría sino instalarse en Lima para recibir la noticia de la llegada de Simón Bolívar al Callao, el primero de setiembre, con el propósito de tomar la direc- ción de la guerra y completarla, tal como se lo había solicitado el Congreso del Perú. Dos temas inquietaron a O’Higgins luego de tomar contacto con Bolívar. El primero era ver la posibilidad de trasladar desde Valparaíso un contingente de 2500 soldados para reforzar al ejército grancolombiano. Inclusive el Libertador llegó a pedirle explícitamente que viera de regresar a Chile para solicitar «todos los auxilios que solo V.md. lograría por la influencia poderosa de los amigos de Vmd. y de su propio carácter» (Eyzaguirre, 1972, p. 438). Pero ni don Bernardo viajaría a Chile ni las tropas solicitadas serían enviadas al Perú. Es probable que O’Higgins conside- rara que no era el momento más propicio para retornar a su patria, la que no hacía mucho había abandonado, mientras que para Bolívar, a pesar de su trato cortés, la presencia de don Bernardo lo conectaba con su rival San Martín y con el presidente Torre Tagle, de quien, a diferencia de O’Higgins, tenía la más pobre de las opiniones. Así, al solicitarle Bolívar a O’Higgins que se trasladara a Chile, de alguna manera lo quitaba de en medio para poder consolidar la independencia del Perú al alimón con Sucre y el ejército gran-colombiano. Pero, si bien el tema de contar con tropas chilenas no llegó a cristalizar, el segundo tópico que preocupaba a don Bernardo era estar distante del Libertador y su campaña militar. De allí que ofreció a Bolívar trasladarse a Huanchaco, puerto de Trujillo, sobre todo teniendo en cuenta que el presidente Riva Agüero ya había desalojado esta ciudad. Al constatar que el Libertador no contestaba a sus requeri- mientos, O’Higgins acudió una vez más a su amigo, el presidente Torre Tagle, quien seguía en Lima al frente del gobierno. Este debió aceptar su propuesta, pues a finales de 1823 don Bernardo se trasladaba a Trujillo, aún convaleciente de malaria, junto a su familia26, por su afán (y probablemente también el de Torre Tagle) de estar cerca al Libertador. Estando instalado en Trujillo, don Bernardo se enteraría, no sin desazón, que su condiscípulo y ahora pariente político Torre Tagle había sido visto en conversaciones y negociaciones con los realistas. Lo cual indicaba que la intuición de Bolívar sobre la ambigua postura política del marqués no estaba del todo errada. 26 O’Higgins viajó acompañado por su madre, Isabel Riquelme; su media hermana, Rosa Rodríguez Riquelme; su hijo ilegítimo, Pedro Demetrio; y dos sirvientes domésticos. También lo acompañaron a bordo de la fragata Fly el gobernador Zenteno, don Felipe Santiago del Solar, el coronel don Pedro Ramón Arriagada, el teniente coronel Martínez y el capitán don Tomás Sutcliffe, oficial inglés al servicio de Chile (Díaz, 1946, p. 197). El chileno-irlandés Bernardo O’Higgins y la independencia del Perú 34 Así, en la correspondencia que, en 1824, Bolívar intercambiaba regularmente con Sucre, este último no escatimaba en referirse a «la perversidad de Torre Tagle», aconsejando incluso «que desprecien los pérfidos consejos de Tagle y otros malvados americanos que han vendido vilmente los intereses de la patria y la confianza que el Perú depositó en ellos: que sigan trabajando harto y constantemente contra los espa- ñoles» (Sucre, 1995, p. 162). Asimismo, en marzo del mismo año, Bolívar no tenía reparos en comunicarle a Santander: «aseguro a Ud. que estamos en el Perú poco menos que en los infiernos». De acuerdo al viajero inglés Proctor, la situación se hizo insostenible cuando Torre Tagle se dejó ver en público en compañía de los jefes militares realistas y emitió una proclama contra Bolívar, «llamándole invasor y destructor del país y elogiando a los españoles, únicos dueños legítimos del Perú» (Proctor, 1971, pp. 329-330). En este contexto la cercanía entre O’Higgins y Torre Tagle debió levantar serias suspi- cacias en el Libertador. Adicionalmente, Proctor también destacó que debido al flujo de amistad entre Torre Tagle y los patriotas chilenos —léase O’Higgins— el mar- qués había manifestado su intención de retirarse a Chile, sacrificando sus ambiciones personales por el bien del país (p. 282), probablemente empujado por su voceada incapacidad para manejar en forma efectiva la política peruana. Y, en este sentido, hay que destacar el hecho de que el marqués de Torre Tagle tenía familia en Chile y esta no se reducía a la parentela de su esposa por línea materna. En Santiago estaba establecida y afianzada una rama de los Tagle, los Ruiz Tagle, que al igual que él descendían de don José de Tagle y Bracho, primer mar- qués de Torre Tagle. Así, don Bernardo y don Francisco Ruiz Tagle eran dos exitosos comerciantes montañeses que cubrían la ruta entre Chile y el Perú. Además, el pri- mero de ellos se había casado en Lima con doña María Josefa Ortiz de Torquemada, y sus tres hijos varones se habían educado en colegios limeños. Precisamente uno de los nietos de don Bernardo, Francisco Ruiz Tagle, mantendría durante el proceso de independencia una clara cercanía con San Martín y O’Higgins, y fue nombrado por el Director Supremo de Chile, en 1822, director de la policía urbana de Santiago y miembro de la Junta de Salubridad (Amunátegui Solar, 1903, pp. 270-293)27. Es decir, para el IV Marqués de Torre Tagle, buscar refugio en Chile no estaba en absoluto fuera de contexto. Las conexiones de los Tagle con O’Higgins eran fuertes tanto en Chile como en el Perú. Se entiende entonces que Bolívar se escabullera, una vez más, de contar con la presencia de O’Higgins, cuando este último le manifestó su vivo interés por enrolarse 27 Franciso Ruiz Tagle mantuvo una buena relación con O’Higgins y San Martín. A este último lo alojó en 1817 en su hacienda La Calera, para que el general se repusiera de una grave enfermedad. Consúltese sobre estas redes familiares el artículo de Susy Sánchez (2000). Scarlett O’Phelan Godoy 35 en el ejército del Libertador. Si bien la propuesta de don Bernardo fue inicialmente aceptada y Bolívar le escribió desde Huaraz, «por mi parte le ofrezco a Ud. un mando en él (ejército)…porque un cuerpo de Colombia a las órdenes de Ud. debe contar con la victoria» (Eyzaguirre, 1972, p. 440), el Libertador recibiría a O’Higgins recién en agosto, luego de consumado el triunfo de Junín, tratándolo con afabilidad pero sin confiarle ningún puesto de responsabilidad en su ejército, que era lo que le había prometido incluso por escrito. Posteriormente O’Higgins se enteraría en Lima, el 18 de diciembre, de la noticia sobre la victoria de Ayacucho que selló la independen- cia peruana. No en vano poco antes le había expresado sus quejas al general inglés Guillermo Miller28 —quien había llegado con el ejército de San Martín y ahora combatía al lado de Bolívar— confiándole en una carta, «¿Es posible que Chile, que incitó la empresa de libertar al Perú, creando de la nada una escuadra poderosa y enviando un excelente ejército, no se encuentre representado por una división o siquiera por un batallón, en el ejército que va a consumar esa obra?» Intuía, por lo tanto, que el Libertador no lo convocaría para la batalla final. Es obvio que para Bolívar don Bernardo era claramente un hombre de San Martín, y su ponderada amistad con Torre Tagle no lo ayudaba en absoluto. No hay que olvidar que cuando San Martín retornó en 1822 a Chile, luego de los reveses de su campaña en el Perú, se alojó en casa de O’Higgins y lo persuadió, sin duda, de que debía ir al Perú y consolidar la independencia (Clissold, 1968, p. 201). Más adelante, ya establecido en Lima, O’Higgins se convertiría en el apoderado de San Martín para efecto del cobro de los sueldos pendientes del ex Protector del Perú (Díaz, 1946, p. 199). Estos antecedentes debieron influir, obviamente, en que Bolívar marcara una sutil pero firme distancia con quien fuera el Director Supremo de Chile. Si bien don Bernardo O’Higgins de Ballenary y Riquelme —que es como se autodenomina en su testamento—29 no volvió a Chile en 1823 con el fin de reclutar tropas para apoyar a Bolívar, en realidad no retornaría jamás a su patria. El presi- dente Bulnes, su contrincante electoral, le dio facilidades para su regreso a Chile, y el 6 de octubre de 1842 el Congreso Nacional de Chile le reconoció el derecho a gozar de una pensión vitalicia si retornaba al país. O’Higgins no pudo materializar este anhelo, ya que el 24 de octubre de 1842, a la edad de 64 años, falleció en Lima, 28 De acuerdo a Proctor (1971, p. 215), Guillermo Miller era un general inglés, nacido en Kent, que había prestado servicios en la guerra de la península y que se unió al ejército patriota en Chile, con- virtiéndose en uno de los hombres de confianza de San Martín, habiendo combatido en la batalla de Maipú, que sellaría la independencia chilena. Miller sería condecorado a los 24 años con la Orden del Sol en reconocimiento a los méritos y servicios prestados a favor de la independencia. 29 AGN. Sección Notarial/Testamentos. Escribano Gerónimo de Villafuerte. Protocolo 1025, folio 136. Año 1842. Al incluir en su nombre la palabra Ballenary, don Bernardo estaba adoptando, de alguna manera, el título nobiliario otorgado en 1795 a su padre, don Ambrosio O’Higgins, barón de Ballenary. El chileno-irlandés Bernardo O’Higgins y la independencia del Perú 36 ciudad que escogió para su destierro voluntario y donde vivió sus últimos veinte años entre los avatares de la independencia y más adelante, de la Confederación Perú-boliviana (1836-1839), durante la cual el general paceño Andrés de Santa Cruz solicitó sus favores como mediador (Parkerson, 1984)30. Sus exequias se celebraron con toda pompa en la iglesia de La Merced el 26 de octubre, y fueron oficiadas por don Santiago O’Phelan, obispo de Ayacucho (Valencia Avaria, 1980, p. 478), hijo del irlandés originario de Waterford afincado en Arequipa, capitán don Raymundo O’Phelan31. Hasta para celebrar la misa de cuerpo presente don Bernardo escogió a un clérigo hijo de irlandés, así como a lo largo de su vida y en diferentes etapas de la misma había buscado en primera instancia el apoyo de los paisanos de su padre. Si bien nació en Chile, Bernardo O’Higgins da la impresión de haber llevado clavada en el corazón a esa Irlanda lejana que nunca llegó a conocer. 5. De hijo natural a padre de la patria Hay que admitir que no era un estigma ser hijo natural en la colonia. Los hijos ilegíti- mos abundaban y se podían encontrar dentro de todas las clases sociales (Mannarelli, 1993, p. 167). Es más, hubo familias que desarrollaron un patrón de conducta en torno a la ilegitimidad (O’Phelan Godoy, 1998, pp. 215-240). Por ejemplo, no es casual que don Ambrosio O’Higgins tuviera un hijo natural, Bernardo, y que a su vez don Bernardo O’Higgins también procreara un hijo ilegítimo, Pedro Demetrio. Claro que es importante señalar que no se trata de una ilegitimidad idéntica. En el caso de Bernardo, era un hijo natural de padres solteros, ya que don Ambrosio e Isa- bel Riquelme eran libres al momento de engendrar al niño, aunque cautelosamente el nombre de la madre no se menciona en la partida de bautizo32; mientras que en el caso de Pedro Demetrio se trataba de un hijo espurio o adulterino (Murriel, 1974, p. 20), ya que había sido concebido por su madre, María del Rosario Puga y Vidaurre, cuando esta todavía se encontraba casada con don José María Soto Aguilar 30 O’Higgins abogaba por una suspensión de la guerra entre Chile y la Confederación en aras a la amistad que debía existir entre ambos países. Santa Cruz respaldó esta postura conciliadora, pues es probable que no estuviera seguro de que el éxito acompañaría a la Confederación y de que, en todo caso, fuera el momento oportuno para enfrentamientos bélicos, cuando el estado confederado aún no se hallaba soliviantado. 31 Archivo Departamental de Arequipa. Testamentos. Escribano Francisco Xavier de Linares. Protocolo 376. Año 1797, folios 282-286. Don Raymundo O’Phelan era capitán del ejército y coronel graduado; estaba casado con doña Bernardina Recavarren. 32 La partida de bautizo indica que «… en el Obispado de la Concepción, el día veinte del mes de agosto de mil setesientos setenta y ocho años, nació el hijo natural del Maestre de Campo General de este Reino de Chile y Coronel de los Reales Exércitos de S.M. don Ambrosio Higinz, soltero, y de la señora principal de aquel Obispado, también soltera, que por su crédito no ha expresado su nombre». Para mayor información ver Ibáñez Vergara, 2001, p. 15. Scarlett O’Phelan Godoy 37 (Balbontín Moreno & Opazo Maturana, 1974, pp. 120-121), del cual vivía sepa- rada, manteniendo relaciones ilícitas con don Bernardo (Clissold, 1968, p. 154)33. Quizás por esta razón en el Libro de Bautizos el niño aparece registrado escuetamente como «Pedro, hijo de padres desconocidos» (Balbontín Moreno & Opazo Maturana, 1974, p. 129). Si bien se ha argumentado que don Ambrosio O’Higgins no llegó a casarse con la dama chilena Isabel Riquelme, por evitar contravenir los dictámenes que señalaban que un funcionario al servicio de la Corona española estaba prohibido de contraer enlace con mujeres americanas, cabe recordar que existían las dispensas matrimonia- les y que estas se otorgaron en diversas oportunidades. Un caso ilustrativo es el del oidor catalán de la Audiencia de Chile, don Ambrosio Cerdán y Pontero, nombrado fiscal del crimen en 1777, a quien se le concedió licencia para desposar a Josefa Calvo de Encalada, natural de Santiago e hija del marqués de Villapalma. El marqués casaría a su otra hija, María Teresa, con el vizcaíno José Lucas Gorbea y Badillo, también oidor de la Audiencia de Chile, a quien se le otorgó, en 1782, la requerida dispensa matrimonial (Burkholder, 1986, pp. 28, 51). Esto demuestra que para don Ambrosio fue una opción personal no desposar a la madre de Bernardo, ya que, sin ir más lejos, su sobrino Demetrio O’Higgins no tuvo reparos en casarse con la criolla Mariana Echevarría y Ulloa, a pesar de su cargo como Intendente de Huamanga. De igual manera, su otro sobrino, Tomás O’Higgins, también consiguió la necesa- ria licencia para poder contraer matrimonio con la aristócrata chilena doña Josefa Aldunate y Larraín (Donoso, 1941, p. 416)34. No obstante, ni don Demetrio ni don Tomás tuvieron descendencia fruto de sus matrimonios. Además, hay que precisar que durante su relación con Isabel, don Ambrosio era solo un oficial del ejército real y no ejercía un puesto de alta autoridad, por lo cual un matrimonio con criolla no habría puesto en riesgo su carrera. Quizás las dubita- ciones de don Ambrosio estuvieron generadas por el temor de hacer un matrimonio desigual35, ya que Isabel Riquelme parece haber pertenecido a una acomodada fami- lia de Chillán pero sin llegar a formar parte de la exclusiva aristocracia provincial y mucho menos de la nobleza titulada36. Doña Isabel contraería más adelante nupcias con don Félix Rodríguez y Rojas, un viudo ya mayor, con quien tuvo una hija, Rosa. 33 Sobre el tema de las relaciones ilícitas, ver Pinar, 1999. 34 La licencia fue concedida el 20 de marzo de 1807. 35 Sobre los matrimonios desiguales se puede consultar Socolow, 1991. 36 Por ejemplo, don Melchor Jacot Ortiz Rojano Ruiz de la Escalera, fue nombrado en 1776 primer regente de la Audiencia de Lima. Viudo, en 1788 Jacot solicitó una licencia para poder casarse en segundas nupcias con María Luisa López de Maturana, nativa de Huaura, Perú, la cual le fue concedida. Con este enlace Jacot emparentó con «las familias nobles más importantes de Lima». Es decir, cuando el matrimonio era con una mujer de clase alta y de alcurnia, era considerado ventajoso y las restricciones se hacían menos exigentes. Consúltese al respecto Burkholder, 1986, p. 64. El chileno-irlandés Bernardo O’Higgins y la independencia del Perú 38 Su esposo fallecería en 1782 y doña Isabel, ya viuda, tendría más adelante otra hija, Nieves, con un vecino de Palpal, don Manuel Puga y Figueroa, quien nunca hizo efectiva su palabra de matrimonio (Balbontín Moreno & Opazo Maturana, 1974, p. 87). En 1808 su hija Nieves tomaría por esposo al irlandés Juan Agustín Borne y Anderson, quien era originario de Dublín y se desempeñaba como mesonero (Valencia Avaria, 1980, p. 15)37. Un nuevo compatriota entraba de esta manera al restringido núcleo familiar de los O’Higgins. Lo cierto es que las posibilidades que tenía un hijo natural de salir adelante dependían, en primer lugar, del nivel social del padre. Es decir, que se tratara de una persona prominente o, en todo caso, que estuviera bien establecida y bien rela- cionada. En segundo lugar, era indispensable que aunque el padre no reconociera legalmente al hijo ilegítimo, se preocupara en forma permanente de que este tuviera una vida holgada y una buena educación (O’Phelan Godoy, 2006)38. Se consideraba que los expendios que se hacían en el rubro de la educación eran un adelanto de la herencia transferida del padre al hijo (Twinam, 1991, p. 219). Ambas premisas se cumplieron en el caso de Bernardo O’Higgins. De allí se entiende que en las cartas que este enviaba a su progenitor le diera el trato de «padre y protector» y firmara como «su agradecido hijo» (Donoso, 1941, pp. 398-399). Adicionalmente, un meca- nismo de reconocimiento de los hijos naturales que se empleó en la colonia fue el nombrarlos explícitamente en el testamento y otorgarles alguna propiedad o suma de dinero. Don Ambrosio incluyó en su testamento a Bernardo y le dejó la hacienda Las Canteras, ubicada en el pueblo sureño de La Laja, a las afueras de la ciudad de Los Ángeles, con 3000 cabezas de ganado vacuno39, la que había adquirido en Chile durante su gestión como gobernador. Pero no solo don Bernardo sería bene- ficiado en el testamento. Tomás O’Higgins, sobrino del virrey irlandés, quien era cinco años mayor que su primo Bernardo y considerado como un hijo adoptivo por don Ambrosio, también sería ampliamente favorecido con una serie de propiedades (Clissold, 1968, p. 79). Probablemente emulando el gesto de su padre, don Bernardo si bien no incluyó en su testamento a su hijo ilegítimo, Pedro Demetrio, quien por 37 Para mayores detalles consúltese Balbontín Moreno & Opazo Maturana, 1974, pp. 88, 90, 93. Juan Agustín Borne y Anderson declararía en Concepción, en 1815, «jamás me he mezclado en esta revolu- ción, ni he hecho armas contra el Rey, ni he obtenido empleo alguno en el ejército insurgente. Ni jamás he usado escarapela tricolor», expresando así su neutralidad frente a la Patria Vieja. En 1819 Borne era capitán de la fragata «Dolores», anclada en el puerto de Talcahuano, Concepción, donde vendía tabaco, vino y aguardiente y sería asesinado en un asalto al buque el 23 de abril de 1819. Nieves, ya viuda, ten- dría más adelante una hija natural, Manuela Borne y Puga, con don Juan Crisóstomo Larraín y Aguirre, tal como su madre la había engendrado a ella, fruto de una relación ilícita. 38 Sobre todo revisar el punto 2 relativo a los signos externos de una paternidad responsable. 39 Las Canteras era una hacienda fértil con tres mil cabezas de ganado. Bernardo decidió convertirla en un viñedo y en dos años sembró alrededor de 100 000 plantas de vid. Incluso dentro de sus planes estuvo el reclutar operarios irlandeses para trabajar en su hacienda. Consúltese al respecto Clissold, 1968, pp. 82, 237. Scarlett O’Phelan Godoy 39 ser adulterino no podía convertirse en su heredero (Balbontín Moreno & Opazo Maturana, 1974, p. 78), arregló para que la hacienda Montalván le fuera transferida a la muerte de su media hermana, Rosa Rodríguez Riquelme, acaecida en 1850 en Lima (Clissold, 1968, p. 238, n. 2). El haberse sentido postergado por su padre —a quien nunca conoció aunque sí le remitió correspondencia que jamás fue contestada— y el haber experimentado un trato discriminatorio en su calidad de hijo natural —como el no haber podido ingre- sar al ejército peninsular por su condición de ilegítimo— (Donoso, 1941, p. 393) debió influenciar en que don Bernardo O’Higgins desarrollara una aversión hacia la aristocracia y la nobleza, aunque en su momento no dudara en añadir a su nombre el título de Ballenary. Así, se le atribuye haber declarado, en más de una ocasión, que «por naturaleza él aborrecía a la aristocracia» (Ladd, 1976, p. 155). Sin embargo, esta posición puede haber sido expresión del resentimiento que guardaba hacia los secto- res más privilegiados, aunque su antagonismo no parece haber sido extremo, ya que, como ha quedado demostrado, mantuvo una amistad cercana y de larga duración con el IV Marqués de Torre Tagle. En lo que sí permaneció consistente fue en su posición anti-monárquica, como expresó: «…si los creadores de la revolución se propusieron hacer libre y feliz a su suelo, esto solo se logra bajo un gobierno republicano y no por la variación de dinastías distintas, preciso es que huyamos de aquellos fríos calculadores que apetecen el monarquismo»(Orrego Vicuña, 1946, p. 228). Comparativamente, Bolívar, si bien también apostó por la república, mantuvo una postura más radical y menos tolerante frente a la nobleza, ya que simbólicamente la decapitó al mandar ejecutar, el 15 de abril de 1826, en la plaza mayor de Lima, al vizconde de San Donás, don Juan de Berindoaga, íntimo amigo y colaborador de Torre Tagle (Vivero, 1909, p. 8). Era una manera de hacer público el fin de una era y el inicio de otra. Es posible observar que la guerra de independencia ofreció la posibilidad de que los sectores sociales que durante la colonia habían sido sistemáticamente ignorados o relegados ganaran protagonismo. Y, en este sentido, otorgar la ciudadanía y un estatus de igualdad a criollos y mestizos y promulgar una cláusula de excepción para las castas de color libres que prestaran servicios a la patria, les dio la opción a todos estos grupos de alcanzar un ascenso social dentro de una armazón legal que ahora los favorecía. Militares, clérigos y abogados criollos serían puntos de apoyo de la forma- ción de los nuevos estados. Mestizos enrolados en el ejército patriota alcanzarían una notoriedad impensable en el período virreinal. Artistas y médicos mulatos destaca- rían nítidamente en sus profesiones. Dentro de este proceso de ascenso social de los sectores desplazados en la colonia, se puede ubicar el hecho de que un hijo natural como Bernardo O’Higgins Riquelme se convirtiera en el Director Supremo de Chile, superando de esta manera su origen ilegítimo con la legitimación que le otorgaba el haber descollado en la guerra de independencia. El chileno-irlandés Bernardo O’Higgins y la independencia del Perú 40 Bibliografía Amunátegui Solar, Domingo (1903). Mayorazgos y títulos de Castilla. 3 vols. Santiago de Chile: Imprenta Barcelona. Arias de Saavedra Alías, Inmaculada (2000). Irlandeses en la Alta Administración española del siglo XVIII (pp. 41-61). En María Begoña Villar García (coord.), La emigración irlandesa en el siglo XVIII. Málaga: Universidad de Málaga. Atienza, Julio de (1954). Nobiliario español. Diccionario heráldico de apellidos españoles y de títulos nobiliarios. Madrid: Aguilar. Balbontín Moreno, Manuel G. & Gustavo Opazo Maturana (1974). 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En la larga coyuntura de la Inde- pendencia (1810-1825) hubo momentos de desencuentro, como cuando las tropas enviadas por el virrey del Perú pusieron punto final a la Patria Vieja en la ciudad de Rancagua; así como de cooperación, como cuando el gobierno de Bernardo O’Higgins decidió apoyar la Expedición Libertadora de San Martín. Si el prócer argentino desembarcó en Paracas, ingresó a Lima y proclamó la Independencia en la Plaza de Armas de la antigua capital del virreinato, se debió en gran parte al apoyo del gobierno de Chile, afirmación que quizá no guste mucho a los postulados de la historiografía nacionalista. En el presente trabajo revisaremos en qué momento Chile se involucró en los planes de San Martín respecto a la liberación del Perú. Para ello veremos los antece- dentes, es decir las dificultades del gobierno de Buenos Aires de atacar al Perú por la actual Bolivia, y la creación del Ejército de los Andes en Mendoza. Pasaremos por la Independencia de Chile y nos centraremos en los esfuerzos del gobierno de O’Higgins por financiar la guerra patriota en el Perú. 1. El Ejército de los Andes La llegada de las tropas del general José de San Martín al Perú se debió, principal- mente, a que las independencias del Río de la Plata y de Chile no estaban garantizadas sin la liberación del virreinato peruano, bastión del poder realista en América del Sur. La amistad germinal: la participación chilena en la independencia del Perú 44 En un primer momento, los rioplatenses —tras proclamar su independencia en 1810— decidieron atacar por el Alto Perú, hoy Bolivia: los generales argentinos Juan José Castelli y Manuel Belgrano fracasaron rotundamente al encontrarse con las tro- pas realistas enviadas por el entonces virrey del Perú, Fernando de Abascal1. ¿Cuándo empieza la relación de San Martín con el Perú? En 1814, cuando es jefe del ejército argentino del Alto Perú, el futuro Libertador asume una postura frente a nuestro virreinato: se opone a continuar la guerra por el camino de la actual Bolivia, porque entiende que para soldados de tierras medias o bajas es muy difícil el combate en la sierra o en la puna. De esta manera, propone preparar un sólido ejército que derrote a los realistas en Chile y llegar al Perú por el camino del mar. Aquí podemos reconocer uno de los mayores aciertos de San Martín: el carácter estrictamente pro- fesional de sus decisiones militares. Pero hasta este momento, el plan de conquistar el Perú por el Pacífico, previo paso por Chile, era «reservado», solo compartido por unos cuantos compañeros de la Logia Lautaro. No todo sería tan fácil como parece. En abril de 1814, una enfermedad obliga a San Martín a pedir licencia, por lo que pasó a restablecerse a una estancia cerca de Córdoba, mientras dejaba al general Cruz al mando de las tropas del Ejército del Norte. En agosto es nombrado Gobernador Intendente de Cuyo, pese a su deli- cado estado de salud. A pesar de estos inconvenientes de tipo personal, militarmente 1 La campaña en el Alto Perú fue muy dura. La Audiencia de Charcas formaba parte del Virreinato de Buenos Aires desde 1776. A los sucesos de insubordinación de Chuquisaca, en mayo de 1810, siguió la organización de la junta defensora de los derechos de Fernando VII en La Paz, en julio de