DANIEL PARODI REVOREDO SERGIO GONZÁLEZ MIRANDA (COMPILADORES) Las historias que nos unen 21 RELATOS PARA LA INTEGRACIÓN ENTRE PERÚ Y CHILE LA S H IS T O R IA S Q U E N O S U N EN 21 R EL AT O S PA R A L A IN T EG R A C IÓ N E N T R E PE R Ú Y C H IL E D A N IE L PA R O D I R EV O R ED O Y SE R G IO G O N Z Á LE Z M IR A N D A (C O M PI LA D O R ES ) Encontrar los episodios positivos en las relaciones peruano-chilenas entre los siglos XIX y XX, y reunir para contarlos a más de una veintena de académicos de ambos países fue la meta que se trazaron los historiadores Daniel Parodi (Perú) y Sergio González (Chile) cuando se conocieron en Santiago en 2011 en un diálogo binacional entre políticos y académicos. Las historias que nos unen. 21 relatos para la integración entre Perú y Chile reúne algunos artículos escritos por autores peruanos, otros por autores chilenos, y varios por parejas de autores, uno de cada país. Todos estos escritos son relatos de hermanamiento entre los dos países a través de historias de amistad que tocan aspectos políticos, sociales y, principalmente, de la vida cotidiana, y por medio de historias vinculadas a Tarapacá y la región de frontera que se extiende hasta Tacna. Las historias que nos unen no intenta obviar los eventos dolorosos de la historia, sobre los que ambas colectividades deberían conversar con madurez y respeto en un futuro cercano. Más bien, la compilación busca ampliar la mirada sobre nuestro pasado común para mostrar que chilenos y peruanos protagonizaron intensos episodios de amistad que ameritan ser recordados, como el aporte del libertador chileno Bernardo O´Higgins a la Independencia del Perú, la admiración al bolerista peruano Lucho Barrios en Chile, la infl uencia de la culinaria nacional en el país del sur. Estos, entre muchos otros temas, confi guran un recorrido por el pasado peruano-chileno que desconocemos, aquel que traza los lazos de unión que deben acercar a las generaciones del futuro. DANIEL PARODI REVOREDO es licenciado en his- toria por la Pontifi cia Universidad Católica del Perú (PUCP), Magíster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid y candidato a Doctor por la misma casa de estudios. Es profesor del Departamento de Humanidades de la PUCP y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Sus especialidades son la Guerra del Pacífi co, las relaciones peruano-chilenas, el análisis crítico del discurso histórico y el imaginario colectivo, y los procesos de reconciliación internacional. Es editor de la colección «Delimitación Marítima entre el Perú y Chile ante la Corte Internacional de Justicia» en el Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú y formó parte del grupo consultivo de dicha insti- tución durante el desarrollo del litigio de La Haya. Ha publicado Confl icto y reconciliación. El litigio del Perú contra Chile en la Corte de La Haya (2014) y Lo que dicen de nosotros. La Guerra del Pacífi co en la historiografía y textos escolares chilenos (2010). SERGIO GONZÁLEZ MIRANDA es historiador y soció- logo con una maestría en Desarrollo Urbano y Regional por la Pontifi cia Universidad Católica de Chile. Es Doctor en Educación por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y Doctor en Estudios Americanos con mención en Relaciones Internacionales por la Universidad de Santiago de Chile. Ha sido Director General de Extensión y Director del Departamento de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Arturo Prat, casa de estu- dios en la que actualmente ejerce la dirección del Instituto de Estudios Internacionales. Ha publicado La sociedad del salitre. Protagonistas, migraciones, cul- tura urbana y espacios públicos, 1870-1940 (2013) y Sísifo en los Andes. La (frustrada) integración física entre Tarapacá y Oruro: las caravanas de la amistad de 1958 (2012). Otras publicaciones del Fondo Editorial PUCP Rituales del poder en Lima (1735-1828) De la monarquía a la república Pablo Ortemberg, 2014 Relación de los mártires de La Florida del P. F. Luis Jerónimo de Oré (c. 1619) Raquel Chang-Rodríguez Lima, siglo XX: cultura, socialización y cambio Carlos Aguirre y Aldo Panfi chi (eds.) Entre los ríos. Javier Heraud (1942-1963) Cecilia Heraud Pérez Lecturas prohibidas. La censura inquisitorial en el Perú tardío colonial Pedro Guibovich Pérez Las ruinas de Moche Max Uhle (edición y traducción de Peter Kaulicke) Las historias que nos unen 21 relatos para la integración entre Perú y Chile Daniel Parodi Revoredo y Sergio González Miranda (compiladores) © Daniel Parodi Revoredo y Sergio González Miranda, 2014 © Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2014 Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú Teléfono: (51 1) 626-2650 Fax: (51 1) 626-2913 feditor@pucp.edu.pe www.pucp.edu.pe/publicaciones Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP Primera edición: marzo de 2014 Tiraje: 500 ejemplares Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores. Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2014-04554 ISBN: 978-612-4146-69-5 Registro del Proyecto Editorial: 31501361400262 Impreso en Tarea Asociación Gráfica Educativa Pasaje María Auxiliadora 156, Lima 5, Perú Isidoro Gamarra Ramírez: un tarapaqueño sindicalista en Lima Rosa Troncoso de la Fuente y Sergio González Miranda Introducción La figura de Isidoro Gamarra Ramírez tenderá a agigantarse con el paso de los años. Por sus décadas como secretario general de Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP), sus años en prisión durante el gobierno de Sánchez Cerro, su actividad sindi- cal y política, pero sobre todo su carácter afable y determinado, la historia social peruana lo reivindicará y lo ubicará entre los grandes sindicalistas latinoamericanos del siglo XX. Su opción por la lucha social y política le negó una familia propia, aunque murió rodeado de los suyos en el Callao, en las proximidades de la urbanización Tarapacá. Nadie que haya estudiado la historia social peruana del siglo XX podría des- conocer el nombre de Isidoro Gamarra. Sin embargo, en Chile es un desconocido hasta para los especialistas, a pesar de que siempre Tarapacá ocupó un lugar en su memoria y en su corazón. Cuando lo entrevistamos poco antes de morir, recordaba el valle de Jaiña y las salitreras del Cantón de Negreiros. Quizás, desde una mirada chilena, Gamarra sería solo comparable a don Clotario Blest; por ello, en este escrito le llamaremos don Isidoro Gamarra. Algunos apuntes biográficos Don Isidoro, nació en la oficina «Democracia», en el cantón de Negreiros el 2 de enero de 1907. Su padre fue Juan Gamarra Barreda y su madre Sofía Ramírez Arancivia, originarios del pueblo Jaiña al interior de la quebrada de Aroma. Su familia fue numerosa, tuvo once hermanos y una situación económica privilegiada al ser hijos de un empleado salitrero y propietario de tierras en Jaiña. Esta estabilidad empezó a ser alterada por las recurrentes crisis económicas del nitrato. Así la familia Gamarra se vio obligada a viajar primero a la sierra de Tarapacá, luego a Negreiros y a la Oficina Sacramento, para finalmente en febrero de 1919 repatriarse voluntariamente al Perú. Isidoro Gamarra Ramírez: un tarapaqueño sindicalista en Lima 164 Isidoro, un niño de doce años, llegó expectante por conocer la capital pero pronto la desilusión lo embargó. Trajo consigo la inquietud del compromiso social aprendida en Tarapacá y reforzada en la intimidad familiar por su madre de tenden- cia socialista. Como todos los tarapaqueños que llegaron, la familia Gamarra debió enfrentar condiciones de vida muy difíciles, desde el desempleo y los albergues provisorios hasta la discriminación y la desconfianza por tener acento chileno. Su aprendizaje escolar se complementó con su voluntaria asistencia a las Bibliotecas Populares y luego a las Universidades Populares González Prada. Sin embargo, las expectativas por seguir estudios superiores se frustraron al tener que trabajar como obrero de construcción para ayudar a su familia. A los 23 años ya era dirigente sindical, ingresó al Partido Comunista y fue elegido secretario de actas del Comité de Desocupados creado al término del gobierno de Leguía en el contexto de la depresión mundial de los años treinta. En 1932 fue por primera vez detenido y encarcelado dos años. La crisis llevó al Perú a un período de recurrentes dictaduras militares que repri- mieron duramente al movimiento obrero sindical. Terminada la segunda guerra mundial, la dictadura de Odría acabó con las libertades democráticas y encarceló a numerosos dirigentes sindicales. Don Isidoro estuvo en varias prisiones entre 1953 y 1956, situación que no varió mayormente en los gobiernos civiles de Prado y Belaunde, debido a su activa participación sindical en la Federación de Trabajadores en Construcción Civil. El 14 de junio de 1968, bajo el gobierno del general Juan Velasco Alvarado, se reconstituyó la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) y don Isidoro Gamarra fue reconocido como su principal propulsor y nombrado su secreta- rio general y al año siguiente, 1969, pasó a desempeñarse como su Presidente1. En 1979, el gobierno de Morales Bermúdez, que había derrocado al de Velasco Alvarado, llamó a elecciones para organizar una Asamblea Constituyente. Gamarra entonces fue propuesto como candidato en la lista electoral del Partido Comunista del Perú, fue elegido y desempeñó el cargo entre 1978 y 1979. Fueron características propias de don Isidoro su espíritu democrático, tolerancia, disciplina y liderazgo. Era un hombre de baja estatura pero de un gran carácter, la suavidad de sus palabras no alcanzaban a esconder la fortaleza de sus convicciones. A pesar de haber realizado un trabajo incansable, nada material quedó en sus manos. 1 La CGTP fue originalmente fundada por José Carlos Mariátegui en mayo de 1929, pero a fines de la década de los años treinta, producto de la persecución de las dictaduras militares, fue declarada ilegal. En 1943 se formó una nueva organización obrera, la Central de Trabajadores del Perú (CTP), pero con una hegemonía del APRA que don Isidoro Gamarra combatió abiertamente. Durante ese tiempo se mantuvo como dirigente de los trabajadores de la construcción. Rosa Troncoso de la Fuente y Sergio González Miranda 165 No tuvo hijos, pues su compromiso político le impidió más de una vez casarse y construir una familia. Fue su costo personal a una opción ideológica que posible- mente tenga su simiente en la árida pampa salitrera que, entre 1907 y 1919, se distinguió por las luchas sociales y organización obrera. Vivió humildemente con unos familiares en una urbanización del Callao, cercana a la urbanización Tarapacá. Esa austeridad nos indica claramente que perteneció a otro período político. En reconocimiento a su esforzado trabajo, en 1992 fue nombrado presidente emérito de la CGTP. Días antes de su fallecimiento, acaecido el 30 de marzo de 1999, don Isidoro, con sus 92 años a cuestas, seguía visitando casi a diario la sede de la central sindical en la plaza Dos de Mayo, en una metódica rutina de tra- bajo. Hasta hoy, cada 2 de enero, día de su natalicio, los trabajadores lo recuerdan en romerías organizadas desde su entrañable CGTP. Fue un hombre consecuente y res- ponsable, de un compromiso social adquirido en su infancia en tierras tarapaqueñas. Conocimos a don Isidoro en 1995; nos interesaba su testimonio por ser un tara- paqueño en Lima. Pero las entrevistas excedieron este tema. Fue inevitable conversar y grabar su historia de vida, ya que ella refleja los cambios ocurridos en el siglo XX. Además, hallamos en él a un orador innato, disciplinado en horarios y temas, siem- pre dispuesto a colaborar con su testimonio, excelente conversador y analista político. Fue un hombre admirable, consecuente con su tiempo y con su compromiso con la historia; fue, posiblemente, el último de los grandes líderes históricos del proleta- riado peruano. La historia de Don Isidoro narrada por él2 Los primeros años en las oficinas salitreras Nací en la pampa, en una de esas oficinas salitreras llamada «Democracia», ubicada en el cantón de Negreiros, donde mi padre trabajó y posteriormente salió a otra oficina más al sur llamada Valparaíso. A medida que iba creciendo, como todo menor de edad, me gustaba corretear por los cerros de mi tierra. Mi padre era jefe de máquina, por consiguiente vivíamos en depar- tamentos aparte del campamento de trabajadores, pero a mí me gustaba juntarme con los muchachos de los obreros para jugar ya que los otros empleados tenían hijos, pero eran muy pretenciosos. En esta oficina estuvimos poco tiempo, pues a mi padre le salió otra propuesta de trabajo que económicamente era mejor; presentó su renuncia y nos traslada- mos a otra oficina llamada «Tránsito». En este sector de Tarapacá había varias oficinas salitreras que rodeaban el pueblo de Negreiros. 2 Entrevistas en audio y video editadas, realizadas independientemente por Sergio González en 1995 y por Rosa Troncoso el mismo año. Isidoro Gamarra Ramírez: un tarapaqueño sindicalista en Lima 166 Yo iba creciendo; por consiguiente mi padre me matriculaba en la escuela de la oficina, yo aprovechaba salir de clases para juntarme con los demás niños, me iba al cam- pamento con todos los alumnos hombres a corretear, tanto en el campamento como en los cerros; en esos lugares mirábamos las casuchas de los trabajadores, hechas para protegerse del calor, cuando preparaban los llamados «tiros grandes». Ahí casi siempre encontrába- mos pólvora y guías, y con estos materiales a la salida del campamento nosotros también hacíamos unos hoyos llenándolos de pólvora y sus respectivas mechas y explosionábamos imitando a los llamados «cachorros», o sea explosiones de poco poder que partían las rocas facilitando el trabajo «calichero». En estos juegos olvidaba las horas y solo me daba cuenta cuando el sol estaba ocul- tándose en el horizonte; por el frío producido por la camanchaca corría a la casa y el recibimiento no era bueno, pues mi padre me castigaba severamente. En esta oficina, «Tránsito», es cuando inicio mis mataperradas, que costaban caro por el castigo que recibía; sin embargo no escarmentaba y en cuanta oportunidad se presen- taba corría al campamento en busca de nuevas aventuras. En esta oficina no estuvimos mucho tiempo, pues estalló en Europa la primera guerra mundial; vino el proceso de crisis económica, vimos la paralización de las oficinas salitre- ras y en la oficina «Tránsito» se comenzó a paralizar su actividad, así como también otras que siguieron el mismo proceso. Jaiña: el retorno a la casa de los abuelos La guerra comenzaba en Europa y su repercusión golpeaba duramente la economía de Chile. Mi padre perdió su ocupación y no encontraba otra, resolviendo que la salida a esta dificultad era subir a vivir a la sierra de Tarapacá, a un pueblecito llamado Jaiña, donde mis abuelos tenían varias propiedades y en ese lugar vivir hasta cuando las cosas motivadas por esa guerra mejoraran. [Antes] nos trasladamos al pueblo de Negreiros; ahí mis padres tenían propiedades, así como también mis abuelos. Toda la familia cambió de opinión y resolvió emprender viaje al interior. Comenzaron entonces los preparativos para llevar todo lo que se necesi- taba para una estadía larga, pues no se sabía cuánto tiempo duraría la guerra. Una vez preparadas todas estas cosas y en un día determinado partimos. El viaje lo hicimos a lomo de bestia, atravesando todo el ancho de la pampa. Para mí era una cosa extraña ver la inmensidad de la pampa, el quemante sol y ver más cerca, al avanzar, la cordillera, hasta que por fin terminó la pampa y entramos a la quebrada por donde teníamos que seguir. Allí vi por primera vez lo que era un río. Me quedaba admirado viendo la vegetación y, por otra parte, sintiendo las picaduras de los mosquitos que nos obligaban a protegernos para evitarlos, ya que era peligroso sufrir picaduras por las enfermedades que producen. Rosa Troncoso de la Fuente y Sergio González Miranda 167 Seguimos caminando y yo contemplando lo hermoso del paisaje, los árboles, las retamas, el río que corría a lo largo de la quebrada, los pájaros y otros pajarillos que no existían en la pampa, los abismos que estaban al filo del camino, que me daba un poco de miedo, por lo angosto, a riesgo de sufrir un percance. Todo el día se puede decir que empleamos para llegar a Jaiña, pues llegamos más o menos a las cinco de la tarde. Al llegar fuimos recibidos por muchas personas y, entre ellos, las autoridades del pue- blo. Una vez en tierra firme, al bajarme el arriero de la angarilla en que hice este viaje, estaba con piernas que no me obedecían por el maltrato de estar metido todo el trayecto en la angarilla. Como mis abuelos tenían casas en este lugar, allí se descargaron todas las cosas que llevábamos. En este pueblo estuvimos dos años y medio; fueron años felices para mí, a pesar de que el primer año estuve un poco asustado porque en la época de lluvia esta es torrencial y dura tres meses. Estas lluvias son acompañadas de relámpagos y truenos que dan la impresión de que el cielo se viene abajo, y yo en la pampa no conocía lo que era lluvia, truenos, relámpagos y rayos peligrosos para la vida el hombre. [En Jaiña] sus habitantes eran muy sencillos y amables, y a mi padre le tenían mucho respeto. Los días transcurrían tranquilos y dedicados al cultivo de las chacras y a atender a unas cuantas cabezas de ganado vacuno de mis padres y abuelos. En cuanto a mí, lo único que hacía era ayudar un poco y la mayor parte del tiempo corretear, jugar con los muchachos y cuando mi padre incursionaba más arriba de la cordillera a cazar tigrillos u otros animales en la «puna»: lugar solitario, donde solo existen algunos animales de caza y una paja verde que los naturales de los pueblos se la llevan, la hacen secar y sirve para utilizarla para cubrir los techos de sus casas. En fin, había tanta vegetación con los árboles, tanto frutales como para combustible, así como los cultivos de pan llevar. ¿Cómo voy a olvidar estos lugares? ¿Cómo los voy a olvidar a pesar del tiempo trans- currido? Fueron años felices para mí porque allí conocí los ríos, la vegetación, los animales que en la pampa no se conocían y lo más llamativo e imponente, la cordillera. Durante el tiempo que estuvimos en estos lugares, mi padre hacía viajes a la pampa con el fin de conocer y saber cómo estaba la situación y las posibilidades de encontrar ocupación. En uno de estos viajes llegó con una noticia importante. Estábamos en las pos- trimerías del año 1917, las perspectivas de ocupación eran buenas. Puesto de acuerdo con mi madre principiaron a ordenar todas las cosas —y en cuanto a las chacras, con el con- sentimiento de mis abuelos, quedaron arrendadas—, y un día determinado se emprendió el regreso nuevamente al pueblo de Negreiros. Para mí recordar los años que viví en estos lugares es felicidad, no los olvidaré jamás porque ahí en la sierra vivía en completa libertad en contacto con la naturaleza, conociendo muchos lugares y sobre todo conociendo a las gentes, sus costumbres, sus fiestas, su sencillez y trato personal; no tenía ninguna dificultad para moverme en todo sentido, a mi gusto. Isidoro Gamarra Ramírez: un tarapaqueño sindicalista en Lima 168 Negreiros y las ligas patrióticas Una vez en casa, en Negreiros, mi padre comenzó a buscar trabajo haciendo viajes en tren tanto al norte como al sur y tuvo la suerte de encontrar trabajo en la zona norte, en el can- tón Zapiga, en la oficina Sacramento. Nuevamente mi familia tuvo que trasladarse a ese lugar. En esta oficina ocupamos la casa de los empleados, distante a las de los trabajadores. Además las labores no hacía mucho que habían comenzado, porque la crisis económica todavía se dejaba sentir y yo escuchaba cuando mi padre conversaba sobre algunas difi- cultades que tenía para normalizar la producción. Pasaban los meses, vino el año nuevo y al poco tiempo surgieron los problemas políticos, se tuvo noticias y se comentaba que se iniciaba una campaña de hostigamiento contra los peruanos, que se organizaban las ligas patrióticas para expulsar a todos los peruanos que usurpaban los puestos de trabajo a los ciudadanos chilenos sin tener derecho a ello. Esta campaña fue haciéndose más notoria y las ligas patrióticas surgían en los pueblos a lo largo de las estaciones del ferrocarril, más no en las oficinas donde los trabajadores chilenos como los trabajadores peruanos vivían ajenos a estos actos, que eran propiciados por personas que seguramente dependían del gobierno, pues en Iquique, donde estaba las autoridades gubernamentales, surgieron estas ligas contra los peruanos que residían en ese puerto3. Las autoridades no tomaban las medidas para impedir estas acciones, como era su deber, a sabiendas de que estas ligas actuaban en la noche generalmente. En cuanto a la situación que se vivía en las oficinas, no ocurrían estos hechos censurables y a pesar de ser un niño me daba cuenta de los peligros en que nos encontrábamos, no obstante que los trabajadores chilenos en muchos casos y sobre todo en esta oficina, Sacramento, nos pasaban la voz cuando tenían conocimiento que la liga iba a actuar, dando lugar a que los trabajadores peruanos estuvieran preparados para «recibirlos». Una noche se supo que la Liga «visitaría» la oficina, dando lugar a prepararse para cualquier circunstancia. En casa se preparó todo lo conveniente y contamos con la ayuda de los empleados chilenos; todas las personas estaban inquietas y nerviosas sobre lo que podía suceder en esa situación. Pasaban las horas, todos los familiares estábamos despier- tos y a eso de la medianoche escuchamos un griterío tremendo. Era la Liga. Los insultos y groserías en el silencio de la noche se escuchaban con toda claridad, pero este griterío e insultos duró muy poco. ¿A qué se debió esto?, fue al estallido de algunos petardos de dinamita hecho explosionar por los trabajadores peruanos. Todo quedó en silencio, y al día siguiente los trabajadores y el resto de población comentaban lo sucedido. Desde ese día y los siguientes no se tuvo visitas de estas ligas, que después de esta acción, en las salitreras solo circulaban los volantes emitidos por estas ligas. 3 Las ligas patrióticas eran grupos espontáneos al margen de la ley, repudiados por el movimiento obrero chileno. Rosa Troncoso de la Fuente y Sergio González Miranda 169 En cuanto a estudiar en la escuela de la «oficina», la dirigía y enseñaba una profe- sora, que, seguramente, se hacía eco de esta propaganda, nos hostilizaba a los alumnos que éramos de padres peruanos y bolivianos: por cualquier motivo recurría al castigo físico. Vino el 18 de setiembre de 1918, la fiesta nacional (chilena), y principiaron los ensa- yos en el mes de agosto. Nosotros los chicos peruanos no cantábamos el himno nacional chileno. La profesora se paseaba por el medio de la fila, viendo quién cantaba y quién no, y cuando ya terminaban de cantar entrábamos a la clase y allí comenzaba a llamar a los alumnos. Entonces el castigo consistía en palmeta, palmetas grandes, anchas, más o menos de siete centímetros, y con eso le daban a los alumnos unos cuantos palmetazos en cada mano. Y a otros un latiguillo que lo remojaba ahí en el agua en su escritorio lo sacudía y enseguida principiaba a castigar. Terminaba el castigo, entonces inmediatamente yo me escapaba del colegio, me iba a la casa y le decía a mi madre: «Madre, me han castigado por no cantar el himno», y mi madre me veía las manos hinchadas. A eso de las tres de la tarde venía mi papá y mi padre inmediatamente se iba a la escuela y ahí le decía a la profesora «mi hijo es peruano, no puede cantar ese himno». Las ligas patrióticas intensificaban su propaganda recurriendo al insulto y la ofensa, incitando al pueblo contra los peruanos, y en Iquique se asaltaba a las casas de peruanos. Esto lo sabía y me enteraba por las cartas enviadas por mis hermanos a mis padres. En el trabajo de la oficina a mi padre los trabajadores chilenos le respetaban y querían; cuando llegaba a casa se sentía muy mortificado y ofendido por el trato que se leía en los pasquines de estas ligas contra los peruanos. Había que tomar una decisión, y esta la tomó mi padre. Se sentía orgulloso de ser peruano y decía «Qué gano que me respeten y estimen cuando a mis compatriotas los insultan y difaman y exigen que se vayan a su país», y poniéndose de acuerdo con mi madre determinaron viajar a su patria, el Perú. Nosotros sus hijos vimos que esta decisión nos daba la oportunidad de conocer la patria de la que siempre nos hablaban4. Mi padre presentó entonces la renuncia a seguir trabajando, exponiendo a la gerencia los motivos que lo obligaban a renunciar. La gerencia encontró justificada su actitud y le dio todas las facilidades para llevar sus cosas a Iquique. Salimos de la oficina Sacramento, llegamos al puerto, ahí nos alojamos en casa de unos familiares unos días para arreglar la salida de mis hermanos de los colegios y sacar los pasajes para emprender este viaje a la patria, con mucho optimismo a pesar de que allí solamente teníamos una familia que conocíamos. 4 Muchas de las familias de partieron al Perú eran mixtas, padres peruanos y madres chilenas o vice- versa, pero todos tenían acento chileno, lo que les significó una fuerte discriminación en Lima y Callao. Por ello se dice que fueron «peruanos en Tarapacá y chilenos en Lima». Isidoro Gamarra Ramírez: un tarapaqueño sindicalista en Lima 170 La repatriación: Lima en 1919 Nos embarcamos en el vapor Perú y emprendimos viaje a nuestra patria. En el trayecto veíamos toda la cubierta llenecita de gente peruana, en gran mayoría tarapaqueños. En el Callao nos esperaban las autoridades del Perú, principiamos a embarcarnos en unas lanchas y nos desembarcaban en el muelle de guerra, llegamos a la Plaza Grau. Mi padre esperaba la llegada de un sobrino, estábamos sentados cuando vimos muchas cosas desagradables. Una plaza completamente sucia, la gente se orinaba en cualquier sitio y nada pasaba, y nosotros veíamos eso con escándalo porque allá en Iquique nunca se ha visto eso. Llegó el sobrino de mi padre, un primo mío, Juan Velásquez. Nos hizo tomar el tranvía, salimos del Callao y llegamos al último paradero ahí en La Colmena. Todos se bajaron, nosotros nos quedamos sentados ahí, cuando el motorista le dice a mi madre: «Señora ¿no se baja usted?, porque regresamos al Callao» y mi hermana mayor que era muy viva: «Si nosotros nos vamos a Lima, no nos vamos a bajar», entonces el conductor le dijo «Señorita ya estamos en Lima». «¿Esto es Lima?» … Ya nos bajamos con algunas maletas pequeñas, empezamos a mirar y no creíamos que estábamos en Lima porque nos habían dicho que Lima era, pues, mejor que Santiago. Yo conocí Santiago cuando tenía 7, 8 años y nos sacaban a pasear y veíamos edificios altos y las calles limpiecitas. Y llegamos a Lima y por todo lado había basura y ahí donde está hoy el hotel Bolívar era un cerro de basura, ahí habían unos coches, no veíamos un automóvil, nada, unos coches viejos con unos caballos que se les podía contar las costillas. Estuvimos viviendo un año en La Victoria y después ya mi padre se fue a vivir al Rímac, abajo del puente que le llamaban. Ahí hemos vivido muchos años, yo ahí he cre- cido. Así es que principiamos a sufrir porque ya después la casa mía era un hospital, ya no podíamos estar tranquilos, mi madre lloraba mucho porque ella nunca quiso venir, pero cedió por nosotros y mi madre murió muy joven aquí en Lima. El escolar tarapaqueño Había la preocupación, la cuestión de estudios, colegio; entonces mi padre comenzó a indagar conversando con tío Felipe y con otras personas más, como yo ya había terminado tercero de primaria, preguntando por colegios y le dijeron que había un buen colegio fiscal en Malambito. Entonces mi papá me matriculó ahí, tenía que venir desde La Vic- toria a ese colegio. Mi padre a mí me controlaba mucho porque me gustaba mucho la calle, allá en Chile nunca paraba en la casa y aquí principié a hacer lo mismo. Mi padre fue dos veces ahí al colegio a preguntar sobre mi conducta y la asistencia: en noventa días solamente tendría la mitad, y mi padre optó por otro medio, no de castigarme sino hablar con mi madre para internarme en un colegio. Estuve allí tres años, estudiando primaria y dos años más de secundaria. Ese colegio se llamaba Liceo Tacna. La parte negativa Rosa Troncoso de la Fuente y Sergio González Miranda 171 de ese internado era que como no conocía a nadie cuando entré ahí me preguntaron los muchachos de donde era y yo les digo yo soy de Tarapacá y muchos muchachos no sabían dónde quedaba, entonces yo tenía que explicarles que Tarapacá es un territorio peruano. Entonces comenzaron ya los insultos «chileno desgraciado, sin patria» y a darme duro. Cinco, seis muchachos me agarraban, me tiraban unas tandas y yo no hacía nada para defenderme. Bueno, todos los días casi sufría esas agresiones, esos insultos. Pasó el tiempo y vino el fin de año. Le dije a mi padre «He salido bien y estoy pasando esto», le digo, «Usted sáqueme, pues». «No señor, tiene que estar ahí». Mi madre era más comprensiva, tenía más alcance, mi madre era socialista, iba a las conferencias que daban los líderes del Partido Socialista. Cuando le dije todo el mundo me pega, mi madre se ofendió, me sentó en una silla y me dijo: «De hoy en adelante cualquiera que lo friegue usted inme- diatamente defiéndase, no se deje usted atropellar, usted es tarapaqueño». Total me fui al colegio, principiaron los mismos métodos de agresiones, de insultos, de ofensa, entonces yo, con el palo de escoba, los agarraba por la espalda y les tiraba una tanda bárbara. Por esas cosas que hacía tenía que arrodillarme en el aula todo el tiempo que duraban las clases, desde la una hasta las cinco de la tarde. Yo entre mí decía: «No importa que me castiguen». Así ya también con el tiempo iban mermando sus insultos y terminé la primaria ahí. Vino la secundaria, y ya la situación era otra. Yo ya estaba más grande, cuando así me ofendían ahí mismo me iba a los golpes, no me dejaba estropear. He estudiado en ese Liceo toda la primaria muy bien hecha y dos años de secundaria, ya el colegio principió a declinar. «El colegio está mal, estoy estudiando mal, así que papá tantas veces le he dicho a mi madre que quiero ir al Guadalupe y usted no quiere, así que si usted no me pone en Guadalupe no le respondo por el año». Mi madre me defendió y ya mi padre tuvo que ceder. En Guadalupe comencé a estudiar, otro era el método de enseñanza ahí. Habíamos un grupo de muchachos guadalupanos que nos dio por conocer y saber la inquietud social. Entonces salíamos de las clases de colegio y nos íbamos a la Universidades Populares González Prada, ahí comprendía más, yo con mayor razón, puesto que mi madre siempre nos orientaba en el sentido del socialismo. Estando en primaria también, un día domingo en vez de irme al cinema me fui a buscar la biblioteca [obrera]. En realidad, di con la biblioteca y ahí miré de la puerta nomás. Habían unos libros y periódicos y entonces uno de los trabajadores me dice: «Oye chico, pasa, aquí hay bastante que leer». Entonces, yo entré con algo de temor, así, yo no leí nada, sino miré nomás, «Voy a regresar», le dije. A la semana siguiente, en vez de irme al cinema me fui a la biblioteca y así seguí, iba al colegio, estaba en primaria y ahí, con mayor razón cuando estudiaba media. Principié a leer algunas novelas, algunos libros revolucionarios, todos eran anarquistas, periódicos: El Yunque, La Antorcha, Libertad, que eran periódicos de México, de Uruguay, de Chile, de Argentina. Isidoro Gamarra Ramírez: un tarapaqueño sindicalista en Lima 172 Llegué a conocer a Mariátegui en la fiesta de la planta de Vitarte, una fiesta revo- lucionaria donde se inauguraban los actos cantando «La Internacional», el himno de los trabajadores. Ahí llegué a conocer a José Carlos Mariátegui, además de las charlas que daba en las Universidades Populares González Prada y de los periódicos que en esa época se publicaban: El Tiempo, la revista Mundial y otra revista, Variedades, donde él escribía dando sus orientaciones, su palabra respecto a la política que aquí en nuestro país se ventilaba. A pesar de ser un muchacho de quince años, veía en él a un hombre que mostraba una mirada sencilla, preocupada por los problemas del país. Su lenguaje era simple, al alcance del conocimiento que tenía el trabajador en esa época. Además, había esa corriente anarcosindicalista y por otro lado algunos grupos en los que primaba la corriente anarquista. Entonces tenía que emplear un lenguaje de esclarecimiento y de convencimiento, para que el trabajador saliese de ese terreno para enfilar por el otro camino justo que era lo que él ya principiaba a predicar, o sea el marxismo. Para mí, la figura de Mariátegui era como un imán por medio de sus escritos, por medio de su verbo, convencía. Yo no llegué a tener esa suerte de darle la mano, pero sí lo he visto de cerca, he escuchado su voz y eso para mí ha sido inolvidable y seguramente ayudó mucho a mi formación política. En quinto año, en mi casa ya no me podían pagar el colegio, estábamos en una crisis tremenda, hasta cierto punto, hablándole claro, en la miseria. Mi madre por exceso de trabajo principió a enfermar, un desastre en la familia. Entonces tuve que matricularme de alumno libre, o sea que uno pagaba el derecho de matrícula y ya uno se preparaba por su cuenta y se presentaba a fin de año. Me presenté al examen y salí bien, con buenos calificativos. Principié ya a prepararme para ingresar a un instituto superior, yo quería ser ingeniero de minas y mi madre seguía mal hasta que ya se empeoró, no había since- ramente con qué curarle, tuve que ir a trabajar y le dije a mi padre: «El año que viene estudio». Crisis económica y desempleo. El compromiso político En todo este periodo que acabo de relatar, la crisis económica no cesaba, seguía sintiéndose en todo el pueblo trabajador, y entonces Leguía apelaba a la represión y de ahí que había una tremenda agitación social. Esta crisis dio por resultado una tremenda desocupa- ción. En esa época ya no estudiaba, había terminado secundaria, mi madre en el mejor momento la perdí el 28 de julio de 1927, mi padre estaba muy avanzado en edad. Yo me presenté a la Escuela de Ingenieros creyendo que al siguiente año, en 1928, en mejores condiciones iba a ir ahí, pero faltamente ya no pude estudiar porque mi padre se sentía afectado también por la muerte de mi madre, así que en buena cuenta tuve que afrontar la situación. Dejé de estudiar y es así como ya me ligué más al movimiento obrero. Rosa Troncoso de la Fuente y Sergio González Miranda 173 Conseguí una ocupacioncita, en 1928 entré a trabajar en la compañía peruana de cementos Sol, pero no duré porque en el mes de julio de 1930 me despidieron. No podía encontrar trabajo y fui ahí donde se agrupaban los desocupados, escuchaba lo que habla- ban los trabajadores, lo que decían un grupo de compañeros comunistas que hablaban de la necesidad de organizarse de una forma ya correcta y representativa. Entonces yo me iba y escuchaba, me gustaba escuchar, hasta que en una asamblea convocaron a una elección para nombrar un Comité de desocupados. Bueno, yo como siempre me ponía mi corbata y hacía un recorrido por las oficinas y no encontraba trabajo, me iba ahí y cuando comenzó la elección, todo fue correcto, secretario general, de organización, defensa, llegaron a la secretaría de actas y fue un problema. El que dirigía el debate en un momento señala y dice «Oye tú, tú que tienes corbata, ¿sabes leer?» Yo le digo «Sí». «¿Cómo te llamas?», y le di mi nombre y sin más trámite: «Miren aquí hay un compañero que sabe leer», todos levantaron la mano y yo me asusté pues, no, yo no sé nada de esto, yo vengo acá a ver si hay trabajo nada más, no puedo aceptar. Entonces los compañeros me dijeron tú sabes leer, tú puedes ayudar, cosa que llevas las actas, para llevar el orden, los acuerdos, en fin, nosotros te vamos a enseñar aquí. Y al final, ya, si ustedes me van a enseñar acepto, entonces me integré al comité. Bueno, organizado el comité de desocupados, principié a hacer sus gestiones, pero también comenzábamos a ver la parte política del movimiento. Haya de la Torre había llegado aquí el 30. Abrió sus locales y había siempre una polémica entre dos corrientes, apristas y comunistas, que chocaban violentamente, y yo en el comité de desocupados, los compañeros me hablaron del partido, yo acepté. La crisis seguía su curso, cae Leguía y surge Sánchez Cerro y la represión fue más fuerte. Estando Sánchez Cerro en el poder en 1932, me tomaron preso en un mitin. Para esto ya había ingresado al Partido Comunista. Como una anécdota le contaré que cuando tenía más o menos catorce años y salía de vacaciones del colegio, me iba a trabajar (porque la situación cada día empeoraba en el hogar) para poder salir adelante en el estudio. Fui a trabajar ahí, en el Sexto. Yo traba- jaba ahí primero como peón, después como ayudante de mecánico hasta que se levantó el pabellón de tres pisos; eso ha sido más o menos en 1923 a 1924. Y en 1932 fui a ocupar una de esas celdas por dos años, una cosa rara, ¿no? Ahí, debo hablar con entera franqueza, fui maltratado en tal forma que apenas caminaba y apenas movía los brazos, porque me tiraron una paliza bárbara. Bueno, tuve una prueba muy dura, me desanimé, me desmoralicé; sinceramente me entró terror al verme así en esa situación y opté por el mutismo, el aislamiento. Pero a través de todo me salió eso, la del hombre que debe ser firme, la del hombre y sobre todo del tarapaqueño que debe ser fiel a sus ideas, porque así somos nosotros. Isidoro Gamarra Ramírez: un tarapaqueño sindicalista en Lima 174 Estuve dos años preso, como le digo, pero me rehíce en el Sexto. Me di cuenta de que tenía que seguir adelante, que no podía echarme atrás porque de por medio también estaban mis aspiraciones para una vida más digna, más decente. En fin, salir de esa postración de pobreza, de hambre y miseria que en mi vida había conocido en mi tierra y que llevó a mi padre, a los 55 años, a ir por primera vez en su vida de barredor a una fábrica textil: la fábrica textil Victoria. Bueno, fue la primera vez que caí preso y fue una gran experiencia para mí y ahí ya en una forma definitiva terminaron en mi conciencia las vacilaciones. Desde ahí tomé ya con responsabilidad las ideas que profeso, las ideas socialistas, las ideas comunistas en las que creo haberme mantenido hasta el momento. Yo he sido dirigente desde 1936, cuando se organizó el sindicato. He sido dirigente y sigo siendo dirigente de la Federación de Trabajadores de Construcción Civil. Pero en esa época solo teníamos el Sindicato de Trabajadores de Construcción civil de Lima y Balnea- rios, y ahí me he formado, ahí me he hecho dirigente sindical y ahí, en buena cuenta, he aprendido a ser hombre. Conclusiones La biografía de don Isidoro Gamarra está estrechamente ligada a Tarapacá, a pesar de que la abandonó a los doce años de edad. La partida de don Isidoro y su familia hacia Lima en 1919 junto a cientos de otros peruanos refugiados desde el puerto de Iqui- que, definió —sin dudas— su vida posterior; pero no solo fue ese hecho específico. Con él iba hacia el Perú el germen de la ideología de los obreros del salitre que reci- bió a través de su madre. Por ello, siendo aún niño empezó a asistir a las Bibliotecas Obreras y a la Universidad Popular González Prada, interesándose y comprometién- dose en la problemática social. Don Isidoro fue por un lado uno más de los tarapaqueños repatriados, pero, por otro fue diferente, al transformarse en uno de los más importantes dirigentes sindi- cales del siglo XX en el Perú. Su internacionalismo le permitió no guardar rencor para sus hermanos de clase de Chile por la partida de su familia desde su tierra natal, Tarapacá, y, específica- mente, de Jaiña, el pueblo de sus abuelos. Orientó su dolor hacia el gobierno chileno y el capitalismo internacional, el mismo rencor que tuvo hacia los diversos gobiernos peruanos y hacia el mismo capitalismo. Sus recuerdos son amargos cuando habla de sus sucesivos encarcelamientos, pero son dulces cuando recuerda a Jaiña. A la inversa, sus recuerdos son positivamente apasionados cuando habla de Mariátegui y negativamente apasionados cuando lo hace de las ligas patrióticas. Al igual que Billinghurst y tantos otros tarapaqueños peruanos, su alma está un tanto dividida por esta identidad regional. Rosa Troncoso de la Fuente y Sergio González Miranda 175 La patria chica, como los repatriados le llaman a Tarapacá, siempre ha sido un referente importante de don Isidoro Gamarra, quien todavía piensa en recuperar sus tierras de Jaiña para dejarlas en herencia a sus sobrinos. Tarapacá fue una región pluriétnica y plurinacional en su sociedad civil hasta el término del ciclo del salitre, que coincide con el tratado entre Chile y Perú sobre Arica y Tacna. Desde esa perspectiva debemos reconocer la existencia de tarapaque- ños con diversas nacionalidades, especialmente peruana y boliviana, pero también inglesa, alemana, croata, española, china, etcétera. De tal modo, personajes notables emergidos de Tarapacá se han llevado a otros territorios la identidad tarapaqueña a cuestas. Este fue el caso de don Isidoro, quien nació en la oficina «Democracia» el año de la gran huelga salitrera, llegó a Lima a semanas del logro de las ocho horas de trabajo y murió con una identidad tarapaqueña y sindicalista incólume, con el reconocimiento a su largo período de liderazgo en el movimiento obrero peruano fundado por Mariátegui que aún se conserva con vida y de aquellos que en Chile ya no existen.