Jean-Pierre Chaumeil, áscar Espinosa de Rivero & Manuel Cornejo Chaparro ( eds.) Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2011-13227 Ley 26905 - Biblioteca Nacional del Perú ISBN: 978-9972-623-71-4 Derechos de la primera edición, noviembre de 2011 © Instituto Francés de Estudios Andinos, UMIFRE 17, CNRS/MAEE Av. Arequipa 4595, Lima 18 - Perú Teléf.: (51 1) 447 60 70 Fax: (51 1) 445 76 50 E-mail: postmaster@ifea.org.pe Pág. Web: http: / / www.ifeanet.org Este volumen corresponde al tomo 29 de la colección Actes & Mémoires de l'Institut Frans:ais d'Études Andines (ISSN 1816-1278) © Fondo Editorial, Pontificia Universidad Católica del Perú Avenida Universitaria 1801, Lima 32 Telf.: (51-1) 626-2650 correo-e: feditor@pucp.edu. pe © Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP) Av. González Prada 626 Lima 17 Perú Teléfonos: 01-461 5223 / 460 0763, Fax: 01-463 8846 E mail: caaapdirec@caaap.org.pe Pág. 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Eduardo Góes Neves Introducción La arqueología de las tierras bajas sudamericanas es aún poco conocida si la comparamos con la cantidad de informaciones producidas, por ejemplo, sobre otras áreas del continente como los Andes centrales. A lo largo de los años, sin embargo, este panorama se ha modificado gracias al aumento de investigaciones que se han llevado a cabo en esta vasta región, principalmente en su porción brasileña. Como consecuencia, una importante obra de síntesis sobre la arqueología sudamericana, publicada pocos años atrás, ya cuenta con un número significativo de trabajos dedicados a la arqueología de las tierras bajas (ver Silvermann & Isbell, 2008). 1 39 40 1 Eduardo Goés Neves La mayor cantidad de investigaciones ha permitido, asimismo, refinar algunas de las antiguas hipótesis sobre la historia a largo plazo de la ocupación humana de esta parte del continente. Al mismo tiempo, este refinamiento permite, por un lado, que se revelan las hipótesis sobre las relaciones establecidas entre las sociedades amerindias de las tierras bajas y el medio ambiente y, por otro, que se esboza la historia comparativa entre las distintas trayectorias políticas de las sociedades indígenas de las tierras bajas y de las tierras altas a lo largo de los milenios. Hoy existen en particular condiciones para identificar en el registro arqueológico del primer milenio d. C., un amplio contexto de transformaciones bien marcadas en los modos de vida de las poblaciones de las tierras bajas. Este contexto se caracteriza por cambios en los patrones de asentamiento, nuevas formas de creación de los paisajes, nuevos regímenes de sociabilidad, nuevos patrones de organización social y política, y nuevos sistemas productivos. Así, este texto pretende ofrecer una contribución para la construcción de la historia comparativa entre las tierras bajas y altas. Su premisa es que el estudio de la ocupación humana del continente sudamericano ofrece condiciones ideales para tal esfuerzo, y que la Arqueología posee actualmente el equipamiento teórico y factual que posibilita esta tentativa. Inicialmente, será discutido el contexto inicial de la ocupación humana de América del Sur y cómo tal contexto ya muestra señales de diferenciaciones adaptativas y económicas en la transición Pleistoc~no/Holoceno, hace aproximadamente 11 000 años atrás. En segundo lugar procuraré mostrar cómo, luego del momento inicial de ocupación, dispersión y especialización, las sociedades indígenas de las tierras bajas sudamericanas pasaron por un largo y milenario período de aparente estabilidad adaptativa y política; período que, en muchas áreas, perduró hasta el inicio de la era cristiana. Finalmente, traeré las evidencias de los profundos cambios sociales y políticos ocurridos en las tierras bajas a partir de 2 000 años atrás. Tales cambios, en este raciocinio, configuran la estructura básica del patrón etnográfico que se encuentra en la literatura de las tierras bajas sudamericanas a partir del final del siglo XIX. Las consecuencias de este argumento se pueden resumir de la siguiente manera: si en un ejercicio hipotético un viajante contemporáneo, de preferencia etnólogo, pudiera volver al pasado a visitar laAmazonía de 4 000 años atrás, tal viajante presenciaría un cuadro de organización social, política y económica muy diferente del cuadro registrado etnográficamente; si el mismo viajante, sin embargo, hiciera el mismo camino en una época diferente, por ejemplo Amazonía: la emergencia del patrón de distribución de sociedades indígenas (1 er milenio d. C.) alrededor del año 1 000 d. C. , el mismo vería un cuadro etnográfico bastante parecido con lo que es descrito en la literatura contemporánea. Si la argumentación expuesta antes fuera correcta, la misma conlleva la noción de que, en la larga historia de ocupación humana de las tierras bajas, los cambios no ocurrieron cumulativamente a lo largo del tiempo, sino que se dieron repentinamente en eventos relativamente cortos, bruscos. Su aceptación implica también aceptar otra hipótesis: que el presente etnográfico formalizado en la literatura sobre las tierras bajas es relativamente reciente, con «apenas» 2 000 años de edad. 1. El laboratorio sudamericano América del Sur fue el último continente del planeta a ser ocupado por el Homo sapiens. El debate sobre la antigüedad de la ocupación humana del continente es ciertamente intenso y se encuentra lejos de estar resuelto. Sin embargo, existe consenso en admitir que toda América del Sur ya estaba ocupada hace 11 000 años atrás y, lo que es aún más importante, que tales ocupaciones antiguas ya mostraban patrones adaptativos y económicos distintos entre sí (Roosevelt et al., 2002). Luego de la ocupación inicial, y del consecuente y aparentemente rápido proceso de diferenciación y especialización que la siguió, el continente permaneció relativamente aislado durante la mayor parte de su historia hasta el inicio de la colonización europea, a comienzos del siglo XVI d. C. Esto significa, que cualquiera de los procesos de cambio o estabilidad verificados en diferentes partes del continente, habría resultado de la acción de factores puramente locales, definiendo «locales» a escala continental. Se trata de un cuadro esencialmente distinto, por ejemplo, del continente europeo o asiático, donde existen abundantes evidencias de que procesos de expansión demográfica transcontinentales habrían sido responsables por la introducción de innovaciones como la agricultura, o inclusive el Estado (Anthony, 2007). El aislamiento geográfico de América del Sur es inclusive más interesante si se considera el cuadro de gran diversidad social, cultural, económica y política presente en el continente hacia el inicio de la colonización europea. La existencia de poblaciones que descendían de un grupo único o de pocos grupos humanos fundadores ocasionó esta situación. Es por eso que, para la Arqueología, es posible tratar a América del Sur como una especie de laboratorio. 1 41 Este continente es el último del planeta a ser ocupado, y lo ha sido por una 42 1 Eduardo Goés Neves población fundadora pequeña que, al cabo de algunos milenios, exhibía todo el cuadro de diversidad social y política característicos de la humanidad. Esto sucedió en un contexto de aislamiento de otros continentes, o sea, solamente variables locales actuaron en su constitución. Esto no fue el caso en todas partes; en Australia y Nueva Guinea, por ejemplo, la ocupación humana es aún más antigua que en América del Sur. Sin embargo, ahí no se registró la emergencia de formaciones políticas como, por ejemplo, el Estado, a pesar del aislamiento periódico de Oceanía en relación a Asia a lo largo de milenios. Estos hechos muestran, por un lado, que la emergencia del Estado no es algo inevitable e inexorable, y por otro, que el contexto de la emergencia del Estado en América del Sur merece ser estudiado. Esto es, de hecho, una cuestión antigua en la antropología sudamericana. ¿Por qué en muchos contextos se constituyeron patrones de organización social y política más igualitarios, mientras que en otros emergió el Estado u otras formas de organización social y políticas basadas en la desigualdad? La respuesta a esta pregunta pasa por entender el inicio del proceso de ocupación humana del continente ya que, incluso en tiempos remotos, se puede notar la emergencia de patrones regionales especializados por toda América del Sur. Así, en el litoral del Perú los datos muestran que los primeros habitantes eran pescadores-recolectores especializados en la explotación de los ricos y abundantes recursos marinos (Dillehay, 2008). En la Patagonia, por su parte, el registro muestra que, en la misma época, la región estaba ocupada por cazadores especializados en la depredación de animales de pequeño porte. Estos cazadores estaban altamente adaptados a las condiciones climáticas extremas que caracterizan la región (Dillehay, 2008). Lo mismo se puede decir de los primeros habitantes de la puna andina. En el litoral del Ecuador, existen evidencias antiguas de la domesticación de plantas asociadas a cazadores-recolectores de la cultura Las Vegas (Piperno & Strothert, 2003). En las tierras bajas al este de los Andes, se percibe igualmente desde tiempos remotos el mismo patrón de diferenciación y especialización local. En el bajo río Amazonas, en la Caverna de la Piedra Pintada, excavaciones arqueológicas revelaron la presencia de vestigios diferenciados de fauna de pequeño tamaño, tanto de mamíferos como de peces, así como de un gran número de semillas de palmeras, leguminosas y otros tipos de plantas (Roosevelt et al., 1996). Estos datos son importantes porque muestran el patrón de diversificación adaptativa basado en la explotación de diferentes tipos de recursos que, de cierto modo, perdura hoy en día entre algunas poblaciones indígenas de la Amazonía. Amazonía: la emergencia del patrón de distribución de sociedades indígenas (J er milenio d. C. ) En otras áreas de las tierras bajas, a lo largo del litoral Atlántico, montículos de conchas, conocidos localmente como «sambaquís», comenzaron a ser construidos hace aproximadamente 9 000 años (fig. 1). Estas construcciones consolidaron, a lo largo del tiempo, un modo de vida basado en la pesca y la recolección de moluscos (Gaspar et al., 2008). En la misma región, pero hacia el interior, los datos muestran indicios de ocupaciones de grupos de cazadores de gran movilidad (Días, 2002). El mismo patrón también se observa en la región central de Brasil (Bueno, 2006). En síntesis, se percibe en las tierras bajas de América del Sur una tendencia clara y antigua hacia la diferenciación económica y especialización adaptativa, resultado de los contextos ecológicos y geográficos en los cuales se establecieron los primeros ocupantes del continente. Paralelamente, las evidencias también muestran que el proceso de µianipulación de plantas que condujo a la domesticación de algunas especies no estuvo restringido a algunas áreas nucleares específicas. A pesar de que algunas zonas parezcan, de hecho, haber sido centros importantes de domesticación, como el litoral del Ecuador por ejemplo, existen evidencias directas o indirectas, paleobotánicas o genéticas, de la domesticación de plantas en diferentes regiones a ambos lados de los Figura 1 - Sambaqui de Garopaba do Sul, litoral sur del Estado de Santa Catarina, Brasil, ca. 1800 b. P. El sambaqui que se ve en la foto sobrevivió a la destrucción ocasionada por la minería de cal Foto: Paulo De Blasis 1 43 Eduardo Goés Neves Andes, en la América del Sur tropical (Dillehay et al., 2007; Pi perno & Strothert, 2003; Piperno & Dillehay, 2008). Estas evidencias aumentarían si se les suma la aparición de restos botánicos de maíz en contextos muy distantes de los trópicos, como es el caso de los «cerritos» de las lagunas del este del Uruguay hace más de 4 000 años (Iriarte et al., 2004). En este sentido, los datos paleobotánicos son importantes porque muestran el potencial para la domesticación de plantas que se observa en diferentes áreas del continente en momentos tempranos, incluso pocos milenios luego del inicio de la ocupación humana. Sin embargo, es interesante notar que únicamente en algunas aldeas la emergencia de la agricultura sobrevino a la domesticación inicial de plantas. Para comprender mejor este punto es necesario hacer una distinción entre «domesticación» y «agricultura». Tal distinción ya había sido propuesta por Rindas (1984) en su estudio clásico sobre el origen de la agricultura, y merece ser recordada. Aunque la domesticación es un requisito fundamental para la emergencia de la agricultura, no sería correcto tomarla como sinónimo de esta. El registro arqueológico de las tierras bajas de América del Sur, principalmente de la Amazonía, parece mostrar varios ejemplos en los cuales la domesticación no antecedió a la emergencia de la agricultura. Por el contrario, en el caso de la Amazonía, se debe notar cómo algunas de las plantas más importantes que componen la dieta actual y pretérita de los pueblos indígenas de la región, como es el caso de las palmeras, ni siquiera fueron domesticadas, a excepción de la «pupunha» o «chanta» (Bactris gdsipaes) (Neves, 2007). Nuevamente, de acuerdo con Rindas, la emergencia de la agricultura debe ser entendida como un proceso co--evolutivo entre plantas y Homo sapiens. Siguiendo ese raciocinio, sería correcto afirmar que existieron en el pasado amazónico, a lo largo del Holoceno Medio (entre 7 000 y 3 000 años atrás), pocas presiones evolutivas para que se estableciera la agricultura. ¿Cómo se explica esta baja presión evolutiva? Se puede establecer al mostrar que los recursos alimenticios eran abundantes y estaban ampliamente distribuidos por la Amazonía, al punto de no llegar a establecerse una demanda para la inversión en el cultivo, característica de los contextos do'nde la agricultura es la principall actividad productiva. Hace ya casi cuarenta años Marshall Sahlins, en su obra Stone Age Economics (1972), contribuyó a derribar esa vieja idea de que la transición de modos de vida de cazadores-recolectores para agricultores implica, necesariamente, mejoras en la calidad de vida de las poblaciones. Amazonía: la emergencia del patrón de distribución de sociedades indígenas (1 er milenio d. C.) Al oeste de los Andes, en el litoral del Perú, las evidencias son otras. En pleno Holoceno Medio, por ejemplo, existen claras evidencias del establecimiento de vida sedentaria asociada a la agricultura y a la arquitectura monumental en el sitio de Caral, localizado en el valle del Supe, hace 5 500 años atrás. A partir de esta época, en el litoral central y norte del Perú, las evidencias de vida sedentaria, agricultura y arquitectura monumental abundan en los valles del Casma, Virú, Moche, Jequetepeque/Zaña y así sucesivamente (Shady, 2006). Por lo tanto, la perspectiva comparativa de la arqueología de América del Sur tropical durante el Holoceno Medio, muestra un cuadro que da cuenta aún más de las diferencias regionales ya notadas durante el inicio de la ocupación humana del continente. En la Amazonía, a excepción de los sambaquis costeros y fluviales del litoral Atlántico, bajo río Amazonas y río Guaporé, las evidencias indican modos de vida nómades con gran movilidad y baja visibilidad arqueológica (Neves, 2006). En el litoral del Pacífico, por el contrario, las evidencias muestran indicios de vida sedentaria y de construcción de monumentos con gran visibilidad arqueológica. 2. Abundancia y escasez en la Amazonía y Andes antiguos La hipótesis más interesante hasta hoy formulada para explicar las diferentes trayectorias políticas entre las sociedades antiguas de la Amazonía y de los Andes, es la propuesta de Carneiro (1970), que correlaciona directamente la circunscripción geográfica con la emergencia del Estado. La posibilidad de aplicar esta hipótesis al continente sudamericano deriva, ciertamente, de la propia experiencia de investigación etnográfica de Carneiro, ya que existen pocos casos en el planeta donde se verifican contrastes geográficos tan marcados entre diferentes regiones, como entre el litoral de los Andes centrales y la cuenca del Amazonas. Recapitulando, el litoral de los Andes centrales se caracteriza por la presencia de grandes desiertos entrecortados por valles fértiles, verdaderos oasis formados por ríos que nacen en los Andes, pero cuyos límites geográficos están bien definidos. Por su parte, estos valles desembocan en una de las zonas oceánicas más productivas que se conocen: la costa Pacífica del Perú, alimentada por la corriente fría de Humboldt. Se trata, entonces, de un contexto donde los recursos son productivos y abundantes, pero con distribución relativamente limitada, restringida a los valles irrigables y al océano, y limitados por el desierto y la cordillera. En la Amazonía, por otro lado, vemos una situación casi inversa. Los recursos 1 allí son también abundantes, principalmente a lo largo de las planicies aluviales 45 46 1 Eduardo Goés Neves de los grandes ríos, pero su distribución es mucho menos restricta que en el litoral del Perú. En este sentido, resulta curioso verificar cómo muchas de las hipótesis presentadas para explicar, comparativamente, las diferentes trayectorias políticas de los pueblos amazónicos y andinos, hayan utilizado hipótesis basadas en la escasez de recursos de la Amazonía. Esta escasez estaría relacionada con los recursos, los suelos pobres o la falta de proteína animal, que impedirían el establecimiento de modos de vida sedentarios, la división social del trabajo, la desigualdad institucionalizada y la emergencia del Estado (Roosevelt, 1980). Aún en los años 1950, Carneiro llamó la atención sobre el hecho de que las poblaciones indígenas actuales de la Amazonía, subutilizaban el potencial agrícola de las aldeas que ocupan (Carneiro, 1957). La misma observación fue hecha, a partir de otra perspectiva teórica, por Descola, trabajando con otros grupos amazónicos más de treinta años después (Descola, 1994). En las décadas del sesenta y setenta, Pierre Clastres notó la existencia, entre diversos pueblos amerindios de las tierras bajas, de una política interna basada en el faccionalismo. En la práctica, esta estrategia limitaba las posibilidades de emergencia y reproducción de formas de centralización política permanentes e institucionalizadas (Clastres, 2003). Desde el final de la década de 1980 sucedió un cambio importante en la antropología ecológica y, particularmente, en la arqueología amazónica. Tal cambio está asociado al surgimiento de una nueva línea teórica denominada «ecología histórica» (Balée & Erickson, 2006). El desarrollo intelectual de la ecología histórica es interesante, porque parte de contextos empíricos verificados entre grupos indígenas contemporáneos, lo que permitió formular hipótesis más inclusivas. Estos contextos muestran, por un lado, que en la Amazonía las poblaciones indígenas y caboclas ejercen acciones que modifican las condiciones naturales de los lugares donde viven; y que, por otro lado, estos grupos ocupan y desarrollan estrategias adaptativas en lugares previamente transformados por la actividad humana. Estas acciones incluyen desde grupos cazadores-recolectores con alta movilidad (Politis, 1996; Rival, 2002), pasando por poblaciones agrícolas sedentarias (Balée, 1989; 1995; Balée & Moore, 1994;) e incluso los caboclos (Raffles, 2002). Los principios de la ecología histórica son también apoyados por las evidencias arqueológicas. Un ejemplo único proviene de las llamadas «terras pretas de índio», suelos ricos en nutrientes y económicamente importantes en el presente,. cuya formación resulta de la actividad humana en el pasado (Arroyo-Kalin, 2008; Lehmann et al., 2003; Glaser & Woods, 2004; Woods et al., 2008). Amazonía: la emergencia del patrón de distribución de sociedades indígenas (1 er milenio d. C.) Por lo tanto, evidencias etnográficas y arqueológicas no tan recientes han contribuido a cuestionar la idea de que los procesos de ocupación humana de la Amazonía habrían ocurrido dentro de un cuadro de escasez de recursos. Esto se debe, por un lado, a que las condiciones naturales de los biomas amazónicos pueden ser modificadas por la actividad humana, y por otro, a que las poblaciones humanas contemporáneas de la región aparentemente utilizan los recursos por debajo de la capacidad de soporte del medio ambiente. Por este motivo, tal vez ya sea el momento de abandonar el discurso de la escasez para la Amazonía y adoptar otro punto de vista, esta vez basado en la abundancia (Neves, 2007). Abundancia, en este sentido, debe ser entendida a partir del contraste anteriormente presentado entre la Amazonía y el litoral peruano. En este último caso, los recursos son abundantes, pero restringidos. En el caso amazónico, los recursos son igualmente abundantes, pero ilimitados / en la extensión casi infinita de la selva, sus ríos y lagos. Si estas hipótesis son correctas, las mismas nos ayudan a entender las diferentes trayectorias sociales y políticas de los pueblos amazónicos y andinos a partir del Holoceno Medio. Así, mientras que en los Andes, e inicialmente en el litoral del Perú, la circunscripción geográfica y abundancia de recursos crearon condiciones para el establecimiento de vida sedentaria y, aparentemente, de algún tipo de estratificación social, en la Amazonía, la abundancia de recursos no creó presiones evolutivas a lo largo del Holoceno Medio, que promovieran el establecimiento de vida sedentaria y estratificación social (Neves, 2007; Shady, 2006). Es probable que, en esa época, las poblaciones nativas de la Amazonía hayan tenido modos de vida basados en el consumo combinado de plantas domesticadas y de animales y plantas silvestres. Es igualmente probable que la importancia relativa de los componentes silvestres y naturales haya sido alternada a lo largo de las generaciones. Una situación semejante se observa entre grupos indígenas y paisanos contemporáneos, que alternan a lo largo del tiempo entre estrategias productivas basadas en la agricultura, y en la caza y recolección (fig. 2). Fausto (2001) destacó lo incorrecto que sería tratar estas alternancias como «reversiones evolutivas», como si fueran «marchas atrás» en la historia. De hecho, es probable que tales alternancias hayan sido el patrón en la Amazonía del Holoceno Medio. La Arqueología, sin embargo, muestra cómo este patrón cambió drásticamente a partir del inicio de la era cristiana. 147 48 1 Eduardo Goés Neves Figuras 2a y 2b - Ejemplos de manejo de recursos salvajes o semi domesticados en las llanuras aluviale:s del Amazonas Figura 2a -Área doméstica (quinta o house garden) con plantas domesticadas y salvajes en el pueblo de Lauro Sodré, medio Solimóes Foto: Eduardo G. Neves Figura 2b - Pesca de pirarucu o paiche (Arapaima gigas) en el Bajo Amazonas Foto: Maurício de Paiva Amazonía: la emergencia del patrón de distribución de sociedades indígenas (1 er milenio d C.) 3. Los cambios sociales y políticos al inicio del primer milenio d. c. La arqueología de las tierras bajas de América del Sur muestra un cuadro impresionante de 'cambios sociales y políticos a partir del inicio del primer milenio d. C. Tales cambios, que se presentan a continuación, se manifestaron en algunos patrones que se verifican claramente en el registro arqueológico. Entre estos cabe destacar: • El establecimiento de vida sedentaria a lo largo de la Amazonía y de las tierras bajas adyacentes. Aunque existen evidencias anteriores de vida sedentaria, estas se tornan mucho más claras, visibles y ubicuas a partir de esta época, • El establecimiento de evidencias visi,bles de modificaciones de la naturaleza, o sea, de la creación de paisajes. Así como mencionado en el primer punto, resulta bastante plausible que procesos de «humanización» o antropización de la naturaleza se remonten al inicio de la ocupación humana de las tierras bajas. Sin embargo, a partir de ese momento, los mismos se habrían vuelto más intensos y visibles (Neves, 2008; Neves & Petersen, 2006). • El establecimiento de tradiciones cerámicas distintas con localizaciones geográficas relativamente bien definidas. En algunos casos, estas tradiciones cerámicas pueden estar inclusive asociadas a grupos lingüísticos conocidos etnográfica y históricamente. No existe aún una explicación satisfactoria que nos ayude a entender la relativa rapidez, y aparente sincronía, con las que estos cambios sucedieron. Una explicación más simple, y por lo tanto más simplista, puede asociarla a los cambios climáticos que aparentemente ocurrieron al final del Holoceno Medio. Estos cambios habrían promovido el establecimiento de condiciones climáticas tropicales con ligero aumento de la humedad, semejantes a las condiciones actuales (Neves, 2007). Sin embargo, no existe aún consenso entre los paleoecólogos sobre si tales cambios ocurrieron realmente. Así, tal vez sea aún precipitado proponer alguna correlación de ese tipo. Otra hipótesis, menos determinista, puede ser sacada de la propuesta de Flannery & Marcus para explicar el desarrollo de las jefaturas en Mesoamérica. Para estos autores (Flannery & Marcus, 2000), la aparente simultaneidad con la que se formaron jefaturas en las regiones de Oaxaca, Vera Cruz, Yucatán y el valle central de México, debe ser entendida como un proceso integrado, 1 49 resultado de la competición entre diferentes formaciones sociales y políticas 50 1 Eduardo Goés Neves articuladas regionalmente. En el caso de las tierras bajas, existe claramente una cuestión de escala, ya que las dimensiones geográficas son muy superiores a las de Mesoamérica, lo que dificultaría la aplicación de una hipótesis semejante. Para concluir esta discusión, independientemente de la hipótesis que se asuma, la simultaneidad de los cambios sociales verificada en las tierras bajas implica, ciertamente, alguna medida de integración directa o indirecta entre los grupos que ocuparon la región. 4. El establedmiento de la vida sedentaria a partir del primer milenio d. C. Tal vez el Brasil central sea la región de las tierras bajas sudamericanas donde son más visibles y claras las evidencias de cambios sociales y políticos abruptos hacia el primer milenio d. C. La región se encuentra actualmente ocupada por sociedades indígenas hablantes de lenguas de la familia Macro-Ge. Estos grupos poseen actualmente el patrón de organización social descrito en algunos clásicos de la etnología de las tierras bajas por científicos como Lévi­ Strauss, Niumendaju y Maybury-Lewis. Este patrón de organización social tiene el mérito de manifestarse, de manera muy clara, en el uso del espacio en las aldeas. Las aldeas se caracterizan por presentar normalmente formato circular o anular, y están formadas por casas multifamiliares que se ubican alrededor de una plaza central. Tales aldeas, inclusive luego de su abandono y de la desaparición de las casas, tienen 'a mantener su configuración circular. Esta configuración se puede observar a través de la distribución de manchas circulares de coloración más oscura, normalmente acompañadas por la presencia de fragmentos cerámicos, que se encuentran distribuidas alrededor del área ocupada por la plaza central. La formación de aldeas circulares es, por lo tanto, un indicador material de la ocupación del Brasil central por grupos de la familia lingüística Macro-Ge (a pesar de la presencia relativamente menor de grupos hablantes de otras lenguas que ocupan aldeas con el mismo formato). Tal es el caso de los tapirapé, los grupos del Alto Xingu y los Enawene-Nawe. La Arqueología muestra cómo ese patrón de ocupación se consolidó hacia finales del siglo V1II d. C. en sitios excavados en el Brasil central (Wüst & Barreta, 1999). Es interesante notar que el inicio del proceso de ocupación humana de la región se inició hace aproximadamente 11 000 años (Bueno, 2006). Durante miles de años pocos cambios habrían ocurrido en las formas de ocupación, caracterizadas por Amazonía: la emergencia del patrón de distribución de sociedades indígenas (1 er milenio d. C.) poblaciones que no producían cerámicas y, aparentemente, poseían modos de vida más móviles. La transición para el patrón de ocupación de aldeas circulares, con la presencia de cerámicas y de un modo de vida más sedentario, fue aparentemente abrupta, y parece haber ocurrido simultáneamente a lo largo de toda la región. Por lo tanto, la emergencia de los modos de vida que fueron consagrados en la etnografía del Brasil central, clásicamente asociados a grupos hablantes de lenguas de la familia Macro-Ge, habría sido reciente. Este nuevo patrón, con poco más de mil años de historia, se contrapuso o se desarrolló a partir de otro patrón, mucho más antiguo y aparentemente más estable, que perduró por más de diez mil años en la región. Cuando se observa a escala continental, el ejemplo del Brasil central no se encuentra aislado. Una historia semejante de cambios aparentemente bruscos también se verifica en las regiones que corresponden actualmente al litoral atlántico y al sur de Brasil. Estas áreas, al momento de llegada de los europeos, eran ocupadas por diversos grupos hablantes de lenguas de la familia Tupí­ Guaraní. Entre estos grupos, asociados a una misma familia lingüística, existían algunas especializaciones ecológicas. Mientras los grupos T upinambá y correlatos ocupaban la franja costera, los valles húmedos y las áreas de Mata tropical Atlántica, los grupos Guaraní y correlatos ocupaban también áreas de mata, en un área geográfica que incluía partes de lo que es hoy en día el sur del Brasil, nordeste de Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia. De hecho, y siempre a escala continental, el cuadro de ocupación humana de esta porción de América del Sur durante el siglo XVI d. C. muestra una sorprendente regularidad entre variables culturales, lingüísticas, geográficas y ecológicas. Las áreas de Mata Atlántica al sur, sudeste y este del Brasil estaban ocupadas por grupos hablantes de lenguas de la familia Tupí-Guaraní. Las áreas de sabana en el planalto central estaban ocupadas por grupos hablantes de lenguas Macro-Ge, que también ocupaban los campos y matas del planalto meridional del país (grupos Kaingang y Xokleng). Al haber ocupado algunas de las primeras áreas que fueron foco de la colonización europea en América del Sur, existen numerosos relatos sobre estas poblaciones recopilados en escritos de los siglos XVI y XVII. Estos relatos contribuyen para que se construya un cuadro relativamente preciso sobre el modo de vida de estos grupos en esa época. Para el caso de la Arqueología, los relatos también permiten reconstruir el panorama de su producción material, caracterizada por la producción de cerámicas de decoración policroma (en rojo, negro y blanco), conocida con el nombre de tradición tupí-guaraní. 1 51 52 1 Eduardo Goés Neves Como en el caso del Brasil central, el inicio de la ocupación del litoral sur y sudeste del país por los grupos que habitaban la región en el siglo XVI d. C. fue también relativamente reciente, pese a que existen aún controversias sobre la antigüedad del inicio de la ocupación Tupí-Guaraní. Los fechados más antiguos provienen de una región próxima a la ciudad de Rio de Janeiro, y alcanzan los 700 a. C. (Scheel-Ybert et al., 2008). Sin embargo, las evidencias más consistentes y regulares de esta ocupación datan del primer milenio d. C. Allí, como en el Brasil central, el asentamiento de grupos productores de cerámica se superpuso a las ocupaciones más antiguas y, aparentemente, más estables, con miles de años de historia. Estos grupos antiguos incluían sociedades con modos de vida totalmente distintos a los tupí-guaraníes. Se trata de los grupos constructores de sambaquís, cuyos sitios más antiguos tienen aproximadamente 9 000 años de antigüedad. En la medida que se observan otras regiones, es cada vez más claro que el patrón de cambios sociales y políticos verificados en el Brasil central y en el litoral atlántico ocurrió de manera más o menos simultánea, por casi todas las partes de las tierras bajas sudamericanas. En la región del pantanal matogroense, próximo a la actual frontera entre Bolivia y el Brasil, sitios de montículos artificiales asociados a la tradición cerámica pantanal datan de la misma época (Migliaccio, 2006). Sin embargo, es en la Amazonía donde un sinnúmeros de ejemplos indican la consistencia de este patrón. Ya se discutió en este texto cómo trabajos arqueológicos recientes han mostrado que los ambientes amazónicos fueron extensamente modificados por actividades humanas pasadas; y que existen evidencias de la producción de cerámica antigua en la región, en realidad las cerámicas más antiguas del continente. Es interesante notar, sin embargo, cómo en la Amazonía las evidencias más claras, visibles y permanentes de modificaciones antrópicas de la naturaleza, ocupación de sitios de gran porte y construcción de estructuras monumentales, datan todas del primer milenio d. C. Algunos ejemplos, provenientes de estudios de caso en la isla de Marajó, Santarém, Amazonía central, Alto Xingú, Alto Madeira y Alto Purús, serán presentados brevemente para ilustrar esta hipótesis. El caso de la isla de Marajó es ilustrativo, porque la arqueología local muestra una larga secuencia de ocupación que se inició hace por lo menos 3 500 años a. C. Esta ocupación muestra evidencias de producción de cerámica asociada a sambaquís de la fase cerámica Mina (Bandeira, 2008; Sim6es, 1981), que datan de la misma época. La isla de Marajó está situada en la desembocadura del río Amazonas. La arqueología regional es conocida desde el siglo XIX y se caracteriza por la presencia de cerámicas elaboradas, asociadas a la ocupación Amazonía: la emergencia del patrón de distribución de sociedades indígenas (J er milenio d. C.) de montículos artificiales, conocidos como «tesos» (Meggers & Evans, 1957; Roosevelt, 1991; Schaan, 2004). Trabajos realizados en las décadas de 1950 y 1960 permitieron identificar una secuencia cultural que asocia la construcción de tesos a la producción de las cerámicas elaboradas de la fase Marajoara, con fechas que van del siglo III al siglo XIV d. C. (Schaan, 2004). La relación histórica entre las ocupaciones de la fase Marajoara y ocupaciones precedentes aún no está clara, así como el entendimiento del contexto social y político de la construcción de los tesos (Rosseti et al., 2009; Schaan, 2004). No obstante, el registro arqueológico de Marajó muestra evidencias claras de crecimiento demográfico y aumento de la monumentalidad de los sitios a partir del inicio del primer milenio d. C. En la región de Santarém, aunque la secuencia de ocupac1on no haya perdurado tanto como en la isla de Marajó, se percibe igualmente un patrón semejante. Allí, las primeras evidencias de ocupación humana son aún más antiguas, con fechas de más de 11 000 años, obtenidas de la caverna de la Piedra Pintada (Roosevelt et al., 1996). En la misma región, se excavaron depósitos con cerámica fechados entre 8 000 y 7 000 años (Roosevelt et al. , 1991; 1996). Estas evidencias de ocupación precoz están seguidas por un hiato aparente, interrumpido en algunos lugares, como en la región de Parauá en el bajo río Tocantins (Gomes, 2008), caracterizado por una relativa baja frecuencia y visibilidad de los sitios arqueológicos. Recién es a partir del primer milenio a. C. que esta tendencia se modificó, a través de ocupaciones asociadas a la fase cerámica Pocó (Guapindaia, 2009 [2008?]; Hilbert & Hilbert, 1980). Luego de las ocupaciones Pocó, los sitios arqueológicos se tornan progresivamente más grandes y más densos, asociados a cerámicas conocidas como Konduri y Tapajós (Gomes, 2004) (fig. 3). Este proceso de crecimiento demográfico parece haber alcanzado su apogeo hacia finales del primer milenio d. C., a pesar de que los primeros colonizadores europeos entraron en contacto con los indios tapajó en el siglo XVI d. C., en la región ocupada actualmente por la ciudad de Santarém (Gomes, 2002). La región de la Amazonía central ha sido continuamente estudiada desde 1995, lo que permitió la identificación y excavación de decenas de sitios. En el área de confluencia de los ríos Negro y Solimóes, los sitios más antiguos están con fechas de 6 600 años a. C. (Costa, 2009). No obstante, recién a partir del primer milenio a. C. las evidencias de ocupación humana se tornan más claras y evidentes (Lima et al., 2006). Este proceso habría culminado hacia el primer milenio d. C., con la formación de suelos fértiles 1 53 Eduardo Goés Neves y antrópicos conocidos como «terras pretas», asociados a sitios arqueológicos de grandes dimensiones (Neves et al., 2003; 2004; Petersen et al., 2001). Muchos de los sitios de la región están igualmente asociados a la construcción de estructuras artificiales, conocidas como montículos que, a pesar de no tener un carácter monumental como los tesos de Marajó, son indicadores claros del establecimiento de ocupaciones estables y sedentarias en la región (figs. 4a y 4b) (Lima, 2008; Moraes, 2007). Las fechas para el inicio de la formación de las «terras pretas» en la Amazonía central, durante la primera mitad de la era cristiana, son compatibles con fechados obtenidos en otros sitios diseminados por el cauce del río Amazonas y sus afluentes, como el Araracuara, Caquetá, Figura 3 - Estatua antropómorfa en cerámica . . , , . representando a un hombre sentado en el estilo típico la propia region de Santarem Y el BaJO de la alfarería tapajonica, región de Santarem, ca. Amazonas (Neves et al., 2003). El origen 1000 d. C. de los suelos de «terra preta» es todavia Archivo del Museu de Arqueología e Etnologia, te~a de discusión. La hipótesis más Universidade de Sao Paulo Foto: Maurício de Paiva aceptada por los arqueólogos propone 54 1 que se habrían formado como resultado del establecimiento de ocupaciones sedentarias y de larga duración (Arroyo­ Kalin, 2010; Neves et al., 2003; Petersen et al., 2001). A pesar de que existen lugares en laAmazonía con evidencias incluso más antiguas de la formación de «terras pretas», como se verá más adelante, los datos muestran, nuevamente, un notable proceso de crecimiento demográfico y establecimiento de comunidades sedentarias, algunas de gran tamaño, a lo largo de la Amazonía a partir del primer milenio d. C. El estudio de los pueblos indígenas de la cuenca del Alto Xingú, iniciado por Karl Von den Steinen a finales del siglo XIX, marca el inicio de la etnología de las tierras bajas sudamericanas. Sin embargo, fue recién con los trabajos de Heckenberger, iniciados en la década de 1990, que investigaciones arqueológicas sistemáticas fueron allí realizadas. Estos trabajos han mostrado Amazonía: la emergencia del patrón de distribución de sociedades indígenas (J er milenio d. C.) Unidade escavada ~ Borda de superficie aplainada • Uf'JIVERSIDADE DE si.o PAULO MOSEU DE PRQUEOLOGIA E ETNOlOGIA PERFILA·B FUND.4<,:ÁO DE AMPARO Á PESQUISA DO ESTADO DE sil.o PAULO O 50 100m - -----·--·------, Figura 4a y b - Plano del sitio Laguinho, ubicado a orilla del río Solimoes, en la Amazonía central Laguinho es un buen ejemplo en la región de un sitio arqueológico que data del primer milenio d. C. El sitio (20 ha de extensión) era un pueblo largo con la presencia de montículos artificiales que servían de base para las casas (malocas) 1 55 56 1 Eduardo Goés Neves cómo el Alto Xingú precolonial estuvo marcado por la ocupación de grandes asentamientos con estructura urbana, conectados por caminos radiales (Heckenberger et al., 200 3). Tales estructuras alcanzaron su apogeo constructivo en el siglo XIII d. C., pero fue recién al inicio de la colonización europea, en el siglo XVI d. C., que la población indígena disminuyó drásticamente. Para la discusión aquí presentada, es importante llamar la atención sobre el hecho de que las evidencias más antiguas disponibles hasta el momento para el Alto Xingú provienen del siglo V1II d. C. (Heckenberger et al., 2003). Es probable que con el avance de las investigaciones sean identificadas más evidencias de ocupación aún más antigua. No obstante, es también probable que, así como en el Brasil central, estas evidencias antiguas indiquen la existencia de grupos con mayor movilidad y modo de vida distinto de lo observado al final del primer milenio d. C. Otra región de laAmazonía en la cual han surgido datos arqueológicos recientes es la cuenca del alto río Purús. Allí, estructuras de tierra artificiales, con formato geométrico ciircular, cuadrangular o compuesto, conocidas como «geoglifos» han sido identificadas en la cuenca del río Acre, desde su desembocadura hasta la región de la ciudad de Rio Branca (Parsinnen et al., 2009). Geoglifos han sido encontrados en sitios de deforestación reciente, lo que sugiere que su área de distribución puede ser aún más amplia que la identificada. De hecho, estructuras similares conocidas como «zanjas», son también conocidas en la cuenca del Alto Purús boliviano y en la cuenca del Alto Madeira, también en Bolivia. No existe aún una explicación satisfactoria para las razones subyacentes a la construcción de esas estructuras. En muchos casos, los geoglifos presentan un escasísimo, o inclusive nulo, contenido de cerámica. Estructuras de combustión o lentes de carbón tampoco se distinguen. Estas informaciones, aunque escasas, parecen indicar que los geoglifos no serían de hecho áreas de habitación. Para la discusión aquí presentada, cabe afirmar que las fechas obtenidas hasta el momento para la construcción de los geoglifos muestran que su construcción habría comenzado hacia el inicio del primer milenio d. C., en consonancia con los demás fenómenos visibles para las tierras bajas. El último ejemplo que será mencionado es el de la cuenca· del Alto Madeira. Se trata de una región con un registro arqueológico excepcional, que cubre prácticamente todo el Holoceno, como demostrado por Miller (Miller et al., 1992). A la par de su riqueza, la cuenca del alto río Madeira puede también haber sido el centro de la domesticación de la «pupunha» (Bactris gasipaes) y de la mandioca (Manihot esculenta). Finalmente, es en el Alto Madeira que se Amazonía: la emergencia del patrón de distribución de sociedades indígenas (1 er milenio d C.) encuentran las «terras pretas» más antiguas conocidas hasta el momento en la Amazonía, con fechas tan antiguas como 3 500 a. C. (Miller et al, 1992). Si las «terras pretas» son marcadores del establecimiento de vida sedentaria, como fue sugerido en este trabajo, habría sido entonces esta la región en la que se habría iniciado ese proceso en la Amazonía. Las intensas, y frecuentemente destructivas, actividades de construcción de obras de infraestructura en el Alto Madeira, como la construcción de represas, líneas de transmisión de energía y carreteras, han generado también una gran cantidad de investigaciones de arqueología preventiva. Las propias investigaciones pioneras de Miller, realizadas desde la década de 1970, se realizaron en ese mismo ámbito. Ciertamente nuevos datos sobre la arqueología regional estarán disponibles en un futuro próximo. De cualquier modo, aún en el Alto Madeira y a pesar de las evidencias relativamente antiguas del establecimiento de vida I sedentaria, parece que los sitios se tornan más grandes y más densos en el milenio que antecede al inicio de la era Cristiana. Este fenómeno se observa con la ocupación de la fase cerámica Jatuarana, cuyos fechados más antiguos datan del 700 a. C., fechas que se tornan más frecuentes en los primeros siglos posteriores al anno domini (Miller, 1999). Concluyendo esta breve revisión, parece claro que el primer milenio d. C. fue una época de cambios sociales importantes en las tierras bajas tropicales de América del Sur. Como he mostrado, las evidencias más visibles de estos cambios fueron: el establecimiento de vida sedentaria a lo largo de esta inmensa área; la construcción de estructuras más o menos monumentales, que marcaron indeleblemente el paisaje de los lugares donde fueron erguidas; y la configuración de rasgos paisajísticos anteriormente concebidos como naturales. El caso más conocido es el de las «terras pretas», pero existen datos palinológicos que indican que la expansión de la Mata de Araucaria (Araucaria angustifolia) en el planalto Meridional brasileño (fuente de recursos para las poblaciones indígenas del área) ocurrió paralelamente a la expansión de grupos constructores de casas subterráneas y fabricantes de cerámicas de tradición !tararé y Taquara (Bittencourt & Krauspenhar, 2006). Es probable que correlaciones semejantes se establezcan también para la distribución de la mata de castañas (Bertholletia excelsa) en la Amazonía, y del pequi ( Caryocar brasiliense) en el Brasil central y nordeste. Si las hipótesis aquí presentadas fueran válidas, es posible hacer con ellas un ejercicio especulativo a modo de ilustración: si hubieran sido los romanos de la época de la república, y no los ibéricos, los primeros europeos en establecerse 1 57 58 1 Eduardo Goés Neves en las Américas y en describir a sus ocupantes nativos, los mismos habrían producido un cuadro totalmente diferente del descrito a partir del siglo XVI d. C. Si, por otro lado, los ibéricos hubieran llegado a las Américas en el siglo VI o XI d. C., de ser ello posible, el cuadro etnográfico con el que se habrían encontrado no sería esencialmente diferente del verificado a partir del siglo XVI d. C. Dicho ejercicio especulativo parece negar toda evidencia histórica que muestra, a lo largo de diferentes regiones de las tierras bajas, los violentos procesos de aniquilación por los cuales pasaron las poblaciones amerindias luego del inicio de la colonización europea. Ese fragmento de la historia es innegable y sus consecuencias son aún hoy visibles. En la Amazonía central, por ejemplo, a pesar de las abundantes evidencias de ocupación humana hasta el inicio del siglo XVI d. C., existen hoy en día pocas y pequeñas tierras indígenas. Resulta obvio que los pueblos indígenas, así como cualquier otro pueblo, tuvieron sus propias historias, muchas veces trágicas, a lo largo de los siglos desde el inicio de la colonización. El argumento que se pretende presentar aquí es que, a pesar de los cambios ocurridos en el período colonial, los avances hechos por la arqueología de las tierras bajas en los últimos veinte años muestran que el modo de vida de las poblaciones precoloniales, establecido a partir del primer milenio d. C., no habría sido esencialmente diferente del de las poblaciones indígenas contemporáneas. Cabe resaltar que algunos de los asentamientos precoloniales eran más grandes que muchos de los asentamientos indígenas actuales, que existían ordenamientos urbanos que no existen actualmente, y que en ellos habrían florecido formaciones sociopolíticas regionales. No obsta~te, no existe nada en la inmensa variabilidad cultural y social contemporánea de los pueblos indígenas de las tierras bajas, que sea esencialmente y estructuralmente diferente de lo que ha sido revelado por la Arqueología para su pasado. Condusionc!s - Un Pasado no tan antiguo En este texto, intenté mostrar cómo el cuadro clásico que compone al registro etnográfico típico de la etnología de las tierras bajas sudamericanas es relativamente reciente, si lo comparamos con la larga historia de ocupación humana de la región. A escala continental, tal cuadro está compuesto por una serie de elementos constitutivos: en primer lugar, por la gran diversidad cultural que le concede, entre otros factores, la gran diversidad lingüística a nivel de familias y no de lenguas, y también por la dimensión de la producción material; en segundo lugar, y en la esfera política, por la presencia de Amazonía: la emergencia del patrón de distribución de sociedades indígenas (J er milenio d. C.) asentamientos más o menos sedentarios y políticamente autónomos, aunque pasibles de aglutinación en confederaciones de duración cronológica y temporal más amplia; y en tercer lugar, en la esfera del manejo de recursos, en una inversión relativamente importante en el cultivo de plantas domesticadas, con destaque para el maíz, la mandioca y otros tubérculos, aunque también para el manejo de plantas no formalmente domesticadas, como diversas especies de palmeras. De acuerdo con el argumento presentado, este patrón se constituyó en diferentes partes de las tierras bajas sudamericanas, aunque no por toda su extensión, a partir del primer milenio d. C. Resta aún buscar alguna hipótesis que pueda explicar por qué tales cambios ocurrieron hace casi dos milenios. Una posibilidad es verlas como resultado indirecto de un proceso de cambio climático, asociado a un aumento de las temperaturas y de la pluviosidad, iniciado alrededor del año 1000 a. C. en la Amazonía (Neves, 2007). Aunque los datos paleo ecológicos actualmente disponibles no son todavía claros sobre esta cuestión, sería importante, para contrastar esta hipótesis, verificar si esos cambios tuvieron de hecho alguna correlación visible con modificaciones en las prácticas de manejo de recursos a lo largo de los siglos. Agradecimientos Agradezco a Jean-Pierre Chaumeil por la invitación para participar del excelente simposio que generó este libro. Las investigaciones arqueológicas en la Amazonía central se financian con diferentes fondos de la Funda~áo de Amparo a Pesquisa do Estado de Sáo Paulo (FAPESP). La traducción del portugués al español se hizo por Ximena Suaréz Villagrán. Referencias citadas ANTHONY, D., 2007 - The Horse, the Wheel and Language. 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