VIDA INSTITUCIONAL FELIX DENEGRI LUNA PROFESOR HONORARIO DEL DEPARTAMENTO DE HUMANIDADES Mediante Resolución del Consejo Universitario NlI264/88, de 4 de mayo de 1988, el doctor Félix Denegri Luna, miembro vitalicio del Instituto Riva-Agüero, fue nombrado profesor honorario del Departamento de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú, en la que fue alumno y profesor. El acto académico de imposición dI! las insignias correspondientes se realizó el lunes 17 de octubre del mismo año, bajo la presidencia del doctor José Tola Pasquel, rector de la Universidad, y ante una numerosa concurrencia. En nombre de la Universidad, el doctor Denegri fue recibido por el doctor José Agustín de la Puente Candamo, miembro vitalicio del Instituto y profesor principal del Departamento de Humanidades, quien pronunció el siguiente discurso: "Tradición secular en la vida universitaria nos dice cómo era cierto el júbilo del Claustro el día de la incorporación de un nuevo doctor. Nuestro Peralta presenta los festejos con detalles y con gracia. Hoy, sin arcos y sin poemas, sin trompetas y vejamen, sin desfiles y chirimías, mas sí con cordialidad y justicia, recibimos en al claustro de profesores de esta Pontificia Universidad Católica del Perú, en calidad de profesor honorario, a Félix Denegri Luna, erudito conocedor de la República del siglo XIX, amante de la historia regional, anotador minucioso y seguro, bibliófilo y bibliógrafo, devoto de Nieto, de Mendiburu, de Castilla, del Cuzco. Debo agradecer la encomienda recibida de Raúl ZamalIoa, Jefe del Departa­ mento de Humanidades, para saludar en este mediodía a Félix Denegri Luna y para recibirlo y darle los parabienes en nombre de esta Universidad de la cual fue alumno y profesor. Amigo de Denegri desde los años distantes de nuestra juventud, cercanos en nuestro recuerdo imborrable, unido a él por semejante . preocupación intelectual, convocados por la misma generación, parece que el tiempo nos ha sorprendido, y yo me encuentro ahora en la tarea de saludarlo en nombre de la Casa a la cual tanto debemos y que es de ambos. BIRA, Lima, 16: 371-390, '1989'. 372 VIDA INSTITIJCIONAL Quisiera poseer la habilidad suficiente para evocar los años de nuestra forma­ ción en la vida universitaria, en la cual nos separaban tres ó cuatro años, nos unía el mismo ambiente y semejantes amigos y maestros. Salimos del colegio e ingresamos en la Universidad en un momento en el cual la guerra civil española agrupaba afectos y suscitaba polémicas. Raro, imposible de verdad, hallar un estudiante de esos años, que fuera indiferente y neutral frente a la lucha que concluyó en abril de 1939. Año terrible, durísimo, principio del pontificado egregio de Pío XII y de la más cruenta guerra de la historia. No es impertinente un breve recorrido por los rumbos bibliográficos peruanos de la década treinta, que encontramos O vivimos en los años iniciales en la Univer­ sidad. De 1930 es La realidad nacional de Belaunde, respuesta a los 7 ensayos de Mariátegui, de 1928. Un año más tarde, Basadre publica Perú, problema y posibi­ lidad, que anuncia una vocación específica por penetrar en las raíces del Perú, y en 1939, aparece en un volumen la primera edición de su Historia de la República. Igualmente en 1930 edita Uriel García El nuevo indio, imagen andina del mestizaje, Mirador indio y Tempestad en los Andes, de Luis E. Valcárcel, se leen con interés e invitan a la adhesión o a la polémica. En la Revista Histórica están presentes Carlos A. Romero, Bertram Lee, Horacio Urteaga, Domingo Angulo, Irving Leonard, Rafael Loredo, Rubén Vargas Ugarte, Pedro Villar Córdova. Ingresan al sumario de nuestra antigua revista, estudiantes distinguidos de los últimos años: Ella Dunbar Temple, COil su monografía sobre la descendencia de Huayna Cápac; Guillermo Lohmann Villena, quien aporta papeles inéditos de Caviedes; Jorge Zevallos Quiñones, presenta notas sobre el idioma primitivo de la costa norte. En el Mercurio Peruano, con Víctor Andrés Belaunde están Honorio Delgado, Luis Alberto Sánchez, Porras, Leguía, Gálvez, Riva-Agüero, Manuel Moreyra, Alberto Ureta, José Jiménez Borja; Enrique Carrillo ("Cabotín") comenta poesías de Eguren; hay notas de Emilio Romero, y César Antonio Ugarte presenta el Imperio Socialista de Baudin. Aurelio Miró Quesada y Luis Alayza escriben sobre Fray Martín; Francisco Mostajo, de la Universidad de Arequipa, estudia a Zela. y están presente Raúl Ferrero y Luis Fabio Xammar. Raúl Porras publica sus primeros trabajos sobre los cronistas; Riva-Agüero dicta en esta Universidad un curso sobre los Incas, Civilización tradicional peruana; Pedro BenvenullO publica El lenguaje peruano y Javier Pulgar presenta su teoría de las ocho regiones naturales. VIDA INSTITUCIONAL 373 Mercedes Gallagher de Parks escribe sobre el problema indigenista en nuestra culLura, y Carlos Pareja Paz-Soldán, en la Invocación al destino gótico de España, redacta las páginas más vibrantes y fuertes del hispanismo en el Perú. Edita Costa, Sierra y Montaña, Aurelio Miró Quesada Sosa. La fama de Jorge Guillermo Leguía, quien murió en 1934 a los 36 años de vida, llegó a nosotros por amigos que fueron discípulos del gran estudioso de nuestros precursores. De los años que recordamos hasta nuestros días, cuánto se ha ganado en técnicas de trabajo, en enriquecimiento de información erudita, en nuevas líneas y campos de estudios, en la presencia de la vida cotidiana, en el cuidado de archivos y bibliotecas, en la profesionalización de la tarea de investigador y de maestro. Hoy se conoce más sobre hombres, instituciones, ideas. No obstante, se ha perturbado la certidumbre en la visión del Perú. La historia ha perdido la primera voz en la explicación del ser y de la identidad de nuestro país. Y la política, la economía, la sociología y las ideologías han impuesto interpretaciones, que no son fruto de la investigación histórica, sino de la aplicación de deseos o modelos subjetivos, entretejidos con nostalgias, anatemas y utopías. Estas reflexiones -pienso-- pueden invitarnos a fortalecer nuestra dedicación a la historia, una de las mejores maneras de servir al Perú. En este reconocimiento del quehacer histórico, la obra de Félix Denegri Luna, hoy presidente de la Academia Nacional de Historia, desarrollada desde los años finales de la década de 1940 hasta nuestros días, merece el reconocimiento de este claustro que lo incorpora como miembro de honor. Estudiante de esta Universidad, se recibió de doctor en Letras y optó el título de abogado. En los años cincuenta fue profesor de un seminario de la antigua especialidad de Historia. En la primera época de sus estudios se advierte en Félix Denegri Luna un interés evidente por la literatura peruana al lado de su dedicación a la historia. Olvidada en folletQs y libros menores, breve referencia en estudios generales, la historia regional ha tenido estudios importantes; pero falta una mayor preocupa­ ción por la edición de fuentes y por un trabajo de archivos. Entre los historiadores limeños es Denegri una muestra de seria dedicación a la historia regional. Veamos algunos textos. VIDA INSTITUCIONAL La edición de las Noticias cronológicas de la gran ciudad del Cuzco. de Diego de Esquivel (Lima 1980), que comprende desde consideraciones anteriores a los Incas, hasta mediados del siglo XVIII, es un valiosísimo texto que de algún modo es un principio de visión del Perú. Pues bien, la introducción y las notas d" Félix Denegri son excelente apoyo a la lectura del testimonio. Además, las reflexiones sobre 10 que es y representa el Cuzco en la vida peruana son pertinentes y valiosas. Está el Cuzco -síntesis del Perú- en su gloria incaica y en su prestancia virreinal. El arraigo del español, la transformación del hombre andino están en el alma del Cuzco. Como 10 dijo Viscardo en las postrimerías del siglo XVIII, conocer el Cuzco -entenderlo, diríamos ahora-, es uno de los mejores caminos -el único, según nuestro precursor- para comprender el Perú. Otro significativo aporte de Denegri es la edición del Diario de José María Blanco del viaje del presidente Orbegoso al sur del Perú (Lima, IRA, 1974). Repertorio Múltiple, con datos diversos; geografía, caminos, alimentación, educación, costumbres, registra el Diario; en el cual Cuzco, Abancay, Ayacucho, Huancavelica, la ruta de Lima al centro, son temas medulares. Las notas de Denegri, que se consignan en el segundo volumen, son abundantes y ricas en erudición. Otras fichas que reiteran su preocupación por la historia regional son las siguientes: Un auto de fe en el Cuzco de 1835. Cuzco, 1957. Apuntes para una bibliografía de periódicos cuzqueños (1822-1837). Lima, 1964. Notas para la historia de los primeros periódicos tacneños (1840-1850). Tacna, 1978. El general Mendiburu, prefecto de Tacna, es otro tema grato a Denegri. La Emancipación es tiempo que estudia en diversos trabajos: Los primeros contactos entre el Perú y los Estados Unidos. Lima, Revista Histórica. 1938. Monografías diversas sobre San Martín; Junín y Ayacucho; El Peruano. Su participación en la Comisión Nacional del Sesquicentenario se refleja -entre otros aspectos- en los volúmenes encomendados a él sobre la obra de gobierno de Bolívar y la presentación de Memorias, diarios y crónicas. La edición de la Gaceta de Lima del tiempo del Virrey Pezuela, es asimismo aporte esencial. Las notas de las Memorias de Echenique, con prólogo de Jorge Basadre, igual que la edición de la Historia de los Partidos, de Santiago Távara, muestran el interés de Félix Denegri por el tiempo republicano, en el cual la Confederación Perú-Boliviana, Santa Cruz mismo, Nieto y Castilla, son temas de su predilección, a los cuales dedica diversas monografías y ediciones de documentos. La guerra de 1879 convoca, igualmente, su atención. Está la edición de la Memoria de nuestro ministro de Relaciones Exteriores de 1879; está la corres pon- VIDA INSTITUCIONAL 375 dencia de Mariano Ignacio Prado con el vicepresidente La Puerta, en la Revista Hist6rica, 1979-1980. En fin su aporte fundamental se halla en la presentación, con prólogo y notas, de la Memoria de José' Antonio de Lavalle, Mi misi6n en Chile, publicada por el Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú. Esta materia merece una reflexión. El género de las "Memorias", tan intere­ sante para conocer la vida cotidiana y para aproximarse a mentalidades -y que tanto desarrollo tiene en otros países- sabemos que entre nosotros es fuente más bien escasa. Si a esto se añade el dramatismo del tema y la calidad literaria y personal de Lavalle, comprenderemos la importancia del testimonio que ahora consideramos. Desde Mariano Felipe Paz Soldán hasta nuestros días la historiografía peruana demuestra y reitera la voluntad del Perú contraria a la guerra con Chile, que nunca deseamos y para la cual jamás nos preparamos. Félix Denegri Luna en la excelente presentación del texto de Lavalle, con fuentes seguras y razonamiento claro, insiste en el carácter defensivo del Tratado de 1873 y se apoya en documentos nuestros de diversos momentos. Un testimonio de José de la Riva-Agüero y Osma, nieto del canciller de Pardo, firmante del Tratado, dice: "En los mismos documentos de la Cancillería Peruana, se declaraba ostensi­ blemente esta intención pacífica". José de la Riva-Agüero --el Canciller- escribía en las instrucciones reservadas, a La Torre, ministro plenipotenciario del Perú en La Paz: "Puestos de acuerdo la Confederación Argentina, Bolivia y el Perú, sería casi imposible toda guerra con Chile, o mejor dicho, las cuales cuestiones sobre límites serían arregladas de un modo pacífico y equitativo para todas las partes interesadas". Está la verdad de las íntimas intenciones del Perú, que muy bien explica Félix Denegri Luna en la presentación del texto de Lavalle. Luego del centenario de esta guerra (en el pensamiento de Grau, "infausta" y fratricida), cercanos los sesenta años del Tratado de 1929, nuestro empeño debe orientarse a demostrar, sin rencores, cómo el Perú jamás concibió ni estimuló proyecto alguno de agresión contra Chile. Este el espíritu del texto de Félix Denegri, que comentamos. En la Historia Marítima del Perú, Félix Denegri Luna demuestra dominio erudito y visión de conjunto de las primeras décadas de la República, en el volumen dedicado al lapso de 1826 y 1851. Amante de los libros, conocedor de la bibliografía de los países más cercanos a la historia del Perú, su muy valiosa biblioteca la ofrece con generosidad a estu­ diantes y colegas. En la hora actual del Perú, es urgente volver, una y otra vez, alterna de nuestro ser nacional. Es deber de los que trabajamos historia. VIDA INSTITUCIONAL El nervio de la obra de nuestro nuevo Profesor Honorario puede reconocerse en la verdad del Perú. Aparte fragilidades, errores, egoísmos, improvisaciones, la historia nos dice y explica cómo se ha formado nuestro país, y señala su vocación. Del mismo modo que en una familia, en un momento difícil, se acude a la opinión de los mayores, un pueblo en horas de pesadumbre o decaimiento debe apelar a la historia, que nos indica -aparte el tiempo--- la pervivencia de los valores que integran el patrimonio de un pueblo. En este acto académico, en el cual ofrecemos un homenaje a un estudioso de nuestra historia, descubramos en ella las virtudes de serenidad y fortaleza, necesarias para que nuestra inteligencia pueda afirmar sin tentaciones pesimistas y de muti­ lación la identidad del Perú.') El doctor Denegri, luego de recibir del Rector de la Universidad las insignias que lo acreditan como profesor honorario del Departamento de Humanidades, dio lectura al siguiente discurso. "En esta ocasión vengo a nuestra venerable casa, sin salir aún de la gratísima satisfacción y sorpresa que me ha causado ser objeto de la benevolencia del Consejo Universitario, el cual ha tenido a bien aceptar la generosa propuesta del Departa­ mento de Humanidades, para otorgarme la alta distinción de considerarme uno de sus profesores honorarios. Tanto más grata por venir de mi Alma Mater; de una Universidad de excelentes maestros de la estirpe espiritual del Padre Jorge Dintilhac, quien por fortuna ha tenido dignos sucesores, como los padres Vargas Ugarte y Mac Gregor y ahora el doctor José Tola Pa'\quel. Aquellos hombres estimularon mis inquietudes juveniles. Y las encauzaron y enriquecieron. Sea para ellos -particularmente para los ausentes, cuyas sombras respetables y cordiales llenan en estos momentos mi memoria-, la primera expre­ sión de mi gratitud y reconocimiento. Y ustedes, señores miembros del Consejo Universitario y del Departamento de Humanidades -brillantes y eficaces continua­ dores de tan excelsa y nobilísima tarea-, acepten, asimismo, mi emocionado agradecimiento, redoblado porque soy consciente de mis escasos méritos. Desde el ya lejano año de 1936, en que ingresé en la Universidad Católica del Perú -tal era su nombre en esos días-, me he sentido vinculado a su claustro. De mis maestros de aquella época sólo menciono algunos de los que dejaron más honda huella en mi formación: el P. Rubén Vargas Ugarte, cuya austera y magra figura de erudito exigente y riguroso escondía cálidos acentos humanos. Guillermo Lohmann Villena, investigador inteligente e incansable, y a quien, gracias a Dios, me une hasta hoy fraterna amistad. Y José Jiménez Borja --maestro por excelencia y fmo catador de inquietudes-, que inculcaba a sus alumnos claras y sólidas razones para iniciarse en el conocimiento, gusto y regusto de la cultura peruana, antes de VIDA INSTITUCIONAL 377 desplegar alas a 10 universal. Tampoco podría omitir a otro hombre de nuestros claustros, Javier Pulgar Vidal, .quen en esforzado peregrinaje nos puso en directo contacto con las regiones de nuestro suelo. En una Lima entonces peqúeña, muy jóvenes pudimos acercamos a hombres ilustres como José de la Riva-Agüero y Osma, Víctor Andrés Belaunde, Mariano Iberico y otros, que han dejado su impronta en la cultura peruana. Precisamente gracias a Pepe Jiménez Borja, maestro y amigo, pude establecer relación con Raúl Porras Barrenechea y Jorge Basadre. Con ambos llegué a tener estrechos vínculos. Uno y otro, siempre estuvieron prontos para guiamos en nuestro afán de saber del Perú. Luego, figuras asimismo eminentes, como Luis E. Valcárcel, Manuel Moreyra Paz Soldán, Luis Alberto Sánchez y Aureli0 Miró Quesada Sosa, también habrían de brindarme ayuda, consejo, conocimientos y amistad. Quiero evocar a tres amigos extranjeros, dadivosos de su saber entre Uintos otros de diversas latitudes: Guillermo Feliú Cruz, cuya ilimitada bondad me hizo recorrer los vastos campos de la historia chilena --confirmándome Gn 10 que tanto me había anunciado Jorge Basadre-: que para estudiar el Perú, la historia de otros países, particularmente la de los más cercanos, es indispensable. El vital Pedro Grases, sabio, incansable y jovial, de quien tanto he recibido; y Lewis Hanke, norteamericano generoso, erudito conocedor de nuestras gentes y nuestra historia. Me resulta particular y muy justamente enaltecedor que sea uno de mis compañeros universitarios -paradigma peruano, por saber y virLud-, José Agustín de la Puente Candamo, quien me reciba en esta ocasión con tanta generosidad e hidalguía. Y séame permitido agradGcer a José AguslÍn -a quien tantas coinciden­ cias me acercan-, pues superando la austeridad de juicio que le es propia -y merced a nuestra fraterna amistad-, se ha permitido excederse al calificarme con tanta largueza. También debo agradecer a Raúl Zamalloa por sus cordiales y generosas frases. Valga la ocasión para traer algunos recuerdos de aquellos tiempos, que, como los de hoy, fueron también años de crisis económica y de polarización política. Mi infancia transcurrió en los últimos años de la amarga disputa entre el Perú y Chile, sobre las irredentas provincias peruanas de Tacna y Arica. Duró práctica­ mente medio siglo el antagonismo entre dos países hermanos. Fue muy dramático, pues aún vivían muchos de los que habían combatido en la Guerra del Pacífico; y el Perú se conmovía con la llegada y presencia de los repatriados tarapaqueños, tacneños y ariqueños que quisieron seguir siendo peruanos. Abandonando sus pertenencias venían, los más, en precarias e inciertas condiciones a rehacer sus vidas. \7 :-1 VIDA INSTITUCIONAL Hijos de un pueblo inerme, por desprovisto y pobre frente a Chile, los peruanos de toda edad vivíamos estremecidos por santa ira, provocada por una política que nos agravió reiteradamente. El Tratado de Lima de 1929 permitió encaminar las re­ laciones peruano-chilenas y proyectarlas hacia un porvenir de entendimiento y cooperación. Como es comprensible, en aquella situación, se nos enseñaba una historia de la Guerra del 79 en la que, con justicia, se exaltaba a nuestros héroes. Asimismo, se nos decía que Chile era pobre y el Perú rico; pero no se señalaba que Chile tenía más saneado crédito que el Perú, y que en el casi medio siglo precedente a la Guerra del Pacífico, nuestros vecinos del Sur habían vivido en forma ejemplarmente ordenada. En esa circunstancia tenían que surgir las preguntas: ¿por qué perdimos la guerra? ¿No era cierto que Grau fue el mejor marino en la aciaga contienda? Bolognesi y Cáceres ¿acaso no fueron los más grandes soldados? .. y seguían los cuestionamientos. Además se nos había repetido: "El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro". Entonces: ¿por qué éramos pobres? ¿o es que habían sido nuestros abuelos incapaces e imprevisores? Al ingresar en esta Universidad tenía esas dos acuciantes cuitas. La búsqueda de respuesta a tan urgentes interrogantes, unida a una natural inclinación a los estudios del pasado, encaminaron mi vocación hacia la historia. Maestros, por lo general, eximios y compañeros de estudios inteligentes y entusiastas como los tuve en este claustro, creaban la atmósfera estimulante indis­ pensable para quien sueña en altas empresas intelectuales. La meta excelsa y difícil, lejos de arredrarnos, acicateaba el empeño de conquistarla Había en nosotros una evidente voluntad, tal vez presuntuosa, de sincero servicio nacional. En esos años hubo quienes cuestionaron algo que nunca antes se había puesto en tela de juicio: la pcruanidad, nuestra identidad nacional. ¿Era tal actitud valedera? Había que investigar para llegar a la verdad. En toda nación hay pluralidades, pero un destino común une a sus individuos, y de ellos hace nación. Antes del Inca Garcilaso, un virrey, el Conde de Nieva, afirmaba a sus superiores, que los hijos de los españoles nacidos en el Perú no eran españoles. Pues en esta tierra y con raíces hundidas en milenios, se había creado una de las civi­ lizaciones más originales de la humanidad, de perfiles muy definidos, y vigente a la llegada de Pizarro y sus huestes. Tan cierta era esa situación, que la conquista o invasión española -como se la quiera llamar-, no había destrozado todo lo previo. Lejos de eso, el conquistador se había indianizado y el indígena se había occidentalízado. En esa confluencia de sangres y culturas, encontramos la base esencial de nuestro ser nacional. VIDA INSTITUCIONAL 379 También se planteaba la hipótesis de que la independencia y la creación de la república peruana, se nos había impuesto por otros pueblos hispanoamericanos y por los ingleses. Forzando esquemas foráneos se pretendía que el Perú venía a ser tierra de behetrías, donde sólo geográficamente convivían y con odios insuperables: serranos y costeños; indios, criollos, negros y mestizos. La respuesta, se nos ocurría, la debíamos encontrar en el estudio de la realidad peruana; y para ello necesitábamos conocer nuestra historia. Era indudable que algunos valiosos esfuerzos se habían hecho. Mas la tarea estaba muy lejos de haberse culminado. La historia y las ciencias sociales son en nuestro siglo, mucho más exigentes que en tiempos anteriores. En consecuencia, la labor era grande, la meta muy alta y de arduo logro. Pero la faena había que emprenderla. Y si se quería alcanzarla, había que iniciarla sin tardanza, de inmediato, buscando con seriedad los elementos calificados para llegar a la verdad. No cabía construir edificios sin los materiales que los hiciesen posibles. La República del Perú había sido derrotada en una guerra cruenta y fratricida. Pero los peruanos -los de la generación de nuestros abuelos, con los que aún conversábamos- supieron sobreponerse al desastre, acometiendo con empeño y coraje la reconstrucción. Esos hombres superaron el caos de la postguerra. Y paradójicamente, el gran opositor de don Manuel Pardo, don Nicolás de Piérola, emprendió la aplicación del proyecto pardiano. Y de este modo, la República inició un período de institucionalización. Pero ya antes, frente al invasor, los peruanos, cualquiera fuese su origen o color, habían luchado con intrépido valor, a pesar de estar inennes. Y si la Guerra del Pacífico nos había dejado un saldo de miserias materiales, también nos legó el tesoro luminoso de nuestros héroes: los conocidos, pero también aquellos hombres humildes que se hicieron leyenda en las breñas andinas. No obstante el desorden y las equivocaciones de muchos de nuestros dirigentes, los peruanos de esa dolorosa lucha demostraron con el precio de sus vidas que precisamente el infortunio nos había afianzado como nación. En esa postguerra hubo quienes denunciaron vehementemente errores come­ tidos. Otros expusieron su pensamiento esperanzador. Ello desconcertaba. Pero estudiando la época, superando exageraciones propias de gentes que trataban de explicarse con apasionamiento muchos porqués, encontramos que unos y otros tenían parcialmente la verdad; que unos y otros, de distinta manera, eran patriotas y buenos peruanos. Una moneda, es una unidad. Yesos hombres de disímil pensamiento, representaban el anverso y el reverso de una misma medalla. 380 VIDA INSTITUCIONAL Venía o seguía la pregunta: ¿Era tan rico el Perú? ¿Era nuestro país territorio de fácil riqueza? La respuesta la encontramos bifronte. La falaz prosperidad del guano y la esperanza del salitre, eran la riqueza fácil y perecible. Mas el Perú, con su potencial promesa, es país difícil y exige denuedo para seguir el ejemplo de nuestros antepasados. El de aquellos hombres que supieron forjar una civilización y un imperio como el Tahuantinsuyo, construido por tenaz y ordenado esfuerzo. La riqueza fácil, mal manejada, lejos de engrandecer realmente a los pueblos, los vuelve más dependientes y, muchas veces, suele ser factor de corrupción. También aprendimos que era feble el expediente ---como en el caso de la Guerra del Pacífico--, de tratar de atribuir la causa determinante de nuestras desdichas a imperialismos extranjeros, aunque es evidente que influyeron en nuestro destino. A la hora de optar por dedicarme a la historia a tiempo completo o buscar en la profesión de abogado un camino económico menos duro, opté por la práctica del derecho, que también me atraía. Fui Y soy un historiador aficionado. La historia fue y es mi oasis y mi deleite. Nunca pretendí otra cosa, y al fin y al cabo, no todos los historiadores de la humanidad han sido profesionales. Un compañero de mi padre, abogado e historiador, inteligente y peculiar - me refiero a don Rafael Loredo-- conocedor de mis cuitas, me dijo: "Sé abogado. Trata de formar una biblioteca que te permita continuar en la investigación histórica. Avanza así, y esto ayudará a tu vocación de historiador". Seguí el consejo, que en esta evocación agradezco. Y sin prisa, pero sin pausa, fui tratando de formar una biblioteca, y así pude trabajar en ella. Mi esposa y otros familiares protestaban, porque salía de mis quehaceres de abogado y, casi sin tomar respiro, me encerraba entre mis libros. Temían que de un trabajo intenso, pasara a otro absorbente. Pienso que estaban equivocados, ya que siempre encontré en mis papeles incomparable solaz. Deberes profesionales me hicieron viajar, principalmente dentro de América del Sur. Este privilegio me ayudó, no sólo en la adquisición de libros, sino en la gratifican te ocupación de conocer otros hombres y otras tierras. Así pude acrecentar mi horizonte geográfico y, lo que es más importante, humano. Hacia 1950 me reencontré con don Jorge Basadre. Su acogida fue pródiga. Tratándose del más cabal de los historiadores peruanos contemporáneos, por su excepcional formación, su dominio de lenguas, su estar al día de las últimas ten- VIDA INSTITUOONAL 381 dencias de los grandes historiadores del mundo, resultaba imposible hallar un mejor maestro. Su generosidad, también llevada a extremos, me asoció a la publicación de la "Biblioteca de la República" y a otros menesteres. Don Jorge conocía mis limitaciones, pero también descubrió en mi alguna posibilidad. Ya que no podía ser arquitecto, me enseñó a tratar de ser un buen artesano. En cierta medida lo logró, pues la vida me ha permitido participar en la publicación de fuentes históricas trascendentaks, que han servido y sirven para hacer conocer mejor nuestro pasado. De Basadre, Lohmann y Fcliú Cruz tomé la convicción de que toda obra histórica es perfectible. Que nunca una investigación se puede presumir completa. Pero hay una obligación: que la posta que otros historiadores hicieron avanzar, cuando uno la recoge y, por virtud o suerte, la puede hacer adelantar, con humildad debe cumplir tal cometido y dejar con la mayor precisión noticia de las nuevas fuentes obtenidas. Así el que prosiga en la tarea, pierde menos tiempo en su empeño. Ojalá haya cumplido con tal propósito. Alguna cosa más creo haber hecho, procurando ayudar con el apoyo de mi biblioteca a estudiosos peruanos y extranjeros. Muchos han sido excesivos al expresar su reconocimiento. Y termino diciéndoles que estoy satisfc.:ho del camino recorrido, pues la vida me ha dado, como en esta señaladísima ocasión, más de lo que yo merecía. Muchas gracias."