Actas del IV Congreso Internacional de Etnohistoria. Tomo I Copyright © por Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Av. Universitaria, Cuadra 18 s/n., San Mi­ guel. Lima, Perú. Tlfs. 460-0872 y 460-2291 - 460-2870 Anexos 220 y 356. Derechos reservados ISBN - 9972-42-133-3 Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores. Impreso en el Perú - Printed in Perú. Las islas de litoral peruano* María Rostworowski Instituto de Estudios Peruanos Las islas a lo largo del litoral peruano se caracterizan por su escasez de agua que las torna inhabitables para una pobla­ ción permanente. Estas formaciones rocosas, batidas por los vientos, rodeadas por corrientes y contracorrientes que produ­ cen un fuerte oleaje, sólo son morada de lobos de mar y de aves marinas. A través de este trabajo hallamos que las islas formaban un todo con el continente, no sólo por la utilidad del abono que guardaban, sino por el significado que se les atribuía, tan­ to religioso como mítico. Para los antiguos habitantes de la costa, las islas representaban personajes encantados, señores y divinidades bajo un aspecto áspero y rocoso. La belleza de las islas, sus escondidas caletas o sus pro­ fundas grutas y sus rocas de formas caprichosas que emergen de un mar agitado, les confieren un extraño encanto y una sen­ sación de misterio se percibe en medio de las nubes de aves que anidan en ellas y revolotean en torno a los soleados y tos­ cos barrancos. 332 Si bien las islas han sido objeto de numerosos estudios so- Según el Lexicón de fray Domingo de Santo Tomás Quillayraca - Quilla - luna; raca - coño de la Luna Urpayguachaca - paridera de aves (palo­ ma) Churuyoc - marisquería de choras. bre la producción y extracción del guano, no cuentan con in­ vestigaciones históricas y por ello hemos tratado de suplir esta omisión guiando nuestros esfuerzos hacia las noticias más anti­ guas contenidas en crónicas y documentos inéditos. Se nos revela así un universo palpitante de vida, cargado de tradiciones y de leyendas que forma parte del acervo cultu­ ral del ámbito andino. El recurso natural renovable de las islas: el guano Un tema interesante es el de los fertilizantes y abonos em­ pleados en tiempos prehispánicos, acerca de los que se encuen­ tran noticias diseminadas en crónicas y documentos de archi­ vos. Estos recursos tuvieron una gran importancia desde antes de la invasión europea, pues eran utilizados para aumentar la producción agrícola. Nuestros conocimientos sobre fertilizantes se relacionan con los hábitos costeños. Los señoríos serranos del sur obtenían abonos a través de sus enclaves situados en la costa, pero ignoramos lo que sucedía en otros lugares del terri­ torio (Julien 1985, Nº 9). Tres fueron los tipos de abono usados en las regiones costeras. Cieza de León (Crónica 1941, cap. LXXIII) señala la siembra en la costa de una o dos cabezas de sardinas junto con cada grano de maíz, hecho que Cobo extiende a todo el litoral (1968, t. 1, lib.7, cap. XXIII; Vázquez de Espinoza 1948, párrafo 1332). En las pinturas murales que adornan el Templo Pintado del Santuario de Pachacamac, descubierto por Giesecke en 1938 con ocasión del Congreso Panamericano, los andenes estaban adornados con pinturas que representaban plantas de maíz que brotaban de unos pequeños peces. Estos dibujos confirman el empleo de pececillos para el cultivo de este importante grano (Muelle y Wells 1939; Bonavia 1974). 333 El segundo fertilizante usado en la costa consistía en hojas semidescompuestas de algarrobos y guarangos. En aquella época, la costa poseía numerosos bosquecillos de estos árboles y al pie de ellos se amontonaban y descomponían las hojas, en una capa de varios "codos" (Cobo 1968, t. 1, lib. 2, cap. XVII). Con este producto abonaban las plantas, sobre todo el maíz. El tercer fertilizante conocido fue el estiércol de aves ma­ rinas, que por millares anidan en las islas y en los farallones cercanos al litoral. Las principales aves guaneras son, ante todo, el guanay (phalaecrocoray bougainvilli) que se alimenta de anchovetas (engrautis ringens). Estas aves son características de la Corriente Peruana o de Humboldt. Le sigue el Piquero (Sula varieta) y, por último, el pelícano o alcatraz (pelecanus thagua), una especie endémica de la costa peruana (Koepke 1964). Algunos cronistas como Cieza de León (Crónica 1941, cap. LXXV) en sus recorridos por el país mencionan el empleo del guano por los naturales, pero quizá más interesante es la de­ claración del curaca de Guamán "en el valle de Chimo" que afirmó ante el visitador González de Cuenca en 1565 que él y sus indios tenían por costumbre ir a las islas a extraer guano: "porque dellos tenemos trato e rescate y aprovechamiento de que sacamos con que pagar nuestro tributo e nos sustentamos" (AGI-Justicia 456, fol. 1871). Se trata de una noticia importante porque demuestra no sólo el conocimiento y el empleo del recurso, sino que su ex­ plotación servía para "rescatar", o sea, trocar. Los habitantes del pequeño curacazgo de Guamán son se­ ñalados en varios documentos como pescadores, expertos co­ nocedores del mar, circunstancia que los calificaba para ir y venir a las islas. El nombre de Guamán fue impuesto por los incas después de la conquista cuzqueña, pues su apelativo an­ terior era el de Chichi (Rostworowski 1989: 133). 334 Los mitos Catherine Julien (1985, Nº 9) al tratar sobre el guano en el sur, señala la corta información existente sobre este abono, cu­ yas noticias están diseminadas en unas cuantas crónicas, y ma­ nifiesta que no se dispone de información acerca de su extrac­ ción en tiempos prehispánicos. Para llenar aunque sea parcial­ mente este vacío de información, recurrimos a los mitos que muestran las creencias en torno a la obtención del recurso. Los cronistas Calancha (1977, vol. III, cap. XI) y Arriaga (1968, cap. V) se refieren a la costumbre de los pescadores de ofrecer sacrificios al dios del guano, a quien un autor llama corno Guamancantac o el otro corno Guamancanfac. Decían que, antes de arriesgarse a la rnar, los indígenas imploraban al dios del guano para pedir su autorización para la empresa que iban a iniciar. No sabemos el aspecto que tenía esa divinidad y posible­ mente la representaban corno un ave ornitornorfa; podernos su­ poner así que Guamancanfac era reproducido en la iconografía. ¿En qué forma imaginarían a Guarnancanfac o Guarnancantac? Corno hipótesis de trabajo sugerimos que este personaje no po­ día ser un ave productora de guano porque la primera parte de su nombre guamán significa halcón; por tanto, puede haber sido representado corno un ave de rapiña (González Holguín 1952). E vi den temen te, se trata de una traducción del idioma rnochica al quechua; sin embargo, queda la segunda parte del nombre, es decir canfac o cantac, difícil de traducir por no exis­ tir un diccionario de voces rnochica. Yacovleff (1932) demostró la importancia del águila pescadora en la iconografía moche (pandion lrnliartus carolimensis GMEL; María Koepke 1964), lo que nos hace suponer que se trata de esta ave. Las dádivas y los sacrificios de los pescadores consistían en un ayuno que se prolongaba durante dos días, sin comeT ají (capsicum sp), ni sal ni tener acceso a sus mujeres. Antes de ha- 335 cerse a la mar, vertían un poco de chicha a la playa. A su retor­ no, cargados de guano, también ayunaban otros dos días y sólo después celebraban su retorno con bailes y festejos. Otro mito narrado por Calancha (Ibid) se refiere a la lucha entre el dios Pachacamac y su hermano Vichama (ver Rostworowski 1992). Este último personaje y el Sol, su padre, exterminaron a toda la población costera en represalia por no haber impedido la muerte de la madre de Vichama. Sin embar­ go, no tardaron en arrepentirse pues habían suprimido a los hombres que les rendían culto y sacrificios. Decidió entonces Vichama honrar a los antiguos curacas y señores tranfor­ mándolos en islas del litoral. Así, una nueva generación de ha­ bitantes los adorarían como sus huacas. El mito muestra que las islas no eran para los indígenas formaciones rocosas, áridas y sin vida, sino que representaban a personajes importantes del pasado, a divinidades y a señores encantados a los que había que venerar con ofrendas y celebra­ ciones. Arriaga (ibid.) aumenta la información sobre las islas al decir que los costeños creían que a ellas se dirigían los difun­ tos llevados por los lobos de mar llamados tumí. En el Lexicón de fray Domingo de Santo Tomás (1951) se halla la voz thome para señalar a estos mamíferos marinos, dato que relaciona las islas con lugares de entierro. Estas noticias, junto con la sacralización de los antiguos señores y divinidades bajo el as­ pecto de islas, les confiere singular importancia en la mitología yunga. Para los pueblos prehispánicos, el mundo natural palpita­ ba de vida y ahí donde nuestros ojos sólo ven estériles y deso­ ladas islas, ellos percibían a sus antiguos señores y a dioses transformados bajo el aspecto de islas y farallones. De allí que los yunga acudieran a las islas para celebrar a sus huacas y a sus difuntos en una época del año que quizá coincidía con la extracción del guano. 336 Las islas norteñas En el siglo XIX, cuando se inició la campaña para extraer el guano de islas, todas se hallaban bajo una abundante capa de estiércol. Es posible que durante el virreinato, debido a la tremenda baja demográfica, no se explotara este recurso sino en muy pequeñas cantidades, a diferencia de lo que ocurrió en el sur del país donde se mantuvo una mayor continuidad en su explotación. Isla de Manabí Cuando se inició en época republicana la explotación del guano, se hallaron numerosos restos arqueológicos y González La Rosa asumió la tarea de dirigir, entre 1869 y 1872, unos cuestionarios sobre el tema arqueológico a los diferentes gober­ nadores de las islas guaneras. En las distintas capas de guano se encontraron vasijas de barro de varias dimensiones con figu­ ras de aves, también "figuras de oro", máscaras del mismo me­ tal y gran cantidad de piezas de algodón, además de numero­ sas "momias, todas sin cabezas - y del sexo femenino". Los tripu­ lantes tomaron los objetos de oro y tiraron a las momias fuera de la borda (González La Rosa 1908). Isla de Guañape Lo mismo que en Manabí, en Guañape se hallaron vasi­ jas y planchas de oro y plata, herramientas, instrumentos para tejer, largas "franjas de plata", muy delgadas con animales en relieve, piezas de cerámica, maíz, textiles en pedazos, huevos petrificados, esqueletos de aves y de lobos de mar (González la Rosa, 1908). Gracias a informaciones procedentes de archivos dispone­ mos de otro tipo de noticias, tales como que durante los siglos XVI y XVII se desató, especialmente en la región de Trujillo, una fiebre por buscar los tesoros de las huacas. En lo relativo a 337 Guañape tenemos la noticia de que el corregidor del valle de Santa, un tal Cristóbal de Santillán, se puso a excavar en la isla para descubrir los tesoros de su huaca. No fue Santillán el único que buscó oro y plata en las is­ las. Anteriormente, un personaje llamado Luis Rodríguez obtu­ vo en préstamo una pequeña embarcación de Alonso Losano, encomendero de Guañape, para "dirigirse a las islas de Malabrigo de Macabí para abrir una guaca" (ADL-Protocolos Notariales­ Juan de la Mata, año 1570, fojas 12 y 13). El corregidor del Valle de Santa necesitó de mano de obra para lograr su objetivo y solucionó su problema obligando a la población masculina del pueblo de Guañape a embarcarse para la isla, situada a dos leguas mar afuera, a fin de llevar a cabo la excavación del Santuario. Como otros españoles, Santillán debió seguramente suscri­ bir un contrato de explotación de la huaca ante escribano, pues son numerosos los documentos de esta índole que se hallan en los archivos. En el expediente que hemos revisado no hay una acusación contra el corregidor por su pesquisa del tesoro, ya que el procurador de los naturales que reunió las protestas de los indígenas se limitó a manifestar la falta de remuneración por el trabajo realizado y la obligación que existía de cumplir con el salario ofrecido. La arbitrariedad del corregidor perjudicó grandemente a los naturales, porque les restaba el tiempo que destinaban a cumplir con diversos trabajos a fin de reunir el dinero necesa­ rio para pagar sus tributos. Entre los deberes del pescador de Guañape se le exigía ser chasqui, es decir llevar y traer el co­ rreo oficial en un determinado trecho. Según el testimonio de los indígenas que presentaron sus quejas, los principales no fueron exceptuados del trabajo y fue­ ron forzados a ir a las islas; hasta las mujeres y las niñas debie­ ron acarrear agua y leña durante todo el tiempo que duró la 338 búsqueda del tesoro (ADL-Corregimiento-Legajo 268-Exp. 3159). El manuscrito no menciona si llegaron a descubrir el oro de la huaca. Sólo sabemos que el trabajo fue arduo y que duró varios meses . Carecemos de noticias sobre el paraje del santua­ rio, pero la zona debió quedar disturbada, lo que hace difícil hacer cálculos sobre la estratificación de las capas de guano. La existencia de un santuario en la isla de Guañape había traído como consecuencia que en cierta fecha la población costera se dirigiera a la isla a rendir culto a su divinidad y se formara una romería de los habitantes del litoral. Otras islas con historia a) Don Martín La isla frente a Carquín en la costa norcentral del valle de Huaura figura en algunos mapas actuales con el nombre de "San Martín". Sin embargo, nada tiene que ver este nombre con el del Libertador, pues en efecto los mapas antiguos seña­ lan la isla como "Don Martín", nombre que corresponde al del primer encomendero de Huaura. El repartimiento fue otorgado en calidad de depósito por Francisco Pizarra a Martín Lengua, natural de Poechos (Rostworowski 1978a:131). Este curioso personaje, junto con Felipillo, fue un intérpre­ te de la conquista, y en 1537 por sus múltiples servicios a la Corona, el marqués solicitó al Consejo de Indias y al rey que se le concediese el uso del "don", partícula muy preciada en aquellos tiempos, y que fuese armado caballero pues "lo era en su nación" . Además, recibió la encomienda de Huaura y tomó el apelativo de Pizarra, no obstante lo cual la mayor evidencia de su aculturación fue su matrimonio con una española llama­ da Luisa de Medina (Cedulario del Perú, tomo II: 340-341, Po­ rras Barrenechea 1948). 339 Cuando el alzamiento de Gonzalo, su devoción a la fami­ lia Pizarro lo llevó a seguir al caudillo rebelde . Al ser derrota­ do Gonzalo, Martín sufrió las consecuencias de su lealtad y fue deportado a Panamá. Luego consiguió viajar a España y murió poco después . En páginas anteriores mencionamos la información que aporta Calancha acerca de cómo se convirtieron los antiguos curacas en islas y gracias a este dato podemos señalar que la mayor de las islas del mar de Huaura llevaba por nombre el del cacique Anat. De ese modo, tendríamos una sucesión de distintos apelativos para una misma isla, primero el nombre prehispánico de "Anat2, luego el colonial de "Don Martín" y, por último, el republicano evidentemente equivocado que de­ bería ser rectificado. b) Islas de Chincha Las islas de Chincha situadas en la costa sur-central son tres: del Norte, del Centro y del Sur. En un documento referente a la extirpación de las idola­ trías entre los naturales de la región andina, campaña realizada en Pisco por el religioso Alonso Osorno en 1620, éste manifestó que las tres islas de Chincha eran consideradas como huacas que tenían por nombres los de: Urpayhuachaca, Quillayraca y Churruyocl (Rostworowski 1977 y 1989). Albornoz (1967), importante investigador de las campañas de extirpación de la religión indígena en el siglo XVII, también nombra para Chincha a la isla Urpay Huachaca. Ahora bien, se trataba de una divinidad costeña, propia de los pescadores y a la que se atribuía ser la responsable de la existencia en el mar de los peces y de las aves marinas. Según Ávila (Taylor 1987), Urpay Huachac era una esposa del dios Pachacamac y su culto estuvo muy extendido (Rostworowski 1983). 340 c) Isla de San Lorenzo La isla de San Lorenzo, situada frente al puerto del Callao, ha merecido trabajos arqueológicos efectuados por Max Uhle alrededor del año 1906. Entre sus hallazgos figuran nu­ merosos objetos. Más de dos mil o tres mil tumbas fueron excavadas, según su entonces ayudante Carlos Romero (1942). Posteriomente, Marcela Ríos y Enrique Retamozo (1978) estu­ diaron un grupo de objetos de plata procedentes de las excavaciones realizadas por Uhle, que habían quedado deposi­ tados en el Museo Nacional de Antropología y Arqueología de Lima. En un apéndice de su artículo publicaron el catálogo de las piezas conservadas en el Museo, que comprende cerámica, textiles, objetos de madera y de piedra, conchas y animales momificados. Los artefactos hallados en el guano Durante la fiebre del guano en el siglo XIX, varios artefac­ tos arqueológicos fueron recuperados de entre las capas de es­ tiércol. Es posible que la mayor parte de los objetos encontra­ dos no fueran manifestados, tanto por ignorancia como por el deseo de apropiárselos. Además durante el virreinato los his­ panos buscaron incansablemente los tesoros en todo el país, ya fuesen ellos de los difuntos o de huacas, práctica que era co­ mún y muy extendida en los siglos XVI y XVII y de la cual no se libraron las islas (Zevallos Quiñones 1994). Para determinar el fechado de los artefactos encontrados entre el guano, enfrentamos el problema de las fluctuaciones existentes en la producción del estiércot que aún hoy día es re­ sultado de un delicado equilibrio entre diversos factores climáticos. Importantes son las temperaturas bajas o altas del mar y la estabilidad de la corriente fría peruana. La intro­ misión de la corriente cálida de El Niño proveniente del norte tiende a ahuyentar hacia el sur los cardúmenes de anchovetas, lo cual afecta profundamente las colonias de aves guaneras que se alimentan de dichos peces. Los vientos alisios que soplan 341 del sur y del sureste garantizan la normalidad de la corriente fría, pero un cambio en el régimen de los vientos afecta el cli­ ma y ocasiona transtornos en cadena. Todos estos factores que se repiten en el tiempo tienen una marcada importancia en la población de aves y de peces y, por lo tanto, en la disminución o aumento del estiércol en las islas. Es patente la fragilidad de este equilibrio, por lo que re­ sulta difícil calcular la edad de las capas de guano, dado que, como hemos dicho más arriba, el volumen de los depósitos de estiércol varía según las situaciones climáticas. Durante un largo período la Compañía Administradora del Guano mantuvo estadísticas respecto del número de aves. y la producción guanera, y en los boletines se observa un regis­ tro de las fluctuaciones a las que es sometido el recurso, con una disminución o un aumento del estiércol. De estas estadísti­ cas se desprende, por ejemplo, que la producción se incre­ mentó notablemente entre los años 1909 a 1939, en los que se produjo la cifra récord de 168,000 toneladas de guano, pero a partir de entonces se observa un notable descenso a consecuen­ cia de la mortandad de las aves (Llosa Belaúnde 1949, julio, vol. XXI, Nº 7:200). Con estas reflexiones sobre las oscilaciones que se presen­ tan en la producción guanera y las disturbaciones de los buscadores de tesoros, es arriesgado emplear la profundidad de las capas de guano, como hizo Kubler (1948), para fechar los artefactos hallados en el estiércol, puesto que la producción de abono no se forma de manera regular ni continua en perío­ dos de igual duración. La mayoría de los objetos encontrados han desaparecido a la fecha. En su artículo Kubler nombra varios objetos hallados en el espesor del estiércol y fecha los artefactos de Chincha como perteneciendo a los siglos XIII y XIV, mientras los de las islas de Guañape y Macabí pertenecían a los siglos VII al XI. Siem­ pre, según el mismo autor, la representación de personajes des- 342 nudos o con la soga al cuello indicaría una presencia mochica en el sur. Para mayor información veamos lo que dice González La Rosa sobre las islas de Chincha, en las que la profundidad del guano alcanzó de 100 a 200 pies y es mayor el número de obje­ tos hallados. Swayne envió a Squier ocho láminas de plata re­ pujada que representaban peces y le escribió informándole acerca de cómo fueron encontradas por el capitán italiano Juan Pardo. Este personaje vio sacar el cuerpo sin cabeza de una mujer y a cierta distancia fue descubierta una cabeza, sin espe­ cificar si pertenecía al cuerpo señalado. Los operarios se repar­ tieron el oro o lo . vendieron quizá a los capitanes de los buques que cargaban el guano, en tanto que a la momia la arrojaron al mar. Según González La Rosa (1908), los artefactos hallados en Chincha provenían del Chimú y de Chincha, pero claro está que en dicha época no se conocía nada de los mochicas y no existía arqueología. Las diversas profundidades a que fueron hallados los ob­ jetos entre las capas de guano y la inseguridad y contradiccio­ nes de la información hacen difícil fechar los objetos sin verlos, más aun porque no se puede definir con exactitud la produc­ ción sistemática del estiércol, que varía según las condiciones climáticas. La extracción del guano de las islas realizada en el siglo pasado se hizo en ausencia de personas interesadas en el pasa­ do, situación que ocasionó la pérdida irrecuperable de la infor­ mación. En ese entonces no se podía pensar en la intervención de un arqueólogo, pues aún no los había en el país, pero la ri­ queza del antiguo Perú en oro y plata fue tan abrumadora que no podían faltar los tesoros en las islas, depositados como ofrendas a las huacas y a los difuntos. 343 Recapitulación Las islas del litoral formaban parte del acervo cultural de los antiguos pobladores de la costa. Sus mitos y leyendas ha­ cían de ellas antiguas divinidades o bien señores encantados bajo un aspecto rocoso. Al igual que las guanca o piedras sacralizadas presentes en todo el ámbito andino, semejantes a los apus de los cerros nevados, las islas encarnaban a seres tu­ telares a quienes se ofrecían sacrificios, y eran también lugares apacibles para el descanso de los difuntos . Ahora las islas han perdido su magia y sortilegio; en ellas sólo vemos formaciones rocosas, solitarias, batidas por las olas, barridas por los vientos, habitadas por lobos de mar y aves marinas. Desgraciadamente, la ignorancia y la incuria han des­ truido para siempre la posibilidad de conocer su pasado. Documentos citados Archivo Departamental de la Libertad (Trujillo) (sigla usada ADL) Corregimiento: Legajo 268 - Exp. 3159 Protocolos Notariales: Juan de la Mata, año 1570, fojas 12 y 13. Archivo General de Indias - Sevilla (sigla usada AGI) Justicia 456, fol. 1871. 344 BIBLIOGRAFÍA CITADA Albornoz, Cristóbal 1967 La Instrucción para descubrir las Guacas del Pirú y sus Camayos y Haciendas / fines del siglo XVI, Journal de la Société des Américanistes, París. Á vila, Francisco Ver Taylor Benson, Elizabeth P. 1995 Art, Agriculture, Warfare and the Guano Island, en Andean Art: Visual Expression and its Relation to Andean Beliefs and Values, Penny Dransart, ed., Archaeology Series 13 Avebury, Aldershot, Worldwide, England. Bonavia, Duccio 1974 Ricchata Quellccani. Pinturas murales prehispánicas, Fon­ do del Libro del Banco Industrial del Perú, Lima. 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