Chon Sangguk ·La familia de Abe Traducción: Hyesun Ko de Carranza - Francisco Carranza Chon Sangguk (Hongchon, Corea del Sur, 1940), escritor de reconocida trayectoria en su país, inició en 1963 su carrera de narrador con la auspiciosa publicación del cuento Ir juntos. A este le continuarían varios conjuntos de relatos como Pueblo lleno de amores, Ese lugar debajo del cielo, La familia de Abe, País de antropófagos, así como muchas novelas, entre las que destacan Nuestras Alas, Camino, Época de locura y El invierno del poeta. Este escritor a su vez ha sido merecedor de innumerables premios literarios que han ido confirmando su entrega y calidad en el oficio de escribir. Actualmente es profesor en el Departamento de Literatura Coreana de la Universidad Nacional de Kangwon-do. Al finalizar la guerra del 50 en la península coreana gravitó sobre sus pobladores una acuciante pregunta sobre el nuevo espacio que les tocaba vivir y la identidad afectada de la que no podían escapar. Para los personajes del libro La familia de Abe, responderla implica una terrible confrontación con el pasado y con un presente que los arroja en medio del desarraígo, el infortunio, y solo les permite contemplar sus ciudades sumergidas, añorando a los desaparecidos, buscando reconocerse en aquella ausencia. LA FAMILIA DE ABE LA FAMILIA DE ABE Y OTROS RELATOS Chon Sangguk Traducido por María Ko de Carranza y Francisco Carranza PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL PERÚ FONDO EDITORIAL 2001 Colección Orientalia Centro de Estudios Orientales Publicación auspiciada por Korea Literature Translation Institute 149-1 Pyeong-dong, Jongno-gu Seoul 110-102 South Korea . Primera edición: octubre de 2001 LA FAMILIA DE ABE Responsable de la colección: Ricardo Sumalavia Copyright© 2001 Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú Plaza Francia 1164, Lima Apartado 01761, Lima 1, Perú Telfs. 330 7411- 330 7410 feditor@pucp.edu. pe Diseño de carátula: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú Derechos reservados Prohibida la reproducción t.otal o parcial de este libro por cualquier medio, sin permiso expreso de los editores. Hecho el depósito Legal, Registro Nº 1501412001-3567 ISBN: 9972-42-429-4 Impreso en el Perú - Printed in Perú La familia de Abe Un pájaro en nido ajeno El llanto del héroe Funeral estilo Koryo Semilla inmortal ÍNDICE 9 91 201 235 265 LA FAMILIA DE ABE 1 AL SALIR DEL CAMPAMENTO MILITAR me sentí supe­ rior, como un gigante. Los policías militares de la puer­ ta principal me reconocieron a pesar de que estaba vestido de civil, y no revisaron bien la licencia de salida. Los empleados y obreros coreanos que salían a sus casas después del trabajo estaban en fila mientras los policías es­ culcaban sus ropas. Con los hombros erguidos pasé ante ellos. Este sentimiento de superioridad ya lo había experimentado hace un mes al bajar de las escaleras del avión en Osan. En­ tonces estuve muy emocionado porque todo el complejo que había sufrido en el campamento de entrenamiento por mi nariz chata y mi estatura baja había desaparecido en un ins­ tante. ¿Cómo explicar esa emoción de pisar la tierra natal después de cuatro años? Pero, ¡qué mala suerte! El día que llegué al campamento destinado, el ejército entró en estado de alerta y nadie pudo salir del campamento. Unos veinte días de alerta sin ningu­ na tranquilidad. En esos días sentí la necesidad de reflexio­ nar sobre mi situación, traté de no caer en sentimentalismos e hice el esfuerzo de no meterme en negocios sucios. Cuando los soldados coreanos, destacados para el ejército estadounidense, me saludaron extendiendo sus manos, «jHola, Kim! ¿Cuándo fuiste a Estados Unidos?», en vez de estrechar sus manos, simplemente alcé la mano y con la cara sonriente me fui a otro lugar. 12 Cuando los trabajadores de las tiendas del campamento se me acercaron con cierto interés diciéndome: «jHola, Kim, bien­ venido! ¿En qué te ayudo?»; delante de ellos rompía los cu­ pones demostrándoles que renunciaba a la manera fácil de ganar dinero aunque mi tía me hubiera instruido en Estados Unidos. Desde cuando estaba en el campamento de entrena­ miento, me daba asco lo que hacían los soldados negros. Ellos eran expertos en trocar los cupones por dinero para ganarlo fácilmente. Al salir caminé por la calle, paralela al cercado metálico del campamento, que llevaba al centro. Sentí que se me hincha­ ba el corazón. El sol calcinante de la tarde de verano ablandó el asfalto y las hierbas silvestres debajo del cerco del cam­ pamento expelían un olor fuerte. El corazón me decía ¡apú­ rate!; pero, a propósito, traté de caminar lento para saborear bien la felicidad que ya se me salía por la boca. Hacía tres años y diez meses exactos que mi familia se ha­ bía despedido de esta tierra. Recién se realizó uno de los sue­ ños que había tenido al salir: ser voluntario para la división militar en Corea al darme de baja en el ejército estadouni­ dense porque era la única forma de volver a Corea sin gastar ni un centavo. Ese sueño era uno de los planes de mi tía que residía en Estados Unidos. Ella se fue allá al casarse con un estadounidense después de trabajar de prostituta. Su plan era que yo pasara en Corea un año, suficiente para llenarme el bolsillo de dinero, que era una cantidad mucho más que cualquier salario de los coreanos, y que me casara con una chica coreana ilusionada por ir a Estados Unidos. «Sí, voy a Corea a encontrarme con alguien», les dije a mis hermanos antes de salir de Estados Unidos. Todos estaban estudiando en la escuela: Chongji y Chingu en la secundaria que se llamaba High School y el menor en Middle School. Estudiaban sin pagar ni un centavo y ya soñaban con la uni- 13 versidad, lo cual jamás se hubieran atrevido a soñar en Co­ rea. Sin embargo, había muchos problemas. Mi papá siem­ pre repetía que había ido a Estados Unidos por el futuro de sus hijos; pero ese deseo, en parte, desembocaba en algo de desilusión porque mis hermanos se habían americanizado muy rápido. Sobre todo Chongji era ya una americana, y me decía: «Üye, estamos en Estados Unidos ya; y tú, ¿todavía piensas casarte con una coreana?». Ella se_ adaptó a la nueva vida más rápido que nosotros e invitaba a sus amigos blancos a la casa. Alrededor de nues­ tro apartamento vivían unos muchachos negros que andaban detrás de ella. Se reían al verla, la esperaban en la entrada del camino, la rodeaban y la piropeaban. Lo mismo hacían los muchachos hispanos. Chongji, como si nada sucediera, los trataba sin temor. Así era ella. Pero un día le sucedió una desgracia. Apenas oí la suposi­ ción del señor Li, dueño de la verdulería donde yo trabajaba, corrí al apartamento; pero llegué muy tarde. Esos negros la estaban violando. Se me subió la sangre. Me paré delante de la puerta. Los tres, riéndose, se me acercaron. De mi bolsillo interior saqué un cuchillo que usaba para las verduras y me corté el brazo derecho, cerca de la quemadura de cigarro que me había hecho con Chedu, Jyongpyo y Sokpil en Corea. La sangre chorreó al piso formando un charco. Los ojos risueños de los negros se llenaron de miedo. Los negros, en general, eran miedosos, cobardes, bárbaros y viles. ¡Come on! ¡Come on! Con la mano que apretaba el cuchillo les hice señas de que se me acercaran. No veía nada. Tembla­ ba por el odio que llegaba hasta los dedos de la mano. Recor­ dé el diario de mi madre que había leído en secreto. Era un cuaderno que ella había escrito a escondidas y en fechas dife­ rentes en Corea. 14 Temblé ante la imaginación de estar acuchillándolos y matándolos día y noche. Quería recoger en mis dos manos esa sangre que salía a borbotones desde el interior profundo de esa piel negra y aceitosa, y mostrarla para que vieran los vecinos. La venganza y el odio eran las razones de mi exis­ tencia. Temblaba mi mano que apretaba el cuchillo. Me acerqué a los muchachos. Ellos se humillaron inmediatamente y se arro­ dillaron. Eran conocidos, vivían en la misma cuadra de la tienda del señor Li donde yo trabajaba y eran los que habían sido descubiertos robando en la tienda. Cuando el señor Li los siguió, le golpearon y le rompieron dos dientes. Al saber que el señor Li iba a denunciarlos, llegaron en grupo y le amenazaron con incendiar su tienda. «¡Animales!», dijo Chongji, se subió el calzón y se levantó. Escupió a las cabezas de los negros y se dirigió a mí. «¿Acaso tú eres diferente? ¿No te acuerdas de lo que hiciste en Corea? ¿Por qué a cada rato te entrometes en mi vida?». Ella había dicho mi vida. Ante sus palabras coléricas, toda mi energía cayó de los hombros. Estaba desconocida y sin vergüenza. La chica a quien habíamos violado Chedu, Jyon­ gpyo, Sokpil y yo, lloró y avisó a sus padres lo que le había sucedido. Cuando Chongji me dijo esto, tenía ganas de ma­ tarla. Pero, diferente de lo que pensaba, de mi boca salían gemidos y palabras suplicantes. «Chongji, ¿para esto hemos venido acá?» «Si hubiéramos vivido en Corea, habríamos sido más desgraciados. Estoy segura de que nuestros padres han vivido más manchados que yo», gritó fuerte. Ella cambió mucho después de leer el diario de mamá. No había ninguna medicina para curar la profunda herida en el corazón de una chica. Por ser su cómplice, sufrí mucho ante aquel cambio radical. Me arrepentí de haberlo leído juntos. Pero, ¿qué hacer? Era una flecha ya lanzada. Después de leer 15 el diario, nos dimos cuenta de que estábamos en un pantano de donde no podíamos salir. Desde ese momento nunca ha­ blamos del diario. No había necesidad de mencionarlo por- . que todas las palabras de este se habían introducido y enrai­ zado en nuestro cuerpo. Nuestro problema era el contenido de ese diario. Lo habíamos leído a escondidas tratando de comprender a mamá, porque estábamos asustados ante su repentino cam­ bio después de su llegada a Estados Unidos. Al principio pen­ samos que era una simple depresión causada por el cambio de ambiente y no le prestamos atención. Pero su mal se agrava­ ba. Hasta después de más de tres años ella seguía deprimida con el rostro abobado. Ni siquiera pronunció las palabras in­ glesas que había practicado con nosotros en Corea. Solo nos hablaba lo necesario. No opinaba ni se metía en los asuntos de otras personas. En Corea había sido una mujer dinámica, correteaba por aquí y por allá para sostenernos; pero en Es­ tados Unidos quedó apachurrada como un globo desinflado y como un saco de arroz vacío. A propósito la tratamos con du­ reza algunas veces, y con ternura y súplica otras. Pero nada. Ella seguía igual. «Se le pegó el espíritu de Abe», comentó mi hermano me­ nor, que estudiaba en Middle School. Todos fingimos no haberlo oído. Abe era un tabú. Nadie pronunciaba su nombre. Mi tía, que había ido al aeropuerto a recibirnos, tampoco nos preguntó por él. Quizás en la carta de invitación que nos había mandado no mencionaba a Abe. En fin, todos sabíamos de sobra que esa depresión tenía que ver con Abe, pero nadie quería hablar del asunto. El comen­ tario del menor, que se le había pegado el espíritu de Abe, nos afectó a todos. Sin embargo, el dolor duró un momento. Pronto negamos con la cabeza. Nuestro orgullo no nos permi­ tía admitir que mamá quedara así por Abe. 16 Nunca habíamos pensado que Abe fuera un ser humano igual a nosotros. Aunque sabíamos que Abe había nacido en nuestra casa, nunca lo consideramos como un hermano. Para nosotros Abe era un animal inútil. Exacto. Un animal inútil. Era un ser más pesado y más asqueroso que un perro. · Mis hermanos y yo, desde que nacimos, hemos crecido viendo a Abe. Aún siendo niños, lo juzgamos como un animal sucio. Mis padres buscaron lugares a donde encargar ese animal, y algunas veces lo lograban. Pero la mayoría de los centros de rehabilitación para los enfermos de retardo mental negaba aceptarlo, o aunque lo aceptaban, nos llamaban después de pocos días para devolvérnoslo. Para estar allí se requería por lo menos un Coeficiente Intelectual de 20 puntos. Esos cen­ tros aceptaban a enfermos de retardo mental de seis a diecio­ cho años, y los educaban internándolos. Algunos exigían el examen de Coeficiente Intelectual y solo permitían el ingre­ so a los que alcanzaban más de 40 puntos. Pero Abe era un ser a quien no podíamos someter a la prueba de Coeficiente Intelectual. Era peor que cualquier idiota. Cuando salimos de Corea él tenía veintiséis años y lo único que podía hablar era «abe», apenas dos sílabas y con mucho esfuerzo. Con sus veintiséis años lo pronunciaba moviendo todo el cuerpo gro­ tescamente: abría la boca con mucha dificultad, torcía su cara y emitía: «A ... a .. be ... ». Esa palabra era toda su comunicación. No sabía usar el baño, ni podía caminar porque no tenía equi­ librio. Vivía apestando en un rincón del cuarto. Por Abe, el ambiente de mi casa siempre estaba sombrío y desolado. La pobreza no era la única causa para que en la escuela me cali­ ficaran de niño problemático. El ambiente asfixiante de la casa por la presencia de Abe me estaba enloqueciendo. Des­ pués de violar a esa chica, como justificación, culpaba a Abe. Lo único que funcionaba normal en él era su sexo. Desde pe­ queño, cuando veía a mujeres, fuera mi madre o mi herma- 17 na, se acurrucaba y se masturbaba. Desde que lo encontré pegado al cuerpo de Chongji, que apenas tenía cinco años, ya no lo vi como un ser humano. Estaba convencido de que mi familia no tenía porqué sen­ tirse culpable de haber abandonado en Corea a un ser infe­ rior. Por eso ninguno de nosotros podía comprender a mamá que sufría y se convertía en una idiota debido a un animal. Estando así, un día Chongji encontró un cuaderno viejo en el fondo del baúl de mi madre. Ella y yo, apaciguando nues­ tra respiración, en un instante leímos todo el diario. Luego lo devolvimos a su sitio. El secreto que supimos era que Abe no tenía la sangre de mi padre. Era de otro hombre anterior a él. ¡Persona de más! Esta terrible verdad quizás nos alivió del sentimiento de cul­ pa por haberlo abandonado en Corea. Pero el resultado fue al revés, desde ese momento Chongji y yo empezamos a pensar más en él. -¡Hola, Gino Kim! Habría estado caminando muy lento porque ni bien llega­ ba al centro Tom me llamó. En el campamento de entrena­ miento le había prometido llevarlo a Seúl en la primera sali­ da. La noche anterior él me hizo recordar la promesa en el Club de Soldados. «0.K» fue mi respuesta; pero hoy había salido sin avisarle. No tenía ningún problema para cumplir la promesa. Simplemente no quise hacerlo. Quizás quería vengarme de su raza por la humillación que sentía hasta ese momento. Tom era mi amigo, tenía veintiún años, un año menor que yo, y su tamaño era doble al mío. Era de Atlanta y tenía una pronunciación clara. Interrumpiendo sus estudios en la Universidad Harvard, se alistó de voluntario para ve­ nir a Corea, uh lugar muy lejano y desconocido. Seguro que Tom habría venido a Corea con algún objetivo. Durante casi cuatro años de mi estadía en Estados Unidos, me di cuenta 18 de que allí había dos tipos de ciudadanos: Los de la clase alta eran los típicos estadounidenses, puritanos perfectos que se merecían ser ciudadanos de un país superpoderoso. Los de la clase baja eran vulgares, corrientes, liberales, inmorales, vio­ lentos y sinvergüenzas. Tom era del primer grupo. Parecía que no tenía ningún prejuicio racial; pero era difícil saber si esa actitud era de su sentimiento de superioridad o no. Tom, desde el primer momento, fue muy cariñoso conmigo. Quería saber mucho sobre Corea, a donde estábamos destinados. Ge­ neralmente, los estadounidenses no sabían nada de Corea o, aunque tuvieran algún conocimiento, este era muy deficien­ te y distorsionado. El primer día que me conoció, me saludó: «¡Hola, chino!» Todos los orientales con cara ancha eran chi­ nos para ellos. No distinguían y consideraban iguales la cul­ tura china y la coreana. Le interesaba la escritura coreana, pero mostraba mucho interés por los caracteres chinos, es­ critura basada en la pintura. Lo que me daba más cólera era la imagen que ellos tenían de Japón. La mayor parte de los soldados tenía la ilusión de ir a Japón durante las vacacio­ nes y tener algún recuerdo inolvidable para toda la vida. Cuando hablaban de Corea, casi siempre, la juzgaban como una parte de China o Japón. Por esta razón, cuando hablá­ bamos de Corea con los estadounidenses, nos dábamos cuen­ ta de la importancia del poder de un país. -Corea, tierra de mujeres bellas. Tom gastó una alabanza como muestra de su amistad. Esa idea se la había inculcado su jardinero en sus años infanti­ les. Era un viejo negro que de joven había participado en la Guerra Coreana. Corea, descrita por aquel viejo, era un país bello. Muy natural que un viejo solitario describiera así un país de su juventud, época de sus años de heroísmo. Al fin y al cabo, el pasado es bonito para todos . Pero hay gente para quienes el pasado no es bonito. Este es el caso de mi madre. 19 En cambio, para aquellos que la violaron, Corea era un país hermoso. Escupí al piso. -Kim, ¿estamos yendo a Seúl? Tom se veía muy inteligente y seguro estando entre sus compatriotas de patas largas; pero, entre los coreanos, pare­ cía algo atontado. -Tom, hoy no voy a Seúl. Tengo otro compromiso. Se puso triste como un niño y yo no supe qué hacer con esa cara desilusionada. -Tom, no te preocupes, te haré subir al autobús que va a Seúl. Se puso alegre. Su cara se llenó de curiosidad por ese lu­ gar desconocido. Llegamos al terminal interurbano. Un bus viejo estaba con el motor encendido a punto de partir. Su destino final era un pueblo opuesto a Seúl. Fui a la taquilla y compré el boleto para ese pueblo. -Tom, este autobús te llevará a Seúl. Aquí tienes el bole­ to. Lo compré para ti. Tom, repitiendo muchos Thank you, subió al ómnibus vie­ jo y pequeño con destino al pueblo. -Oye, Tom, Corea es un país bello; disfrútalo -le hablé en voz alta. El ómnibus estaba lleno. El enorme cuerpo de Tom estaba doblado y arqueado entre los pasajeros que apestaban a su­ dor. ¡Qué gran regalo de un amigo! El intenso calor sofocaba más. En la boletería para Seúl había una cola larga. Me coloqué al final de esa cola. La mujer que estaba delante de mí, al sentir que casi me pegaba a ella, volteó y me lanzó una mira­ da de advertencia. Tenía la cabellera larga y suelta, y llevaba una bolsa en el brazo. Era guapa: el rostro y el cuerpo con la belleza oriental. Sus facciones eran delicadas y la piel suave. 20 -Disculpe ... , ¿es aquí donde se compra el ticket para Seoul? -le pregunté con acento inglés. La mujer me examinó de nuevo. Sus ojos, un poco defensi­ vos, eran muy claros. En el pecho de su blusa llevaba la in­ signia de una universidad femenina. Posiblemente estaría sorprendida por mi camisa de cuadros multicolores y mis za­ patos con la parte delantera redondeada, comprados en la tienda dentro del campamento. Me siguió mirando con curio- · sidad. Saqué mi billetera del bolsillo trasero del pantalón, extraje dos billetes de diez mil wones entre un bodoque de billetes que había cambiado en la tienda y se los di. Ella, ha­ ciéndose a un lado, se puso roja. -Es que ... salí de Corea cuando era baby. Hay muchas co­ sas que no sé. Miss, ayúdeme. No sé si con este dinero podrá coro prar mi ticket y su ticket. Vaciló un instante; luego recibió solo un billete. -Espéreme allí al lado de aquel autobús vacío -me habló señalando un lugar. Diferente de su fisonomía, tenía la voz grave. Hice una ve­ nia con la cabeza y me acerqué al ómnibus que me había in­ dicado. Tragué saliva. Ya no soy ese empleado de la tienda del señor Li, sino un soldado estadounidense que vino a ayu­ dar a Corea. -Aquí tiene su ·boleto. El mío lo compré con mi dinero. Con la cara seria me alcanzó el boleto y el cambio. Al reci­ birlos, recordé a la hija del señor Li. Ella también era seria. Había llegado a Estados Unidos cuando tenía diez años; pero no pudo asimilarse a la vida de esa tierra hasta la muerte. Nunca salía de su casa a causa de sus piernas afectadas por la poliomielitis. Su padre decía que había ido a ese país para curar las piernas de su hija. Gastó mucho dinero, pero aún así caminaba cojeando. El señor Li, en el fondo, quería que yo fuera el amigo de su hija. Usaba la táctica de mandarme 21 frecuentemente a su casa por este u otro asunto. Cada vez que iba a su apartamento, la encontraba trabajando con las bolitas. Era su trabajo. «¿No te aburres?». Cuando le preguntaba así, ella siempre me contestaba igual: «Sí, es aburrido este trabajo». Cada vez que miraba de reojo su pequeño pecho, mi corazón se llenaba de un viento triste. Su pecho chato era lo único que me hacía sentir nos­ talgia. De ella percibía todos los lamentos de desilusión y frustración de los que vivían en el extranjero, me sentía as­ fixiado y salía corriendo de su casa. -Me gustaría sentarme al lado de la ventana. Ella se paró a mi lado mostrándome su boleto. Yo ya había subido al ómnibus y sentado según el número que indicaba el boleto. -Muy bien. Me apresuré a levantarme y cederle el asiento. Después de que se sentara, yo támbién hice lo mismo, cuidándome de no pegarme mucho a ella. De mi bolso saqué una cajita de chi­ cle y le ofrecí uno. Hizo una mueca con los labios y la recibió. - ¿Estudia en la universidad? -pregunté echando una mirada a su busto saliente. En vez de responderme, abrió la cajita de chicle y me ofreció uno. - ¿Habla English? Le pregunté en un coreano mal pronunciado. Se puso roja y me contestó: - No, casi nada. La voz era tan baja que era difícil entenderla. - ¿Está de vacations? - Todavía no. Es que vine a la finca de mi tía y ahora estoy volviendo a casa. - ¿Vive en Seoul? - Sí, en el barrio Kajoe-dong. - Kajoe-dong, sí conozco. Mi tía vivió mucho tiempo allí. 22 Mentira tras mentira. Yo era un mentiroso profesional. Mi tía jamás había vivido en Kajoe-dong. Por último, no sabía­ mos que teníamos una tía hasta que entré en la secundaria. Un día, en el barrio de los pobres donde vivíamos, apareció una mujer con mucho maquillaje y en un vestido muy llama­ tivo. Mi padre, cuando la vio, gritó: «¡Suncha!» «¡Hermano!», fue la respuesta de ella. Aquella escena dramática del reen­ cuentro de los hermanos después de 17 años fue un mar de lágrimas. Los dos únicos sobrevivientes de la familia actua­ ron llorando, riendo y recordando el escenario trágico causado por la Guerra Coreana. Pero nosotros, que éramos el públi­ co, nos quedamos perplejos por el llanto infantil de mi padre y por el aspecto sospechoso de la mujer. Pero el teatro trági­ co fue interrumpido. Abe, que entonces tenía veintidós años, agarrando la cintura de la tía, empezó a hacer ese movimiento raro de cópula. La tía, asustada, lo empujó. Nosotros nos ma­ tamos de risa ante esa comedia. Chingu le puso la soga al cuello y lo llevó al cuarto. «A ... a ... be ... », allí le pegó. Mi ma­ dre corrio al cuarto. «Ese es mi hijo mayor», le dijo mi padre señalando el cuarto con su mandíbula. Después de ese día mi tía venía a casa a cada momento. La casa se llenó de cosas y galletas estadounidenses. Antes de ir a Estados Unidos, ella convivió con tres: un blanco y dos negros . El que se casó con ella y la llevó a Estados Unidos fue un sargento negro y vie­ jo. Ese vino a casa unas tres o cuatro veces. Trataba muy bien a mi tía. «Es que, fíjate, este chico quiere casarse conmigo, llevarme a Estados Unidos y vivir juntos hasta la muerte». Mi tía lo llamaba «chico». Cuando llegaba el negro, mi madre no sabía qué hacer: entraba al cuarto o se iba a la casa vecina. Abe también tenía miedo del negro y no salía del cuarto. -¿Hace tiempo que se fue a Estados Unidos? -me pre­ guntó. El ómnibus corría por la vía asfaltada al lado de la base militar estadounidense. 23 -¿Quién? ¿Mi tía? Ella negó con un leve movimiento de su cabeza y me seña­ ló con su mentón. -¡Ah, me! Soy Chinjo Kim o Kim Chinjo. Tenía nueve años cuando fui a U. S.A. -Pero habla muy bien el coreano. Era audaz; me miró de arriba hacia abajo. -Yo estudié coreano en U.S.A. Era number one en la es­ cuela coreana. Me miró con sorpresa. Sus ojos se agrandaron. -Interrumpí mis estudios en la Universidad Harvard para venir a Corea. -Ah, ¿sí? ¿Cuál era su especialidad? -Femenismo coreano. -¡Qué bromista! -No es broma. En los estudios de Asia Continental, que es mi especialidad, hay estudios sobre las mujeres de Corea. La mujer oriental, beautiful como usted. -Usted me está echando un piropo. Se puso roja y se rio. -¿Va a quedarse bastante tiempo en Corea? ¿Un año? ¿Dos - ? anos .... -Un año. Pero, si no encuentro a la persona que busco, puedo prorrogar mi estadía. Debo encontrar a esa persona. -¿Quién es esa persona que busca tanto usted? -me pre- guntó poniéndose un poco roja. -A ver, adivine usted, Miss ... -Pak. -Miss Pak, ¿quiere saber a quién busco? -Sí, quiero saber. -A ver, adivine. Puso su mano en los labios, inclinó un poco su cabeza y pensó un rato. 24 -¿No será su amiga del jardín de infancia? La que se sen­ taba a su lado. Me habló con mucha confianza. Serio. El falso universita­ rio de Harvard estaba feliz. Pero, en el fondo, me sentía algo vacío. -No, no asistí aljardín.Aquel entonces mi familia era muy pobre. Eramos pobres. Mi padre no era hábil. Pasamos los crudos inviernos sin ropa interior larga. Mis hermanos y yo pensá­ bamos que todo era por culpa de Abe. Cuando mis padres salían de la casa, le quitábamos la comida, no le dábamos agua, le amarrábamos el cuello con la soga y lo atábamos en la puerta. Abe era un idiota que ni siquiera sabía desatar la soga. -Entonces, ¿su compañera del Primer Año de la Prima­ ria? -Mi compañera del Primer Año ya se murió. Cojeab~ por la poliomielitis, sabía ensartar las bolitas con hilo y siempre lloraba añorando su tierra natal. La cara pálida de la hija del señor Li se sonrojó cuando le dije que venía a Corea. Las bolitas cayeron por el suelo y ro­ daron. Cuando le extendí mi mano después de recogerlas, ella las agarró. Su mano estaba caliente. Puse mis labios en su mejilla temblorosa. Al sentirla también me asusté y me alejé de ella. -¡Qué fresco! Afuera llovía. Era un chubasco repentino. El paisaje del campo pasó lentamente bajo la lluvia. A medida que la lluvia caía a torrentes, el limpiaparabrisas de la ventana delantera del ómnibus se movía más rápido. Desde la ventana del te­ cho, abierta para la circulación del aire, caían algunas gotas. Aquel verano de la inundación quise eliminar a Abe. Por la lluvia torrencial de todo el día el dique del pueblo comenzó a 25 derrumbarse. La gente que vivía en la parte baja del dique se trasladaba desesperada hacia la parte alta. Mi familia tam­ bién alistó los bultos y se trasladó a la escuela primaria, y yo fui el último en llegar con mi carga a la escuela. No está Abe, le dije a mi mamá. Mis padres, asustados, corrieron hacia fuera. Después de un rato volvieron desilusionados. No está Abe. Vayamos a buscarlo todos, -dijo mi padre. La lluvia cayó más fuerte. Se derrumbó totalmente el dique. La gente gritaba. Me reía silenciosamente. Había encerrado a Abe en un cuarto de la casa vecina de la esquina, que había sido eva­ cuada antes. Mi madre lo esperó toda la noche afuera. Esta­ ba totalmente mojada. Echado en el piso del salón de clase, cerré los ojos; pero no pude dormir. No soporté más, salí y le confesé lo que había hecho. Mi mamá quiso ir allí pero mi padre la detuvo. Al día siguiente escampó. Toda mi familia fue de madrugada a nuestro barrio. El agua se había llevado las casas de adobe. Mi mamá anduvo desesperada por donde habían estado las casas sepultadas por el río. No había nin­ gún rastro. Sin embargo, esa tarde lo encontramos en la co­ misaría de la loma. ¡A ... be ... ! Lloriqueó acurrucado en el pe­ cho de mamá. Tenía veintiún años. Dicen que los que más sufren tienen longevidad, comentaban los vecinos con com­ pasión. -Señor Kim, ¿es hombre o mujer a quien usted busca? Después del chubasco, el sol entró de nuevo por la ventani- lla. Miss Pak corrio la cortina y me preguntó. ¿Hombre o mujer? - A ver, adivine primero eso. Serio moviendo ligeramente su cabeza en forma negativa. - Es su tarea. Le daré tiempo hasta el sábado de la próxi- ma semana cuando nos veamos en Seúl. - Ay, no. Desviando la mirada, alzó la mano como si quisiera pegar mi hombro. Luego la bajó. Me imaginé haciendo el amor con 26 ella. Por mi mente pasó su cuerpo desnudo. Sacudí la cabeza y desapareció la escena. El cuerpo desnudo era de Chongji. - De verdad, ¿va a ir a Seúl la semana entrante? - me preguntó riéndose. El autobús subía una colina en las afueras de Seúl. Mi co- razón comenzó a acelerar su ritmo. - Iré para ver a Miss Pak. - Hoy le invitaré un café de bienvenida a la patria. Meneé la cabeza negativamente. El centro de Seúl, visto desde la colina, estaba cubierto de una nube contaminada. Me inquieté. Me di cuenta de que mi sentimiento de superio­ ridad a la salida del campamento se había arruinado total­ mente por mi conversación pedante con Miss Pak. Empezó a mortificarme el sentimiento de inferioridad por mi estatura que llegaba solo al axila de los grandotes. Por mi mente pa­ saron los rostros de Chedu, Jyongpyo y Socpil. Le mostré mi brazo con una cicatriz larga de cuchillo y la huella de que­ madura por dos cigarros al final de esa cicatriz. -Le explicaré cuando nos veamos otra vez -le hablé se­ ñalándolas. Ella se asustó. El ómnibus estaba por llegar a la parada final. Apresurada, rompió un pedazo de su libreta de apuntes, escribió su nombre y número de teléfono, y me lo entregó. Lo metí en el bolsillo, me bajé y formé parte de la multitud de transeúntes de la calle. No volteé la cabeza. El ómnibus urbano con destino al barrio montañoso donde habíamos vivido estaba lleno como cuatro años atrás. Allí en medio de la gente que apestaba a sudor, recién pude sentir que estaba en Corea. El barrio seguía igual, excepto unos altos y nuevos edifi­ cios: las calles angostas y las casuchas como caparazones de cangrejo amontonadas. Pero había más antenas de televisión que antes. Caminé por el mercado con la cabeza gacha. Tenía miedo de ver a los conocidos. Al lado del cine había un nuevo 27 hotel bastante limpio. Delante del hotel, un letrero con un mapa turístico con los nombres de los templos en la montaña detrás del barrio. También figuraba Aguas Medicinales de Chonsu. La montaña, un lugar de reunión, se había converti­ do en un lugar turístico. Todas las ventanas del hotel estaban protegidas con telas metálicas contra los zancudos. Me recibieron con mucha ama­ bilidad y hasta me dieron un ventilador. No andaría bien el negocio. El muchacho, de unos diecisiete años, mi edad de ese entonces, trajo al cuarto el registro de alojamiento. Es­ cribí con fea caligrafía el nombre de mi división en alfabeto latino. Pero mi nombre lo escribí en coreano: Kim Chinjo. -¿Qué es esto? -preguntó mirando sorprendido por los datos en inglés. «Denunciando a los espías escondidos, nosotros recibire­ mos el premio, ellos recibirán la luz». Decía así el papel pe­ gado al lado de la tarifa del hotel. -Chico, no te preocupes. No soy espía. Le alcancé cinco billetes de mil wones. -Oye, ¿puedes hacerme un favor? El chico huraño me trajo un papel. Allí dibujé el croquis de las casas de Chedu, Jyongpyo y Socpil y le expliqué más de­ talles. -Mira, si no están en casa, deja el recado de que vengan acá cuando vuelvan. Estos dos, como sus casas eran de alqui­ ler, quizás se habrían mudado. Si es posible, averigua tam­ bién a dónde se mudaron. ¿Necesitas más dinero? -No, no. Negó moviendo sus dos manos. Después de diez minutos de su salida, me rodearon varios hombres. Estaba volviendo a mi cuarto después de ducharme en el baño común. Eran unos hombres en ropa civil y detrás de ellos tres hombres en uni­ forme. Me llevaron a mi cuarto. Saqué mi carné de identidad. 28 -Disculpe. Perdón. Es que estamos en alerta por varios robos. Respiré profundamente. Por suerte no había ningún ros­ tro conocido. Me acordé de la cárcel del puesto policial que frecuentábamos. Saqué del maletín una cajetilla de cigarri­ llos Winston y se la di. Se fueron. El dueño y el muchacho me devolvieron los cinco mil wones. -Oye, chico, no es tu culpa -hablé con gentileza. -Señor, localizaré a sus amigos y se los traeré -dijo el muchacho con la cabeza gacha. «Okey», me estiré y me eché en el piso. Mirando el techo empapelado, pensé: Bien. Desde aquí em­ piezo. No sabía qué era lo que iba a hacer, pero pensaba des­ de hacía tiempo que debía hacerlo, para mi madre que es una muerta en vida y para la hija dél señor Li cuyo pecho plano me daba pena. Por ellas debo ser una persona útil. ¡Cuánto tiempo ansiaba que de mi cuerpo brotara una fuen­ te o una energía que pudiera darles la vida! Sin embargo, cada vez que lo deseaba, sentía que yo no tenía fuerzas, peor que ellas. Mi frustración crecía en mi cuerpo como un cáncer cuando me daba cuenta de que no podía llevar una vida ideal en ese país gigante llamado Estados Unidos. Eso se debía a la falta de comunicación por el idioma con el que me había chocado en la puerta de ese país a donde había llegado de inmigrante a los dieciocho años. Traté al máximo de asimi­ larme a la vida de allí. Me encantó la estructura de esa so­ ciedad donde no había distinción entre un trabajo y otro, y donde se ganaba tal como se trabajaba. En este sentido, Es­ tados Unidos era una utopía. Antes de alistarme en el ejérci­ to para venir a Corea, trabajé en la gasolinera, en el lavaca­ rros, en la pescadería y verdulería de los coreanos. Los egre­ sados de las universidades coreanas trabajaron conmigo. El señor Li era un ex profesor de una universidad coreana. To- 29 dos ellos pensaban que su modo de vivir era correcto. No que­ rían pensar en otros valores, excepto en el valor material. No admitían que su vida sirviera para algo. Poco a poco em­ pecé a odiar la vida nada creativa de la gente común de Esta­ dos Unidos. Llevé a mi madre a la iglesia coreana. Allí, ellos, dando golpes al piso de madera, lloraban de arrepentimien­ to. Así se salvaban. No. No estaban salvados sino pensaban que estaban salvados. El predicador rezó por mi madre. Pero su rezo no salvó su alma. Dijo que le daba la bienvenida por­ que ella era un nuevo miembro de su templo. Mi madre, acom­ pañada de mi padre, fue cinco veces más a la iglesia. Des­ pués ya no. Nada pudo salvarla. «Hijos, vayamos a la iglesia», decía mi papá solamente a nosotros. En Corea él no era cristiano. Él y Chongji se ha­ bían adaptado mejor a la vida estadounidense. Al llegar a Estados Unidos, mi padre cambió totalmente. Todo lo de allí le parecía bien. Mi madre perdió toda esa vitalidad que había tenido en Corea y se convirtió en una persona casi muerta; en cambio mi padre vivía con dinamismo. Cuando él estaba en Corea era un típico desocupado. Ningún trabajo le gustaba. Él se daba cuenta de eso. Él no había nacido para vivir en Corea; sin embargo, él era un intelectual. Cuando estalló la Guerra Coreana, era universitario. Yo pensaba que su manera de vivir sin energía y un poco fuera de la realidad se debía a su carácter pensativo, característica de los letrados. Trabajó en múltiples oficios, pero siempre los dejaba después de unos meses. Claro que habría hecho todo lo posible para aguantar pensando en sus hijos. Pero sus esfuerzos habían sido inúti­ les. Cuando dejaba de trabajar, meses enteros se quedaba en casa. Entonces, el pequeño espacio de nuestra pobre casa quedaba más reducido. Su gigantesco cuerpo, tendido en el piso, llenaba el espacio del cuarto, y a su lado dormía Abe 30 con su boca abierta y apestosa. Abe quería tanto a papá como a mamá. Mi padre lo trataba muy bien. De vez en cuando ju­ gaba con él, que tenía más de veinticinco años. En mi casa hay dos inválidos, decía así sin escrúpulos a mis amigos. Mi padre a veces trabajaba de obrero en alguna obra; pero su enorme cuerpo y sus lentes gruesos no le ayu­ daban en ese oficio. Los que le daban trabajo simplemente lo trataban como un obrero o ya no le daban más trabajo di­ ciendo que él no había nacido para esas labores. Mi madre, que trabajaba de cobradora de la Compañía de Seguros, no lo dejó ir a trabajar de obrero. Desde el momento que llegó el documento de garante y la carta de invitación de mi tía de Estados Unidos, él comenzó a cambiar. «Vamos», le habló emocionado a mi madre, quien volvía de su trabajo, y le mostró la carta de invitación. Cuan­ do ya estuvo casi seguro de nuestra inmigración, empezó a aprender inglés y también tomó el curso intensivo de Técni­ ca de Soldadura en un instituto de Chonggyechon. Quiso aprender todas las actividades .calificadas de útiles en Esta­ dos Unidos. Fue a la academia de Taekwondo para aprender defensa personal. Me daba pena verlo sufrir por el dolor y no poder dormir después de volver de la academia. Él tenía casi cincuenta años. Quería aprender hasta el manejo de carros. Estaba más animado que los hijos. Estados Unidos le corres­ pondió a esas expectativas. Trabajó de barredor en un hospi­ tal grande. No se sentía mal ni raro en ese oficio, y trabajó a gusto. Con mucha alegría entregaba a mi madre ciento treinta dólares, su ganancia de una semana. Estaba contento consi­ go mismo por ganar esa cantidad con su propia mano. Más tarde trabajó de guardián nocturno del hospital, lo que signi­ ficaba dieciséis horas de trabajo al día. Se adelgazó un poco, pero estaba de buen ánimo. Mi madre era el problema. 31 «Hermano, llevémosla al sanatorio». Algunas veces mi tía así le sugería. Pero él se negó. Desde el primer momento no mostró mucha preocupación ante la total apatía de mima­ dre. Simplemente la contemplaba silencioso. «Aquí los esposos deben trabajar juntos». Mi tía habló en tono de reproche esperando que la oyera mi madre. Ella se había divorciado del negro viejo y vivía ahora sola. Tenía una tienda de pelucas con un socio coreano. «Chinjo y yo gana­ mos. Con eso podemos vivir sin problemas». Mi padre prote­ gió a mi madre. «Pero ella no era así en Corea, ¿no? Y, ¿qué le pasa aquí?». «Es una enfermedad que requiere mucho tiempo», le res­ pondió sin dar importancia a su preocupación y luego salió. Mi madre quedó parada junto a la ventana mirando el cielo infinito. «Hijos, cuiden a mamá», nos decía en el momento que salía a trabajar. Él nos la encargaba. Cuando nos acordábamos de ella, nos fijábamos dónde estaba y qué hacía, para no ser cóm­ plices de su suicidio. Ella, generalmente, yacía echada en el piso del apartamento; pero, a veces, sentada en la banca de­ bajo del apartamento, miraba distraída a desagradables vie­ jos. Estos se le acercaban porque ella todavía era bonita y esbelta. Entonces, mi madre se levantaba súbitamente y en~ traba a casa. Otra cosa que nos sorprendió fueron sus lágrimas. En Co­ rea jamás la habíamos visto llorar. El día cuando yo encerré a Abe, ella esperó afuera toda la noche a pesar de la lluvia; pero no lloró. Sin embargo, apenas llegando al aeropuerto de Estados Unidos, empezó a llorar, abrazando a mi tía. «Mira, me estás dando vergüenza. Aquí la gente no llora a gritos», la regañó mi tía. «Déjala llorar», abogó mi padre. «Se acostumbra mal». Mi terca tía no perdonó su llanto. «Mamá, no llores. ¡Qué vergüenza!», dijo Chongji. Era partidaria de 32 mi tía. Desde ese momento ella ya no lloró en voz alta; pero sus ojos siempre estaban llenos de lágrimas. «Mira, esto ya es demasiado», -mi padre le dijo una vez. «Mami, ya no llores. Nos alocas». «Mamá, ¿acaso nosotros no somos tus hijos?» Chingu, que generalmente era callado, no le perdonó las lágrimas. Cuando expresábamos nuestro des- · contento, ella lloraba abrazando a uno de nosotros. Así era mamá. Cuando volvíamos alegres a casa, por ella nos ponía­ mos melancólicos. Abe ... era por Abe. Entonces, recordába­ mos la tierra que habíamos abandonado. Veíamos el espacio vacío de la casa de barro, arrasada por la lluvia, y el barrio montañoso a donde subíamos jadeantes apenas bajándonos del bus lleno de gente. El corazón se nos arrugaba. «Quieres volver a Corea, ¿no?», preguntó Chingu a Chon­ gji. «Ni que fuera una loca. Para mí, pensar en eso es morir­ me». «Pero ... ». «Eres muy sentimental. Somos ciudadanos es­ tadounidenses. Cuidado con volverte como mamá». Chongji regañó a Chingu y cambió el canal del televisor. En la panta­ lla una madre enseñaba a la hija cómo usar el preservativo. Era una propaganda. Luego pasó una escena de sexo. -Señor, ¿está dormido? Ya estaba oscuro. El muchacho me habló; encendiendo la luz del cuarto, me habló. -Dicen que el señor Chedu se mudó hace tiempo. Jyongp­ yo todavía vive allí, pero fue al servicio militar el año pasado. -¿Y Yong Socpil? -Ah, este señor se mudó al barrio que está abajo. Fui a su casa. Me dijeron que todavía no volvía de la comisaría. -¿Comisaría? -Es que ... está cumpliendo el servicio militar. En vez de ir al campamento está allí como parte de la fuerza de defen­ sa. Dije que, cuando volviera, viniera acá. 33 Reconocí que cuatro años no era poco tiempo. El muchacho estaba en la puerta, alegre de haber cumplido conmigo. En él veía mi cara de hacía cuatro años. -Bien. Gracias. Oye, ¿puedes pedir alguna comida para mí? También pide para ti. -¿Qué desea comer? ¿Comida coreana, japonesa o china? -¿Se vende ramén, el fideo instantáneo? -¿Qué? ¿El fideo instantáneo? La sorpresa del muchacho me hizo reír. Cuando mi mamá llegaba tarde por andar cobrando el pago mensual del segu­ ro, siempre preparábamos ramén. AAbe también le gustaba ramén. Nosotros nunca hacíamos la porción de él. Mi padre le daba la mitad de su porción. -Señor, pidamos arroz con fideo al restaurante chino. Sir­ ve buena cantidad y es rico. -Bueno, pide ese plato y el fideo para mí. A mí me encan­ ta el fideo. El muchacho se fue rascando la cabeza. Abrí mi pequeño maletín con que había salido del campa~ mento. Desde el fondo saqué el cuaderno doblado. Era de m~ madre. Lo traje de Estados Unidos sin avisar a Chongji. Era la primera vez que lo abría después de haberlo leído con Chon­ gji. La escritura, por haber escrito ella en secreto y en dife­ rentes fechas, no era nítida; pero la composición era fluida, lo cual mostraba su nivel académico. · 2 D OS MESES ANTES de que estallara la Guerra Corea­ na el 25 de junio de 1950, me casé en abril con el se­ ñor Changbe Choe. Yo tenía veintiún años y, desde que terminé la Secundaria, estaba enseñando en una escuela primaria particular que tenía que ver con mi difunto padre. Mi tía materna me presentó a Changbe, un universitario que vivía de huésped en su casa del barrio Kajuedong. Un día, cuando fui a visitarla, los padres de Changbe que habían lle­ gado a visitar a su hijo me habían visto, y entonces pidieron a mi tía que me relacionara con su hijo. Sus padres apresura­ ron nuestro matrimonio porque les caí muy bien y con ansias esperaban los nietos. Es que Changbe era hijo único. En esa familia, durante cuatro generaciones, solo habían tenido un hijo en cada generación. Por parte de mi familia, como mi hermano quería casarme antes de que se agravara la salud de mi madre viuda, también les hicieron caso. Faltando unos días de la ceremonia nupcial, Changbe me pidió que acepta­ ra dos condiciones: dejar de trabajar y vivir un año en la casa de sus padres hasta que él terminara sus estudios en la uni­ versidad. Aquel entonces, ese tipo de condiciones no era raro; sin embargo, como no me gustó, me enfadé con mi madre. Hija, la mujer, desde que se casa, pertenece a la familia de su espo­ so. Me dijo, además, que la mujer decente debía obedecer a su esposo al pie de la letra. Estaba triste, pero tenía que presen­ tar la renuncia a la escuela. Una docena de amigos de Chong- 35 be, compañeros de clase de la Universidad Nacional de Seúl, trajeron el cajón de regalos de su familia y fastidiaron a mi hermano y a mis parientes pidiendo que les brindaran bebi­ da y comida. Mi madre, feliz al ver a los amigos de su yerno en uniforme universitario, les sirvió bebidas hasta las altas horas de la noche. La boda se realizó en Seúl. ¡Qué pareja ideal! Bajo la bendición, envidia y felicitaciones de los invi­ tados pasamos la primera noche en Seúl. -Solamente un año, por favor. .. Durante el viaje en tren hacia su casa, me repitió lo que había dicho en la noche anterior. Me pidió que hiciera un gran sacrificio por un año. En ese momento yo ya estaba decidida obedecerle en todo aunque fueran muchos años en vez de uno. Agarré fuerte su mano. El pueblo de Changbe era Semcol (Valle de la Fuente), a unos 1 O km del río de la ciudad de Chunchon. Era un pueblo rico con grandes campos de cultivo. El paisaje era hermoso por sus montañas y el río. Su padre, que era el vicegoberna­ dor del pueblo, se dedicaba totalmente a la agricultura. Era tan joven y robusto que parecía ser el hermano mayor de Changbe. La tercera parte del arrozal y del campo de cultivo de Semcol les pertenecía. Por ser una familia de hijos únicos desde sus tatarabuelos no tenían parientes; pero su padre era tan bondadoso que nadie lo criticaba a pesar de tener tanto terreno de cultivo. Cuando nos ofrecieron una fiesta por el matrimonio durante tres días, llegaron a felicitarnos desde otros pueblos. Pasé una semana con mi esposo y nos comprometimos a vi­ vir juntos hasta la muerte. Todo me parecía un sueño: Mi es­ poso era un estudiante de Derecho con futuro asegurado y mis jóvenes suegros me trataban muy bien. El aire de Semcol y el corazón de la gente de allí eran tan buenos que sin mucha tristeza me despedí de él. Changbe volvió a Seúl. Estaba deci- 36 dido a aprobar el examen de juez antes de graduarse, y mis suegros también le dijeron severamente que no debía volver a casa antes de las vacaciones de verano. Después de su salida, · viví tratando de ser una esposa y nuera ejemplar, y apren­ diendo las costumbres de mi nueva familia. Procuré superar la añoranza de mi madre, la familia de mi hermano y mis estudiantes de la escuela. La gran casa estaba dividida en dos ambientes: uno gran­ de de más de diez habitaciones, donde vivíamos mis suegros y yo; y otro pequeño, al lado de la puerta, donde vivía lapa­ reja Shim, que nos ayudaba en todo. Ellos tenían una niña. Eran tan buenos que no me incomodaba vivir en la misma casa. Mi suegra no me dejaba trabajar en la cocina. -Mira, no te tengo aquí para que seas nuestra cocinera. Era mayor que mi suegro por dos años. Tenía 49 años pero parecía tan joven que se confundía con una recién casada. Cuando se peinaba echando aceite fino a su cabello negro y se ponía un vestido elegante, cualquiera le atribuía solo unos treinta años. Aunque había dado a luz un solo hijo, lo cual pudo ser causa de tristeza, era extrovertida y de un criterio amplio. Mi suegro, a pesar de que había estudiado en Japón, sabía de agricultura y trabajaba en el campo, igual que los obreros. Era muy laborioso y fuerte. -Señor, ayúdeme por favor -le llamó el señor Shim des­ pués de gastar el tiempo en vano tratando de cambiar la pie­ dra de la escalera. -¡Hombre! ¿Tantas veces he dicho: Llámame tío, y de nue­ vo me llamas: Señor? Soy tu tío -le contestó mi suegro y alzó una piedra pesada al aire. Cuando llevaba el almuerzo al arrozal para los obreros, él prefería quedarse a comer con ellos. 37 Me daba vergüenza no poder levantarme temprano como ellos. Era primavera y no había necesidad de calentar las ha­ bitaciones; sin embargo, mi suegro se levantaba en la madru­ gada y calentaba mi cuarto. Decía que la humedad del cuarto no era buena para la salud. Cuando me despertaba, los rayos solares ya entraban al cuarto por la ventana. Entonces, yo, por vergüenza, no podía salir inmediatamente. Mi suegro ya no estaba en casa, y mi suegra, al notar que estaba despierta, decía: -Hija, voy a visitar a los del otro barrio. Ni bien le respondía, salía de la casa. En la cocina me es­ peraba la mesa tapada con un mantel. La esposa de Shim, a quien llamábamos Señora de Kangnung, desayunaba conmi­ go. Entonces, todo el día andaba avergonzada. -Señora, ¿quiere ir a recoger hierbas comestibles? La primavera estaba ya por terminar, pero en el valle Pom­ baui, al otro lado de la montaña, que estaba detrás de la casa, había raíces y hierbas comestibles como el helecho. El rocío mojaba nuestras piernas; pero nosotras, absortas en la reco­ lección, no nos dimos cuenta del transcurso del tiempo. Sería ya el mediodía, la hora del almuerzo, porque sentí el vacío en el estómago y algo de náusea. Recogí una hierba y la mas­ tiqué. Pero el sabor fragante y delicioso me pareció desagra­ dable ese día. Quise vomitar, pero no pude. -¡Dios mío! Señora, ¿desde cuándo siente náuseas? -me preguntó sorprendida la señora de Kangnung. Sus ojos se agrandaron. -Desde hace unos días tengo este síntoma. Al oír eso, dejó la canasta de hierbas a un lado, y corrió abajo. Sola en la montaña, me puse roja. Sentí algo caliente en el corazón. Mi suegra solía invitar a su cuarto a Juasun, hija de tres años de los esposos Shim. Y, cuando la cuidaba, me echaba miradas de reojo. Quería saber si ya estaba emba- 38 razada o no. Cada vez que sentía su mirada, se aceleraba el ritmo de mi corazón. Pensé que el mayor delito de una nuera en la familia donde no había hijos era no dar a luz. Cuando bajé de la montaña, mi suegra venía a recibirme a la entrada del pueblo donde estaba la casa de indumentarias funerarias. Tomó mi canasta y agarró mi mano. - Hija, tus manos están frías. Ahora no estás sola. Cuida­ do con tu salud. Caminó apresurada delante de mí. Decía que, cuando ella estaba embarazada, jamás salía de la casa ni cargaba algo en la cabeza. Me repitió varias veces que ya no debía salir. Cuando entramos a la casa, mi suegro, que estaba de pie en el patio, simulando toser, se fue al jardín de atrás. Al día si­ guiente vino un famoso médico de Chunchon. Mi suegra, usan­ do el carbón fino colgado en la bodega, empezó a hervir la medicina que le había dado el médico. No salí de casa para no ver cosas malas. Alguien murió en el pueblo vecino y mi suegro comunicó a esa familia para que la procesión funeral no pasara frente a la casa. Mi suegra se preocupó por conse­ guir alguna fruta o comida de mi agrado. Tantas atenciones, más bien, me causaron incomodidad. ' En las noches me echaba boca arriba y pensaba en él. Me invadía la tristeza. Tengo tu hijo, le hablé silenciosamente. Te esperaré, aunque sufriendo, hasta las vacaciones de verano. Por fin tengo una criatura dentro de mi cuerpo, que heredará la familia. Estaba feliz. Ponía mis dos manos sobre mi vien­ tre. La emoción de tener una nueva vida en mi cuerpo no me dejaba dormir. No podía creer en esta realidad; iba a ser la madre de una criatura. Las ranas croaban desde el arrozal donde se habían terminado el sembrío y ya crecía el arroz. Luego el desastre. Como la casa estaba cerca del paralelo 38º, veía pasar de vez en cuando camiones del ejército sureño con banderas por la vía al lado del río. El desastre llegó pre- 39 cedido de unos balazos. El mundo cambió rápidamente. Unos soldados nunca vistos antes andaban por todo el pueblo. Eran muchachos de cabeza rapada, de unos dieciocho años, pareci­ dos a los pollitos recién salidos del cascarón. Pero, diferentes de su apariencia dócil, hablaban con acento fuerte. Algunos hombres del pueblo, que hasta el día anterior eran tranqui­ los, tenían unas miradas agresivas y andaban con cinta roja en el brazo. Llegó la noticia de que en el pueblo Changmal (Pueblo del Mercado) el Gobernador de la comunidad, los policías y sus familiares habían sido fusilados. -Huya, señor -el señor Shim, padre de Juasun, sugirió a mi suegro. Él también llevaba una cinta roja en el brazo. -Dime, ¿por qué tengo que huir? No he cometido ningún delito. ¿Acaso tú me vas a llevar a la cárcel? -Es que, señor, no es eso, sino que es mejor que desaparez­ ca por un tiempo ... El señor Shim no concluyó. Estaba vacilante. Mi suegro no se movió. En eso llegaron los de la Oficina de Administración de Changmal. Y cuando lo sacaban de casa a la fuerza, me dijo: -Hija, vuelvo pronto. Cuida tu salud y a tu suegra. Ni él, ni mi suegra ni yo nos preocupamos porque haber si­ do gobernador y tener mucho arrozal no podían ser delitos. -¿Por qué no vendrá mi hijo? Mi suegra estaba preocupada por mi esposo, quien todavía seguía en Seúl. Decían que Seúl ya había sido conquistada y que pronto liberarían Pusan. Deseaba que mi esposo se esca­ para hacia el sur. ¡Qué raro!, me preocupaba más por mi es­ poso que por mi propia madre y la familia de mi hermano. Diariamente lo soñaba sangrando. Posiblemente estaba afec­ tada por la noticia de Changmal, donde habían muerto mu­ chos. Me despertaba empapada de sudor y temblando de 40 miedo. El temor se apoderó de mí. Pero cuando capturaron a mi suegro no había sentido nada. Traté de calmarme pensan­ do que eso afectaría a la criatura en mi vientre. -Señora -dijo el señor Shim, al sacar los sacos de cerea­ les de la bodega. Era una orden. Muchos hombres de cinta roja cargaron los cereales en una carretilla. Nos dijo que sus jefes le habían ordenado que ocupara nuestra pieza botándo­ nos a la pieza donde vivían ellos; pero él no lo hacía por el cariño que nos tenía. -Mi esposo me ha dicho que le avisáramos en cuanto lle­ gara el señorito. Que así no lo castigarían mucho -dijo la señora de Kangnung a mi suegra. -¿Por qué? ¿Qué delito ha cometido mi hijo? -Yo no sé nada, señora. Mi esposo me ha dicho eso. Que el señor está bien tratado gracias a él. Y que si ustedes siguen sus consejos, no tendrán muchos problemas. Los esposos Shim, que antes eran tan buenos, estaban to­ talmente desconocidos. Pero mi suegra seguía igual. Mi suegra no me dejó salir del cuarto de arriba. Ella, de vez en cuando, iba a la Oficina de Changmal para averiguar sobre su esposo. Los de la Oficina le dijeron: -Hay gente que ha visto a su hijo en Chunchon. Si él se presenta pronto, al padre y al hijo vamos a juzgarlos juntos». Era cierto lo que había dicho la esposa de Shim. No podíamos comprender nada, pero teníamos que aguantar todo, calladas como mu­ das. Por el señor Shim la gente del pueblo no nos visitaba. Mi suegra, creyendo que quizás su hijo estaría en Chunchon, dor­ mía en la sala dejando la puerta abierta. Después de unos días mi esposo entró a casa, pero no por la puerta sino por el cerco del jardín detrás de la casa. Nos vi­ mos d~~pués de tres meses, pero yo no tenía fuerzas para llo­ rar. Duo que había ??dido escaparse a otro lugar; pero, pre­ ocupado por la familia, logró volver al pueblo a escondidas. 41 -A tu papá lo ... Lloriqueé, y él me agarró la mano en la oscuridad. -Lo sé todo. Como el objetivo es quitarnos todos los bienes, no le harán nada. Se levantó y dijo que con algunos amigos de Chunchon ha­ bían decidido escaparse a la montaña Palbongsan. -Hijo, ¿qué dices? Mi suegra cogió su mano y lo sentó. Mi esposo dijo que ha­ bía escuchado la radio, que pronto llegaba el ejército de las Naciones Unidas, dentro de pocos días terminaría el reinado de los comunistas, y que ahora era el momento más difícil para los jóvenes; por eso debía escaparse. Tenía razón. -Tu mujer no está sola. -le dijo mi suegra. -¿Qué? ¿Está en ... ? Subió el tono por la emoción. Tapé su boca con mi mano. Él, a tientas, cogió fuerte mi mano. Se me cayeron las lágri­ mas. Me brotó el llanto como si hubiera pasado una des­ gracia. Esa misma noche se fue. No pude encender la luz ni pude verlo claramente. Después de despedirme, metiendo mi cara en la frazada que había traído al casarme, lloré mucho. Al día siguiente, por la tarde, el señor Shim trajo la sor- prendente noticia de Changmal. Fue por la tarde. -Señora, ¡qué dicha! -¿Dicha? ¿Por qué? ¿Sueltan a mi esposo? -¡Qué va! Ahora el padre y el hijo se pueden ver. -¿Qué dices? -Fue capturado Changbe. Dijo que fue capturado en la madrugada cuando se dirigía al pueblo Surongkol para subir al barco con destino a Chun­ chon. Mi suegra se desmoronó en la sala. Al día siguiente fue temprano a Changmal. La noticia que trajo de allí no fue tan mala. 42 La máxima autoridad de la Oficina era el hermano del ami­ go de mi suegro, quien había estudiado con él en Japón. Se lo contó a mi suegra la misma autoridad y dijo que gracias a él mi suegro era bien tratado. -La autoridad me dijo que un amigo había ayudado a su hermano y resulta que ese amigo era tu suegro. Dijo que su hermano le debía mucho a tu suegro. Él siempre me decía que tenía un amigo muy inteligente pero estaba por dejar los estu­ dios debido a su pobreza. Fíjate. Mi suegra se puso feliz creyendo que su esposo e hijo pronto serían liberados. Pero la versión posterior del señor Shim fue totalmente di­ ferente: -Dicen que los van a someter al juicio popular. Como el señor era gobernador y terrateniente, lo califican de malvado reaccionario; por tanto, es difícil que se salve. Y el camarada Changbe ha vuelto al pueblo contagiado de la mala ideolo­ gía y ... En resumen, estaba denunciado por organizar con los jó­ venes de la provincia un movimiento contra el régimen. -Y, tú, ¿qué piensas? ¿Qué debemos hacer?-le suplicó mi suegra, que hasta un día antes había estado tranquila. -Es que quería sugerirle desde hace tiempo pero no me atrevía. Pues, hay una posible salida. -¿Cuál es? -Como su nuera era una profesora de la escuela en Seúl, la gente de la Asamblea del Pueblo de Changmal me pidió que yo le convenciera para que ella colaborara con nosotros. -¿En qué les colaboraría mi nuera? -Temblaba de có­ lera . . -Dicen que en Semcoly Changmal no hay camaradas mu­ jeres preparadas. Y como su nuera es una intelectual podría enseñar a los niños los himnos dedicados al Gran Líder Kim Ilsung, y .. . 43 -¡Basta! No más sobre este tema -le cortó mi suegra. -Camarada señora, escúcheme .. . Dígale a su nuera que colabore y que convenza al camarada Changbe para que en­ tre al ejército. Lo he pensado varios días, esta es la única po­ sibilidad para que el padre y el hijo puedan salvarse. Hága­ me caso ... -¿Que mi hijo entre en el ejército rojo? -Eso, eso. No hay otro camino, excepto este. Al oír esa conversación, sentí que mis fuerzas renacían. Me arrepentí de haber estado en casa sin pensar en la forma de salvarlos. Estaba segura de que yo podía salvar a los dos. No entendía nada de lo que estaba pasando: por qué había esta­ llado la guerra, qué parte tenía razón y qué parte no. Suce­ dían tantas cosas, pero seguía pensando que mis conocidos no tenían nada que ver con la guerra. En ese momento no me imaginé que colaborarles por un momento podía ser un de­ lito. Solamente quería salvar a los dos hombres. Por esta ra­ zón, convencí a mi suegra quien estaba en contra de mi de­ cisión. Símiles quaerunt símiles. La idea de Shim, que también llevaba la cinta roja, era la de ellos. Me presenté a la Oficina de Changmal y recibí una calurosa bienvenida. Me presenta­ ron al máximo jefe, un tipo de ojos pequeños y de apariencia muy astuta. Conversando conmigo repitió más de diez veces: «la obra de la revolución». Diariamente cumplí las órdenes en Changmal y Semcol. En la noche juntaba a las mujeres en un salón de la Escuela Primaria para leerles el libro de pro­ paganda política y enseñarles canciones a los niños. Después de unos días soltaron a mi esposo. Lo dejaron por­ que él había llenado la solicitud de ingreso al ejército rojo ante el máximo jefe, hermano del amigo de mi suegro. La con­ dición era: el día de su incorporación al ejército liberarían a mi suegro. Estaba muy pálido y sin ánimo por aquellos días de reclusión. 44 -Camarada Changbe, bien pensado -dijo Shim y agre­ gó. -A mí me han pedido que lo vigile; por tanto, no vaya a pensar en algún plan de escape. Mi esposo meneó la cabeza. Y esa noche me dijo: entraría al ejército tal como le pedían pero después me escaparía. Le dije que se escapara al instante y que yo me responsabilizaba de las consecuencias. Él se negó. Si en ese momento huía, ha­ bía más probabilidad de que lo capturaran otra vez; además, no soltarían a su padre. -Me escaparé inmediatamente y viviré escondido. Pronto se termina la guerra. Cuando se termine, volveré. Y comentó sobre mi actitud de haberles prestado mis ser­ vicios. -Has hecho mal. No debiste haber colaborado con ellos. Dijo pero me abrazó como una muestra de que me compren­ día. Sin embargo, su crítica me dolió como un golpe. Como me puse muy triste, acarició mi vientre: -No te preocupes. Te dije esto porque me preocupo por la salud de nuestro hijo. Cuida tu salud. No vayas a trabajar excesivamente. Al día siguiente mi esposo partió a Chunchon con otros cinco hombres. Shim colocó la bandera roja en la puerta, signo de que era una familia con un soldado rojo. Me despedí de él en Changmal. -Volveré vivo. Cuida tu salud-con estas palabras se fue, guiñándome un ojo como un niño. Llegó el otoño. Las hojas de los álamos del jardín de la escuela ya se ponían amarillas. Al pasar frente a la Oficina de la Asamblea del Pueblo, donde había trabajado unos días, los vi conversar sombríos y en voz baja. Hacía poco juraban en voz alta que «la liberación del Sur era un asunto de unos días». Pensé que la suerte estaba cambiando y caminé rápi­ do. No tenía por qué verlos otra vez. Mi suegro fue soltado esa 45 mañana y volvió a casa con mi suegra. La única esperanza era que terminara pronto la guerra y que volviera Changbe y me felicitara por el nacimiento de nuestro hijo. Eso era todo. No había más cosa que desear. Sin embargo, sentí que los pies me pesaban. En la loma cerca a la entrada al pueblo donde había una casa de indu­ mentarias funerarias, el viento otoñal mecía las hierbas se­ cas. La bandera roja de la puerta había desaparecido. Entré a la habitación de mis suegros. Saludé a mi suegro al estilo coreano. Me dio pena ver su cara tan demacrada. Lloré. Él apenas aceptó mi saludo, se volteó y fumó. No habló nada. Se me caía el cielo. Mi suegra me habló afuera: -Está muy enojado. Dijo que no abrió la boca al enterarse de que su hijo había sido llevado al ejército rojo y que su nuera trabajaba para los comunistas. Cuando lo visitó Shim, cerró los ojos y no le ha­ bló nada. En toda la casa reinaba el silencio. Por primera vez, desde que me casé, sentí la soledad. Mi suegra tampoco me trató con cariño. Sufrí más. -Camarada Kyongji Chu, La Brigada Femenina la recla­ ma mucho. Shim se atrevió a llamarme por mi nombre. De repente, se abrio la puerta del cuarto de mis suegros y llegó un grito: -¡Ingrato! Mi nuera no es roja. -Señor camarada, ¡qué error! ¿Cómo puede decirme in- grato?¿ Usted no sabe gracias a quién está aquí ahora sin problemas? Debe agradecerme de que no le quitaran esta casa. Esta mañana usted, señor camarada, sacó la bandera y la rompió. Si en Changmal se enteran de eso, de verdad, tendrá serios problemas. Mi suegro ya había cerrado la puerta. Él ya no lo conside­ raba un ser humano. Pedí a la esposa de Shim que interce- 46 diera. Le dije que como mi vientre estaba tan abultado no podía ir a trabajar. Tenía miedo de causar más problemas. Algo pasaba, el ambiente del pueblo estaba raro. Decían que por la vía al lado del río los soldados rojos iban en grupo hacia el norte. Desde varios días antes muchos aviones bom­ bardeaban en Chunchon. Se oía el bombardeo hasta en Sem­ col. Estaba claro que la situación se invertía, los comunistas con la cinta roja andaban más apresurados y con una mi­ rada feroz. Llevaron más jóvenes y nadie podía cosechar el arrozal. Una mañana, al despertarme, encontré a la esposa de Shim arrodillada en el patio de nuestra pieza. Lloraba. La niña Juasun también lloraba a su lado. -¿Qué culpa tienes tú? Cosas de la vida. Olvídate de todo. Seguiremos viviendo juntos -le dijo mi suegra alzando a la niña. Shim había huido al norte la noche anterior. -No puedo creerlo hasta ahora. ¡Cómo pudo cambiar un hombre tan bueno como él! -Eso digo yo. Parece que estoy hechizada todavía. No com­ prendo nada. Pero el mundo no cambió totalmente. De día llegaban los' soldados rojos en grupo, nos pedían comida y se iban al nor­ te. La gente tenía más miedo que antes. Los jóvenes, que ha­ bían escapado a la montaña, combatían contra los soldados rojos, y algunas veces capturaban vivos a esos soldados nor­ teños y los llevaban a la mina de oro de la montaña detrás del pueblo. La gente del pueblo llegó a mi casa y se llevó a la esposa de Shim amarrada y la encerró en una choza debajo de la montaña. Lo más terrible era que nadie del pueblo nos visitaba. Mi suegro andaba suspirando en el jardín. No llegaba ninguna noticia de Changbe. Tampoco se sabía nada de los que ha- 47 bían ido con él. Pasé días con dolores y sufrimientos. Tenía ganas de esconderme en algún hueco para no encararme con la realidad. Los suspiros de mi suegro hacían eco en mi cora­ zón, y yo no sabía qué hacer. Mientras tanto, mi suegra aca­ riciaba mi vientre abultado una vez al día. -Hija, no te preocupes mucho. Tú no estás sola. Cuando ella me consolaba, me brotaban las lágrimas. Es­ peraba con ansia que mi esposo volviera pronto para mos­ trarle mi corazón y llorar en sus rodillas. -Hija, ven. Una tarde cuando estaba volviendo del campo mi suegra me agarró de la mano en la puerta y me llevó a una casa ve­ cina. Estaba nerviosísima y le temblaban las manos. -¿Qué pasó? -le pregunté varias veces, ella solo repetía: «No es nada». Sin embargo, hasta los dientes le castañeaban. No quería contarme la mala noticia por mi estado, temía que me afectara y también a la criatura. Yo estaba más preocupa­ da. En ese momento escuché varios balazos desde la dirección de la casa. Mi suegra se sentó al suelo, se levantó pronto y corrió hacia la casa. En la sala yacía mi suegro. La sangre corría por la sala y llegaba hasta el patio. Al escuchar los balazos, la gente del pueblo que jamás venía a la casa empezó a llegar. La mesa estaba volteada. Recién en la noche supimos lo que había ocu­ rrido, porque mi suegra hasta ese momento estaba fuera de sí: dos soldados rojos armados de rifies habían llegado a pedir que les sirvieran comida. Mi suegro, con la mirada, había pe­ dido a su esposa que les llevara la comida. Mientras que mi suegra preparaba la mesa en la cocina, él conversaba con ellos. Él quería saber algo de su hijo. Un momento mi suegro entró a la cocina y le habló al oído: «Pon la mesa y que no entre la nuera. Voy a capturarlos». Volvió a la sala. Y luego sucedió eso mientras mi suegra y yo estábamos en la casa vecina. 48 Se me agotaron las lágrimas. Ante su muerte repentina y trágica, el mundo se me venía abajo. Lo curioso fue la actitud de la gente. Ellos, que jamás venían a visitarnos antes, ejecu­ tado mi suegro por los soldados rojos, trasnocharon y lo echa­ ron de menos como si fuera su propio padre. Las vecinas, que me dirigían miradas heladas, me hablaron con cariño. Como todavía estábamos en guerra, no pudimos celebrar los funerales según el rito tradicional y solamente lo sepulta­ mos en la montaña detrás de la casa. Como mi suegra ni si­ quiera podía mover los pies, las vecinas la ayudaron a bajar. -Hija, ¿estás bien? Aún estando así, ella se preocupaba por mí. Mi suegra y yo, vestidas de ropa blanca de luto, pasábamos los días en una casa inmensamente grande. Las dos mujeres no nos sentíamos tan solitarias a pesar de que una esperaba al hijo y otra al esposo. Ella sentía pena por mí y con más frecuencia acariciaba mi vientre. -Estoy bien. No se preocupe. Estaba segura de que el hijo en mi vientre soportaría todos los dolores, lanzaría su primer grito con fuerte llanto y crece­ ría como un niño bendito. Estaba convencida de que Dios ya no me daría más dolores y sufrimientos. Pero la maldición de Dios no terminaba. La verdadera mal­ dición recién empezaba. -Dicen que la primera división de nuestros soldados ya pasó por Changmal. Mi suegra me trajo la noticia al volver del pueblo. -Dicen que a Chunchon llegaron los soldados de narices grandes. Dicen que son de América, o algo así ... Pronto volverá mi esposo. Mi corazón latió con alegría. Hice la limpieza de la casa. Pero en un rincón de mi corazón nacía el temor de que lo hubieran llevado más al norte y quizás le hubieran pasado más desastres. 49 Estaba arreglando las ollas en el jardín de atrás cuando percibí algo raro cerca de la puerta de la casa. Unos cinco o seis soldados extranjeros que nunca había visto estaban pa­ rados en el patio. Agarrando a mi suegra y tapándole la boca con sus manos gigantescas la llevaban a la sala. En un mo­ mento la mirada de ella chocó con la mía. Una mirada de súplica, desesperación, terror. .. Todo estaba condensado en esa mirada. Quedé helada en el mismo lugar. Toda la fuerza del cuerpo se me fue. Los tres animales negros se me acercaron. Me des­ moroné en el suelo. Pataleé con todas mis fuerzas mientras me llevaban al cuar­ to principal. Un momento les hice ver mi vientre abultado. Grité en voz alta. Una mano grande que olía a animal y apes­ taba tapó mi boca. Vi los dientes blancos de los animales cuan­ do se reían. Mientras tenía conciencia, pedí auxilio a Dios y maldije a esos animales en nombre de Dios. Sentí un tremendo dolor y maldije hasta a Dios. Luego perdí la conciencia. Cuando me desperté, la gente conversaba afuera. De repen­ te, apareció el rostro envejecido de mi madre que estaba en Seúl. Me salieron las lágrimas. Sentí la pesadez en la parte baja de mi cuerpo. Maldije a mi propia madre por haberme dado la vida. Los animales se habían ido dejándonos cajones de comida en la sala. Oí desde la habitación contigua el la­ mento de las ancianas del pueblo. -Guerra, maldita guerra. Todo es producto de la maldita guerra. -Aunque estemos en guerra, no se debe ... -No, debes considerar una dicha que aún estés con vida. Mi suegra intentó suicidarse dos veces. Una vez la encontré en la bodega con la soga en el cuello, y otra vez la encontró la esposa de Shim ahorcándose en un árbol de dátiles. Después 50 se enfermó. Cerró sus ojos y no quiso hablar con nadie. Du­ rante cuatro días no tomó ni un sorbo de agua. Le salió la sangre de su nariz; pero, cuando alguien se acercó, lo ahuyen­ tó con su mano. -Señora, piense en su nuera, y no lo vuelva a hacer -le su- plicó la señora de Shim, liberada de su encierro en la choza. -¿Cómo está ella? -fue su primera pregunta. -Estoy bien -le contesté. Al escuchar esa respuesta, se levantó. Parecía mentira: co­ mió y acarició mi vientre. Le volvió la vida. A raíz de ese incidente comencé a sentir dolores esporádi­ cos en mi vientre; pero, para no desilusionarla, no le dije nada. Cuando me dolía, me cogía el vientre y me revolcaba en el piso. El dolor desaparecía poco a poco, y por el simple hecho de estar viva agradecí a Dios. Si mi suegra no hubiera inten­ tado el suicidio, yo no habría existido en este mundo. Paradó­ jicamente ella fue la que me dio la vida. Aunque mi cuerpo estuviera manchado por la violación, en mi vientre estaba vivo nuestro fruto, el heredero bendito de la familia de Changbe Choe. Esperaba con ansias el pronto retorno de mi esposo, entonces le entregaría el nuevo ser, nuestro hijo. Luego ya no me importaría morirme. Tenía que sobrevivir, costara lo que costara, hasta ese momento del nacimiento de nuestro hijo. En noviembre de ese año, dos meses antes de la fecha su­ puesta, di a luz. Era un sietemesino. El terrible parto duró tres días. -Oye, tráeme la hoz que está en la bodega de arroz -le habló mi suegra a la esposa de Shim. Su voz mostraba mu­ cha emoción. Ella decía que, si era varón, se debía cortar el cordón umbilical con la hoz. -Hija, tengo un nieto. Después de cortar el cordón, me habló. Sus palabras me sonaban muy lejanas, pero comprendí. Lloré. Gracias, Dios. 51 Sin embargo, Dios me había dado la espalda como si estu­ viera molesto por mi capricho. El cuerpo del niño, un bulto de sangre, se parecía al langostino. Me estremecí. El bulto de sangre respiraba. Era una vida. Por ser un pueblo montañoso cayó mucha nieve. No nos atre­ vimos a barrer la nieve. Pronto llegó el Año Nuevo. A finales de ese invierno, otra vez el mundo se alocó por la guerra. Era la Evacuación del 4 de enero. La gente preparó sus bultos y evacuó el pueblo. Decían que esta vez sería peor que el verano. El pueblo quedó vacío. Los que venían del norte, escapándose de la guerra, pasaban una noche en las casas vacías. Y nos decían que los rojos, enfurecidos, mataban a cuanta gente veían. También decían que los soldados chinos, en sus ves­ timentas típicas, eran peores que los rojos. En un pueblo donde no había gente las tres mujeres vivía­ mos con una esperanza; mi suegra, la esposa de Shim con su infaltable Juasun, y yo. -Cuando él vuelva, le voy a pedir que ya no ande así y que vivamos tranquilos y reunidos -decía la esposa de Shim. Ella, esperando el retorno de su esposo, todos los días estaba junto a la puerta con su hija en la espalda. Mi suegra también estaba emocionada. Estaba segura de que esta vez su hijo volvería. Cosió su ropa doble poniendo algodón entre las dos telas. Yo también esperé su regreso con el bebé en mi pecho. Mi suegra hizo el milagro de resucitar a la criatura casi moribunda. Dudaba que no pudiera mamar porque su desarrollo era muy irregular. Sin embargo, era in­ creíble verlo mamar con tanta fuerza. De vez en cuando el bebé me daba miedo. Esto no es un ser humano. Dejé en el piso al niño lejos de mí. Todo el cuerpo se me estremeció. De nuevo nació la ira que antes toleraba apretando los dientes por la criatura de mi vientre. Tenía ganas de acuchillar a esos animales negros, recoger esa sangre manando desde el 52 fondo de su piel pegajosa y mostrarla a los vecinos. También tenía ira contra los vecinos que, de vez en cuando, venían a casa y miraban al bebé como a una serpiente asquerosa. Cuan­ do la cólera me llegaba hasta los dedos, salía a la sala como un resorte. Aunque el invierno ya estaba por finalizar, no llegó el espo­ so de la señora de Kangnung. Ella lo esperaba afuera con sus pies congelados. Llorando, se fue a la vía de la orilla del río. Allí lo esperaba. -¿Qué le pasará a mi hijo? -dijo de repente mi suegra, que casi nunca lo mencionaba. Estaba por terminar de coser la ropa de su hijo. -Hija, esperaremos un poco más. Antes de ver a su madre y a su hijo, no morirá. Vas a verlo. Tu esposo no está muerto. Algún día llegará. Ella misma se aseguraba. Su rostro, sombra de agonía, sufrió un leve temblor. Se había envejecido diez años más que antes de la guerra. De nuevo empezó el sufrimiento. Los soldados rojos y los funcionarios rojos aparecieron otra vez y nos fastidiaron. Des­ de Changmal me mandaron a buscar, pero nunca salí. Los soldados chinos, diciendo algo, excavaron todo el patio. En casa no quedó ni una papa. Los chinos la amenazaron apun­ tando el pecho de mi suegra con el rifie: Dónde está la comi­ da. Mi suegra, de pie, negó con la cabeza serenamente. La esposa de Shim traía la comida de las casas vacías y, gracias a eso, pudimos sobrevivir. Como no me alimentaba bien, el bebé mamaba más fuerte. Pronto los chinos comenzaron a retirarse. Alrededor del pue­ blo había combates feroces. Durante el día hubo un incendio en la montaña por el bombardeo de los aviones, y de noche el tiroteo casi reventaba nuestros tímpanos. En los valles se amontonaron los cadáveres de los chinos y el viento trajo al pueblo el olor de la putrefacción. 53 -Hija, pronto llegará tu esposo. Cuando otra vez aparecieron nuestros soldados y se diri­ gieron al norte, mi suegra daba vueltas por la sala con la mirada hacia la entrada del pueblo. Un día que hubo una tregua la esposa de Shim salió con Juasun en su espalda y nunca más volvió. Volvieron los que se habían refugiado. La tierra helada se derritió y el campo vacío se llenó de hierbas. Pero mi esposo, el señor Changbe Choe no volvió. El bombardeo seguía en el norte, y así pasó un año más. Pero el bebé hasta ese momento ni sabía voltearse. Cuanto más crecía, se notaba que era de­ forme desde el nacimiento. -Oye, dicen que muchos soldados rojos fueron capturados. Dicen que el Presidente Seungman Rhee los soltó a todos. Se refirió a la liberación de los rehenes anticomunistas en junio de 1953. Yo también vivía con fe en eso. Estaba segura de que mi esposo voluntariamente habría caído de rehén y esta vez sería liberado. Pasó todo el verano pero no volvió. El 27 de julio de ese año se firmó el Acuerdo de Cese de Guerra, pero el hombre a quien esperamos tanto no apareció. Mientras tanto me llegó una noticia de mi familia. Mi an­ ciana madre y mi hermano habían muerto en el bombardeo. Mi cuñada enviudada había venido con sus dos hijos a Sem­ col; pero al saber de mi desgracia, se había vuelto ese mis­ mo día. Lo que más me mortificaba era el cambio de mi suegra. -Hija, él volverá. Decía así; pero, como estaba nerviosa y aburrida, salía a visitar a los vecinos. Y frecuentemente volvía a casa peleán­ dose con ellos. Ella iniciaba la pelea: maldecía a la gente con palabras hirientes. Y cuando volvía a casa, mirando al bebé jadeante echado en el piso, decía: -¡Carajo, este fruto de los sucios! 54 Después de maldecir ni lo miraba. Cada vez que ella lo mal­ decía como semilla de los negros, yo, muda, miraba su rostro en­ colerizado. No tenía palabras para responder. La maldición de mi suegra era más frecuente. Varias veces en un solo día sufría por las ganas de abandonar todo y largarme de allí. No, negué con la cabeza. No debía abandonar a mi suegra ni a mi criatura. Por suerte, como me dedicaba a la agricul­ tura, podía olvidarme de todo. Contraté peones y cultivé. Fue primavera cuando Abe cumplió cinco años. Abe, recién a los cuatro años, pudo gatear, y a los cinco años caminaba como un bebé. Al caminar retorcía todo el cuerpo y daba pa­ sos con mucha dificultad. Lo único que podía decir abriendo su boca era «a ... be ... ». Estaba lavando los platos en la cocina cuando alguien en­ tró al patio alzando a Abe en sus brazos. El niño estaba ju­ gando fuera de la puerta sin calzoncillos. Era un hombre alto y por su rostro blanco y demacrado parecía tener más de trein­ ta años (después supe que apenas tenía veintisiete años). Cuando lo vi por primera vez, tenía ganas de salir a reci­ birlo. Aguanté las ganas con mucho esfuerzo. No me parecía ajeno. No entiendo hasta ahora por qué estaba tan alegre al verlo. ¿Habría imaginado a mi esposo que fue llevado al ejér­ cito rojo hacía cinco años? O si no, ¿estaría agradecida de un hombre que tuvo en sus brazos a mi hijo, quien jamás había estado en brazos ajenos? En fin, mi corazón latía de alegría. -¿Quién es? Mi suegra que estaba en el cuarto también estaba sorpren- dida. Lo miró con desilusión y sospecha. -Como el niño estaba jugando solo afuera, lo traje. Le hizo una venia a mi suegra con Abe en su pecho. -A ver, venga a sentarse acá. Mi suegra le señaló la sala. Cuando veía a los extraños, los invitaba a sentarse con la esperanza de saber algo de su hijo. 55 Al ver a ese hombre en harapos comer con tantas ganas, volteó su cara y enjugó sus lágrimas. Luego le preguntó: -¿De dónde es? -De Changyon, que está en Hwangjedo. -Está en Nor Corea. ¿Sus padres viven allí? -No sé. Es que hace tiempo salí de mi pueblo. Antes de que se fijara la línea divisoria del paralelo 38º, él y su hermana vivían en Seúl en la casa de su tío, porque estu­ diaban allí. Por estallar la guerra, nunca más había vuelto a su pueblo natal. Durante la guerra la familia de su tío se dis­ persó y hasta perdió a su única hermana. Para comprobar la veracidad de lo que contaba, le mostró el carné de ciudada­ nía y el documento militar. -Entonces, está completamente solo. Pero, siendo joven, ¿por qué anda errando? No le respondió. Su plato quedó vació. -A. .. be ... Abe, tambaleándose, se acercó a él, que estaba sentado en un rincón de la sala. Él lo alzó. Desde ese día empezó a vivir en la parte donde residía la familia Shim. Era muy incómodo. Un hombre vivía en una casa donde había dos mujeres. Para una joven casada y sin esposo no era una cosa agradable verlo día y noche. De madru­ gada salía a trabajar al arrozal y, cuando volvía a casa, ju­ gaba con Abe. Dirigiéndose a Abe me decía lo que necesitaba: -Abe, ¿me puedes traer un vaso de agua fría? Cosas por el estilo. Él quería mucho a Abe, lo cual era in­ creíble. No lo hacía por congraciarse con nosotras, lo hacía de corazón. Abrazaba a Abe aunque no hubiera nadie. Me gustó su actitud. Abe era mi hijo y, si alguien lo quería de verdad, ¿por qué no alegrarme? ¿No dicen que hasta el tigre se alegra cuando alguien acaricia a sus crías? Mi suegra también lo quería. 56 Los vecinos empezaron a sospechar y murmurar. Pero, como ya estaba acostumbrada a los chismes, no les presté atención. El problema estaba conmigo misma. Sufría por vivir con un hombre ajeno debajo del mismo techo. Varias veces en un solo día me asustaba por la confusión de creer que él era el padre de Abe. Entonces me sentía culpable ante mi esposo. En las noches cuando estaba echada en mi cuarto, me asustaba por­ que pensaba en él. Al día siguiente no podía ver de frente ni a mi suegra ni a él. -¿Estará vivo? -Claro. Seguro que está vivo. Lo sé porque yo también es- tuve en el ejército. Allí no puede hacer lo que a uno le dé la gana. Sobre todo en el ejército rojo, usted no se puede imagi­ nar. ¿Acaso es fácil desertar? Seguramente estará vivo en Co­ rea del No rte. Él siempre conversaba con mi suegra enfatizando que mi esposo estaría vivo en algún lugar. -¿Cuándo habrá la reunificación? -Pronto. Pronto será la reunificación. Si cuida su salud, un día verá a su querido hijo. Él se esforzaba por darle esperanza a mi suegra. Pasaron más de cinco meses de su llegada a la casa. En la cosecha de ese otoño había más oportunidades de vernos cara a cara. Una vez, colocando la paja de arroz en la carreta, co­ gimos juntos el mismo hato de paja. Él me miró. Vi que sus ojos irradiaban una llama de lo más profundo de su ser. En ese momento tuve la sensación de que toda la sangre de mi cuerpo salía a torrentes. Eso fue todo. Pero las mujeres somos muy sensibles al cam­ bio de otras mujeres. Durante los siguientes días sentí que mi suegra cambiaba. Su mirada era fría e indiferente. Me dio miedo. Naturalmente tampoco pude mirarla de frente y evadí la ocasión de estar frente a ella. Ella también sufría mucho 57 tratando de calmarse. Con frecuencia salía de noche. Enton­ ces, en esa casa grande quedábamos los dos: él y yo. -Parece que ya llegó la hora de su partida -le dije. Nece­ sité mucha fuerza para decírselo. -Comprendo. Siempre quería partir; pero, como me había encariñado con Abe, hasta ahora he permanecido aquí -me contestó sin vacilación. Quería gritarle: no mientas. No puedo verte más cultivar la tierra con esas manos delicadas. No eres campesino. Ade­ más, varias veces dijiste que mi esposo estaba vivo. Cierto, mi esposo está vivo. El padre de Abe volverá algún día. Soy su esposa. Entré al cuarto y lloré en silencio abrazando a Abe, que estaba profundamente dormido. Pero de repente se presentó un incidente que nos obligó a salir con Abe. Era el plan de mi suegra. Su argumento nos cayó como un rayo. -Escucha bien: tú ya no eres de esta familia. Un día me llamó y me dijo eso. Como era algo totalmente inesperado, me quedé perpleja. Pero ella prosiguió: -No necesitas engañarme más. Yo ya lo sabía todo. -¿Qué dice usted? -Es que lo sé todo. No voy a alzar la voz porque me da ver- güenza d~ que se enteren los vecinos. Preparen sus cosas y salgan inmediatamente de mi casa. Hablaba con tanta tranquilidad que me hizo temblar de miedo. -¿Por qué estás vacilante? Empaquen sus cosas. Llévense ese niño porque ese es el fruto de ustedes. -Pero, ¿de qué está hablando usted? -¿Vas a seguir engañándome? -alzó su voz. -Entonces, te preguntaré: ¿Cuándo llegaste a mi casa? No entendí a qué venía esa pregunta. Quedé callada. 58 ~Supongo que sabes en cuántos meses una mujer da a luz, ¿verdad? No comprendía nada. Simplemente la miraba. -Bueno, aunque tuvieras diez bocas, no podrías respon­ derme. -Señora, yo no entiendo de qué ... -No hables más. Oye, ¿ustedes dos creen que soy tan inge- nua? ¿Qué hombre anda abrazando a un niño inválido si no es su propio hijo? Aun Buda no lo haría. Recién comprendí lo que decía. Sentí un vacío total. Perdí toda la fuerza. Ella insistía que ese hombre de la vivienda al lado de la puerta era el padre real de Abe. Había dado a luz a los siete meses del matrimonio. Al quinto afio llegó un hom­ bre de Seúl que quería a Abe, a quien nadie lo veía como un ser humano. Por tanto, era muy sospechoso. Temblé de ira. Las vecinas se asomaron a la puerta. Un dolor, mucho más punzante que cualquier dolor que tenía en esos años, golpeó mi cabeza. Era como un golpe de hierro. -Señora ... -Cállate. Sal de aquí antes de que mi boca se ensucie. Mi suegra bloqueó mi boca completamente. El hombre sa­ lió de su cuarto. Pero mi suegra ya estaba botando mi ropa y mis joyas a la sala. Me arrodillé en el patio. Creí que pasando el tiempo ella se ablandaría y me comprendería. Pero ella no me dio ninguna oportunidad. -Aunque tengas razón, mejor vete. No creo que ella te per- done. -¡Qué sinvergüenza! ¿Cómo puede portarse así? Los vecinos intervinieron. Debí haber abierto mi pecho para mostrarle mi corazón lim­ pio, pero por el amor a la maldita vida salí con mi hijo, semi­ lla de la maldición. Aquel hombre ya se estaba marchando con un bulto en la mano. 59 -Mi hijo volverá. Seguro que volverá. Sucia, nunca más vuelvas acá. Sus palabras mezcladas con llanto me sonaban como eco. Los vecinos, al vernos ir, nos compadecían o nos escupían. Apreté los dientes, pero las lágrimas seguían cayendo. * * * Sangman Kim. Yo quería creer que él era un enviado de Dios para el pobre Abe, pero él no sabía que Abe era su propio cas­ tigo. Me casé con él por Abe, y para quemar por última vez mi maldita llama que todavía no se apagaba. Él comenzó a ave­ riguar todo el trámite de adopción. Abe estaba inscrito como hijo de Changbe Choe, desaparecido durante la guerra. Yo me negué rotundamente. Entendía su buena voluntad: en vez de criarlo como huérfano de padre, le quería dar su apellido Kim y tomarlo como su propio hijo. Sin embargo, yo no podía aceptarlo. Aunque era un inválido, maldición de Dios, y estaba destinado a morir sin llevar una vida normal, Abe era el primogénito de la familia Choe. Que tuviera o no el derecho de la primogenitura, no me preocupaba. Abe era el hijo de Changbe Choe y no de Sangman Kim. Pronto descubrí que mi segundo esposo tenía una enferme­ dad incurable, una enfermedad invisible por ser mental. Pude suponer la profundidad de su sufrimiento porque no tenía ganas de vivir. Ni él ni yo sentíamos alegría en la vida matrimonial y creía­ mos que toda la causa se debía a esa llaga. Nos esforzamos para superar esa situación por medio de la unión corporal después de calentar nuestros cuerpos. Más que yo, él se deses­ peraba por calentar su propio cuerpo. Sin embargo, nuestra unión no pasaba del nivel de instinto animal. Después nos invadía una terrible vacuidad. Apoyándonos, tratábamos de 60 consolarnos. En una de esas ocasiones revelé el secreto pasa­ do que una mujer debía llevar hasta la tumba. Fue antes de que naciera nuestro primer hijo cuando le mostré esa herida profunda de mi corazón. -Yo ya lo sabía. Eso fue lo que me contaron primero los vecinos. Mi cuerpo cayó a la profundidad del precipicio. Sentí ma- reos. -Entonces, por ese problema tú ... Murmuré. Negó con la cabeza y abrazó mis hombros. -Oye, ¿hasta ahora los odias? -me preguntó después de un rato. -¿Debo amarlos? Ya no odio a nadie. Solo me pregunto si debo seguir viviendo así. Cuando esa pregunta pasa por mi mente, siento horror. -¿Qué dices? Eres la madre de Abe, a quien debes cuidar, y vas a ser la madre de nuestros futuros hijos. Por tanto, de­ bes vivir con valentía. -Abe es un inválido que no vale la pena criar. Pero tú lo amas. No, en realidad no lo amas; sino pretendes amarlo. Temo eso. Tengo miedo y preocupación como una mujer que observa a su amante acróbata encima de la soga. ¿Cómo pue­ des amar a un inválido que ni siquiera es tu hijo? -Se puede amar. Puedo vivir amándolo igual a mis hijos. Lo vas a ver. -No puede ser. Cuando nazcan nuestros hijos, vas a cam­ biar. La compasión y el amor no pueden ser iguales. Mi instinto de mujer me pedía confirmar su amor hacia mi hijo. -Sea por la compasión, sea por el amor, lo cierto es que no puedo abandonarlo. Abe es mi hijo -gritó y continuó. -En las montañas cerca de mi pueblo natal de Jwangjedo vi un niño semejante a Abe. Fue durante la retirada de los sureños, 61 el 4 de enero. Es que, cuando estalló la guerra, era universita­ rio y entré al ejército sureño, que marchaba junto a la tropa de las Naciones Unidas hacia el norte. Mi objetivo era volver a mi pueblo natal para ver a mis padres. Pensé que yendo al norte podría verlos. Cuando íbamos al norte como una ola gigantesca, no entré en mi pueblo creyendo que en cualquier momento podría verlos. Pero cuando empezó la retirada por la intervención de la tropa china, no pude dejar de pasar por mi pueblo. Siempre tenía presente el paisaje de mi pueblo y los rostros de mis padres y hermanos que había visto antes de que fijaran la línea divisoria del paralelo 38º. Además, en mi pueblo tenía mi prometida. Ambas familias ya habían acor­ dado nuestro matrimonio. Tenía ganas de volver a mi pueblo. No me importaban la ideología ni la patria. «Empecé a quedarme detrás de la tropa que. se retiraba. Era el camino desde donde, pasando un monte, podía ver mi pueblo. Creí que podía ir a casa en poco tiempo y ver los ros­ tros añorados. Y tenía el plan de ir con todos al sur. Tal como planeé, pude salirme de la tropa. Me escondí detrás de una roca. Cuando me levanté, vi que venían caminando hacia mí tres soldados de nuestro lado. Uno estaba herido y otros dos lo ayudaban a caminar. Sin que pudiera esconderme ellos me vieron. Desde ese momento se convirtieron en mis enemigos. «Oye, agarra esto». Uno de ellos me encargó sus rifies. El que iba en medio gemía agarrándose el abdomen. No tenía heri­ da. La tropa ya había dado vuelta por la montaña. Desde atrás les disparé. Los tres se cayeron al suelo. Con un rifie me desvié y corrí por la montaña. Después de un rato volteé para mirarlos, entre los tres caídos sobre la nevada uno se levantó y caminó con dificultad, agarrándose una rodilla; pero des­ pués de unos pasos se cayó, luego se levantó y dio más pasos. Corrí más por la montaña. En algunos lugares, la nieve acu­ mulada por el viento me llegaba hasta la pierna. Muchas ho- 62 ras vagué por las montañas. No pude encontrar la montaña de mi pueblo. Caminé perdido hasta la madrugada del si­ guiente día. Por errar tanto por las montañas cubiertas de nieve me agoté. No tenía ni un pedazo de galleta y sentí un hambre terrible. Los pies y manos se congelaron y se insensi­ bilizaron. Quería dormir en cualquier lugar. En ese momento vi una choza frente a mí. Era una casucha solitaria. Un poco lejos de esa casa se veían unas tres o cuatro chozas más. Des­ haciéndome del gorro y de los distintivos de grado entré en la casucha. Un niño estaba defecando en la parte alta, la entra­ da del cuarto. Estaba desnudo de cintura hacia abajo. Ten­ dría unos cinco o seis años. Al verme entrar por la cerca que rodeaba la casa, se rio. Apuntándole subí hasta donde estaba él y abrí la puerta. La familia estaba comiendo. El cuarto estaba oscuro. Los arrinconé en una esquina y devoré toda la comida puesta en la mesa. Era arroz mezclado con maíz. ¡Qué rica estaba esa comida! Alguien habló compadecido de mí. Inmediatamente los apunté con el arma. Todos temblaron. Una anciana llena de arrugas me lanzaba una mirada de compa­ sión; los otros, unos esposos de mediana edad, la hija de unos diecisiete años, y los dos hijos prefirieron no mirarme de fren­ te y solamente temblaron. Volví a devorar. En ese momento me asusté porque sentí un bulto encima de mi espalda. Lo boté al piso. Era el niño que estaba haciendo sus necesidades. Aunque lo había botado al piso, se rio. Terminé la comida, y mi cuerpo se calentó. Sentí un tremendo cansancio. Agarré el rifie, me apoyé en la pared y cerré los ojos. Un calor indes­ criptible derritió todo mi cuerpo. Dormité un momento. Un ruido me despertó. El ambiente del cuarto parecía raro. No encontré al esposo. Abrí la puerta y lo vi bajando de la parte alta hacia el patio. Inconscientemente le disparé. Luego oí gritos agudos. Me volteé y disparé hacia la esquina del cuar­ to. El temor hizo temblar hasta mi mandíbula. Cargué el arma 63 de nuevo y disparé más. Luego salí. El dueño, a quien había disparado, estaba tendido en el suelo derramando sangre. Al cruzar la puerta vi atrás. En ese momento vi a ese niño invá­ lido riéndose sentado en el umbral. Seguía medio desnudo. Volví en mí y empecé a huir. Me encontré con otra tropa en retirada. Me alisté con esa tropa. Después, al descubrir mis problemas mentales, me enviaron al hospital y luego allí me dieron de alta». «Cuando en la calle veía a un veterano, se aceleraba el lati­ do de mi corazón, y muchos días andaba sin fuerza. Me se­ guía la imagen del soldado que caminaba arrastrando un pie, se caía, se levantaba de nuevo y se arrastraba. No sufría por la gente que había matado sino por la gente que no había podido matar: ese soldado cojo y el niño idiota que me mira­ ba con una sonrisa. Ellos me quitaron la alegría de mi vida. Recuerdo que cuando era niño encontré una serpiente vene­ nosa en la orilla del río. El miedo me hizo darle una paliza hasta que se quedó deshecha. La boté a la pradera y volví a casa. Después de la cena, cuando me eché en cama, recordé el cuento de otros niños: la serpiente, si su cola quedaba intacta, se revivía gracias al aire que salía de la tierra, buscaba al que la había matado y se vengaba. Apresuradamente me le­ vanté de la cama, fui a la ribera oscura y la localicé. Cogí una piedra, la machaqué hasta que no pudiera recobrar la vida, la colgué en la rama de una morera y volví a casa. Recién pude dormir. Si el lugar estuviera en este lado sureño, habría ido allí, localizado al niño y lo habría matado». «Errando de lugar en lugar encontré a Abe en tu casa. No dudé de lo que mis ojos veían. Pensé que Abe era ese niño que no había podido matar hacía años. La edad y la apariencia eran muy diferentes, pero no tuve tiempo de refiexionar. Alcé al niño semidesnudo que estaba jugando sentado en el suelo. En ese momento me invadió un sentimiento inexplicable. 64 ¿Cómo describir mi estado mental de ese momento? Fue algo así: sentí algo quemante y grande que venía desde mi cora­ zón. Era el amor -terminó de contar. Fiel a su palabra demostró ese amor. Tuvimos cuatro hijos y hasta que el mayor, Chinjo, cumplió dieciocho años, su amor hacia Abe seguía igual. En cualquier circunstancia, él decía . que Abe era su hijo mayor. Papá, ¿por qué Abe no figura en nuestra constancia genealógica de registro familiar? Chinjo le hizo la difícil pregunta. Había vuelto de la Oficina Zonal con la constancia de domicilio para entrar en la escuela se­ cundaria. Cuando semejantes casos se repetían, él les contes­ taba: «Como era un minusválido, creímos que no viviría mu­ cho tiempo; por eso postergamos su inscripción año tras año y así llegamos hasta hoy». Él lo consideró como su verdadero hijo y lo crio sin distinguirlo de sus propios hijos. Por Abe la familia tuvo problemas y otros hijos se desviaron. Sin embar­ go, él no dio importancia a eso. Todavía más; me miraba con compasión cuando yo sufría por Abe. Agradecí a Dios por ha­ berme enviado a él. Gracias, te damos gracias Señor. * * * Ah, pero Dios todavía estaba lejos de mí. Ya no hay esperan­ zas. Solo me quedan tinieblas, desesperación y dolores que desgarran mi corazón. Cuando apareció la hermana de mi esposo, que vivía en Tongduchon, noté que se formaba un hueco en el corazón de mi esposo. De ella percibí un olor extraño que me hizo presen­ tir algo raro. Temblé. La mirada de ella hacia Abe, una mira­ da como a un animal, me hizo sentir instintivamente algún mal presagio. Él quiso salvarse por medio de su propia sangre abando­ nando a mi Abe. Era un hombre muy sensible y hasta ese 65 momento Abe era una luz vaga en su vida, aunque el senti­ miento de culpa no lo dejara tranquilo. El soldado cojo de quien no sabía si estaba vivo o muerto y los que mató resuci­ taron uno por uno y lo mortificaban siempre. Difícilmente conseguía un trabajo, pero pronto renunciaba y vivía ence­ rrado en el cuarto. Estaba atontado o miedoso. Temía a los de su propio color, mismo pensamiento y misma lengua. Siem­ pre decía que quería salir de Seúl y vivir en un lugar remoto. Se ahogaba y hablaba con voz quejumbrosa. Cuando habla­ ba de sus padres y sus hermanos, que quizás estarían vivos en el Norte, se cogía el pecho y gemía diciendo: «Me ahogo, me ahogo». Como él era así, en la casa reinaba un ambiente melancóli­ co y sombrío. Vivíamos sin tener la felicidad de hoy ni la espe­ ranza de mañana. Yo quería sacar de esas tinieblas a mi fa­ milia. Quería arrancar las raíces oscuras y poner en su lugar raíces firmes de esperanza. Sin embargo, seguimos viviendo desesperados sin poder salir de la pobreza, de esta paupérrima penuria. La casa siempre estaba sombría por Abe que ya cum­ plía veinticinco años. Abe, al crecer, no podía desfogar su de­ seo sexual, el típico instinto animal, y se frotaba contra mi cuerpo sin saber que era su propia madre. Mis hijos, que te­ nían sangre diferente de Abe, lo detestaban de verdad. Por la apatía de la vida de mi esposo y por la situación de Abe, mis hi­ jos se marchitaban amarillos desde niños: Chinjo fite expulsado de la escuela y se hizo vago. Cuando supe que él y sus amigos eran autores de una la violación sexual, decidí suicidarme. Hasta ese momento aguantaba con valentía una vida humi­ llada y dolorosa; pero ante ese suceso, ya no quería vivir más. En ese momento llegó la carta de invitación de la hermana de mi esposo. Mis hijos y mi esposo saltaron de alegría. En realidad, mi esposo desde hacía tiempo esperaba con ansias esa invitación. Yo también estuve feliz. Ellos deseaban mucho 66